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Desde las barbas de una pluma, a la lengua de un fósforo vago, va goteando el cuenco de sopa que habrá de tomar, acometido por tropezones de notas hielo encauzados a encender las azanquilladas fes. Resbala después una verdad, salpicándolo todo, disuelta, cree, en el caldo. A las puertas de la voz, prendida en la comisura, cuelga una sonrisa torcida; al nacimiento de un brazo, una muy vieja guitarra. Repetidos años, a doble fila, están recorriendo el firme, por delante de la chapa de las botas, dirigiéndolas al relente de la calle, en el cruce de gentes, sobre el sitio de nadie, hasta el paso parado. Con la frente hacia el azul, no se ha dejado embromar y ha descubierto edificios que construyen mercados de altura soberbia que ocultan estelas. Al punto ha de volverse a los pies, y ante el fin de un camino, en la hora tardía, va a retorcer la sonrisa a la luz de artificio y al rasgueo de su haz, a pensar cómo se puede soñar sin cielo, sin estrellas. Y se va.
Tras quitarme la tupida venda de los ojos atisbé el habitáculo en la oscuridad. Mis pupilas se adaptaron a la tenue luz de las velas, lo mismo que mis huesos a la humedad. El techo era bajo en una única estancia de dimensiones reducidas. Con el transcurso de los días, poco a poco, mis miedos y mis odios se han diluido. Nos hemos ido contando nuestras vidas. Hemos congeniado. El encapuchado siempre me ha tratado con ternura y hasta me río con sus ironías. Para mi cumpleaños me ha regalado mi tarta favorita y poemas de Lorca que me recita con su voz, ésa que ahora deseo a mi lado en cada instante. Ha accedido a quitarse el pasamontañas. Reímos. Nos besamos. Está decidido. Viviremos juntos en mi ático. Declararé que me fugué, como Julieta con su Romeo, lejos de la tiranía de mis padres y sus riquezas. Afirmaré que quise convivir con él en este zulo a luz de las velas.
La persiana bajada a media asta solo deja entrar en la habitación un rayo de sol extraviado. El hombre de la cama es el mismo de entonces. El que me confinaba a oscuras, sin comer ni beber durante días en el desván, después de haber tapado el tragaluz con tela asfáltica. Son todavía esos ojos grises y fríos con los que daba las órdenes en silencio. Y ahí están las manos de dedos huesudos que quedaban marcados en la carne después de una bofetada. Pero el cuerpo enclenque y arqueado, la mirada perdida, los labios de palabra temblorosa no son lo que eran. Me pide tímido un vaso de agua. Dudo. Aun así, se lo acerco e incluso le regalo una caricia. Se toma unas pastillas. Recostado se queda de nuevo traspuesto. Adivino fuera el cenit por la fuerza de los destellos en el suelo. Abro la ventana, corro la cortina para dar paso a la claridad diáfana que lo inunda todo.
Saben que no tienen nada que hacer. Que ha llegado el temido momento. Las perchas se balancean inquietas dentro del armario mientras la maleta ajada permanece oculta detrás de la puerta. Los zapatos vacíos tiemblan debajo de la cama sin atreverse a salir. Todos permanecen en estado de alerta hasta que oscurece y se hace el silencio. Entonces, las prendas se sacuden el miedo que las amordaza en su encierro y, junto al calzado, preparan el equipaje para su huida a ninguna parte. Se deslizan de puntillas hacia un destino incierto intentando no hacer ruido. Temen ser descubiertos y se estremecen al rememorar su historia, escrita con tinta de dolor y cicatrices. Cargan ya con demasiada humillación como para tener que pasar por esta situación de nuevo.
Pero, deben darse mucha prisa si quieren aprovechar la ventaja que les ofrece la oscuridad. No pueden perder un segundo ni para derramar lágrimas ni para sentimentalismos. Apenas les queda tiempo para ponerse a salvo junto a su dueña. Pronto amanecerá y, con los primeros rayos de luz, regresarán para ejecutar su desahucio.
Cuando mi abuelo miraba el cielo veía ovnis. Le decían que era un viejo loco, que imaginaba majaderías. Él, confundido, renunciaba a la luz de sus ojos y se sentaba en un banco del parque a oír volar pajaritos.
Ahora los que ven ovnis son los resabidos pilotos del Pentágono.
El abuelo hace años que está chupando gladiolos, y no puede defenderse.
La luz viaja a casi trescientos mil kilómetros por segundo, dice la voz. Mientras, me ajusto el mono y el casco. La papilla de Nacho también se estrelló a la velocidad de la luz contra mi cara esta mañana. Como sus risas al vestirle. Me pongo el cinturón de seguridad. Los inversores van sentándose mientras la voz sigue explicando las bondades del proyecto: conseguiremos llegar a Marte en poco más de cuatro minutos, a Júpiter en treinta y cinco y a Saturno en una hora y veinte. Hoy probamos con la luna: un segundo y medio de ida, un segundo y medio de vuelta… si todo va bien. Empieza la cuenta atrás. Pienso en el beso que nos hemos dado esta mañana. Diez. En las manitas regordetas de Nacho. Nueve. Todo va según lo programado. Ocho. Con suerte estoy en casa para cenar. Siete. Aunque tú estabas un poco enfadado conmigo. Seis. Dices que no entiendes por qué asumo este riesgo. Cinco. Que una ingeniera como yo podría tener un trabajo más tranquilo. Cuatro. Por los tres. Tres. Por Nacho. Dos. Hoy voy a la luna en un segundo y medio. Uno. Y, con suerte, vuelvo. Cero.
