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Hoy mismo me ha venido una historia muy graciosa a la mente. Una anécdota de juventud…fíjate si no te hablo de años… Era un mocoso descarriado que hacia campana, fumaba, robaba… Vamos, era la crème de la crème para cualquier padre. Como te decía, un día, siendo yo muy joven y estúpido, me refugié en el bosque para fumar un par de porros y así, también, evitar que mi madre me molestara con que hiciera las tareas de casa y del cole. Cuál fue mi sorpresa cuando me descubrí de repente, y así sin avisar, sentado a los pies de un sauce llorón y parlanchín.
– Abuelo, ¿qué te dijo el sauce?
– ¡No veas que bronca me echó! Un recuerdo vago tengo pero no puedo serte muy concreto. Sólo recuerdo una frase que me marcó. ¿Cómo era? Esta anciana memoria que ya divaga… Espera, ya recuerdo. El sabio sauce me dijo que mirase más allá y amase la vida como el amaba el sol de la mañana.
– ¿Y eso que significa?
– Hijo, la verdad que no lo sé –dijo el anciano entre carcajadas- Pero a partir de ese día todo cambió…
Amaneciendo en el bosque con el sol colandose entre los frondosos arboles, acariciando, pedazos de tierra y pasto
ese aroma a tierra humeda que sabe a delicado y fresco perfume
llena los sentidos mas intimos del alma
musica de pajaros que cantan su alegria, de sentir la vida en todo su esplendor
bosque sereno, acogedor y misterioso que te arropas a ti mismo con las hiedras en flor, en ti hay vida colores e ilusion,
musica y resplandor alimentas el espiritu sintiendonos parte de ti y de tu esencia,saboreando esa sensacion de eternidad que emana de tus entrañas
bosque tu que te llenas de los seres vivos mas preciosos del mundo tu con tus arboles frondosos que te dan fruto que te regalan el mejor aroma y regalan hogar a animales indefensos , tu que vives con el dulce cantar de los pajaros con el escalofriante aullido de los lobos tu que te llenas con la melodia diaria de animales sorprendentes .. te encuentras en el medio de la nada y a la vez lleno de todo .. de todo lo hermoso de la naturaleza pensar que en ti despierta un lago en el que se puede reflejar tu hermosura ladron de suspiros que regalas tranquilidad …
Me he perdido.
No tengo ni idea de cómo volver al punto en que dejé el camino. La flecha del árbol ese decía que había una fuente. El caso es que se oye correr agua por ahí abajo…
Ya es tarde y debería salir de aquí porque se va a hacer de noche de un momento a otro. Esto me pasa por venir solo. Y encima la mierda del móvil no tiene cobertura.
¡Estoy en el bosque de los gnomos! A ver, déjate de bromas y concéntrate.
Llevo ya un buen rato dando trompicones cuesta abajo y me duele todo. No me he traído ni una cochina botella de agua… Está refrescando y yo con esta camiseta de pijo. Mucho caballito, pero voy a pasar más frío que un tonto.
Menudo silencio. No sé si es el respeto que me da esto, pero me está entrando un apretón… ¿Y si viene un lobo?… le tiro el móvil y salgo corriendo. Cada vez hay más niebla y andar sin rumbo es una chorrada. Espera… Eso parece una casa. Sí. Y tiene un cartel iluminado que pone… que pone… ¡Parking! ¡Pero si es el sitio donde dejé el buga! ¡Estoy salvado!
Llegó a la casa rural cuando el sol se había posado. Le mostraron su habitación acogedora y cálida.; dejó las maletas y una caja encima de una silla, miró por la ventana y allí se divisaba un bosque frondoso. Respiró hondo y se durmió plácidamente.
