Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

55. EL GUÍA, de Aliso

Contó mentalmente al grupo.
Un leve carraspeo.
-Señores- su voz sonó clara y trágica en medio del bosque.
Se hizo el silencio.
Miró desconfiado al recien llegado.
– Nos encontramos frente a una de las mejores obras del artista. Podrán observar las múltiples gamas de verdes combinadas con las cálidas notas del tronco de los árboles. El pintor insiste en la importancia del color de ahí esa pincelada fluida y evanescente. El color superando la forma. Es el impresionismo.-
Miró con aire de suficiencia al nuevo.
Se agachó y volvió a cargar con determinación el marco de madera de 81,4 cm x 66 cm.
Tras unos segundos de indecisión,el intruso corrió tras el guía dejando en el aire un leve murmullo de hojarasca.

54. EL ARCÁNGEL, de Irati

Plagado de hayedos, entre  lugares vírgenes en los que se refugian la fauna y flora de lo más variopinta, Efraín se arrodilló y rogó con sus manos en ángulo implorando ayuda. Lo hizo con tal vehemencia, con tanta pasión  y confianza, que un ángel acudió al llamado.
Laderas cubiertas por hayas centenarias marcaban el camino hacia el embalse. Se encontraba próximo a la ermita de la Virgen de las Nieves cuando el arcángel apareció
Efraín le imploró que custodiara el lugar ya que le habían informado que un grupo de desenfrenados prendería fuego al bosque. Como guardabosque debía cuidar de los frondosos lugares que escondían manantiales y fauna de roedores y jabalíes, reyes del bosque, con permiso del zorro y los cérvidos.
El se dispuso a escuchar, pero el hombre abrió sus brazos en forma desmesurada como si se crucificara a si mismo. El enviado, al presenciar la inmolación del guardabosque que se ofrecía en sacrificio a cambio de conservar el predio, influyó en la mente de los piros maníacos que desistieron en su intento.
Ante tanto altruismo por parte de Efraín, el ángel  le devolvió la vida. 

53. LA LOMBRIZ ATRAPACOLORES, de Quercus

No paraba de hablar. De todo y de nada. Y de pronto nada dijo cuando debía hacerlo. Guelmi correteaba de un sitio para otro cantando aquella canción extraña, con una letra inventada para cada momento. Siempre la misma música, ordenando las hojas una y otra vez a medida que caían de los árboles. Yo soy mucho más tranquila.   Intentaba capturar el aire que las libélulas dejaban cuando revoloteaban despidiendo los colores que debía guardar para la primavera. El invierno se echaba encima. Sigilosamente me apeé de la piedra musgosa y me deslicé a través de las hojas, me adentré en la tierra encogiendo y alargando mi cuerpo como es costumbre. Allí descubrí a las demás quietas como esperando algo inaudito.  Sentimos un ligero crujido, un movimiento en todas direcciones. Guelmi comenzó de pronto a cantar.Todas salimos a la superficie. El pequeño elfo bailaba alrededor de una pequeña  flor de azafrán. Me acerqué a capturar el color.  Asombrada por la soledad de la hermosura me alejé con Guelmi que no paraba de contarme historias sobre seres solitarios que habían conseguido unir a otros a la tierra. Esperanzador es que la soledad de unos  consiga unir a otros tan diferentes.

52. TODOS LOS COLORES, de Raíz

Padre e hijo habían decidido acampar en el bosque, tratando de huir de ese otro bosque hostil que era la gran ciudad, la que se daba el gusto de engullir hasta los sueños de sus habitantes. En cambio, allí,  en el bosque, la naturaleza era una explosión descontrolada de vida, de libertad y de encuentro.

-¿Hueles a verde, Hernán? –Preguntó el padre, mientras aspiraba todo el aire que sus pulmones le permitían.
-¿Es que los colores también se huelen?
-¡Claro que sí! El verde huele a vegetación, a la savia que recorre las venas de las plantas, a sombra; el terracota, huele a tierra mojada, a lluvia; el amarillo huele a ozono, al aire y al sol; el azul huele a cielo, a vientos y a nubes… todo tiene olor si lo hueles con el corazón.
Más tarde se dirigieron al río en busca de agua. Hernán, entusiasmado, enfatizó:
-Papá, huelo a transparencias, no es un color pero huele a agua.
-Y yo “veo” transparencias, Hernán, toda la que hay dentro de ti.
Al atardecer, padre e hijo volvieron a la ciudad con la memoria colmada de olores y colores.

51. DECIR MAGIA, de Raíz

Aquel era un bosque triste, callado, sin gracia y sin alma. Los pájaros no tenían voluntad de alegrarlo con sus trinos, ni el agua del río, de arrullarlo con sus ecos. Las sombras se veían apagadas, y los árboles, solitarios en sus alturas. La vegetación del suelo había comenzado a perder sus hojas, y la que no, se secaba sin remedio. El aire ya no era puro porque se había olvidado de correr detrás de los sueños, y allí, estancado, acumulaba un tiempo sin retornos.

Pero un día, el día en que ellos planearon irse de campamento al bosque y la noche los acogió bajo su carpa de exploradores, algo pasó. Los jóvenes, él y ella, descubrieron el amor, y al primer beso, la magia se escapó de la carpa y cobró vida en la espesura.
No hicieron falta ni hadas ni gnomos, un sentimiento bastó para lograr el prodigio.