Siempre esa manía de entrecerrar las persianas, correr las cortinas, dejar una enfermiza luz en toda la casa.
Al alba terminaba de entornar toda luminiscencia, todo silencio que agonizaba en una penumbra sin regreso al día.
A oscuras, con ese líquido aceitoso del candil, procuraba evitar las sombras reflejadas en nuestra vida, en la hiriente tersura de la tristeza.
Un blanco y negro rompía la razón, un dolor exorbitado en su mirada era pánico al brillo de la mía.
Me abandono, la abandono. Me sumerjo en la ofensa de la tiniebla, me baño en esa playa desierta que tirita en las hojas de su cuerpo, entrecierro la celosía y regreso a la noche que es mi ciclo en la voz de su capricho.
Hoy un pájaro se ha posado en el ángulo umbrío de mi balcón.
Míralo, otro que quiere ser poeta. Lo estás viendo delante del ordenador mientras piensa. Te extraña que tarde tan poco en ponerse a escribir. En unos veinte minutos ya lo tiene. Lo recita en voz alta y te tranquilizas. No solo te parece que lo ha hecho como si leyera el periódico sino que has escuchado un poema de pocas luces.
Luces, eso ha sido cosa tuya. Y te llevan a los faros de un camión. Y acabas de repente en la cabina del conductor. Lo ves feliz, es lo que quiso ser desde pequeño. Y te adentras en sus pensamientos: La carretera, una cremallera. Se va abriendo delante de mí y se cierra detrás. Pasado, viento que no te dará en la cara. Presente, ráfaga que está y desaparece. Futuro, el lápiz en mi mano. Todo es quietud en movimiento. Soy luciérnaga aunque el campo quiera ser baldío.
Baldío, eso lo ha pensado él. Y ahora tú, ante una nueva página en blanco, quieres conectar a padre y a hijo en un sublime soneto.
Llevas tres horas.
¡Vete a dormir si puedes!
De puntillas, estiro los brazos todo lo que puedo y saco el plato del microondas donde puse la tableta de chocolate, sin el mecanismo de rotación. Pero, con el temblor de manos y de cuerpo, doy un traspiés y estropeo el experimento con el meñique derecho. La siguiente vez que lo intento, con otra tableta, estoy tan concentrado en ese dedo que meto el pulgar izquierdo. “¡Miércoles!”, refunfuño. Así no impresionaré a Marina para que estudie conmigo.
Mira que me pareció fácil el ejercicio cuando lo explicó la seño. Lo tengo todo apuntado en mi libreta: “Para calcular la velocidad de la luz, hay que poner la potencia del microondas a tope veinte segundos. Después solo hay que medir la distancia entre los puntos derretidos más alejados entre sí con la regla, multiplicarla por dos y luego por la frecuencia del microondas”.
Sin embargo, el aparato está demasiado alto para mí. Igual que Marina, que me saca un par de cabezas.
Cuando aquel tipo perverso y mezquino exhaló el último aliento, sus méritos lo transformaron en una vulgar e inocente polilla. De inmediato, se sintió atraída por una luz que brillaba al final del túnel. Al llegar, el intenso calor la chamuscó en un instante, con un fugaz chisporroteo. Exhaló el último aliento para renacer como una vulgar e inocente polilla, atraída, de nuevo, por aquella luz que brillaba al final del túnel.
A partir del día que cumplió la edad que llaman dorada, comencé a ver el brillo que emanaba su presencia. El médico ya le había diagnosticado una rara enfermedad degenerativa que le iría causando cambios paulatinos en sus reflejos. Eso nos dijo, aunque entonces no comprendí. Desde aquel día notaba palidecer su piel, como si perdiera el color o se igualaran las luces. Después observé cómo su tez cambiaba el brillo cuando no le encontraba aquellos tonos sonrosados de antes. Al poco, se fueron tornando también los azulados en las sombras de sus ojos, el verdoso de las venas en sus manos, en su melena el bronce. Así, el roce del tiempo, mansamente, fue bruñendo su cuerpo de oro. Hasta que ayer renació en lubricán dorado para el enriquecido cielo del alquimista.
El último rayo de sol se filtra por la persiana y cae sobre sus ojos cerrados. Los abre. Mientras se viste, oye la risa del pequeño. Aún le dará tiempo a preparar la cena y dar instrucciones a Cristina para que se acuesten temprano. Es muy madura para su edad.
Antes de marchar, les da un beso.
No hay luna y las farolas dibujan círculos amarillos sobre la acera, camino del edificio de oficinas dónde trabaja. Hay un fluorescente que parpadea. A ella le da igual. Vacía las papeleras.
Amanece cuando termina la jornada. Compra pan caliente para los bocadillos. El de Cristina, de queso; el del niño, de crema de cacao. No los está viendo crecer. Su hija duerme todavía con el móvil entre sus manos. A saber a qué hora se dormiría anoche.
Hoy los acompaña al colegio. La maestra quiere hablar con ella.
Después irá a limpiar casas.
Cuando vuelve a la suya, moja una madalena en el café y baja la persiana fingiendo que es de noche. Se obliga a dormir. No oye a los niños volver de la escuela. La última luz del día se cuela por la ventana y cae sobre unos párpados cansados.
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