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Cuanto más consciente era de la miseria de su familia, más fobia le tenía a la pobreza. Pero sólo a la propia…
Para conciliar el sueño y apaciguar el hambre, sobre el camastro en el que fraternalmente se alternaban cabezas y pies, se imaginaba en elegantes restaurantes degustando olorosos quesos franceses.
Estaba convencido de que había nacido millonario y de que sólo le faltaba el dinero.
Todos los días echaba la lotería, mirando con odio a los otros jugadores por pretender robarle su fortuna.
Siendo anciano, confesó que también había probado suerte como atracador. Su primer golpe iba a ser en un estanco. Salió de casa armado con cuchillo y embozo, pero debió olvidar el valor sobre la mesilla. El estanquero, robusto como un olivo, pensó que el nerviosismo del cliente era por la falta de nicotina y le hizo fumar varios cigarrillos.
Desde ese día se hizo fumador, amigo y pareja de tute del comerciante.
Sobrevivió a todos sus hermanos con los que mantuvo muy buena relación.
En su lecho de muerte, no paraba de murmurar: “Ramiro, déjame sitio”, “Lucio, pies sucios, ¡qué peste a quesos!”
Se fue con una sonrisa en la boca. Sin duda, toda una fortuna.
Tuvo que luchar con todas sus fuerzas para no hacer caso a la voz interior que le urgía a dar media vuelta y alejarse todo lo posible de aquel soportal oscuro y mugriento del londinense barrio de Candem. Aquello más que la entrada a un estudio de tatuaje y piercing parecía el umbral del mismísimo infierno. La voluntad de curarse debía superar al miedo irracional que sentía e hizo lo que le habían indicado. Tumbado en la camilla, estuvo a punto de echarse atrás, ojalá lo hubiese hecho. Treinta minutos después, tenía aquella maldita cifra grabada en la piel.
La diabólica carcajada de su psicólogo cuando le anunciaba orgulloso que gracias a su terapia de choque había logrado vencer la hexakosioihexekontahexafobia le congeló la sangre. «Imbécil, eres mío, ahora sí que sabrás lo que es el miedo», sonó estridente la voz del mismísimo ángel caído.
Todas sus amigas habían vencido los miedos enfrentándose a ellos. Psicólogos y terapeutas las habían animado a coger el avión controlando la respiración, a sujetar arañas y reptiles en la mano, a salir de casa o a forzarse a hablar en público.
Los resultados habían sido exitosos, así que entendió que debía hacer lo propio si quería dejar de amargarse la vida.
Acabado el nudo y ajustada la cuerda al cuello, empujó la banqueta y el peso de su cuerpo hizo el resto, superando así su miedo a la muerte.
Enredado en la espesura pegajosa de mil telarañas y perdido sin remedio en una nebulosa de hilo negro contempla desconcertado el anciano una tarántula que, amenazadora, lo mira frotándose las patas.
Meses atrás, había entrado en pánico al ver la primera araña. Aunque era diminuta, a poco que se moviera ensombrecía algunos de sus recuerdos y le emborronaba las palabras, pero como asomaba con cautela —como sin querer molestar— y solo de cuando en cuando, no le fue difícil ignorarla.
Poco después aquella bolita peluda engordó, cogió confianza y empezó a desplazarse a sus anchas, hilando una telaraña. Pronto llegaron otras, que crecían y se multiplicaban. Ocupaban ya todo el espacio y se afanaban en tejer, sin descanso, una maraña cada vez más compacta donde sus neuronas iban quedando atrapadas y, por asfixia, terminaban agonizando y finalmente se apagaban.
En esa bruma, confuso y desorientado, incapaz de moverse ni pensar, de entender qué es lo que pasa, mira ahora el anciano al monstruo con curiosidad, sin sospechar que va a clavarle un colmillo, a inyectarle un veneno letal que licuará lo poco que queda en su cerebro para poder succionarlo con ansiedad.
Hasta no dejar nada.
(Fuera de concurso)
Elegido papa poco antes del cisma, Sandro Perotti ejerció su corto pontificado con el nombre de Teresa. Primera, claro.
También última, casi virgen y mártir.
-Háblame de lo que te preocupa ahora.
-La soledad -dijo arrebujándose con su chaqueta-. A veces siento asco en el estómago y ganas de vomitar; hay días que me mareo y me pitan los oídos; por las noches, tengo picores insaciables en la barriga; de repente, se me llena la boca de agua pero no tengo hambre; me sudan las manos, yo que nunca he sudado.
-No hay ninguna razón para que todo eso que me cuentas esté relacionado con la soledad. Siempre has vivido solo, ¿es posible que eches de menos algo que nunca has tenido?
-Yo vivía bien instalado en mi solitud, acompañado solo de mis pequeños placeres.
-¿Y qué es lo que ha cambiado?
-La edad
Sentado ante la psicóloga, Octavio, con sudores fríos, tartamudeo ocasional y angustia generalizada, consiguió narrar sus temores, sus miedos y fobias a las fobias y a quienes las padecen.
Del extenso dictamen, Octavio solo entendió tres palabras: “Usted padece fobofobia”. Y fue emplazado para una segunda consulta.
