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Aquella tarde estaba triste. Me di una ducha, cogí un folio y un bolígrafo. Dibujé una cara, después un cuerpo, y todo se transformó en una niña con dos coletas, ojos grandes, tez clara y pelo rizado. A su lado, hice una lista de miedos y comencé a escribir:
“Tengo miedo a no callarme a tiempo, a no decir nada cuando merece la pena decirlo, a quedarme sola, a estar rodeada de gente, a las cosas que me dan miedo. También miedo a lo desconocido, a perder lo que tengo, a no conocer lo que no tengo, a que te marches, a cambiar, a que cambies, a que me cambies.
Miedo a no ser lo que yo espero de mi, a perderme, a conocerme más, a la infidelidad, a la infelicidad; y, sobre todo, mucho miedo a no encontrarte nunca, niña de ojos grandes”.
Volví mis ojos a la niña que había dibujado, y pregunté en voz alta:
– Y tú, bonita ¿A qué tienes miedo?
De repente, como en un cuento, de la boca de la niña salieron unas palabras que se escribieron sobre el papel:
– Yo tengo miedo a que tu miedo te impida ser tú misma.
¿Por qué nací es este lugar tan sombrío y húmedo? Pensaba la margarita mirando hacia arriba. Aquellas plantas tan inmensas que crecían a su alrededor no le dejaban ver un rayo de sol, ella siempre achacaba su malestar a la falta de luz. Luego miraba hacia abajo y veía el arroyuelo de agua helada que fluía a través del bosque pasando a su lado, al cual sólo le tenía simpatía en los días de verano de mucho calor y cuando coquetamente se veía reflejada en él. ¿Por qué nací tan vulgar? Pensaba la margarita cuando echaba un vistazo alrededor y veía otras flores iguales a ella. Nunca me gustó ser blanca y menos con este botón amarillo en el centro, al menos podía haber sido rosada y más alta como otras de mi especie. ¿Por qué ser símbolo de inspiración de amores? Pensaba la margarita aterrorizada cuando alguna pareja de enamorados paseaba por el bosque se fijaba en una de sus compañeras y la arrancaba deshojándola mientras canturreaban el típico si, no, si. no….. y acongojada la pobre pensaba ¿Ay de mí cuando me tocará decidir el amor a mí?.
Llovía hasta debajo del agua. Había dejado el cenicero en la balaustrada de madera y la humedad se había zampado la ceniza. Salí al bosque a por leña con una bolsa de basura por la cabeza. Parecía el hombre del saco mojado. Los conejos se escondían entre la leña. Me miraban asustados mientras seleccionaba los mejores troncos del montón. Imaginé invitarlos a tomar café y a calentarse junto a la chimenea. El pensamiento se desvaneció al caerme uno de los trocos sobre el pie. Trate de cubrir la leña con el mismo plástico que cubría mi cabeza. Fue imposible. Tuve que escurrir la leña antes de meterla en la chimenea.
Me puse ropa seca y pasé la tarde agarrado a una taza de chocolate caliente. En la radio, Frank Sinatra cantaba White Christmas. Yo silbaba la melodía mientras esperaba los huéspedes para ese fin de semana.
Estaba todo preparado.
Llegaron en torno a las cinco de la tarde, cargados como burras. Les expliqué todo muy rápido y me marché.
De camino al coche eché una mirada por la ventana de la casa y de sus sonrisas pude intuir que deseaban que llegara este fin de semana desde hacía mucho tiempo.
El hombre esperó a que la luna de Enero estuviera llena. Dejó su cama y se abrigó bien, saliendo del albergue rural en donde llevaba dos días preparándose. Ya tenía elegida la encina y fue hacia ella. Primero la abrazó, apretando su rostro contra la fría corteza; luego de alcanzada lo que él entendió como armonía mental, se volvió y mirando hacia la luz lunar, bien abiertos los ojos, se agarró al chaparro ajustando espalda y piernas a su superficie… La luna brillaba, él se hermanaba con la tierra y la noche, hasta que logró la paz, quieto, hermanado con el todo.
Me da un vuelco el corazón cuando me doy cuenta de que estoy perdida. A ambos lados del sendero se yerguen árboles altos, troncos de tonalidades sombrías y denso follaje cubriendo el cielo.
A mi pareja actual y a mí nos encantan las casas rurales con muchas actividades, senderismo, bosques, ríos, playas cercanas y picadero. Y los niños con su madre.
