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La senda se estrechaba y, de repente aparecia un hermoso bosque de sauces llorones, que rodeaban un pequeño lago de aguas cristalinas, en el que se reflejaban sus largas ramas , que caían como lagrimas sobre aquel espejo tranquilo. En aquella laguna que permanecia quieta como un plato brillante donde se reflejaba la luna llena, la muchacha se miró en las aguas y en ellas vio la nostalgia del amor perdido. Se había refugiado alli buscando un lugar tranquilo donde llorar a su enamorado. Este, la había abandonado aquella tarde, al quedar atrapado en los brazos de otra mujer más madura, enredado en sus tiernas palabras.
San Chico Mendes no es un chico. El abuelo dice que es inmortal. El abuelo es viejo, no controla bien esto de los años. Yo sí soy chico. Todos los días, el abuelo y yo, caminamos unos kilómetros para llegar a nuestra jungla llena de encinas y matorrales. El abuelo lo llama bosque mediterráneo. Yo quiero al abuelo, y lo que él dice siempre es verdad. Dice que a Chico Mendes lo mataron por defender su bosque; un bosque que era selva. Todos los amaneceres Chico, desde que era tan chico como yo, extraía látex de las heveas, unos árboles que se dan en el bosque de Brasil, y con él hacía caucho. El abuelo dice, y ya os he dicho que nunca miente, que lo mataron unos hombres malos que querían cortar las heveas de su bosque. Y, bueno, que los árboles no se deben cortar lo sabe todo el mundo, los chicos y los grandes. Por eso para nosotros Chico Mendes es nuestro patrón. El vela desde un cielo muy verde por nuestras encinas, nuestros álamos, y hasta por nuestros cipreses que son unas agujas verdes y altas que al abuelo, no sé porqué, no le gustan mucho.
Simplemente abrí los ojos y no vi nada… Recorriendo las calles sin rumbo alguno, como si de un títere se tratase, un hilo invisible me arrastró lentamente hasta un prado oculto de ese bosque misterioso. Resulta curioso darse cuenta de cómo no nos percatamos de las cosas. ¿Cuántas veces habría pasado por sus inmediaciones, sin ser consciente de lo que era realmente? Ahora que mi vida se iba deteniendo poco a poco veía las cosas hermosas que me habían rodeado durante tanto tiempo…
Me tumbé en el frondoso pasto, respirando lenta y profundamente, procurando que todos los aromas penetraran e inundaran mis pulmones insuflándoles un poco de vida. Acaricié con manos abiertas la húmeda hierba, deslizándola entre mis dedos… suave… fresca…
Comenzó a llover como si el cielo fuese conocedor de mi tristeza… Lloraba las lágrimas que a mí ya no me quedaban. Una brisa cálida me reconfortaba mientras el canto de los pájaros me hacía evadir, de nuevo, del mundo.
Cuándo ya nada me quedaba, cuando ya nada esperaba, fue cuando me sentí más libre para volar. El bosque me abrazaba con ternura y amor, protegiéndome como una madre protege a su hijo. Estaba en casa…
Dejaron pasar al caminante, casi sin mirarlo, notaban el vaho que soltaban sus jadeos y como resonaban sus pasos en el silencio espectral del bosque. Sus andares eran bruscos y no tenían ningún respeto por la flora del lugar. Según los paseantes, les daba por comportarse de un modo u otro, era una de sus distracciones, tenían pocas, y nadie contaba que cambiaran un poco. Entrelazaban sus ramas entre congéneres haciendo el bosque impenetrable. Este, tardaría en salir.
Siendo niña la habían apodado «Caperucita Roja» por la linda capita encarnada y con capucha que su abuela le había regalado para defenderse del frío. Ocurrío que con ella se sintió tan linda y tan hermosa que núnca más quiso quitársela. Aquella capita llamó la atención de un lobo fiero y astuto un día que atravesaba el bosque y fué su desdicha. El lobo la sonsacó hacía dónde se dirigía y, entreteniéndola y engañándola, consiguó llegar primero al destino de la niña,la casa de la abuelita,zamparse a ésta y a la ingenua nieta.Pese a la experiencia nefanda de la niñez «Caperuza», como todos la llamaban ahora, consiguó sobrevivir gracias a un leñador que por allí pasaba y continuó utilizando capa con capucha.Esta vez eligió color y destinos nuevos:el marrón dentro del monasterio de las clarisas.
La soledad inevitable le da la mano, desde el alba hasta la noche, desde la risa alegre hasta la sombra de nube oscura que amenaza un chaparrón de cenizas. No quiere jugar con ella al escondite absurdo de negar que está adosada al corazón de cada hombre. Ella la auspicia a pasear al ritmo y por el paisaje que el bosque y sus piernas le sugieren.
Cada paseo por el bosque, en ese invierno de su vida, es una aventura que se instala en la mirilla de su corazón de loba. La umbría y los olores desatados se convierten, para ella, en páramo de inspiración, sabor a sueño y asombro íntimo.
A su regreso a casa lleva las botas embarradas, las manos sucias y la mirada ahíta de susurros de la madre tierra.
Era muy tarde y hacía mucho frío aquella noche. Mientras subía las escaleras, los vio pasar una vez más. Eran tres e iban camino del bosque. Pensó que siempre eran tres y que siempre se dirigían al mismo lugar. Nadie sabía por qué iban allí. Sólo sabían que iban tres, y que volvían dos. Pero nadie se preguntaba por qué. A nadie le interesaba, porque nadie quería saberlo. Así se vivía mejor. Aquella noche era como cualquier otra. De nuevo escucharían dos disparos sordos y de nuevo sentirían un grito desgarrador. Pensarían que era algún animal. Eso es, un animal herido. Y cerrarían los ojos para soñar con un bosque silencioso, en el que los animales no gritan. A la mañana siguiente nadie diría nada, porque no había nada que decir. Y todos notarían el olor a pólvora y a tierra removida, que se confundiría con los aromas del bosque mañanero. Sabían que el bosque haría desaparecer aquel cuerpo. Tenía experiencia y nunca les había fallado. ¿Por qué iba a hacerlo esta vez? Ellos sólo tenían que oír, ver y callar. Así de fácil. Aunque esos que pasaban no lo sabían… y oían demasiado, veían demasiado, o no callaban demasiado.
Me gusta pasear por el bosque. Andando despacio aprecio mejor la confortable alfombra de coloridas hojas secas. Me gusta acariciar la rugosa corteza de los árboles, sentir los años que llevan creciendo unos junto a otros como enormes y longevas familias bien avenidas. Sus enormes ramas, unidas unas con otras forman un techo capaz, a veces, de tapar la cálida luz del sol. Aspirar el aroma del bosque significa llenar los pulmones de oxígeno y aromas imposibles de descifrar dada su complejidad y variedad. Es oler a tierra mojada, humedad, frutos rojos y bayas, a lluvia y, a veces, a nieve reciente, blanca y brillante. Escuchar cómo susurra el aire paseándose entre las hojas, los pajarillos cantándose historias de amor a la vez que revolotean persiguiéndose y jugando entre las ramas, oír el crujir de mis pasos al caminar. Puedo saborear el bosque masticando sus frutos, castañas, avellanas y arándanos que voy encontrando por el sendero. Cuando termino mi paseo y entro en mi casa, mis hijos se acercan a mí olisqueándome, lamiéndome, aún son muy pequeños, les doy de comer. Me siento muy orgullosa de ser una osa de las pocas que quedamos por este hermoso lugar.
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