Según se aproximaba la fecha de la nueva cita, aparecían los sudores y angustias. Octavio decidió enviarle una carta:
Doctora, no volveré a su consulta. He descubierto que además de “fobofóbico”, tengo fobia a los que las estudian. Y, lo confieso, a las batas blancas. Esas telas me producen más taquicardia que una cucaracha en la sopa. Usted, sin pretenderlo, es como un enemigo que encarna todas las fobias.
Comprenderá que no quiera arriesgar mi vida entrando en su consulta que, para mí, es como un campo minado de traumas. Prefiero quedarme en casa, donde vivo en familia con mis miedos, y sé dónde pisar, o eso creo, porque hoy he descubierto una baldosa movediza que cuando la piso, además de crujir, oigo un insufrible goteo de grifos. Creo que tengo hidrofobia y grifofobia también. Tengo terror y…
Esta carta fue leída por el señor juez durante el levantamiento del cadáver de Octavio.
Mira chico, que te dejo. Estoy harta de tu desmesuradamente insoportable hipersensibilidad, tu norteamericanismo y ese absurdo temor a las palabras largas. Me voy con mi otorrinolaringólogo. Te deseo un futuro supergalifragilístico.
Mi corazón bombeaba diariamente 7.500 litros de sangre enamorada.
Sangre enamorada de ti.
Y es que tu eras el Big Bang de mi existencia, por eso fui un agujero negro, cuando me dejaste.
Y las pirañas del dolor llegaron en manada, para devorar cada uno de mis átomos.
Entonces, tratando de paliar ese dolor, me desgarré el pecho y extraje la espina clavada en mi corazón.
Después abrí mi cerebro y exterminé a las neuronas que me hacían recordarte.
Y así, a mi vida llegó la filofobia.
Pero algunos sentimientos se negaron a morir y, desde ese día, empecé a padecer una desagradable y persistente acidez.
Y hoy, veinte años más tarde, ya he asumido que ni todo el Almax del mundo podrá aliviar mi crónico amor de estómago.
No tengo ningún problema en atravesar cualquier túnel en coche, por largo que este sea (el túnel, me refiero). Puedo, por ejemplo, conducir bajo el mar, atravesando el del Canal de la Mancha, mientras escucho relajadamente música (cualquier música, excepto reguetón, que no me relaja nada). No me importa permanecer dentro del vehículo en el interior de un túnel de lavado viendo como el agua golpea contra el parabrisas o escuchando ese sonido, como de lluvia torrencial, que percute con violencia en el techo. Mis fobias no tienen nada que ver con este tipo de túneles. Pero hay uno que todos los años he de atravesar de forma inexcusable, y da igual que me prepare a conciencia o que repase una y mil veces el botón que invariablemente se me va a pedir que accione una vez dentro del túnel. Nunca doy con él.
Cuando llega el día, me pongo en la fila y avanzo el vehículo siguiendo las indicaciones. En ese momento mi sistema nervioso entra en pánico, mi mente se nubla y un sudor frío comienza a recorrer mi espalda. Bajo la ventanilla.
Señor ─dice con voz grave un operario─ apague el motor y encienda las luces antiniebla.
Lo que recuerdo del día son los colores que el sol despertaba en las cosas. A veces lo añoro, ahora que vivo en la sombra. Para mí, la luz dejó de ser benefactora para convertirse en enemiga. Por el contrario, cuánta paz me depara la noche. Bajo la luna, las formas de la naturaleza apenas se dibujan con tenues matices de negrura. Sin embargo, en las ciudades han dejado de existir las tinieblas, heridas de muerte por lámparas y neones. Qué diferente la leve iluminación de las farolas en los pueblos pequeños. La atmósfera se hace densa como una capa de tejido leve, un manto que protege e invita a la ensoñación. Es en esas horas cuando recorro los caminos y las calles en un tiempo que se ha paralizado. A veces, acudo a los lugares de fiesta que el verano prolonga hasta la madrugada. Busco vitalidad en esos cuerpos ebrios de juventud, ignorantes del ocaso. Su plenitud es paliativo de mi decadencia. Después disfruto del silencio y la calma hasta que amanece. Entonces regreso al lugar donde me oculto, abro el ataúd y sueño con una estaca en mi corazón.
Siempre los mismos cuentos y siempre antes de dormir: Caperucita, Los Tres Cerditos, Pedro y el…¡Todo tan inocente!
Al apagar la luz el niño se tapaba con la sábana hasta más arriba de la cabeza, así los días de luna no veía sombras en la pared. Escuchar el nombre le causaba incontinencia; ver unas enormes garras pegadas al cristal le dejó sin poder hablar.
En casa de sus abuelos, allí en el pueblo, se tapaba los oídos aterrorizado cuando el viento arrastraba las hojas secas en el jardín o ante el salpiqueo de las gotas de lluvia.
En Navidad nunca se compró el famoso turrón de nombre impronunciable y la chimenea se selló a cal y canto.
Más tarde los cambios propios de la pubertad disimularon un vello excesivo; aunque lo que más le costó esconder fue el apéndice que le iba creciendo al final de la espalda.
Una de esas noches sin luna, encaramado al alféizar de la ventana vio destellos en la oscuridad, un grupo de pequeñas luces temblorosas que se acercaban.
Después de emitir un profundo y prolongado aullido, de un salto se incorporó a la manada.
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