Nosotros no salimos de la casa en todo el fin de semana y aprovechamos la ausencia de los otros para disfrutar de ella.
Llevamos un bolso con la comida y bebida y si hay microondas y neverita todo resuelto.
Tenemos una maleta con juguetes eróticos, adminículos y complementos para nuestras fiestas. El otro fin de semana en Ezcaray, una señora volvió antes de tiempo por unas pérdidas y nos pilló en el salón, yo en pelota picada con un gorro de navidad, enhiesto como un unicornio y persiguiendo a mi chica desnuda también, que blandía un vibrador de negro Mandinga.
La señora se quedó en la puerta y la pérdida ya fue total y nosotros al grito de somos elfos y a saltitos la sorteamos a ella y al charquito y nos subimos a nuestra habitación.
En una casa en Donamaría que enseñan a amasar pan, lo hicimos en la mesa como en el cartero llama dos veces, nos pillaron por las huellas harinosas del pasillo.
Somos adictos al turismo rural.
Caminaba descalzo de esperanza, por un sendero arbolado, su perfectiva infinita abrazada mi cuerpo con sus robustas ramas, y las sombras de los árboles reflejaban rostros de enfado que perseguían mi paciencia. Era de noche y estaba perdido.
Sus ojos penetrantes me invitaron a salir, el búho mágico estaba allí esperándome, me guió a la salida de aquel laberinto y sin apenas ser consciente, regrese a la realidad de mi equilibrio.
Los malos momentos habían desaparecido y ahora debía de aprender a caminar en soledad, con la alegría de la luz del sol, con la enrome ilusión de cada amanecer.
Deje de vivir en futuro y comencé a sobrevivir en presente, y de esta manera el susurro del viento calido, acaricio mi mejilla, una suave lagrima recorrió mi rostro, al contemplar tanta belleza.
Abrace a mi madre, naturaleza, observe su plenitud, sentí su aroma, y dibuje sueños en las nubes. Tras dejar atrás, la cárcel de asfalto que me había mantenido prisionero en su
Maquina del tiempo inventada por el hombre.
Temí que aquella felicidad, la enorme sensación de libertad que manaba desde mi interior, tan solo fuera un espejismo. El baile de los árboles y la música del viento… me enseñaron a vivir.
Cuando ya todos lo dan por desaparecido soy yo quien insiste en darle otra oportunidad y organizar una batida más para poder hallarle con vida. Él y su mujer son mis mejores amigos y no puedo soportar el disgusto al ver la desesperación de ella, la muda súplica en sus ojos. Cada vez que la miro y la veo así, no lo puedo soportar. Por eso tengo que encontrarle.
La mañana había empezado alegre con los preparativos de las excursión, pero se torció con la tormenta, el frío, la nieve y sobre todo cuando él se perdió en el bosque. Enseguida, en medio del caos, organizamos su búsqueda, pero hasta ahora no hemos tenido suerte. Sólo quedamos unos pocos voluntarios para seguir buscándole por lo que sugiero que nos separamos y así poder cubrir más terreno. Yo me dirijo a una zona escarpada y cubierta por una espesa vegetación que no hemos registrado todavía, y ahí es donde oigo su agónica llamada de auxilio, más parecida a un estertor, pero la ignoro. Sólo quiero asegurarme de que él no va a vivir hasta que lo encuentren los demás. Me gusta mucho su mujer.
El pino la tenía tomada conmigo. Decidí congraciarme con él y acudí el sábado temprano a limpiar. Mientras recogía ramas y hojas –mi especialidad, según mi jefe de equipo- , no dejé de mirarle. La verdad es que siempre convergía en el corazoncito que le tallé con quince años; un “Montse y yo” dentro. Me sentí fatal, como cada vez que veía esa herida que el pino no parecía querer perdonar.
Cuando até el último saco, vi la oportunidad de redimirme.
Un loco apuntaba con un arco hacia el pino.
-Al centro del corazón, entre Montse y quien sea, -anunció el Robin Hood de pacotilla.
Oí tensarse la cuerda y juro que sentí el retroceso máximo y el primer impulso de la flecha. Más rápido de lo que me haya podido mover nunca, más rápido que Clint Eastwood protegiendo al presidente, me interpuse entre el sibilante dardo y el corazón del árbol. Justo a tiempo. Quizá, para ser exactos, un par de décimas de segundo antes.
Me costó una semana separar la ventosa de la camisa verde, mi favorita.
Desde entonces, Montse y los niños volvemos a acampar bajo el pino jefe, que me mira con menos severidad.
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