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La luna ya había salido cuando me senté en mi piedra favorita, una gran roca que se yergue en el medio de un arroyo, y dejé que las aguas mecieran dulcemente mis pies. Hubo un tiempo en que, una vez al año los habitantes de las aldeas cercanas acudían al bosque para decorar los árboles con cintas de colores, el arroyo se teñía de escarlata con la sangre de los sacrificios y se celebraba un banquete del que yo siempre recibía la mejor parte. A cambio yo me encargaba de proteger a aquellos que se aventuraban en la espesura.
Pero ahora todo ha cambiado: las aguas del arroyo ya no son cristalinas sino opacas y las cintas han sido sustituidas por carteles de colores chillones. En cuanto a mí, ya hace siglos que nadie ofrece banquetes en mi honor, tan solo recibo restos de comida envueltos en papel de celofán.
Descendí de la piedra y contemplé por última vez los árboles a los que, como deidad protectora del bosque, he acompañado desde siempre. Dentro de unas horas, cuando salga el sol concluirá la primera fase de ampliación de la ciudad y mi bosque y yo nos desvaneceremos en la nada.
Toca la orquesta Embrujo en la plaza. Escucho una voz masculina detrás de mí.
– ¿Bailas?.
Me giro y miro al chico. Moreno, pelo largo ondulado. Complexión fuerte. Ojos marrones anaranjados, mirada astuta. Resultón pero algo extraño.
– Sí ¿Por qué no?.
No baila mal, se mueve ligero, pero yo lo hago mejor, voy a clases de baile pero no se lo voy a decir. Bailamos otro par de canciones.
– ¿Vamos a tomar algo?. -dice él.
– Claro.
– ¿A “ La Taberna del Lobo”?.
– No conozco ese sitio, pero si te gusta podemos ir allí.
Charlamos animadamente. Me gusta.
– ¿Te apetece ir a tomar un poco de aire a un lugar más tranquilo?
– De acuerdo hace calor.
Subimos al coche, conduce algunos minutos. Aparca junto a un sendero que desemboca en un bosque.
-¿Paseamos hacia el bosque? – me pregunta.
– Sí.- Le contesto con cierto nerviosismo.
Nos sentamos sobre una alfombra de hierba y hojas, me acaricia, me dejo caer suavemente en el suelo. Miro al cielo. Horror, hay luna llena. Por la cara del chico presiento que ya ha empezado la transformación. No hay marcha atrás, le muerdo, nos amamos como animales.
Como muchos domingos, esa tarde iría con la abuela a visitar a los parientes que vivían al otro lado del río.
Corría delante feliz canturreando con su cristalina voz infantil. Y entonces lo vio en la orilla del bosque y se frenó en seco…a él le ocurrió lo mismo y después de de un instante de asombrados ojos se perdió veloz en la espesura.
La niña volvió sobre sus pasos excitada a contarle a la abuela que había visto a un «homín colorao» muy pequeño….Ella no la creyó nunca, pero desde entonces su imagen la acompañó en los rincones de la memoria. Cuando se hizo mayor volvió al lugar y depositó un beso y un papel cuidadosamente doblado donde decía : «Te regalo mi nombre, ya soy grande y no lo necesito. Serás Mimí, el homín colorao».
Ahora que es testigo de como los humanos devoran los bosques sin piedad, no quiere volver a pasar por allí porque tiene miedo, mucho miedo a que también hayan destruido el mágico lugar donde habita Mimí.
Nunca la creyeron, pero ella jura que es verdad.
Existen ciertas hadas habitantes del bosque responsables de la gente menuda.No se dejan ver a la luz del día.Sólo cuando declina el sol puedes sorprenderlas con un farol incandescente y una varita de avellano prendida en los cabellos.Exclusivamente en este momento se hacen visibles al ojo humano. Es entonces cuando, dejando atrás sus quehaceres de custodia, se entregan a la naturaleza
danzando en corro entorno a guirnaldas de piñas, laureles y velas encendidas. Las hay de todos los colores pero las hadas rojas,las verdes y las amarillas gustan bailar invocando a su reina «Hada Flora» para que les otorgue el don perpetuo de ser como niñas.El corro de las hadas gira y gira sin detenerse preñando de energía al menos dos kilómetros a la redonda. Y al final de sus danzas cuando la luz mortecina de los últimos rayos de sol no logra atravesar la frondosidad del bosque, rien divertidas encendiendo fuegos de artificio con sus varitas de abedul. Es la mágica fracción de segundo en que las hadas, si miras bien, se hacen visibles a la gente menuda.
Floc. Fue un golpe seco, hasta silencioso se podría decir. Era un bosque denso y las barreras de troncos a ambos lados de la cuneta daban más seguridad que idea del peligro que encerraban. Floc fue el último sonido que recuerdo cuando el coche se empotró en el tronco. A partir del accidente todo me sale bien. Fue un golpe con suerte, que me permitió cambiar de coche a mejor precio. En la casa de seguros me dijeron que era poco frecuente que un «siniestro total» se saldase sin daños para el conductor. En mi casa conseguí sacar tiempo para todas esas pequeñas tareas para las que nunca tienes ocasión.
Tanta «suerte» terminó levantando mis sospechas y empecé a investigar.
