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En mis paseos por el bosque suelo recoger raíces de los diferentes tipos de árboles que salen a mi encuentro.
Del mismo modo que trozos de madera que aparecen tirados al lado del riachuelo.
Siempre estuve enamorado de la tierra obteniendo las mejores calificaciones escolares en asignaturas como Botánica y Ciencias Naturales.
Luego, ya en casa, me entretengo horas y horas en formar con ellas figuras humanas y de animales.
No pretendo obtener beneficio económico sino única y exclusivamente placer por lo que me resulta muy gratificante.
Esperando mi turno en la consulta del sicoanalista le propondré presentar mi método ante la Oficina de Patentes de Alicante y, caso de que me la rechace, me veré obligado a tenerle que acompañar mañana al cementerio.
Hastiado de mi vida en la ciudad opté por irme a vivir al bosque.
Aquel y no otro era el momento de cambiar:lo tenía decidido.
Hallándome en la cuarentena no estaba dispuesto como hacen una mayoría de personas en sacrificar la primera mitad de mi vida para desperdiciar la segunda.
Así que me construi una pequeña cabaña en medio de un frondoso bosque y, rodeado de ardillas y mariposas de inmediato me instalé.
Pasaron varias semanas y aquéllo era vivir.
Estando en contacto con la naturaleza, la fuente seca de mi inspiración comenzó a brotar agua en forma de ideas.
Falta me hacía pues la escritura nos resulta a los escritores tan imprescindible como el aire que respiramos.
Mas, como no dura mucho la alegría en casa del pobre, una espléndida mañana de domingo el ruido ensordecedor de la máquinas talando los árboles del bosque acabó de cuajo con mi sueño.
Mis gritos de protesta de nada sirvieron.
Recogí mis enseres y regresé a la ciudad, no sin antes ofrecer un tierno beso a mi cabaña: tan sólo ella sabía lo que yo callaba.
A punto de expirar el otoño, una tormenta colosal acabó con la sequía que amenazaba la armonía del bosque y, entre otros, se animaron las lombrices que esponjaron la tierra. La diosa diana procedió al recuento de los daños y reparó en que un rayo irrumpió en la espesura y acabó con un abedul, partiendo en dos su vistoso tronco plateado.
En primavera, una pareja de mirlos eligió la parte de árbol que quedó en pie para anidar. La hembra depositó cuatro huevos y, luego, ahuecó su plumaje para calentarlos. Mientras, el macho se desvivía a la busca de insectos y lombrices. A su vez, una ardilla, que se las prometía felices emboscada en una rama próxima, inspeccionaba todo.
Vieron la luz cuatro polluelos hambrientos y sus padres les buscaron gusanos, en algún momento sin turnarse. La espía lo aprovechó y se los zampó. Aún se relamía en el instante en que sintió una zarpa y, sin pausa, la dentellada de un zorro. El raposo huía con la presa, ajeno al acecho de un lobo, cuando un cepo le seccionó una pata. Enseguida, apareció el hombre que interceptó la cadena por un inútil “trofeo” y la estratagema lupina se arruinó.
Siempre me han gustado los robles. Será porque toda mi vida han estado ahí, saludándome por la mañana y arrullando mis sueños. Sus ramas frondosas y llenas de nudos que dibujan paisajes fantasmagóricos fueron testigos de mis juegos infantiles y de mis escarceos juveniles. A su sombra empezó y acabó todo y a su sombra he llorado durante años mi indecisión.
¡ Cuántas veces he querido ser madera de roble para aguantar fríos y vientos, ser dura y resistente como ella para que nada me dañara.¡
Será de los robles de lo único que sentiré despedirme. Lo único que echaré de menos.
Mañana marcharé a una residencia de ancianos. La misma en la que solicité plaza el día que supe que Lola estaba allí.
Esta tarde cerraré con fuerza mi maleta, la fuerza que no tuve hace casi sesenta años cuando Lola me pidió que dejara atrás prejuicios y convencionalismos y la acompañara. No fui capaz.
Como los robles crecí muy lentamente. Espero que no sea demasiado tarde.
Me gustaría, te quiero, sí acepto, perdóname, no te suicides… lo siento. Estaba tirada en el sofá cuando te fuiste, por eso te escribo esta carta. Vos me enseñaste que aunque no haya nubes en el cielo, puede ser un día deprimente en el bosque, ahora me veo al espejo y los recuerdos me vuelven…
Pinté las paredes una de cada color, porque me dijiste que cuando murieras te gustaría ser un arcoíris en la otra vida. Sé que eres muda, pero yo aún te veo amor mío… hasta que el amarillo sea lo último que vea te seguiré viendo. También te quería recordar que tengo el vestido blanco todavía guardado en el placar y que pienso en ello todo el tiempo, la monotonía irrepetible.
Yo sé que no quisiste lastimarme, por eso me escribes esta carta… pero no puedo vivir sin ti, así que me despido yo también, me corto la boca hasta morir y caigo en el sofá del bosque.
