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Nos estábamos instalando en nuestro pequeño y acogedor hotel. Teníamos tiempo libre antes de cenar y decidimos pasear por el bosque cercano. La luna llena y nuestros deseos de explorar, ofrecían claridad suficiente para iniciar nuestra andadura. El olor a tierra húmeda, el canto de los grillos, el lejano gorgoteo de un riachuelo nos llenaban de paz y tranquilidad. Cuando la oscuridad nos impidió avanzar, decidimos volver y degustar una cena tranquila en el coqueto restaurante del hotel. Escogimos una mesa con vistas al bosque. Me quité la chaqueta, la chimenea encendida proporcionaba un ambiente agradablemente acogedor, al colgarla tras la silla, quise coger el móvil pero algo me lo impedía, estiraba hacia abajo con fuerza y me impedía sacarlo. Al mirar dentro, me quedé paralizada, un pequeño ser transparente y con figura humana lo sujetaba y me susurraba: «Olvida ataduras y convencionalismos y aprovecha lo que te ofrece la naturaleza de este maravilloso lugar. Relájate pidiendo una copa de vino rojo y duerme plácidamente hasta el día siguiente en que me devolverás al bosque.» Disimulé frente a Juan, hicimos según deseos de mi pequeño ser y ahora, mientras escribo, acaricio mi barriga llena de vida.
El suave susurro del viento recorriendo el bosque palmo a palmo despejaba mi mente de todos los trajines de la vida cotidiana. Era como si despertara de un largo y agotador sueño, abría los ojos ante ese verde intenso. Por unos breves instantes olvidaba mis deudas, mis problemas en el trabajo y me concentraba en mí, en lo que yo quería.
Las caminatas en la naturaleza eran una tradición, al menos una vez al año tenía que venir a despejar mi mente, a descansar. Mi padre traía a la familia desde que yo tengo memoria, nos quedábamos en una hermosa posada donde podíamos descansa de nuestras arduas caminatas por el bosque, nunca se me ocurrió preguntarle cómo había encontrado este lugar tan mágico y lleno de vida. Mi madre, mi hermana y yo venimos aquí unos días después de la muerte de mi padre, para poder conciliar el hecho de su ausencia, estar aquí me trae de vuelta muchos de los mejores recuerdos de mi infancia. Espero algún día poder compartir con mi hijo este lugar lleno de fragancias y belleza, disfrutar con el como yo lo hice con mi padre.
Marcos recogía setas cuando tropezó con un árbol inmenso. Su tronco parecía desprender la sabiduría del tiempo allí anclado, creando nudos, alojando musgos entre sus grietas y dibujando sombras para el caminante. Decidió sentarse a descansar cuando al mínimo roce de su espalda con la corteza, Marcos quedó formando parte del árbol, convirtiéndose en raíz, sintiendo la savia deslizándose en su interior. Entonces, percibió una voz profunda:
– “Dentro de mil años, una princesa te abrazará. De la corteza y el hechizo te librará”.
Los años pasaban y a su alrededor el bosque iba desapareciendo: talas, construcciones, polución… ¡Hasta cayó una piedra del cosmos destruyendo todo lo visible desde aquél punto! Mas el árbol, aferrado a la tierra por la raíz en la que Marcos se había convertido, permanecía seco e inmóvil en medio de aquél desierto.
Mil años pasaron, y una tarde cuando el sol estaba en las alturas, una pobre caravana apareció a lo lejos. Alina saltó de su montura gritando: ¡El árbol está allí! Y corrió para abrazar la corteza que pronto se transformó en unos ojos, fijos en los ojos de ella.
Ya se habían encontrado, y juntos abordarían el destino que les esperaba…
Recogiendo setas no me iba a hacer rico, pensé. Era fatigoso, mojado, cansado y un trabajo demasiado solitario para mi alma llena de miedos y de recovecos ocultos repletos de secretos.
Seguía el estrecho sendero de forma autómata, ya casi ni observaba los musgos ni me agachaba bajo los húmedos. Mis esperanzas de encontrar alguna especie que me permitiera venderla a buen precio se estaban agotando.
De repente, choqué con sus raíces, pero no caí al suelo. El árbol me recogió con sus ramas y me abrazó. Unos enormes ojos oscuros me miraban y su boca profunda me susurró al oído:
«Pide un deseo, hoy estoy de buen humor, solo te pediré algo a cambio».
Pensé volverme loco, los árboles no hablaban, pero al contemplarme entre sus ramas, lo creí y pensé en el deseo…
«Quiero todo el dinero que se pueda tener en esta vida»
Hoy soy rico pero no tengo ojos, fue el pago que exigió aquel monstruoso árbol..
Por la chimenea una mezcla de olores llegó a su afinado olfato y comenzó a saltar entre las hojas caídas, ya casi totalmente mezcladas con el barro del invierno que se deslizaba por las laderas de Lanstribuck. Así llamaba Guelmi a aquella montaña y por ese nombre la conocíamos todos los que con Guelmi coincidíamos en los caminos. Se coló por la ventana. Yo iba muy abrigada debajo de su sombrero. Guelmi se acercó a una cama y se acostó rendido. Descansaríamos un rato. Lo justo y conveniente le dije enroscándome aún más bajo su sombrero de lana. Unas voces y ruidos de pasos se escucharon. La puerta se abrió golpeando la pared . Guelmi se despertó sobresaltado tirándome al suelo y haciendo que todos los colores que había recogido se esparcieran por aquel cuarto. Rojos, amarillos, verdes, azules… todos explotaron inundando de primavera el invierno gris. Una voz se escuchó en medio de la luz que decía: “ A partir de aquel día nunca entra el invierno en esta casa y todos los que en ella están recuperan la alegría. Y ahora, duerme Antía. Seguro que Guelmi vigila tus sueños… Y la lombriz,abuela…Sí,también la lombriz.
Se repetía siempre en vacaciones cuando nuestra economía no nos permitía abandonar la ciudad. El reloj no regía nuestro tiempo y sin hora fija de acostarnos, cada noche después de cenar nos recreábamos con la visión de las formas largas y tenebrosas que surgían caprichosas de la nada y danzaban sinuosas en la oscuridad. Agarrados de la mano, mi hermano y yo, entre la curiosidad y el miedo jugábamos a adivinar las siluetas que aparecían ante nuestros ojos. Zorros, ardillas, pájaros en pleno vuelo o carpinteros se alternaban para construir un mundo paralelo. Gustábamos ambos del mérito de esa inquietud consabida y compartida que el misterio de lo irreal ofrecía a nuestros ojos, repartido a partes iguales entre nuestra imaginación y las expertas manos de mi padre que conseguían junto con una lámpara y una sábana adentrarnos en un bosque encantado hecho a nuestra medida, permutando calles y rascacielos, por castaños, abedules y senderos.
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