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Los bosques encierran secretos, todos lo sabemos, ¿quién no ha oído miles de historias acerca de relatos fantásticos que acontecen en un follaje boscoso?
Pero yo no creo que sean ciertos, hay mucho mito en todo eso e incluso gente inescrupulosa que lucra con la ilusión y la curiosidad ajena.
Sin embargo, ciertos testimonios que son de mi más absoluta confianza, aseguran que en los confines del globo, allá por el recóndito extremo sur, hay bosques que se comen árboles. Sí, aunque cueste creerlo es así, toda madera que caiga al suelo, sea naturalmente o por la escasa labor humana que en esos sitios se permite, en cuestión de días desaparece misteriosamente, sin que nadie se la haya llevado, sin que termita alguna la haya siquiera tocado y lo que es más sorprendente aún, sin dejar rastros.
Todo tiene su explicación racional, de todos modos la labor de estos casi invisibles seres estudiados por la micología, realmente puede desconcertar al mejor y más sagaz de los investigadores.
En el bosque hay árboles con ojos, brazos y piernas que de noche despiertan, te miran y si tienen ganas de bromear te persiguen un rato hasta que huyes espantado. En el bosque hay enanos bromistas, duendes canallas que te hacen preguntas que no sabes responder. En el bosque hay bellas ninfas que enamoran y libidinosos sátiros, ogros gruñones y hadas caritativas buscando desamparados a los que proteger. Por el bosque también pululan niños abandonados, lobos feroces y chicas traviesas que se han escapado de casa. Un maníaco armado de un hacha o de una motosierra, buscando a alguien con quien emplear su herramienta y también, también otro, no menos maníaco, armado con un bolígrafo y un cuaderno, buscando inspiración para escribir este relato.
Viernes. Otro día sin más. Mismo trabajo, mismas caras, misma vida… Convencida que lo que se quiere a los 20 no es lo mismo que a los 40. Vienen a mi mente recuerdos de mi niñez, cuando vivía con mis padres en aquel bonito pueblo de montaña. A las afueras había un frondoso bosque. Mi sitio preferido era una explanada de escasa vegetación donde había un árbol peculiar. En su grueso tronco, yo hacía muescas para señalar el día en que me ocurría algo especial, al lado escribía la fecha.
Decido que mañana volveré a ese lugar. En el viaje, voy pensando si mi árbol tan especial continuará allí. Cuando llego, camino hacia el bosque con cierto nerviosismo. Me sitúo frente al árbol, veo que mi calendario de días especiales sigue allí. Me quedo observándolo durante un momento, suavemente va apareciendo una muesca debajo de la última que yo hice, con la fecha de hoy. Una breve brisa sopla, las hojas del árbol se mecen y escucho: “Los días sólo son especiales porque nosotros hacemos que lo sean a través de pequeñas cosas. Hoy para mí es un día especial, tú regresaste a visitarme”.
Aún no sé cómo llegué hasta allí, probablemente alguna amiga harta de mi melancolía decidió, desesperada, hacer un último intento con la naturaleza ya que nada había podido hasta entonces con un dolor de tan dura coraza.
Poco a poco el bálsamo del paraje se coló por los poros de mi piel y mi alma.
Y un día me encontré con mi sonrisa en el espejo. Me costó reconocerla, le daba a mi rostro un aspecto divertido, retador y envolvente, que había olvidado. Recordé que siempre decías que era lo que más te gustaba de mí.
Me paré a escuchar el silencio rasgado por los trinos tempranos de los pájaros, desde mi ventana contemplé el sinuoso sendero que los árboles dibujaban… Era el entorno que me había rodeado los últimos veinte días, el que –paciente- me había devuelto a la vida.
Salí afuera y corrí –agradecida-, y grité y grité tu nombre, se lo entregué a los árboles, a los senderos, a las ardillas, a los riachuelos, a las flores silvestres, a todos les regalé tu nombre, segura de que ellos sabrían custodiarlo y que si me olvido alguna vez de ser feliz siempre puedo volver a buscarlo.
Hace dos semanas enterré mis miedos en un agujero del bosque junto a las raíces de un viejo arce. Cavé durante horas hasta que el hoyo fue lo suficientemente profundo como para que quedasen atrapadas todas mis pesadillas. Aun así, el fantasma de la chica que asesiné me sigue atemorizando por las noches. Ha cobrado forma de árbol y sus ramas son tan decrépitas y punzantes como la cuchilla de una guillotina. A veces, el espectro se desplaza por las paredes con sus garras sedientas de sangre, con sus hojas ansiosas por devorarme. Me atormenta con el silbido del viento, con el ruido incesante de los pájaros o con el palpitar de las almas que se alojan en su tronco. Viene a por mí. Quiere llevarme.
Cuando enciendo la luz comprendo que todo ha sido un sueño horrible. Son las tres de la mañana. Para matar la angustia, cojo un libro de la mesilla de noche y trato de leer unos capítulos. Con sus afiladas ramas abriéndome en canal resulta muy difícil seguir el argumento.
