Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

04.El hueco monocolor

 

Decías que cuando estaba traviesa me gustaba ver el mundo en dos colores. Y era cierto que, haciendo de abogada de Lucifer, te arrastraba del blanco al negro, y viceversa, saltándome  todos los grises. Ahora cactus después alga, comulguemos con manzanas y pequemos con el pan, miremos como un pájaro y como un reptil, seamos valle y también montaña.

Me observabas divertido, a veces escandalizado, adaptando a mis atajos tu flexibilidad: me regalabas una sonrisa, o una lágrima, para hacerme sentir normal y distinta. Pero sobre todo viva.

El mundo sin ti no tiene  blancos, ni grises. Carece de luz. Transito cobarde por las horas, rehén de lo más oscuro, sin batalla que me inspire, sin tu latido vital, huérfana mi mano en el camino. Anonadada ante el vacío y el silencio que se construyen al disolverse la magia. Cactus, pan, reptil y valle. Incapaz de conjurarte, con un grito mudo horadándome el pecho.

Derrotada, muerta por dentro, pétrea por fuera. Me atraviesa tu imagen querida, tu rostro ausente, tu boca quieta, tus ojos helados. Sin una palabra más, desgarro mi ser al girar para alejarme hacia el destierro: ese lugar donde sobreviviré con tu recuerdo apuñalando eternamente mi alegría.

03. SENSACIONES (Ángel Saiz Mora)

Onofre y yo hemos despistado a la muerte, pero el tiempo siempre se cobra un precio. A mí me ha dejado sin oído, quizá por eso vivo de añoranzas, que afloran en cuanto pueden. Esta joven me recuerda a mí muchos años atrás. Tuve su mismo oficio. Han debido de advertirle que es inútil decirme nada. Si fuera posible, conversaríamos. Creo que se limita a sonreír, aunque no pueda ver su boca. Con los ojos le transmito que me cambiaría por ella, a pesar de que la protagonista parece que soy yo.
Noto cómo se ríen todos. Onofre ya habrá soltado alguna de las suyas cuando hay chicas delante. No se le puede reprochar y nunca tiene mala intención. Seguro que a él también le vino a la cabeza la enfermera que una vez tuvo que curarle un brazo y con la que ha cumplido bodas de platino.
Mi carne flácida apenas nota la aguja. Hay pinchazos peores. Por un momento me entristezco. Los recuerdos son armas de doble filo: Félix, Pilar, Eugenio, Carmen, Mercedes, Tomás, Santiago, Antonio y Angelines.
Flashes de cámaras, batir de palmas y titulares:
«Adela, la primera vacunada de la residencia y de la región».

02. Siempre quedará París (Jesús Garabato)

A mi lado, sobre la mesilla de noche, reposa París; eternamente enclaustrado en cristal. A pesar de ello, y aunque la distancia y el paso del tiempo hayan diluido ya el amor, no he dejado de admirarlo cada día. Incluso ahora que solo me restan las  fuerzas precisas para, con un gesto, dejar caer el vaso, tu carta y también París, nuestro París, cubierto para siempre de lágrimas y nieve.

01. MANCHITA, LA ARDILLA

Nos detenemos en una calle con árboles en las aceras. Mi nueva mamá -no recuerdo su nombre, Alicia o Amelia, creo- me dice que hemos llegado. Antonio, que ahora será mi papá, me coge la mano y me pide que cierre los ojos como si fuera un “juego de sorpresas”. Cruzamos un jardín. Subimos unos escalones. Avanzamos por un pasillo largo y, al fin, entramos en mi habitación. Papá me suelta la mano y me dice que ya puedo abrir los ojos. Es preciosa. Colores luminosos y dibujos en las paredes. Hay una jirafa de peluche junto a la cama, una mesa fucsia con un bloc nuevo y cajas de pinturas, y una lámpara que llena de estrellitas el techo cuando es de noche. Pero si pienso en la oscuridad, sé que la echaré de menos. Con su cabecita graciosa como la de cualquier ardilla, su cola larga, sus manitas, y esa agilidad juguetona para esconderse cuando encendían la luz. Aunque para los demás niños solo fuese otra mancha más de humedad en el muro.

