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Aquel amante de la Naturaleza, de los bosques milenarios y de las montañas, se instaló con poco bagaje en el fondo de un bosque tupido y virgen. Enfermaba cada día de belleza, inmerso en el follaje, respirando el aire que se colaba entre las ramas y elevando su cara al sol recibiendo vida y calor.
Un día se retiró a un claro del bosque y desnudo se acostó sobre las hojas caídas de los árboles, mirando al cielo y cegándose con el caliente sol. Al poco, su cuerpo se fue hundiendo en el húmedo colchón de musgo y líquenes; lombrices, caracoles, babosas y serpientes se acercaron, subiendo por su cuerpo, los pájaros se posaron sobre el pecho, las enredaderas lo envolvieron con un traje de clorofila y cuando cerró los ojos, toda esa naturaleza viva comenzó su sinfonía: las lombrices penetraron por sus orificios, las babosas se colaron por la boca, las serpientes se tragaron sus dedos, los pájaros le sacaron sus ojos y las raíces lo penetraron a través de sus poros. Se fue fundiendo con el suelo hasta desaparecer y quedar convertido en el suelo mismo del bosque, como en un hermoso y fantástico abrazo de absorción vital.
Todas las mañanas ando y desando treinta y cinco veces el camino que va de la casa al almendro. Y por las tardes, otras treinta y cinco en verano, y quince menos en invierno.
Al principio la gente del pueblo me saludaba amablemente – ¿dando su paseo, Agustín?, es bueno hacer ejercicio- me decían. Cuando llegaron las primeras lluvias, las mujeres me reñían preocupadas desde las ventanas. Más tarde, pasaron a ignorarme y a murmurar a mi paso, como lo hacíamos nosotros cuando veíamos al niño tonto de Mercedes hablando solo en la plaza.
Pero continué con mis paseos, y aunque había días en los que me desalentaba, ¿recuerdas como desaparecen las lindes del camino bajo las nieves de diciembre? Yo ya había memorizado tus huellas cuando llegó el temporal.
Amor mío, ahora tengo que dejarte, temo que alguna bicicleta madrugadora borre mis pisadas de ayer y no pueda volver a poner mis pies sobre los tuyos antes de que volvamos a vernos.
Soy el mayor. A mi alrededor los jóvenes se alzan, en busca de la luz. Sin embargo, soy yo el mayor. Disfruto del rumor del agua, que filtra la tierra a mis pies. Disfruto del viento, que mece mis brazos. Disfruto de la luz, de la luna incluso. De los pequeños voladores que hurgan curiosos mis oquedades. Hasta la llegada del zumbido. El zumbido se acerca, más cada día. Lo noto en el suelo. Mis hermanos caen, por cientos. Ha llegado el momento, el zumbido está aquí. Me desarraigan. No se porqué.
Sí, el bosque está lleno de magia y si abrazas ese árbol que te gusta, te entregará sabiduría, estabilidad y firmeza; su visión desde lo alto del Monte Saria, recovecos de los ríos y los claros, donde soles otoñales son las luces vaporosas, celestiales, descubriendo mil sorpresas.
Mariposas danzarinas y microclimas, sobrevuelan los silvestres azafranes de corolas violetas o camomilas, que son marco del color acanelado y el dorado de los juntos acerados, coronados por simientes, ya resecas, sujetados a fangueras y arenales.
Te mostrará cada planta y cada seta, cada tronco escalonado por los hongos, transitado en nuestros sueños, por los duendes diminutos…
Ha escuchado el estrellarse de los higos madurados, las castañas erizadas, avellanas y las nueces. Y fue tentado a caminar sobre frutos otoñales.
Oye el río y la cascada, custodiados por los robles y cajigas centenarias, enraizados y arteriales, aquietados como sendas naturales, aferrándose a riveras cenagosas que limitan las corrientes. Frescas aguas que han saciado caminantes, con la paz o con amores, en turbados plenilunios o en crepúsculos radiantes.
Vio flotar las margaritas aprehendidas a largos tallos, enraizadas en los fondos remansados, irisados por la blenda, las arcillas, pedregales…
¡Es mi árbol!
No teníamos que haber venido, yo no quería, tenía trabajo atrasado, pero tú te has empeñado y mira ahora, te estás muriendo.
