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Me llevaba de la mano, entre la niebla. Las encinas parecían gigantes con abrigo largo. El suelo era un mosaico de hojas del rojo sangre al amarillo. A veces se paraba y me soltaba la mano. Yo permanecía esperando en un limbo que me trajera una seta, un espárrago silvestre o unas moras… Si un rayo de luz atravesaba el aire, ella me señalaba el suelo y me decía: “Joyas, son todas para ti, te las regalo”
– Ya- dijo el psiquiatra consultando sus notas.
– ¿Lo ve, doctor? Mi madre me enseñó a mirar el mundo de esa forma y no sé, no puedo concebir las cosas como son, solo de ese modo…
– Un caso extraño. Usted es víctima de… ¡la poesía!
El doctor la acompañó a la puerta. Una paciente singular. En fin ¿quién era el siguiente paciente?
Ella llegó a la esquina. Miró tristemente a lo lejos. La nieve empezaba a derretirse en las montañas.
Se echó el pelo detrás de las orejas. Debajo de él disimulaba lo muy puntiagudas que las tenía. Inconvenientes de ser un duende en un ambiente tan amenazador como las ciudades modernas.
La música del aire me transporta
a mi bosque y a mi río,
a los cauces entre cielos
que son nubes,
en meandros imposibles retornados cauce arriba…
Son nublados que despiertan los encuentros
de la vida inflamada en el centro de los bosques,
allí está oscuro y en silencio…
Es mi alma…,
la acompaña ese río de sonido palpitante,
del amor y sus riveras,
de los juncos que bailaron como vellos erizados,
cual melenas incitadas por el viento
a caricias inmortales.
Lo busco entre troncos abrazados por las yedras,
como venas,
columpiadas por el viento en las hayas centenarias
que destruyen a la reina de los bosques,
a otros robles…
Y yo busco en la entretela de las cuevas,
en las simas abismales,
en la ciénaga y en el canto de las ranas,
en los vuelos de murciélagos nocturnos;
yo lo busco entre fríos y corrientes,
en las telas transparentes
que se llenan de rocíos
donde reinan las arañas.
Y lo busco entre las rocas,
en los suaves roquedales,
en lo oscuro de las almas,
en lugares muy profundos,
hoy tan lejos que no alcanza mi mirada,
en silencios que ensordecen,
entre ramas que conozco…
Busco el bosque…
Desde mi altura no podía distinguirlo. Solo sabía que pertenecía a los ejecutores. Yo caminaba deprisa, pero sabía que daba lo mismo, pues estaba a su merced, haría conmigo lo que quisiese, me pisaría, me aplastaría con una piedra, jugaría cruelmente conmigo. Pero no está en el protocolo de conducta de una hormiga rendirse, así que corría, corría, emitiendo horror al aire para avisar a las demás que el hombre estaba cerca.
De pronto algo carnoso y fragante se puso frente a mí en mi camino. Dudé, pero interceptaba mi paso y ¡olía tan bien! Me paré un momento. La muerte era inminente ¿qué más daba una insensatez? Palpé la superficie rosada y blanda. No sería una muerte terrible si podía recrearme en aquel tacto antes de perder la sensibilidad de mis antenas y la movilidad de mis seis patas.
– ¡Mamá! ¡He cogido una hormiga!
Era un ser humano. Me asesinaría. Mientras tanto yo iba de uno a otro de sus tentáculos con dulce aroma, que me producía un éxtasis maravilloso.
– Me haces cosquillas en la mano… Toma, chocolate… Te llamaré Rogelia porque eres rojita… Serás mi amiga. Yo te cuidaré.
Caperucita tomó el camino del bosque pensando en llegar pronto a la casa de su abuelita; pero, al entrar en la espesura de los pinos, se le apareció un lobo que tenía mucha hambre, y decidió compartir con él las viandas que llevaba en su cesta.
Atrapada por las apasionantes aventuras del animal, la niña se sintió segura con la bestia, hasta que, de pronto, apareció un cazador furtivo con su escopeta.
Caperucita abrazó al animal para protegerlo de los disparos del nervioso cazador que atronó el bosque con sus ansias de sangre.
¡No!- gritó el lobo-; pero ya era tarde. El cuerpo de la niña estaba tendido en el suelo, mientras el cazador, huía por los trigales.
No le sirvió de nada. El animal frustró su fuga, y le destrozó entre sus garras, sin que nadie nunca jamás encontrara su cuerpo, ni el de la niña.
La joven atravesó corriendo el bosque como una exhalación, mientras intentaba olvidar con cada zancada que daba, todos los malos recuerdos y acontecimientos que 2011 había traído a su corta vida. Se había dirigido hacia aquel espacio buscando encontrar en la solidez de los fuertes y orgullosos carballos un refugio. En el silencio de esa hermosa espesura, sólo roto por algún trino de pájaros o por el vuelo de algunos insectos, esperaba encontrar la tranquilidad perdida. Mientras observaba la belleza que se alzaba a su alrededor pensaba que iba a hacer con ese ser que crecía en su cuerpo, y sobre todo como lo iba anunciar a su familia, y al inesperado padre.
Amanece, silenciosa esta ciudad,
de imagen colorista, olor a estaciones,
de habitantes sin destino, origen ni final.
Agua y luz conjuran vibraciones adormecidas,
veo desde lo alto de este bosque perpetuo,
una imagen cautivadora, dominante
seduciéndome, insolente cada sábado..
Sigo el sendero del silencio ensordecedor,
camino a la cima de este monte que me embelesa,
para verte entre caminos, sin hacerme presente,
ando entre perfumados eucaliptos soñolientos,
merodeo entre nidos de pájaros huidos
sigilosamente, sin hacerme presente.
Suspiran el sonido de las aves a mi alrededor,
árboles, aire y visiones de sábados melancólicos,
me despiertan de ese mi cautivo sueño, de amar
de ese mi triste destino, sin ti….sin amor.
Me empujan hacia la cima, desesperados,
para no escuchar el llanto de los caminos desiertos,
que me acompaña de la mano cada sábado,
al pasar por tú calle para dejarme seducir
por ese silencio fugitivo de los sábados
que me invade y me secuestra.
Me alzan suavemente hasta el acrisolado cielo,
para escuchar el sonido del viento atrevido,
golpeando la tristeza, la desolación exhausta,
hasta mostrarme la esperada visión,
de verte entre caminos, sin hacerme presente.
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