92. BILLETES

Te duelen las manos por el frío, ¿qué esperabas en una estación de autobuses en Burgos en diciembre? Menos mal que te has puesto dos camisetas por debajo, que tienes un calefactor viejo y que con el lío que hay de gente tienes que estar concentrada para no confundir los billetes. Estos de ahora van al pueblo pero los dos anteriores iban hasta Madrid para después volar a Sídney. Ya te gustaría a ti viajar a Australia, a ver los canguros y el palacio ese de la ópera. O lo que sea. Te conformas con ir a Málaga como los cuatro chavales del bus de las nueve. De Málaga sabes poco pero te imaginas tomando una cervecita en una terraza disfrutando del paisaje… Uno para Donostia, en el bus de las tres y media. El golpe en la ventanilla te ha sacado de tu ensimismamiento andaluz pero ya te has ido a la playa de la Concha. Y allí te quedas un rato, hasta que te pidan el próximo billete, disfrutando del olor a sal que te llega del mar aunque desde tu ventanilla solo se vean autobuses, humo de tubo de escape y gente con maletas.

91. Punta de pincel

Ya estaba enjuto de carnes y con articulaciones crepitantes, por eso al alba ya ascendía la pequeña colina para estar dispuesto ante la luz deseada. Aunque exhausto y con su viejo corazón acelerado, lo consiguió. Y fue tras darse un inevitable descanso cuando buscó el ángulo idóneo donde colocar el caballete y el lienzo.

Ante él se encontraba la montaña rocosa que en su descenso daba paso a un bosque abrupto de coníferas que acababa por besar el musical arroyo. Pasado este se extendía el manto de la pradera que se desplazaba hasta él plagada de una pléyade de flores de variopintos colores.

Preparó la paleta y los pinceles, como un rito amable y minucioso, hasta que decidió que era el momento. Tras la primera pincelada comenzaba el instante mágico en que el blanco deja de serlo. Le sucedieron muchas otras durante las horas que su mirada se alejaba y se acercaba.

Fue llegado el momento, tras el último trazo, cuando contempló de nuevo el autorretrato de un triste y decrepito pintor en blanco y negro. Y levantando la vista, para observar el paisaje, salpicó de rojo su última obra.

90. Cazado

La puerta que abre los recuerdos de la infancia no entiende de generaciones. Al mirar por el hueco de la cerradura, contemplamos las risas intactas de los niños y los mismos juguetes dormidos en los dinteles.
Pero, venid, asomaos. Si observáis a través del oxidado ojo, encontraréis que hoy la chiquillería anda revuelta. Cuatro amigos cumplen castigo en la biblioteca del convento por robar naranjas a los monjes. El prior les ha impuesto la tarea de ordenar alfabéticamente los viejos manuscritos.
Y ahí están, en pleno proceso creativo. El más espabilado ha trasladado un tomo al suelo, debajo de la ventana. Los demás en seguida entienden el juego. Estratégicamente van amontonando libros, e improvisan una escalera hacia su libertad. ¡Mirad cómo corren! Estos gandules nunca aprenderán nada.
Pero… un momento. ¿Qué esconde el pelirrojo bajo la blusa? Un dragón sobre una página debió haber llamado su atención. Con el brillo de la curiosidad en los ojos, espera que nadie sepa que ha tomado prestado el último «escalón».
¿No es increíble presenciar cómo las musas escogen a un futuro escritor?

89. HERMOSAIJE

Se quedó sin palabras.

Al llegar a un alto del camino encontró las primeras sombras de la tarde que el sol dibujaba en la gran estepa. Quedó mudo. Quiso expresar esa idea, ese sentimiento encontrado que le arrebataba el ánimo. Quiso explicar cómo el horizonte encendía su alma.

Y no pudo.

Rebuscó con la punta de los dedos entre los recovecos de los fondos insondables de sus bolsillos. No había nada. En el zurrón descubrió que todas las palabras se le habían escapado, libres, a través de las desgastadas puntadas de las costuras.

Detuvo su caminar un instante.

Entonces encontró una solución de emergencia. Con un lápiz escribió en un trozo de papel olvidado en la chaqueta: “hermosaije”.

