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Al claro del bosque, donde la mamá de Bambi lengüeteaba la piel moteada de su hijo, fueron llegando Hansel y Gretel buscando la casita de chocolate; Pulgarcito y sus hermanos ya sin más migas de pan; una despistada Caperucita Roja buscando el camino para llegar a casa de su abuelita y los siete enanitos de Blancanieves, a lo suyo, cruzaron marciales al son:
-«♫ I go, I go»…
Apareció medrosa Cosette con su cubo de agua musitando:
– ♫ Miedo me da la oscuridad, sola no me atrevo a ir…
Y mis amiguitas de la escuela cantaban a coro saltando en corro:
-♫ Jugando al escondite en el bosque anocheció; el cuco cantaba el miedo nos quitó, cu cu; cu cu …
El príncipe de la bella durmiente a mandobles cortaba los hechizados zarzales y Robin Hood y sus amigos de Sherwood saltaban por las quimas de árbol en árbol.
De pronto un torbellino alargó las figuras aplastándolas contra las paredes de un gran embudo en acelerada vorágine descendente hacia lo oscuro de una sima.
Todo quedo negro.
Alguien me zarandeó.
– ¡Mamá tienes que tomarte la pastilla!.
-¿Quién es ésta que quiere que beba el vaso de agua?…
Mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos desde donde sube una fragancia a floresta que se enreda en mi pelo, se libera y asciende hasta quedar atrapada en las copas de los pinos que observan el caminar dubitativo del que no sabe a donde va porque quizá no quiere ir a ningún lado, sino más bien quedarse y seguir caminando por uno y otro senderos, y contemplar la luz refulgente, diamantina que se filtra desde lo alto, desde un cielo silente que lo abarca todo incluso este bosque en donde me pierdo y en donde mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos..
Siéntate, sólo escucha. Hay un rumor atávico de hojas agitadas, un susurro de agua nueva que fluye serena.
No abras los ojos, aspira. El aroma húmedo de la tierra antigua, los acres vapores de la hojarasca mullida, las flores.
Mira, desde tu luz el rocío escarchado de la noche, la vibrante telaraña entre las ramas, los nidos trabajados con esmero.
Acerca a tus labios la dulce mora, el esbelto hinojo, el berro humilde.
Camina sin agobio sobre la alfombra verde y ocre de los prados.
Todo es tuyo y tú de ello. Y haz sólo una cosa: Ámalo.
¿Qué le indujo a Juanjo aquel amanecer de octubre a transitar el bosque? Nadie le vio salir.
Dejé caer la tarde en el camino. Sin prisa, indiferente como la luz oblicua, me olvidé de las horas y me adentré en el bosque. Era un sendero antiguo, dibujado, que a modo de antesala recibía luminoso al caminante. Los árboles que orlaban el paseo, lejanos, discontinuos, parecían jugar con reflejos fundidos que adornaban el bosque de una luz desmayada. De pronto, la luz inverosímil y aquel silencio quieto, aquella forma lenta contorsionando el tiempo, se olvidó del
Hace un día maravilloso. Luce el sol en lo alto del cielo azul. La temperatura otoñal magnífica. Entre los árboles del bosque tomo refugio de las banalidades de la vida cotidiana y artificial. El verde intenso del musgo que cubre las rocas blancas y el silencio sólo roto por los pies que se dejan arrastrar por la hojarasca, me transmiten una paz que penetra por todos los poros de la piel. Me siento feliz, y libre de saber disfrutar de esta naturaleza extrema que abarco por los cuatro puntos cardinales. Los árboles pelones de sus hojas protegen de los rayos de luz del mediodía y puedo apreciar colores que nunca podré capturar con un pincel y unas acuarelas. Rojo, marrón, verde, amarillo, anaranjado. Si no fuera por las marcas que algún buen samaritano pintó en las piedras no sería capaz de salir de este laberinto, pues el paisaje del bosque se confunde fácilmente y termina por parecer todo igual, pero no tengo miedo, los pies buscan el camino, si de repente se equivocan, se detienen, las pupilas otean el horizonte y de nuevo encuentran la pista, y de nuevo las piernas cogen el ritmo.
En el bosque vive la Bruja de los Enamorados. Su fama se extiende por la región y todos la temen. Sólo la buscan los caballeros desesperados que han puesto su amor en alguna dama de frío corazón. En ese caso, el caballero sabe lo que debe hacer. En una noche de luna llena, llega hasta el bosque, deja en la linde armas y caballo, y se adentra en la espesura. La Bruja lo espera. Cuando la encuentra, le cuenta su historia. Comienza un ritual mágico. La Bruja hiere en la mano al enamorado, unas gotas de sangre caen en la hierba. En ese momento, el húmedo espíritu del bosque entra ya en su cuerpo.
Con la luna nueva, una dama que lleva el corazón en llamas huye de un palacio. Llega al bosque, abandona el caballo y se adentra en la espesura. Cuando se reúne con el caballero, la Bruja oficia el último ritual. Luego se despide de ellos y se aleja del bosque para siempre. Los amantes pasan la noche en su cabaña. Sucede un año de intensa felicidad, después del cual el caballero muere. Con el corazón helado, una nueva Bruja de los Enamorados vive en el bosque.
