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Hubo una vez un rey que para llevar el progreso a sus súbditos, decidió talar los bosques del territorio. En los espacios limpios de ramas y troncos se construirían viviendas y campos de golf.
Aún recuerdo mi primera vez. Entré en aquel bosque de coníferas de la mano de ella y a primera hora de la tarde, nervioso como la hoja de un álamo temblón apenas el aire se pone en movimiento, para estrechar con mis brazos la oblicua luz que todo lo iluminaba, incluidos nuestros cuerpos cuya piel eran reflejos de oro y canela . Fue un paseo por la sorpresa y la improvisación. La brisa hacía que las hojas, flores y conos de todos aquellos potentes y perennes árboles compusieran, con ayes y sonidos, exclamaciones y gritos, la mejor sinfonía que jamás pudiéramos haber imaginado escuchar. La madera, el viento, la percusión llenaban de armónicos el tiempo y el espacio, y todo el bosque aplaudió, finalmente, nuestro avance hacia el culmen de nuestra realización, haciendo que los muelles pasos sobre aquella arruinada hojarasca en proceso de humificación nos encaminaran hacia un abandono más importante que el obvio del lugar. Abandonados de la vida por aquel maravilloso espacio continuamos unidos de la mano hasta el final.
El bosque permanecía impasible año tras año cuando se disfrutaba desde lo alto de aquel roquedo que, a modo de atalaya, vigilaba mudo aquel cerrado valle entre montañas hermanas. Acostumbrábamos a subir desde el camino de piedra cercano a la aldea al menos cuatro veces al año para sentir, con cada estación y desde allí, aquella falsa impasibilidad adornada con diversos y variados afeites y arreboles, diferentes cada vez según fuera el caso. Tomás, el abuelo de nuestro amigo Juan, solía acompañarnos cuando era aún un hombre con fuerza, y fue él quien nos enseño todas las maravillosas implicaciones que semejante impasibilidad guardaba en su interior, la vida autocontenida sin límites, la subsidiaridad entre especies, la competencia, la muerte, el renacimiento, la inmortalidad, el tiempo. Todo estaba construido, es decir, creado, por las ansias de vida y el lento trascurrir del tiempo. La última vez que subimos Tomás había muerto pleno de inmortalidad y el bosque de nuestros sueños había quedado prendido de una imaginaria línea semejante a una cerilla.
María estaba pasando una mala época, su tristeza se dejaba ver en su mirada. Se acercaban, las vacaciones y su marido le propuso irse a una casita en el bosque. Ella no mostró mucho interés, pero aún así, su marido se encargó de organizarlo todo. Llegó el día y se encaminaron hacia allí. Durante el camino apenas hablaron, pero cuando llegaron, María bajó del coche y algo sucedió, la inmensa arboleda parecía hablarle, los animalillos le daban la bienvenida, el agua del arrollo le ofrecía un abrazo y por primera vez en mucho tiempo, María dibujó en su rostro una sonrisa…
Había entrado en la cabaña cuando empezaba a oscurecer, ni siquiera con la intención de pasar la noche, tan solo por asustar un poco a su marido que apenas dos horas antes, había dejado la zarpa marcada en su rostro. Ella aún se tocaba llorando, no quería reconocer la realidad. El miedo, compañero inseparable desde siempre, por alguna extraña razón,no había entrado con ella en la cabaña y su corazón acurrucado entre las sombras, se transformó en fuego. Comenzó a verlo todo tan claro, que a su marido se le erizaron los cabellos cuando la vio aparecer desnuda viniendo del bosque, lentamente.
Senderos de plata hacia el bosque oscuro, susurros escondidos entre las ramas que te atraen hacia un miedo desconocido, hacia un mundo imaginado en el mismo camino, que, a la vez que aumenta el terror, alimenta la curiosidad. El bosque de esta tierra, mi tierra, despierta lo que la urbe duerme, mis más escondidos sentimientos mis más retraidos pensamientos. El olor a tierra mojada, el tesoro del color verde luchando con el marrón creando luces donde la noche manda, donde las sábanas de esta cama esconden los sueños que vivirás en cuanto te duermas.
Húndete en la almohada y deja que fluyan todos esos aromas a rural, a recuerdos de antaño nunca vividos a TURISMO RURAL.
Corro veloz sobre las hojas secas. Acerco mi hocico a unas ramas quebradas. Te has pinchado con las zarzas y entre el dulzón olor de las moras, ya negras, cárdenas, putrefactas, puedo captar el aroma de tu sangre. No andas lejos de mí. A pesar de la espesura del bosque, mi desarrollado oído percibe tus pasos. Estás corriendo y tienes miedo. También puedo oler tu miedo. Intentas correr, sin darte cuenta de que así, vas tropezando, rozándote con toda la maleza y dejándome más pistas. De todas formas, esperaré a que llegues a un claro, donde la luna llena me revele nítidamente tu figura, para darte caza. Esa luna llena que me convierte en lo que soy, que me hace llevar el bosque en la sangre y ansiar morderte, como yo ( hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo) fuí mordido por otro igual que yo, por otro igual que lo que tú serás cuando te atrape.
Entre las ramas de los frondosos árboles, se escondía el secreto más sagrado de aquel bosque milenario.
Nunca antes se reveló a un ser humano, nunca antes se tuvo la oportunidad de disfrutar de aquella maravillosa visión.
