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Tu figura velada se perdió en el bosque. La noche era como aquella noche, la luna segaba virutas de cristal celestes. Las aves pretendían disuadirme con sus graznidos, mientras un lobo acechaba al costado del camino.
La brisa parecía susurrar desde las copas de los árboles.
—Por allí —desde un roble.
—¡No sigas! —lloraba en el sauce.
Yo me quitaba las ramas de encima. Las bocas de oscuridad proponían atajos dudosos. Y, casi tropezando, llegué al claro donde está nuestra casa. Tu carita congestionada asomó por la ventana, y miró hacia mí, pero no me viste. Algo te había llamado la atención. Entonces, el rugido del lobo y al voltear, los faroles de sus ojos sobre mí.
Al caer desaparecí, y despertaste.
Cuando te conocí, me gustaste, pensé… “está bien”, pero no me sorprendiste; no sentía nada especial por ti, no sentía la imperiosa necesidad de verte, no estabas en mi mente,…
Poco a poco me acostumbré a ti. Sin darme cuenta ya formabas parte de mi vida y disfrutaba de cada momento a tu lado. Me gustaba pasar los días o las noches contigo, rozarte, sentirte,… Te buscaba en la mañana, compartíamos amaneceres o gozábamos de bellos atardeceres y me arropabas en las noches que más lo necesitaba.
Y ahora que no estás me sorprendo de lo mucho que te extraño y me doy cuenta que me había enamorado; sin buscarlo, sin quererlo, simplemente te hiciste indispensable.
Ahora que ya no te veo cada día, ahora que desapareciste para siempre y en tu lugar colocaron una zona residencial y en vez de tus añejos robles meciéndose con el viento me encuentro con casas de ladrillo y cemento… ahora me doy cuenta de lo mucho que te quiero.
Tendré que buscar otro bosque que ocupe tu lugar…. pero nunca será igual.
En este bosque mágico, de los nogales caían nueces carlamelizadas, los manantiales burbujeaban aguas con aromas a tibios arcoiris, en cada seta que se alzaba sobre el manto mullido de tonos verdes y amarillos habitaba un simpático gnomo con campanillas en su gorro. La luz que se colaba entre las copas de los árboles te cubría de tules hechos de purpurina y el aire que cantaba entre las ramas te regalaba alas para que navegaras en sus olas. En un castillo de cristal, el hada luminosa que regentaba el bosque ofrecía sonrisas como soles, repletas de cosquillas, de canciones, de risas y de miradas chispeantes…
Sonrió y cerró el libro. A pesar de que su infancia se había quedado en el sendero por el que transitó muchos años atras, cerró los ojos, apagó la luz deseando que el sueño le llevara hasta aquel bosque mágico donde habitaba la ternura.
Escupidos por el mar, yacían náufrago él y su barco en una playa desierta.
Arremolinados frente al zozobrado, resolvieron llevarle en una hamaca de hilos de cáñamo, hacia el denso bosque de la isla. Tenía el cuerpo magullado, lleno de heridas, cortes que sangraban copiosamente. En un estado continuo de duermevela, causado por los fuertes dolores, percibía lejano el vaivén sigiloso de unos hombres ágiles y silenciosos. Le curaban con emplastos vegetales de la selva y rituales de ayahuasca. Nunca vio a sus sanadores, atontado por el efecto sedante de la passiflora.
Un día sin fecha, se despertó robusto, en el velero recompuesto, lleno de provisiones, en medio del mar, rumbo a las tierras de las que había venido.
Tras cerrar el libro se quedó contemplando aquel paisaje de ensueño por unos instantes. Después, lentamente, cerró los ojos y llenó los pulmones de aire puro. Como cada inicio del otoño desde hacía muchos años, se permitía siete días libres para irse al norte; a los increíbles robledales de la cordillera cantábrica. Buscaba su árbol preferido (un gran “carbayu” como decían por la zona) y se ponía a leer a sus pies.
Poco más hacía durante aquella semana. Leía hasta que la luz declinaba. Después, contemplaba el atardecer. Le encantaba ver como la luz bajaba y la alfombra natural sobre la que descansaba se iba inundando de rojos, amarillos y marrones mientras el sol se despedía tras los majestuosos picos del cordal.