Como cada noche, en el estanque dorado, donde se reflejaba la belleza de la luna, Juan esperaba impaciente a Isabel. Ella recorría aquel bosque en bicicleta. Tenían dieciséis años y unas ganas locas de amarse. Los ojos de Juan se iluminaban al verla bajar por el sendero lleno de vegetación. El reflejo de la luna permitía entrever la figura delgada y joven de Isabel. Cuando llegaba hasta sus brazos, parecía que los planetas dejaban de girar entorno al sol para centrarse en ellos todo el universo. Pasaron los treinta días más hermosos que jamás hubieran disfrutado. Su familia recogía las maletas, rebuscaban por todas las habitaciones de aquella casa rural alquilada durante ese mes de agosto. El mes más romántico y mágico que habían vivido unos adolescentes que soñaban con hacerse mayores. Aquella noche, Isabel no volvió al estanque dorado. Juan la esperaba, sentía que volvería, pero no sucedió. Isabel había regresado a la rutina con su familia. Llegó Septiembre, empezaron las clases. A Isabel la invadía un sentimiento de tristeza inusual. Le preocupaba algo. No coincidían las fechas. Tenía que callarse y esperar. Dentro de unas semanas llamaría a Juan. Este mes iba a ser muy largo.
Habitaba en un bosque un hombre sabio, anciano, un poco cascarrabias y enamorado del bosque. Un día conoció a una niña que vivía cerca del bosque, al principio el anciano sabio se sentía un poco incómodo con ella, por su juventud, por su energía… finalmente acabaron siendo muy amigos y ella le pidió que por favor le transmitiera todo su conocimiento. El anciano sabio aceptó y comenzó a entregarle sus concomimientos acerca de la filosofía, las matemáticas, la naturaleza, el amor, el ser humano… Un día le dijo a la niña, “ya te he transmitido todo mi conocimiento, ahora ve y transmítelo tú a los demás”. El anciano comprendió que ya había completado su ciclo en la tierra y se preparó para morir. “Ya sé todo lo que tenía que saber y lo he transmitido” pensó, es la hora de morir. El anciano sabio se recostó en su lecho a esperar la muerte, pero un segundo antes de morir, una pena inmensa le sobrecogió, acababa de darse cuenta de que lo sabía todo pero a la vez le quedaba todo por saber y el viejo sabio, murió.
¿Qué sueñan los árboles?, quiso saber el infantil pino. Movía sus ramas suavemente.
Fue la primera vez. A pocos metros, un veterano palo santo lo observaba.
Cuando el sol comenzó a desenredar su luz entre las copas, volvió a escucharse la voz del pinito: ¿Qué sueñan los árboles?
En el bosque, se hizo costumbre escuchar la pregunta, en un tono cambiante marcado por el tiempo en sus raíces.
Las aves que pasaban por el pino le han contado cosas. Cosas del viento, la luna, la lluvia. Contaron sus sueños de pájaros y también de las cosas del hombre. El pino no había visto una figura humana. Suerte que nunca se acercó un hombre, pensaba el palo santo.
Pero la pregunta del pino seguía amaneciendo todo el año. Un año tras otro, hasta que una noche el palo santo despertó al pino para preguntarle: ¿Qué sueñas tú?
Cuentan en el bosque que hasta las estrellas se inclinaron intentando oír la respuesta. Pero sólo la supo el palo santo.
Los pájaros siguen con sus cuentos y el pino dejó aquella pregunta.
El palo santo sabe que el pino es feliz y sueña. Como sueña él. Como sueñan todos los árboles.
Mónica, cariacontecida, entregó en casa una nota de la profesora con el anuncio del precio de una excursión campestre de dos días.
Su madre le adujo cuestiones económicas y Mónica, quien solo conocía el bosque por relatos de una amiga de clase, se resignó.
Esa noche, esfumada su gran oportunidad, buscó en su diario las palabras con que le describió el bosque. La voz de su amiga leyó el texto. Apagó la luz y la penumbra llenó la habitación con mariposas de alas multicolores.
La ensoñación le duró hasta llegar al colegio. Saludó a la profesora al paso y ocupó su pupitre. Ella percibió el gesto triste de su alumna predilecta y, antes de abrir los libros, le susurró algo trascendental que alegró su expresión… a sus doce años, la mullida cubierta de hojarasca del bosque relegaría al asfalto de su suburbio.
Mónica exteriorizaba su alegría con sonrisas, mientras las ramas de frondosos robles crujían sacudidas por el viento y las hojas regalaban un tembloroso verdor al paisaje. Aspiraba el aire sin humos y observaba atenta la sinfonía colorista de las flores, los murmullos, el canto melodioso de los pájaros… Se frotó los ojos, aquello era solo el comienzo.
Cuando estaba haciendo el equipaje para este fin de semana en la casa rural en el bosque, nunca sospeché estar escribiendo esto en una leñera.
Recuerdo que cuando metí la cometa de Ifema de hace tres años en su plástico todavía, me dio un pálpito en el corazón, pues la echaríamos a volar mi hijo de 8 años y yo.
Cuando metí el body de mi mujer sin estrenar desde hace 4 años, me dio otro pálpito, un poco más abajo.
Al querer salir de Madrid el viernes por la tarde con todos los demás, se organizó un pollo que te cagas. A las dos horas y mientras pasábamos al lado del Bernabeu, se oyó -¿Falta mucho? – Tengo pis – Tengo hambre -.
Puse música de los pitufos, pensé en el body y tuve otro pálpito.
En Burgos paramos en una gasolinera a cenar y a la media hora dos de mis hijos empezaron a vomitar y uno de ellos con diarrea.
Paramos en otra y entre pitos y flautas llegamos de noche a la casa. Estaba cerrada y conseguimos abrir la leñera y nos acomodamos lo mejor que pudimos.
Tengo el pálpito que no estrenamos hoy el body.
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