Caminamos por la vereda que se adentraba en el seno del bosque. Se cerraban lentamente tras nosotros abanicos verdes, engañosos velos de la araña (mortaja para incautos), cortinas de terciopelo que no permitían pasar la luz más que entre rendijas. No paseábamos, sino que éramos incorporados al paisaje, seductor y absorbente amante.
Íbamos de la mano, pero me perdía mientras mis ojos seguían continuamente las sinuosas sombras. Los rincones oscuros me sugerían dios sabe qué silenciosas tragedias, los claros que sorprendían detrás de los arbustos eran como milagros del último momento, respiros para el corazón sofocado. Olía a agua, a tierra, a moho, a verde, acre de hojas maceradas, un festival de la vida y de la muerte, tan abrazadas ambas. Nada más simbólico del misterio sagrado que el bosque: lo vivo necesita de lo caduco, para que haya fragantes flores se necesita putrefacción. Nada hay de ofensivo en nacer entre la bosta y emerger con la máxima belleza. Nada terrible es madurar en exceso, caer, fermentar y alimentar a los gusanos. Todo es hermoso, todo es armonía, todo responde a un ciclo y a él se pliegan la semilla y el ratón.
Temía perderme y despertarme hiedra.
Al terminar el día me tumbé exhausta en la cama, y deslicé la mano hasta la mesilla de noche tropezando con un libro de tapas blandas, en cuyo interior se escondían agazapados breves relatos que atravesaban bosques encantados con la fuerza de un manantial. Uno de ellos me susurró el cuento de las Princesas del Sendero. Todas las noches, cuando el silencio resurgía entre las sombras y apresaba los movimientos de los habitantes nocturnos, cinco princesas hada recorrían el sendero del agua sembrando sus linderos con semillas de flores primaverales. Al terminar, se sentaban pacientes para esperar la llamada del Príncipe del Bosque, que las obsequiaría con nuevas semillas para la noche siguiente. Pero un trece de febrero, el Príncipe no apareció, quedó prendado de las bondades de una de ellas y decidió emigrar a un bosque cercano. Quedaron cuatro, solas y tristes, pensativas en su abandono, recogiendo sus lágrimas en cestillos de hojas de muérdago. Dicen que si caminas por ese sendero pasada la media noche, podrás verlas regando las semillas con sus lágrimas. Dicen que si lo haces en la madrugada del catorce de febrero, encontrarás el amor de una princesa hada encantada.
Aquella semilla que cayó del árbol un día gris en el que el bosque lloraba por su desolador futuro. Que nació recubierta del agrio fruto que un desplumado pájaro ingirió para sobrevivir y transportó hasta una zona carente de vida. Que quedó enjaulada entre dos rocas duras como el acero que parecían llevar siglos allí. Aquella semilla… germinó. Y una pequeña rama verde esperanza se abrió paso entre los desolados pedruscos que la rodeaban.
Sentada desde la orilla, en el remanso del riachuelo, vengo a contarte un cuento, ahora que vas a dormir.
Dicen que la escucharon los espíritus del bosque. Dicen, que estaba escondida. Dicen, que nadie hasta entonces la vio.
Dicen que un día, erase un día, en el que se cansó de vagar sin ser vista. Y desde lo profundo de la tierra, salió para entrelazar su sonrisa con las hojas en invierno, revolotear con las aves en primavera, pintar de colores el otoño, y en el verano descansar bajo el roble, junto a este riachuelo.
Dicen que desde ese día ilumina el bosque. Que lo inunda de magia, y lo hace sentir.
Y el bosque se siente feliz de ser su compañero.
Mañana, cuando amanezca, viste tu desnudez y calza tus pies, desnuda tu mente, y desabrocha tus ojos, la verás llegar a tu retina.
El bosque, te enseñará la ruta y si estás listo para empezar a caminar, te sorprenderá.
Dicen que los habitantes del bosque la cuidan, y cuentan, que el árbol más veterano y sabio la llamó “Belleza”.
-¿Que tienes ahí? te pregunté.
– Una luciérnaga- contestaste, y yo, vi una luz tenue.
-¿Puedo verla?
-No puedo enseñártela, se me escaparía- me dijiste desafiante.
Sonreí.
-He visto un búho, mirándome desde lo alto de un roble.
– ¿Y qué te ha dicho el búho?-
– Papá, los búhos no hablan, ululan, solamente ululan- sorprendido por tu respuesta volví a sonreír.
De pronto una risa salió de tu boca-
-¿De qué te ríes Alba?
-Una hormiguita sube por mi pierna.
-¿Y a la hormiga, me la enseñas?
-No, si la cojo la haré daño con mis dedos.
Percibí un olor verde y fresco y tú exclamaste -¡Qué bien huele!
-Sí, yo también lo huelo-Te dije extrañado.
-Es la lluvia que moja la hierba. ¡Mira, una mariposa amarilla! ¿La ves?
– Sí, se ha posado en la margarita-
– No papá, está sobre mi cabeza.
– Venga Alba, date prisa.
-Un rato más, quiero seguir paseando por el bosque.-Me pediste con voz zalamera.
-Pero si llueve mucho más, tendrás que regresar.
-No, ya no llueve.
– Venga Alba, deja el perfume de tu madre, apaga la linterna y sal de la sabanas, llegarás tarde al colegio.
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