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Aquí, más allá de la profundidad de mi mirada, dentro de mis pensamientos, existe un bosque palpitante de vida. Caminos alfombrados de hojas amarillas por los que me gusta transitar, árboles que dan cobijo a mis sueños, un arroyo de aguas plateadas por donde navegan mis ilusiones embarcadas sobre cáscaras de nuez. Una tenue bruma envuelve a veces este paisaje, transformada en espesa niebla en puntuales ocasiones. Lo mejor es cuando el sol ilumina todo esto y sus rayos, aliándose con la humedad reinante, terminan por formar un arco iris en el que me gusta deslizarme hasta aterrizar sobre un lecho mullido de color verde, en donde las mariposas se alteran por mi llegada y terminan por revolotear alrededor de mi presencia sin descanso.
Aquí, más allá de la profundidad de mi mirada, donde habitas perennemente tú.
La película ya había empezado cuando la pareja se sentó delante de mí. Pude ver las siluetas recortadas contra la pantalla. Al principio no noté nada, pero cuando ya habían pasado unos minutos percibí la esencia de un perfume que conocía. Puede que fuera ella una de las dos siluetas abrazadas que tenía delante. En ese momento la película estaba en una sucesión de escenas nocturnas y apenas podía distinguir nada, pero entonces ella hizo algo que ya no me dejó duda sobre su identidad: se sacudió el pelo de una forma que sólo la persona que yo conocí podía hacerlo. Mi memoria sumó el olor y aquel movimiento de anuncio de champú y como un resorte me levanté y salí a la noche estrellada. Recordé los versos de Neruda: “en noches como ésta la tuve entre mis brazos”.
Al cumplir sus quince años, según el ritual de su pueblo situado en el corazón del bosque, María tuvo que hallar su árbol predestinado. Es preciso, el árbol era el que elegía al niño, llamando su nombre, para desvelarle el futuro: tú vas a ser carpintero, tú – pescador, tú – tejedora… y del tronco de dicho árbol tallaban barcos, muebles, telares y otras cosas que traían suerte al niño elegido.
María recorrió todos los senderos del bosque, sin oír palabra alguna, hasta a la puesta del sol. Entonces, divisó un abeto aflautado que brillaba en una mágica nube de luz. Una voz irreal, suave y fascinante llamó su nombre: María… Se acerco encantada y lo abrazó. Se quedó así toda la noche, escuchando sus dulces y melancólicas palabras.
¿Qué te dijo el árbol? preguntó su madre. ¿Vas a ser tejedora, cocinera?… ¿monja?… ¿o te vas a casar con el Príncipe Azul? La niña negó con dulzura: me dijo que me amaba tanto, que nunca nos íbamos a separar…
La próxima primavera, María murió súbitamente y del aflautado tronco tallaron el pequeño ataúd en que la niña y el abeto siguieron durmiendo abrazados, inseparables, por la eternidad…
A medianoche (a juzgar por la altura de la luna) y aterida por el frío, me tumbé sobre las hojas decidida a morir. Abandoné las esperanza de un rescate mientras el dolor de mi pierna me enseñaba una lección de magnitudes. El viento interpretaba una melodía orquestral. «Una marcha funeraria magnífica»- pensé. Me acordé de mi niña bonita. De cuanto la iba a echar de menos. Me acordé de mis padres, de lo mucho que sufrí al perderlos. Vacié mi mente, me relajé y me sentí preparada para ceder mi calor a la atmósfera y vaciar definitivamente mis pulmones. Y cerré los ojos. Pasados unos minutos, me levanté y caminé los escasos 100 metros que me separaban del jardín trasero de mi casa. Una vez más, mi pequeño ritual en mi «pequeño bosque privado» me hizo sentirme a salvo. Una vez más.
Lentamente, paso tras paso, sólo sintiendo la suave hierba bajo mis pies… Extiendo los brazos como si de pájaro que fuese a alzar el vuelo se tratase… Las puntas de mis dedos acarician madera, hoja, viento… Lentamente, paso tras paso, respirando profundamente para que el aroma de la madre tierra penetre hasta mis pulmones insuflándoles más vida de la que jamás fui capaz de sentir. Nunca un silencio tan lleno de sonido fue tan maravilloso. El bosque habla miles de lenguas, pero todas ellas hablan como una sola.