Aquella tarde se quedó un instante mirando su libro. Se lo sabía de memoria, pues era el que leía siempre en sus vacaciones. Mirándolo pensó: “Linda, aún vive feliz y ajena a todo lo que vendrá. Ajena al tiroteo. Ajena al dolor.”
Posando el libro y mirando el horizonte azul y naranja pensó: “¡Ojalá alguien parara ahora de leer y me dejara para siempre en este paraíso verde, feliz con mi libro junto a este viejo roble!”.
Estaba deprimido por mi situación económica. Como millones de españoles me quedé sin trabajo. Lo primero en que pensé fue ir a la Casa de Campo; para mi es un bosque maravilloso, especialmente el Lago es mi sitio favorito. Allí están los “cedros del Atlas”, unos árboles colosales que pueden vivir mil años. Son tan majestuosos que parecen gigantes de cuento.
Una vez en el Lago, di una vuelta alrededor hasta que me topé con un plátano de sombra gigantesco. Me impresionó tanto que me quedé mirándolo bastante tiempo. De súbito sentí una voz en mi inconsciente: Abrázame. Sin pensarlo me acerqué y abracé el árbol. Sentí una energía en todo mi cuerpo, como todas las células se regeneraban. Entonces perdí el tacto de mi cuerpo y observé atónito escenas del pasado como si se tratara de una película. Vi a personajes famosos como Goya pintando el retrato ecuestre de Fernando VII, a Alfonso XII yendo de caza y atrocidades: españoles matándose en la guerra civil.
Recuperé la conciencia y me di cuenta de que un ancho cartel que estaba detrás decía:
“El Plátano Gordo, único ejemplar de veinte metros de alto, cuatro de perímetro y más de doscientos años.”
Mi nombre es bosque. De liquen son mis barbas. De corteza mi atuendo, con muchos remiendos de musgos zurcidos. Mi pelo es fronda; calvo es mi invierno. Canto al viento. Lloro en las mañanas frías y en las muy frías apenas me despierto. Dicen de mí que siempre ando por las ramas, más tengo los pies bien en el suelo. Como tú, transeúnte de lo más íntimo, que posas tus ojos abiertos en todo y en nada. Sé bienvenido. Si esperas historias, nada prometo pues nada controlo. Si esperas las musas yo no las tengo. Si buscas saberes, solo una cosa: antes estuve y después seguiré estando, cuando todo para ti acabe. Serás entonces de nuevo bienvenido. Bosque es mi nombre, transeúnte. Antes, ahora y siempre.
Las temperaturas suaves no salen del soto del otoño. Las hojas, lentas caen de los árboles con su trémulo color amarillo. Han podado las moreras y les han abierto heridas dejándolas a la intemperie. Los barrenderos mecánicos llevan horas y horas recogiendo las astillas y el serrín en las calles.
Quienes deambulan por las aceras, miran hacia arriba, buscando el ropaje de las tullidas ramas. Se encuentran con un sol que encandila y los pájaros revolotean buscando el cobijo del pequeño bosque urbano.
En la mirada todavía le queda el recuerdo y el brillo de la escarcha sobre la hierba en los bancales, de los árboles en flor, de los carnosos frutos del verano…Siempre hablaba de sus labores hortícolas en los paseos diarios.
En su pueblo nunca hubo un bosque, ni cerca, ni lejos. Ahora, ya se encuentra en la estación de los tonos oscuros. Un macizo de cipreses alrededor, son su compañía. La cortejan para siempre.
Un vaho mineral se elevaba, cómplice, desde las entrañas del bosque y se mezclaba con las fragancias de la superficie en una danza nupcial que presagiaba futuros nacimientos.
Amanecía. Una gota de rocío quedó colgada de mil hojas reflejando su entorno con la lucidez de un espejo. Bastante cerca, el murmullo del río arrancaba arpegios de gloria en honor de un sol señorial que se asomaba entre las copas de los árboles.
Maite respiró armonía por cada uno de sus poros mientras una sensación de levedad se apoderó de su cuerpo, despojándola del lastre de su perpetua cotidianeidad hoy vencida. Allí se sentía otra, era otra. Era ella misma. Dos lágrimas de felicidad se unieron a la única gota de rocío que aún colgaba de mil hojas y también se convirtieron en espejos, esta vez, de su propia alma. No volvió a la ciudad, prefirió quedarse y vivir…
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