Las fuerzas naturales más ocultas se nos mostraban desnudas, desposeídas de sus habituales disfraces.
Era y yo estábamos absortas saboreando todo aquello que el bosque nos quería ofrecer; ella a través de su olfato canino todavía percibía sensaciones más intensas que yo, pero yo…, yo era capaz de comprender el significado real de todo aquello.
Jamás regresaríamos a nuestra realidad, no después de aquello, imposible pensar ni por un momento que nos dejarían marchar.
Tan solo nos quedaba la satisfacción de conocer al fin, el por qué, el verdadero sentido de lo que allí ocurría y la tranquila sensación de saber, que al menos allí, todo seguía estando en su sitio.
Solo un mensaje, escrito con carbón en una fina corteza de árbol lograría traspasar aquellos límites frondosos:
«Ama el bosque, y recibirás millones de gracias».
Martina buscaba una respuesta a su vacío en el Bosque Gris. Mientras paseaba se topó con una diminuta dama que volaba entre las flores. Era el hada más bonita de todo el bosque, aunque ella no lo sabía.
Martina no pudo evitar seguirla. El hada se escabullía entre el bosque a la vez que lo pintaba de color. El rastro de su cabello desprendía ilusión, eso hacía que Martina siempre la encontrase y se impregnase de su magia. Tal era la felicidad que derrochaba, que Martina quiso capturar el hada para guardarla en un frasco y, así, mantener esa sensación tan fantástica eternamente. Lo que Martina no sabía era que, como las flores, las hadas también se marchitan.
Finalmente, Martina capturó el hada. Ella le suplicó piedad y libertad, pero Martina, embriagada por la pasión que le hacía sentir, no la escuchó. En el frasco, el hada se iba volviendo gris, y Martina con ella. Pero un día, por fin Martina se dio cuenta que los momentos mágicos son como las hadas, simplemente tienes que vivirlos, porque si se capturan para siempre dejan de ser extraordinarios. Y así encontró la respuesta a su vacío.
Parecen estar vivos ,con su melena empujada por el viento ,ese aroma a hierba fresca impregnada en el ambiente !!!!! ese sauce lloron que te esta mirando, el castaño no lo ves,el eucalipto que tu madre cogia las hojas para curar tu catarro, te hablan no lo escuchas, susurran, sientate en la hierba fresca y deja que te invada ese sentimiento mmmmmmmmmmm y ahora lo escuchas ,ves como tratan de decirte, q seas feliz q se ha parado el tiempo, q este es tu momento de reflexion ,de disfrutar de ellos ,de observar de llorar y de reir , ves todo lo q te han contado, Pues ahora mirales, hablales, cuentales todo lo q te entristece, lo que te hace feliz, compartelo con ellos ,guardan muchos secretos, suyos, tuyos, mios de todos y observan trajedias , besos , enfados ,reconciliaciones todo ello en silencio, son muy sabios solo tienes q escuchar sentir y sabras todo lo que ellos saben , sentiras todo lo que ellos sienten, gozaras de su sabiduria susssssssssss escuchas ellos te hablan, te cuentan solamente tienes sentirlos poner tu corazon ellos se ocupan del resto.
Que de recuerdos aquella casa al final del camino.
Los árboles bailaban al son de la música que ellos mismos emitian con su amiga la brisa. Hasta las hojas al caer acompañaban tan bella melodía.
Laika, la perra de mis abuelos nos salía al encuentro brincando y meneando la cola, esperando la tan querida caricia. Nos acompañaba hasta la puerta donde nuestro abuelo ya nos esperaba para darnos un achuchón.
Antes de entrar se podía oler a sol, que desprendían las sábanas tendidas. Al menos a mi me lo parecía.
La abuela, nos llenaba de besos, besos aspirados porque no se había puesto los dientes, nos sonreímos.
A continuación sacaba la lata de las galletas, eran las mismas que había en casa, pero aquellas sabían mejor.
Me sentaba junto a la ventada para disfrutar del calor, del silencio,…a veces añoro esos momentos cuando estando en la cuidad recuerdo todo aquello y más ahora, que ya mis abuelos ya no están.
Dejó de sentir las lamidas del viento. Siempre tenía la sensación de haber corrido casi toda su vida. Yendo y viniendo con prisa, soñando y cansándose para quedarse más insomne y ardiendo de espera. Lo que buscaba era cambiante, difícil definirlo. Continuamente se sentía incompleto.
Hasta que entró al bosquecillo.
Solía pasar por la zona pero nunca lo había visto. Pensando cómo era posible que estuviera en su horizonte, decidió entrar. Tropel de olores y sonidos lo rodearon y elevó la vista hacia los fragmentos de luz que jugueteaban entre las ramas. Tantos árboles hermosos abrazados. Tantos. Aquel era su lugar, y una fresca comodidad lo fue arrullando.
Se sentía un poderoso ilusionista con la naturaleza en sus manos para un gran acto. La confianza hizo que su mente abandonara las presiones, hasta que intuyó la necesidad del cambio. Instante fugaz. Tuvo un poco de vértigo pero nunca se dio cuenta de que su vida anterior cesaba de interferir.
Ya era uno más.
En las ramas más altas del nuevo árbol, el viento juega a las escondidas mientras compone una canción de cuna, irresistible.
Siempre hay por ahí un corredor insomne.
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