-¡Sí, eso es, “hermosaije”!

Y continuó en silencio el camino que serpenteaba a través de la infinita llanura mesetaria. Había perdido todas las palabras que guardó para el viaje, pero ahora, atesoraba la última en el interior de su puño.

Llegaba la noche. Sintió que sus pasos eran cada vez más cortos. Había cansancio y había sed. Su espinazo se doblaba fracasando en la lucha contra la gravedad. Pero continuaba caminando sin ver que tras de sí un frondoso bosque surgía.

88. Tierra de momias (Pablo Cavero)

El Nilo me hizo despertar de mi letargo de momia, renacer de nuevo a la vida, retomar el timón de mi existencia. Esa noche surcando las aguas mansas rodeadas de templos y pirámides, cargadas de historias de faraones y esclavos. El cocodrilo mordió las ataduras de mi sumisión, esas amarras que controlaban mi móvil, mis faldas y el carmín. Las que me cegaban a las evidentes vejaciones disfrazadas bajo el telón del amor. Las que justificaban los golpes, convenciéndome a mí misma de que serían merecidos. Me adapté a subsistir en una atmósfera donde el maltrato era el oxígeno y la humillación era el aliento habitual bajo su tufo a alcohol. Esa embriaguez intentó arrojarme al río. La oscuridad o quizá el espíritu de Nefertiti o de alguna esclava, le hicieron tropezar y caer a él. Por suerte aquel reptil del Nilo me liberó del yugo que me mantenía momificada, y amanecí a ser yo misma.

87. HOSTIAS (Mødes)

Nieva.

Nieva sin pausa sobre las deshilachadas vértebras del pueblo, y el paisaje que contemplan mis ojos al salir a la calle, se asemeja a una postal navideña.

Camino con dificultad sobre esta tundra castellana y el sonido de la nieve virgen, bajo mis pies, me recuerda al turrón almendrado.

Y minutos, o quizá siglos más tarde, llego a casa del feligrés moribundo.

Su bella mujer, preñada de lágrimas, abre la puerta y me lleva hasta el dormitorio conyugal, donde agoniza el enfermo.

Entonces me acerco a la cama, cojo su mano, le doy la extremaunción y, minutos después, exhala su último aliento.

Y ya van tres.

Todos los que ayer comulgaron.

86. Una noche de verano

En el campo el cric-cric de los grillos se confunde con el lamento de los cárabos, el ulular del autillo o el croar de las ranas de una charca.

La tranquilidad se respira en esta noche de agosto. Un cielo despejado exhibe orgulloso sus constelaciones. En una calle cualquiera de un pueblo manchego, los vecinos tras la cena, lo contemplan dormitando en sus hamacas.

Un avión surca la negra bóveda celeste. Dentro acoge decepciones, ilusiones, sueños de encuentros o comienzos de una nueva vida.

A cientos de kilómetros, bajo ese mismo cielo, dos enamorados refrescan sus cuerpos en un inmenso mar. Acariciados por la espuma, con besos de sal, danzan entre las olas al son de una melodía de sirenas.

El calor es sofocante; un bebé llora, la madre primeriza, aún no sabe si llora por hambre, porque está mojado o porque el calor no deja que concilie el sueño. Lo acerca a su pecho, el silencio vuelve a reinar.

Mientras, en un pueblo cualquiera, están celebrando las fiestas patronales. Música, luces, risas…

…en la carretera acecha el peligro: gritos, llantos… en Urgencias luchan por retener una vida.

En el cielo cruza una estrella fugaz.

85. El navegante (María Rojas)

Indefenso a su suerte, y bramándole el alma, el mulato Candelario, navega aguas abajo.
La espuma desborda su boca, el cuerpo se tambalea en blandura y los ojos amarrados a la ribera se niegan a ahogarse.
Los arbustos lo engarzan a la orilla invitándolo a volver, pero la corriente, terca, lo empuja a su cauce. Una pez, transparente, le advierte que el agua esta helada, que le puede hacer daño, que deje el acoquine y se salga del río.
Él, desobediente, se deja ir entre sones de infancia, hasta donde el cielo pierde la luz.

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