50. UN ENCUENTRO, de Muérdago 2

Esa noche la luna lucía esplendorosa en su fría belleza. Las ramas desnudas de los árboles se alzaban al cielo para intentar en vano acariciarla; mientras, el misterioso aleteo de las aves y el corretear furtivo de las alimañas dejaban su poso de desasosiego en el ánimo de Cristina, que avanzaba penosamente a través de la espesura. Ya no le parecía tan romántico el paseo bajo el auspicio nocturno.
Estaba a punto de desesperarse cuando encontró una vieja cabaña. Sonrió, pues el humo de la chimenea delataba que estaba habitada. Confiada, llamó y entró.
Un decrépito anciano echaba leños a un hogar que crepitaba animosamente.
–Pasa, joven –invitó el hombre sin volverse–; ahí te quedarás helada.
–Gracias, creo que me he perdido.
–Suele ocurrir, este bosque tiene sus misterios… Ponte junto al fuego y caliéntate, hallarás en ese puchero algo de caldo –aleccionó el viejo mientras se retiraba discretamente a las sombras–. Sírvete.
 –Ha sido una suerte encontrarle –comentó Cristina mientras llenaba un tazón–, me han dicho que el bosque está completamente deshabitado.
–Y no le han engañado, joven.
Estas últimas palabras sonaron como salidas de una tumba. Ella se giró lentamente, temblando. Estaba completamente sola.

49. LA SAVIA DE LA SANGRE, de Fronda

Mientras su hijo corría tras la pelota en el calvero del bosque, la mujer, guiada por el instinto de supervivencia, se aproximó a un viejo roble. Tras contemplarlo durante  un largo minuto, la joven madre, en un impulso, envolvió el tronco del roble en un emotivo abrazo. El niño, que había seguido los movimientos de su madre con el rabillo del ojo, atraído por el extraño gesto de su progenitora, corrió hacia el árbol y, al instante, se sumó al abrazo. Y, entonces, ocurrió el prodigio que madre e hijo jamás olvidarían: entretanto sentían que la savia corría por sus venas, las raíces del viejo árbol se nutrieron con la sangre de la vida. Fue en ese instante cuando un coro de pájaros interpretó las notas del Himno a la Alegría.

48. EN EL ÚLTIMO MINUTO, de Fronda

Era tarde, pero no demasiado tarde. Aún tenía tiempo de encontrarla. La buscó durante las siguientes horas, y, cuando todo parecía perdido, en el último minuto de la noche, la encontró. Estaba temblando en el bosque, junto a una encina.
       -¿Tienes frío?
       -No.
       -Entonces, ¿por qué tiemblas?
       -Temía que esta vez no me encontraras.
       -Tonta. Ven a mis brazos.
       Y la aurora y la noche se fundieron en la luz del alba.

47. EL GUSTO POR LO PEQUEÑO, de Fronda

A pesar de su esplendorosa belleza, ella sólo se fijaba en las personas menudas. En el bosque había aprendido que a veces lo grande es pequeño y lo pequeño, grandioso; y era una excelente aprendiz, ella, Blancanieves.

46. EL BOSQUE QUEMADO, de Bellota

Aquel otoño del año 112 quemáronse muchos bosques.
Un rayo en el fresno que custodiaba la busta de monte de Flavio, estalló en metralla sobre las ramas de los vecinos robles, el suelo de aquel seco otoño y el tejado de corteza de abedul del chozo.
Los corzos saltaban despavoridos. Otros animales corrían con sus crías en los dientes.
Lo demás quedó al albur del ábrego. Dos días de llamas y siete de brasas. Nueve noches de fuego visible desde el hoy pueblo de Lavín, hogar de Flavio, en el fondo de la Gándara, y desde Velliga, hoy Espinosa de los Monteros.
Lluvias y torrenteras se llevaron las cenizas hasta el Asón, donde se juntaron a las que los regatos arrastraban del incendio del bosque sagrado de la tribu ocupante del valle de Marrón.
Estos dos incendios dieron nombre a dos lugares: el uno Busquemao en el portillo de la Sía y el otro Bosquemado en Ampuero. Uno fue testigo del repoblamiento de Soba por los castellanos y del otro salió Pelayo hacia Covadonga, en el año 912 acogió la juventud del primer Conde de Castilla, Fernán González y en 1605 le dio a la Virgen por hacerse la “Aparecida”.

45. MALEZA INSANA, de Saúco

Recorrió una y otra vez las veredas, sin encontrar nunca el camino principal. Perdido en la broza, desbordado por la hojarasca, hubiera querido salir de la espesura, descubrir un claro en la floresta en el que el sol no tuviera obstáculos. Después vino la lluvia, que inundó los canalones, y todos los tubos. La humedad le volvía loco, aún más. Daba vueltas alrededor del mismo árbol, hasta que el vértigo y los mareos le hacían desvanecerse. Maldecía una y otra vez el bosque del que nunca pudo salir. La lobotomía le había condenado a permanecer en él.

44. EL ÁRBOL SABIO, de Ent

Nos sentábamos bajo su sombra a merendar, mientras nuestra abuela iba desgranando bellas historias que siempre, siempre sucedían en el bosque.  Era la que más sabía de viejas leyendas y nos encandilaba escucharla. El árbol parecía que participara en el relato, protegiéndonos con sus inmensas ramas y aéreas raíces. Me proporcionaba seguridad.
De adolescente me gustaba pasar mis horas solitarias en aquel rincón familiar, al tiempo que le explicaba mis problemas y la incomprensión de los adultos. Me sentía apreciada.
Cuando me casé iba al bosque para visitar a mi querido amigo, y allí seguía como siempre, imponente y acogedor.
Más adelante le presenté a mis hijos para que  se conocieran y era yo quien recordaba los antiguos cuentos a su cobijo.
Ahora ya, vieja y cansada, he subido por última vez a despedirme, y él, tan grandioso y majestuoso como siempre, ha mecido sus ramas afablemente en un largo adiós.

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