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Al entrar en aquel extraño lugar, el bello de la nuca se me erizó y sentí ese mismo escalofrio, cuando sabes que alguien te sigue.
Pasaron las horas y mi única compañía eran la enorme presencia del los arboles, y su leve conversación. Me quede callado, pues era invitado en el bosque y rendía respeto a la naturaleza, pero la sensación no desaparecía, mire a mi alrededor y sólo encontré la majestuosa presencia de las rocas y animales, no había enemigos solo paz y armonía de mi hogar.
Intenté descansar, pues no podía seguir mi viaje, estaba herido. Tras pasar varias horas descansando desperté agitado, con dolores y unos ojos grises mirándome, me levanté tan deprisa como mi cuerpo me permitió, cerré los ojos varias veces pues no todos los días tienes un halcón frente a frente, intenté echarle pues era quien me producía la sensación de ser observado (mi vigilante), pero él no se fue, todo lo contrario levantó su garra, y vi lo que traía. Una nota, como pude la desenganche y leí.
-Querido Ajax,
Te envió a mi halcón,
Para ayudarte a salir,
De tus pesadillas
Y regreses a casa.
Besos. El bosque.
Resucitan mis oídos los gorjeos de los pájaros y el siseo del agua que zigzaguea a mis pies. Espío el viento que silba en las laderas y campanillea entre las hojas de los árboles que me asedian, mientras traslada e inunda de fragancias el aire que me embalsama.
Necesito moverme. Siento mis manos y mis pies entumecidos, faltos de vigor y savia. Nada duele, más todo parece dormido, soñado…
Me enfrento a mi apatía y decido moverme. Intento abrir las manos, mover los dedos y sentir el aire que los rodea, más un temblor antiguo parece recordarme que perdí la fuerza en otras cruzadas; y que estos artríticos y nudosos dedos no renacerán más sobre jóvenes cuerpos.
Observo mis pies calzando esta húmeda tierra, velados por un espeso manto de barro y hojas que me hacen rumiar si permaneceré siempre arraigado a este lugar, del cual no recuerdo nunca haber faltado.
Mi boca reseca, sin la humedad del rocío, envejece abierta en un grito atávico e infinito que oculta el paso del tiempo. Busco luz para mis ojos. Busco una respuesta. Echo un vistazo dentro y me replica con mal aliento: “…sólo eres el tronco viejo que sembró este bosque”.
Ojos para un bosque recorrer, rápidamente, sin control, o eso parece. Bajo un manto de estrellas, que hace poco no estaban y que ésas si que correrán para mañana volver.
Hola Ama:
Sí, soy yo. Tu hija. Estoy aquí en medio del bosque, en aquella cascada que un día te mostré, la del Rio Asón, ¿te acuerdas? Tú nunca fuiste muy buena para recordar los nombres de los lugares. Hoy es domingo y como hace un día estupendo me apetecía caminar por un paraje esbelto. Se me ha ocurrido venir aquí, aunque creo que no ha sido buena idea. Me han venido a la memoria aquellos días de nuestras vidas que pudimos compartir en la montaña, en la naturaleza, en el único sitio donde dejábamos de discutir y donde el humor siempre era bueno. Es un alivio estar sola, porque he roto a llorar y esa es una de las actividades que hago mucho mejor en soledad. Lloro porque hubo un tiempo en que conseguimos ser felices, lloro porque ya no podré verte nunca más ni siquiera para echarte la bronca porque comes poco, lloro porque no recuerdo que fuera capaz de abrazarte y decirte lo mucho que te quería. De todas formas, aunque triste aquí estoy tranquila, lo peor es volver a casa, porque allí ni siquiera tengo paz, y la protección de la naturaleza resulta entonces inalcanzable.
Allí, en el río infinito, estaba ella. Las aguas cristalinas la acariciaban suavemente, la rozaban con sus susurros de gotas. Todos los días se despertaba observando. Sus compañeras, como ella, aguardaban. A veces, se percataba de que alguna ya no se hallaba en su lugar de siempre. Y se sentía feliz. Todavía podría ocurrir el milagro. Ella no tenía prisa, no sentía impaciencia, podría esperar eternamente, allí en el río infinito, sintiéndolo por su piel de piedra.
En días cálidos aparecían las manos jóvenes, sumergidas en aquel río sin fin, pero nunca se fijaban en ella. Nunca la tocaban, nunca la elegían. ¿Cuándo llegará esa mano que la escoja? Entre todas las demás, a ella, la más bonita, la más redonda. Entonces lloraba, pero en el agua resultaba imposible adivinar qué gotas eran lágrimas. Ella sufría por no ser la elegida.