Sigo recorriendo un camino sin sendero, y a pesar de no saber que me deparará, sólo curiosidad infantil que pensé que hacía tiempo que había perdido es mi compañera. No necesito más. Hermoso horizonte se presenta ante mí… Lentamente, paso tras paso, entro en simbiosis con todo aquello que me rodea, me abraza, me hace partícipe. Aquí no soy una extraña entre extraños…aquí solamente un pájaro que quiere alzar el vuelo soy.
Era del color templado del fuego, como lo es el cielo cuando se apaga la luz de un día soleado de Octubre. Y como lo hace la noche, atardecía en silencio, legando su regazo a aquellos que le visitaban sin más pretexto que el de sobrevivir a los sueños, sin más razón que la de soñar otras vidas. Con sus ojos, como nudos, contemplaba cómo se acurrucaban los duendes a la par que escribían poesía, mientras los senderos de débil trazado acariciaban sus arreboladas ruinas.
Estaba muerto, sí, pero ya no sufría. No tenía hojas, pero las sentía.
Lucía una melena tosca que aclaraba con el rocío, la peinaba con esmero y así le daba la sombra al rayano castaño que le sostenía.
Estaba muerto, sí, se había ido con prisa, pero no había en aquella floresta una corteza que germinara más vida.
Aquel amante de la Naturaleza, de los bosques milenarios y de las montañas, se instaló con poco bagaje en el fondo de un bosque tupido y virgen. Enfermaba cada día de belleza, inmerso en el follaje, respirando el aire que se colaba entre las ramas y elevando su cara al sol recibiendo vida y calor.
Un día se retiró a un claro del bosque y desnudo se acostó sobre las hojas caídas de los árboles, mirando al cielo y cegándose con el caliente sol. Al poco, su cuerpo se fue hundiendo en el húmedo colchón de musgo y líquenes; lombrices, caracoles, babosas y serpientes se acercaron, subiendo por su cuerpo, los pájaros se posaron sobre el pecho, las enredaderas lo envolvieron con un traje de clorofila y cuando cerró los ojos, toda esa naturaleza viva comenzó su sinfonía: las lombrices penetraron por sus orificios, las babosas se colaron por la boca, las serpientes se tragaron sus dedos, los pájaros le sacaron sus ojos y las raíces lo penetraron a través de sus poros. Se fue fundiendo con el suelo hasta desaparecer y quedar convertido en el suelo mismo del bosque, como en un hermoso y fantástico abrazo de absorción vital.
Todas las mañanas ando y desando treinta y cinco veces el camino que va de la casa al almendro. Y por las tardes, otras treinta y cinco en verano, y quince menos en invierno.
Al principio la gente del pueblo me saludaba amablemente – ¿dando su paseo, Agustín?, es bueno hacer ejercicio- me decían. Cuando llegaron las primeras lluvias, las mujeres me reñían preocupadas desde las ventanas. Más tarde, pasaron a ignorarme y a murmurar a mi paso, como lo hacíamos nosotros cuando veíamos al niño tonto de Mercedes hablando solo en la plaza.
Pero continué con mis paseos, y aunque había días en los que me desalentaba, ¿recuerdas como desaparecen las lindes del camino bajo las nieves de diciembre? Yo ya había memorizado tus huellas cuando llegó el temporal.
Amor mío, ahora tengo que dejarte, temo que alguna bicicleta madrugadora borre mis pisadas de ayer y no pueda volver a poner mis pies sobre los tuyos antes de que volvamos a vernos.
Soy el mayor. A mi alrededor los jóvenes se alzan, en busca de la luz. Sin embargo, soy yo el mayor. Disfruto del rumor del agua, que filtra la tierra a mis pies. Disfruto del viento, que mece mis brazos. Disfruto de la luz, de la luna incluso. De los pequeños voladores que hurgan curiosos mis oquedades. Hasta la llegada del zumbido. El zumbido se acerca, más cada día. Lo noto en el suelo. Mis hermanos caen, por cientos. Ha llegado el momento, el zumbido está aquí. Me desarraigan. No se porqué.
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