Habían caído bolas de naftalina del cielo, Wis se preguntaba cómo era posible que aquel granizo fuera tan perfecto y tan helado. El ruido de la tormenta en el tejado y en los cristales ensordecía cualquier otro sonido aislado. Pero le pareció oír algo distinto en el exterior. Ella desconocía el miedo. Era valiente y atrevida, por eso no le importaba vivir en el bosque, en lo alto de la montaña, sola y alejada de la aldea; al contrario, le encantaba, podía explorar mejor el infinito sintiéndose más pequeña. Así que salió a la oscuridad a ver qué ocurría. Una de las ramas del arce gigante que se hallaba a la entrada se había quebrado por el azote del viento. La oscuridad absoluta era la dueña del espacio. «¿Y si ahora una sombra…?» -pensó-, pero se rió de su propia ocurrencia, al instante. Siempre inventando situaciones al límite de lo humanamente soportable. Volvió de nuevo al interior de su casa, atizó los leños de la chimenea y continuó escribiendo en paz su relato de terror.
Hoy pasta el ganado en la colina que limitan las limpias aguas del Miera y el Aguanaz.
De aquel bosque no queda recuerdo, solo queda…“el nombre”.
Para vestir de quilla a perilla, en las atarazanas de Guarnizo, carabelas, galeras y galeones, fueron cortados los robles más sólidos. Se diezmó la foresta. La sierra y el tronzón, incansables, rumiaron nuestra “selva” trasmerana. Los urogallos atontados por el chute hormonal de sus amores, fueron merienda fácil de leñadores.
Huyeron los corzos, los jabalíes y los lobos.
Después llegó lo peor, las pequeñas piras de humo de lento ascenso de los humildes carboneros de carbón vegetal desaparecieron.
Las fábricas de cañones de Riotuerto y Liérganes devoraban energía. Todo valía, tanto troncos como ramas. No se hacía ni selección ni reposición, se arrasaba.
La madera que no terminó siendo trabajada para construir las cureñas y cureñines de las armas navales, terminó hecha picón en la barriga de los hornos de las fábricas cañoneras. Aun no se utilizaba el carbón mineral y fundir en moldes fusiformes el hierro de Cabárceno, exigía toneladas ingentes del vegetal.
Todo en El Bosque de Entrambasaguas fue victima del hacha, incluso el patrón de su vistosa iglesia: San Juan degollado.
Caminaba en el bosque. No sabía adónde iba, ni el porqué de sus pasos. Pero allí, entre los árboles, se sentía acogido por el verdor palpitante de la vida.
Se había despertado de madrugada para ver las constelaciones. Era uno de sus alimentos: las estrellas y sus nombres, las nebulosas, los cúmulos, las gigantes enanas.
Cogió un abrigo y salió a la noche. Así fue como se encontró en el bosque inmenso, inmenso como su tristeza. Caminar en la noche frondosa le resultaba algo atávico, que no podía ni quería controlar. Entre los troncos se sentía seguro, en paz.
Las cortezas emanaron un ligero efluvio, el suelo chasqueó bajo sus pies y únicamente extrañó el titilar celeste. Tropezó con ramas, apartándolas sin temor. Sentía que el bosque le pertenecía de siempre, que los árboles eran su familia, que lo protegerían, que le darían el amor que nunca tuvo. Fue de este modo como lo encontré, abrazado a un árbol y con las extremidades enroscadas a un tronco. Del torso nacían brotes nuevos y por su piel se paseaban bichos minúsculos, arañas y lentos escarabajos. Le adiviné una sonrisa sosegada. Los ojos aún reflejaban el brillo de las estrellas.
Salió al jardín y se sentó en la tumbona, frente a la montaña. Era una mañana fresca, con el sol oculto por algunos jirones de niebla trepando por las laderas. Iba a comenzar a leer cuando, por el rabillo del ojo, un movimiento le hizo volver la cabeza y sonreír. Allí estaba el mirlo cojo, caminando a saltitos cerca de ella, a la caza de algún insecto. Lo vio capturar un saltamontes, sostenerlo en el pico y escabullirse entre las ramas camino del nido.
… vuestra buena acogida es un estupendo regalo navideño… gracias.
Quería advertiros dos cosas. El formulario falla a veces y no os dejará enviar los relatos si tienen más de 200 palabras. Podéis utilizar el mail para enviarlos para total confianza de que nos llega.
Otra de las dudas que me consultan: intento hacer un par de entradas al blog diarias para publicar lo que nos va llegando, pero es posible que algún día sólo pueda hacerlo en una ocasión, así que no os preocpuéis si vuestro relato no se publica inmediatamente (no está automatizado y requiere de nuestra preparación); pero reclamádmelo si han pasado 24 horas, porque entonces sí que es posible que NO nos haya llegado.
Estamos tremendamente contentos con la aceptación de este blog… en nombre de las gentes del Molino de Bonaco y del Sendero del Agua queremos agradeceros vuestra participación y la larga lista de mensajes y correos que nos habéis enviado valorando tan amablemente esta iniciativa.
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