Hasta un día que una mano se sumergió en el agua fresca de aquel río infinito. Y aquella mano se posó en la piedra anhelante. La mano la recogió con delicadeza y la llevó a su casa, la cuidó, la secó y la mimó. La piedra era feliz en su nueva vida, observada por ojos que la encontraban hermosa.
La débil luz del sol teñía de rojo el bosque, como un funesto presagio de lo que sucedería horas después. El joven guerrero ajustó el casco sobre su largo pelo rubio y se acercó al gran árbol que crecía a pocos pasos del campamento. Pronto comenzaría la batalla, una batalla que muchos daban por perdida, contra un pueblo llegado desde más allá de las montañas. Acarició lentamente la corteza del árbol, el mismo árbol que había servido para crear el talismán que pendía de su cuello, el árbol bajo cuyas ramas había prometido fidelidad eterna a la alegre muchacha que ahora era su esposa. Clavó sus ojos claros en las negras oquedades de la corteza y rogó con todas sus fuerzas que ocurriera un milagro que les permitiera ganar la batalla. A modo de despedida dedicó un saludo marcial al viejo roble y se volvió hacia el lugar del que procedía la amenaza mientras, detrás de él, sus compañeros comenzaban a despertar lentamente y en el cielo, como si un ser superior hubiera escuchado su silenciosa plegaria, comenzaban a arremolinarse las oscuras nubes que poco después descargarían toda su furia sobre las legiones del gobernador Publio Quinto Varo.
Alma de bosque mojada en lágrimas descansa sobre su lecho de hojas secas. Nadie conoce de su tristeza y del dolor que siente dentro. Ella no hace daño a nadie pero muchos de los hombres que se adentran y se dejan atrapar por su abrazo sí. Antes de que el sol de un nuevo día nazca, un cielo en llamas amanece despuntando sobre el humo que le obliga a decidir su destino en apenas unas pocas horas, quizás el último que ella vea. Alma de bosque, dulce como la miel, sigue esperando a la joven primavera. Sus colores siempre han sonrojado sus mejillas, ahora pálidas y frías. Ahora su cabello se tiñe de ceniza, ya no quedan flores que adornen el vientre de un lugar de mágica esencia como Alma de bosque. Con los ojos cerrados ella siente que su piel se deshoja poco a poco. El calor abrasador de las llamas derrama su melancolía hasta hacer que pierda la esperanza. Y de su silencio, nace un grito temible, bañado en la soledad de una muerte segura que hace temblar la tierra. Alma de bosque se evapora como la lluvia, en lágrimas de tristeza, se pierde para no volver.
En un claro del bosque, rodeados de hojas y setas crecen tres robles. Dicen que los plantó Adela, una anciana lugareña poco antes de morir. También se cuenta que cuando su hijo menor la vio salir de casa se percató de que apretaba algo en su mano izquierda y al preguntarle qué era ella, misteriosamente, respondió “son mis recuerdos”.
Su hijo, un hombre de cuarenta años la obligó a abrir la mano y vio que solo llevaba tres bellotas. Ella, adelantándose a su pregunta dijo:
– Sé que parecen tres bellotas, pero en realidad son recuerdos: ¿ves esta tan pequeña? La recogí el día que conocí a tu padre, cuando él regresaba de llevar a pastar el ganado y yo acudía al bosque a recoger setas. Esta más pequeña la encontré poco antes de dar a luz a tu hermano, y estas hendiduras en la caperuza sois tu hermana y tú. La tercera cayó del roble que hay frente a casa el día que nació mi nieta. Siempre han estado conmigo y cada vez que las miro revivo todos esos buenos momentos. Ahora quiero plantarlas antes de estar demasiado débil, así el día que yo falte mis recuerdos continuarán viviendo.
Volví al claro del bosque. Allí la había encontrado.
Los castaños contornaban un pequeño círculo y en la parte alta, un monolito marcado de antiguas inscripciones. La piedra era alta, casi como una persona, con tenues líquenes amarillos cerca de la tierra.
Por ella regresé. Por oír su voz ronca, de granito y magia, de sabiduría milenaria. Volví para escuchar las historias del bosque, del bosque que había visto crecer y morir, arder y volver a nacer, extinguirse para retornar siempre joven. Creí que estaba cansada de ser piedra, que tal vez le hubiera gustado ser ardilla, erizo, gorrión o ciervo.
Pero no, su orgullo era ser el testigo de la vida alrededor, de la mano agradecida de la naturaleza y de la cruel del hombre. Testigo eterno de las estaciones y los ritos, del fuego y la lluvia. Respetada por los árboles, era el cofre que guardaba los secretos que sólo ellos conocían, una relación que no me era dado alcanzar.
La acaricié largamente. Alrededor, el bosque de castaños, marrones por el otoño agitaba sus ramas, como un cántico a la roca que contenía el misterio de la vida.
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