Te estás desangrando entre mis dedos y no puedo hacer nada, los teléfonos están abajo y nos tiene encerrados. No me gustó, como se te quedó mirando el conserje y nos trajo a esta habitación llamada la Ojáncana del bosque. Te tocó los pechos y me tiré sobre él, me empujó y caí sobre la cama, forcejeamos, pero su estatura y musculatura eran muy superiores a mí y me inmovilizó en un momento. Te subiste a su espalda y le dabas golpes con los puños y parecía que ni lo notara.
Me golpeó en la mandíbula y se revolvió contra ti, te cogió en volandas y mientras se reía te llevaba de un lado al otro de la habitación, dándote en todas las esquinas de los muebles y de la pared. Sacó un cuchillo y te abrazó. Salió dando un portazo.
Conseguí levantarme y te llamé horrorizado.
Cuando te volviste, la sangre salía a borbotones de tu pecho y aquí estoy yo, llorando sobre tu cara.
No teníamos que haber venido, yo no quería, tenía trabajo atrasado.
Pasado el merendero miró hacia los árboles. Horas y horas de lluvia inmisericorde, oscuridad fúnebre, vientos que azotaban la ciudad con furia. La oscuridad impedía vislumbrar más que una cueva negra y penachos que se recortaban sobre ella. Las copas se movían organizadamente por el vendaval. El policía sintió un escalofrío. Al girar la vista al frente, dió un brusco frenazo para no chocar contra un Volvo familiar que le precedía. Agarrando con fuerza el volante sintió como sus latidos le taladraban las sienes. No podía dejar de acordarse del cuerpo de la chica española tapada sobre la manta de aluminio.
Cuando levantaron el cadáver en el bosque una mañana de Abril se encontraron con una joven estudiante bajo una oquedad de las ramas. El amanecer había cubierto de humedad su ropa ensangrentada. Recordó haberse fijado especialmente en sus zapatillas, estaban empapadas. Estúpidamente sintió que aquel cadáver tendría frío en los pies. Ahora, asiendo un volante que se le clavaba en la alianza, notó sus pies, helados. La calefacción del Ford no le reconfortaba lo más mínimo.
Tardó veinte minutos en recorrer unas anegadas calles. Avenidas de la periferia de la ciudad, una calzada colapsada y, a sus pies, frío.
La niebla dibuja formas extrañas con la luz de la luna y las sombras del bosque. Da miedo. Me calma la extraña posibilidad de que algo suceda. Me pasaba desde niño y aún me ocurre. Recuerdo cuentos y leyendas envuelto en el entorno que me rodea. La niebla sigue jugando con la luz y las sombras. Decía mi abuelo que “en cada árbol existe el alma de un asesino, alguien que sesgó el orden natural de las cosas. Un asesino que busca librarse de su atormentada alma. En cada raíz se encuentran sus extremidades, luchando por desarraigarse. En cada corteza, el recuerdo de una gota de savia derramada, un sueño sin realizar como el tatuaje de un viejo amor. Los árboles nos vigilan, saben que somos su salvación, que debemos protegerlos. Pero ten cuidado si no lo haces y ves a uno de ellos moverse hacía ti. Eso significa que serás su libertad y que no conseguirás escapar de aquí, jamás, ya que te habrás convertido en árbol. Ese es el secreto del bosque y el final de toda vida perdida”. Intento moverme, pero sólo consigo que el viento meza mis ramas.
Nos estábamos instalando en nuestro pequeño y acogedor hotel. Teníamos tiempo libre antes de cenar y decidimos pasear por el bosque cercano. La luna llena y nuestros deseos de explorar, ofrecían claridad suficiente para iniciar nuestra andadura. El olor a tierra húmeda, el canto de los grillos, el lejano gorgoteo de un riachuelo nos llenaban de paz y tranquilidad. Cuando la oscuridad nos impidió avanzar, decidimos volver y degustar una cena tranquila en el coqueto restaurante del hotel. Escogimos una mesa con vistas al bosque. Me quité la chaqueta, la chimenea encendida proporcionaba un ambiente agradablemente acogedor, al colgarla tras la silla, quise coger el móvil pero algo me lo impedía, estiraba hacia abajo con fuerza y me impedía sacarlo. Al mirar dentro, me quedé paralizada, un pequeño ser transparente y con figura humana lo sujetaba y me susurraba: «Olvida ataduras y convencionalismos y aprovecha lo que te ofrece la naturaleza de este maravilloso lugar. Relájate pidiendo una copa de vino rojo y duerme plácidamente hasta el día siguiente en que me devolverás al bosque.» Disimulé frente a Juan, hicimos según deseos de mi pequeño ser y ahora, mientras escribo, acaricio mi barriga llena de vida.
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