Hasta en lo personal me pude ir a la cama con quien menos me esperaba. Paréntesis: (esto no es muy creíble, pero visto el resultado de la investigación, bien vale como farol). Todo me sale bien. Incluso el tiempo atmosférico, cuando el pronóstico es de lluvia, me acompaña con un magnífico sol otoñal.
Ha pasado un tiempo de investigación y no consigo saber con certeza.
Mi conclusión: estoy muerto.
Cuando anunciaron su amor a los cuatro vientos, ninguna criatura de aquel mágico bosque lleno de vida creyó que su romance llegaría a buen puerto. Provenían de mundos muy diferentes y, sin embargo, el Hada y el Duende más rebeldes del lugar habían vivido una historia capaz de salvar todas las barreras que el mundo les interpuso. Una historia que había mantenido sus vidas unidas hasta el final de sus días. Hasta aquel día. El Hada, a la que su polvo dorado se le estaba agotando inexorablemente se acostó por última vez en aquel trébol que en otro tiempo fue de cuatro hojas y mirando con sus ojos entornados y llenos de paz a las brillantes luciérnagas suspiró:
– Parece que las estrellas están más cerca que nunca. Creo que si estiro la mano un poco podría llegar a tocarlas
El Duende, viendo que quién le había dado toda una vida de amor y felicidad se apagaba lentamente y sin remedio, trató de esbozar una sonrisa. Y acariciándole el pelo le susurró:
– Sí cariño, están viniendo hacia aquí – dijo mientras ella cerraba los ojos para siempre – vienen para llevarte al cielo con ellas.
Apoya la escopeta en un árbol y se inclina a beber del caño, del cual borbotea agua fresca y cristalina como ninguna botella de marca pueda hacer. Estando así inclinado, se percata de que es observado con animosidad animal, un poco más abajo, en el arroyo, ve la presencia de una jabalí con crías, lo cual la hace peligrosa, pues de natural ante la presencia humana se esconden y huyen, pero acorralados o con sus jabatos la cosa cambia. La distancia le permitía no ser visto, pero seguro que por su olor ya había sido detectado, no porque sus efluvios fueran en exceso disonantes, sino por el espectacular sentido del olfato de su contrincante, el cual ya le encaraba.
Apareció otro espécimen de un tamaño considerablemente mayor, con unas navajuelas dentales importantes que le permitirían dado el caso, abrir una vía de escape sanguinolenta en su persona, asunto nada recomendable.
Como los tenía muy cerca, no podía apuntar bien, tampoco quería, se quedo quieto con la escopeta en bandolera, en prevención de una posible embestida, y lenta muy lentamente, se fue hacia atrás, buscando adentrarse en el bosque y dejando vía libre a sus oponentes.
En el bosque…
El sol se pone y
cuando la luna sale,
se abren las flores de la noche…
Colores de sueños,
tallos de esperanza,
raíces de ayer,
semillas de futuro.
Su sombra plateada es vida;
su aroma atrayente,
quizás muerte…
Valiente las recojo;
ramillete de olvido,
amor y perdón…
y, ebrio de ocaso
y sediento de negrura
y paz,
deshago el ramo,
lanzándolo al viento… ,
cuando la luna sale
y el sol se pone.
El cazador tuvo que matar al lobo de un tiro en el pecho.
– ¡Se ha comido a mi abuelita! Gritaba la nieta desesperada.
Rápidamente el cazador sacó un gran cuchillo de monte y rajó de arriba abajo la barriga del lobo, apareciendo la abuelita aturdida pero viva.
La nieta se lanzó a abrazar a la abuelita y casi sin dejarle respirar le dijo:
– Abuelita, te he traído una cesta de comida, pero el lobo se te había comido y me quería comer a mí!
Al ver que la abuelita no podía respirar, el cazador intentó separar aquel abrazo, pero la nieta estaba tan emocionada por el reencuentro que no dejaba de apretar y apretar.
Cuando por fín el cazador separó a la nieta de su abuelita, ésta cayó sin aliento en el suelo cubierto de hojas. La nieta había matado a la abuelita de un fuerte abrazo. En el bosque.
Hoy me levanté más temprano de lo habitual. Finaliza mi camino. Recogí en mi maltrecha mochila el saco de dormir y los pocos y ya deteriorados enseres que me acompañan desde el inicio. Los días precedentes habían sido duros y húmedos. Mi cuerpo se había habituado a las duras condiciones, pero pedía ya un descanso. Dejando atrás la hospedería, y bajo el manto de la noche, retomé mi ruta y me adentré en el bosque. El frío abrigaba mi cuerpo.
La estela de una linterna de otros caminantes más previsores que yo me servía de guía. Con la vista puesta en ese rastro fugaz y serpenteante, caminaba, adquiriendo el resto de mis sentidos un mayor protagonismo.
Poco a poco la noche iba dejando paso al día. Olía a mañana, a verde, a día grande, y una sensación de serenidad, de complicidad y de vuelta a los orígenes recorría mi cuerpo. Es el bosque, generoso, que nos va regalando a su paso un sinfín de sensaciones y emociones sin pedir nada a cambio. Ya casi lo hemos cruzado, y el Sol nos recibe al otro lado del mismo. Amanece. Santiago nos espera. Hoy será un día estupendo.
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