Se despertó sobresaltado por la ausencia de ruido, al cual, estaba tan acostumbrado en la ciudad. Desayunó deprisa y salió al bosque con la caja bajo el brazo; buscó durante horas el lugar perfecto, ni muy soleado, ni muy sombrío, húmedo. Lo encontró cerca de un riachuelo. Sacó de la caja una pala de jardín e hizo un agujero y en él depositó un bonsái añejo.
-“Este es tu lugar, ya eres libre.”
Se tumbó en la hierba y miró hacia el cielo limpio.
En la ciudad no se puede vivir, yo no tengo remedio pero tú lo has conseguido.
Vivirás por fin el sueño que siempre tuve. Con ese acto altruista fue inmensamente feliz.
Escuché susurros y silencio, agua, trinos y berreos. Olí frescor y compañía. Toqué hojas y caricias: sentí ternura y libertad. Comí una mora. Vi hormigas moviendo un tesoro, y abetos vivos, sin regalos ni luces de colores; vi nubes cambiando de forma, coronando risas y paseos, acunando valles y despertando sombras. Disfruté de olores y colores, de verdes, azules,… rosas, violetas y amapolas. Contemplé tus ojos y descubrí un bosque. Miré el bosque y entendí la vida.
¿Estaba el bosque encantado?, siempre pensé que si, creía ver gnomos , hadas, troles y demás «fauna encantadora» por todas partes.
Por el sendero que regreso a casa cada día, veo el bosque, que descansando en el valle observa orgulloso el pico de aquella montaña siempre coronada de blanco, a veces hasta me parece que le dedica una canción, cuando un viento toca uno a uno cada arbol emitiendo distintos sonidos cada vez, un día parece poemas de enamorados y otros en cambio de amantes disgustados…
Hubo una vez un rey que para llevar el progreso a sus súbditos, decidió talar los bosques del territorio. En los espacios limpios de ramas y troncos se construirían viviendas y campos de golf.
Aún recuerdo mi primera vez. Entré en aquel bosque de coníferas de la mano de ella y a primera hora de la tarde, nervioso como la hoja de un álamo temblón apenas el aire se pone en movimiento, para estrechar con mis brazos la oblicua luz que todo lo iluminaba, incluidos nuestros cuerpos cuya piel eran reflejos de oro y canela . Fue un paseo por la sorpresa y la improvisación. La brisa hacía que las hojas, flores y conos de todos aquellos potentes y perennes árboles compusieran, con ayes y sonidos, exclamaciones y gritos, la mejor sinfonía que jamás pudiéramos haber imaginado escuchar. La madera, el viento, la percusión llenaban de armónicos el tiempo y el espacio, y todo el bosque aplaudió, finalmente, nuestro avance hacia el culmen de nuestra realización, haciendo que los muelles pasos sobre aquella arruinada hojarasca en proceso de humificación nos encaminaran hacia un abandono más importante que el obvio del lugar. Abandonados de la vida por aquel maravilloso espacio continuamos unidos de la mano hasta el final.
El bosque permanecía impasible año tras año cuando se disfrutaba desde lo alto de aquel roquedo que, a modo de atalaya, vigilaba mudo aquel cerrado valle entre montañas hermanas. Acostumbrábamos a subir desde el camino de piedra cercano a la aldea al menos cuatro veces al año para sentir, con cada estación y desde allí, aquella falsa impasibilidad adornada con diversos y variados afeites y arreboles, diferentes cada vez según fuera el caso. Tomás, el abuelo de nuestro amigo Juan, solía acompañarnos cuando era aún un hombre con fuerza, y fue él quien nos enseño todas las maravillosas implicaciones que semejante impasibilidad guardaba en su interior, la vida autocontenida sin límites, la subsidiaridad entre especies, la competencia, la muerte, el renacimiento, la inmortalidad, el tiempo. Todo estaba construido, es decir, creado, por las ansias de vida y el lento trascurrir del tiempo. La última vez que subimos Tomás había muerto pleno de inmortalidad y el bosque de nuestros sueños había quedado prendido de una imaginaria línea semejante a una cerilla.
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