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De pequeña escuchaba con su padre música clásica, de adolescente llegó a aborrecerla según me contó una vez, de joven sólo le interesaban los éxitos del momento y en su madurez, de nuevo se interesó por esas notas que una vez llenaron sus silencios y aprendió a tocar el piano. Ahora en la vejez, mi abuela sólo escucha aquella música que tanto le aportó en su niñez, aunque ella nunca lo supo entonces…
Hoy, viéndola sentada frente a un antiguo piano que perteneció a mi bisabuelo, descubro que la música corre por sus venas y creo que siempre fue así. La motiva, la seduce, inunda su corazón mientras sus manos se deslizan suavemente de tecla en tecla dónde cada afinada nota se filtra en el aire del salón con suma elegancia. Ese maravilloso sonido lo envuelve todo… Esa música, su música, tan necesaria que ya no podría vivir sin ella.
Ella es pianista; ha perdido su mano y él no quiere perderla a ella… Para que su mano menos hábil encuentre cómoda la digitación y a ella le reporte un gran placer tocarla, transcribe esa pieza de Bach y la incluye en el sobre que guarda palabras de amor:
«¿Qué me has hecho?… ¿No puedes deshacer el hechizo que me has lanzado?… Escríbeme una bella carta pronto. Tus cartas son como besos», le dice Johannes Brahms a Clara Schumann…
La encontré abrazada a sí misma en aquella cama que era un descampado. Entre poemas abandonados y botellas de vodka, parecía dormida y, ovillada en su levedad, la trasladé a la ambulancia: Fue la única vez que la tomé entre mis brazos. A menudo, veíamos las mismas estrellas por la noche y las mismas nubes al amanecer. Pero, cuando no la vigilaba, ella vomitaba su desdicha por las esquinas de Camden. Atrapada en su propia luz, comenzó a arrastrar los pies en los conciertos y, aunque disimulaba, su aliento apestaba siempre a soledad. Hacía tiempo que habían saltado las alarmas y tardé en comprender que los músicos genuinos prefieren improvisar sus melodías en bares pequeños. Lamento mi falta de audacia. Su vida estaba en mis manos, debí salvarla de ovaciones y abucheos, de su padre y de su novio, de aquella cohorte de oportunistas.
Digan lo que digan, era dulce y vulnerable. Caprichosa…Puede que fuera excesiva. Sin embargo, su voz prodigiosa era un regalo, un sollozo inquietante disfrazado de obstinado desafío.
El informe del forense reveló que tenía una alta dosis de soul en las venas. Omitió que ya había muerto cien veces antes de morir.
Hoy murió mi papá. Luchó contra la enfermedad lo más que pudo. Mi hermana está haciendo todos los procedimientos que deben hacerse. En unas horas lo velamos. Se me vienen todos los recuerdos. A la vez, siento un poco de culpa porque, de a ratos, se me cruza el pensamiento de que el siguiente en la lista soy yo ya que mi madre ya murió también. Sé que no es momento de pensar en esto.
Estoy en casa con mi señora e hijos. Se me mueven solos los dedos, no aguanto más y voy a mi habitación. Les pido a los demás que no me interrumpan. Agarro a mi fiel compañero y empiezo. Nota tras nota, saco el dolor que siento en el pecho, es como si el bandoneón se uniera a mi cuerpo. Ya no tengo que gritar o usar palabras, simplemente me expreso a través del instrumento. Empiezo con fuerza, sacando todo mi dolor por tener que separarme de él; sigo, acordándome de todo lo que vivimos juntos; y termino, con un ritmo suave, diciéndole gracias, adiós y hasta pronto.
El perro mueve el cabezón descoyuntado sobre el salpicadero al ritmo de Shakira. A mí, sin embargo, lo que se me remueve es el desayuno. Por lo poco que veo desde mi asiento, todavía faltan unas cuantas curvas para llegar a destino. La cartica que guarda donde le escribió no sé qué se me clava en el cerebro mientras la espalda se arquea en cada nueva sacudida.
Mi hijo mayor se empeñó en sacarme de la tranquilidad de mi casa para llevarme con su familia de vacaciones y tantas veces me lo dijo que no fui capaz de negarme. Me repitió hasta la saciedad, como si fuera tonto en vez de sordo, que el clima suave iría bien para mi salud. En lo que llevamos de viaje, he estado a punto de vomitar, me duele todo el cuerpo y estoy perdiendo el gusto por la música pachanguera. No sé si la brisa marina irá bien para algo, pero lo que está claro es que a mí otro año no me vuelven a llevar de viaje ni en coche ni en bicicleta.
Félix José Buenaventura de la Paz y la Concordia oía voces. Unas veces eran quejas, otras veces discusiones, casi siempre insultos y malas maneras. Al principio se puso a tocar el violín para acallarlas, pero el ímpetu hacía que sobresalieran a las notas. Descubrió que todos y cada uno de los vecinos de Villa Disputa de la Tormenta vivían enfrentados en un altercado permanente: Que si mírame y no me toques, que si no te cruces en mi camino, que si alcornoque, que si cebollino, que si gaznápiro, que si a ver si te arreo un mamporro… y por cada altercado fue añadiendo un instrumento en su propósito por silenciar aquel tormento.
Al final se convirtió en el famosísimo y más virtuoso hombre orquesta que hubo en el mundo, y como su arte era reclamado por todo el globo terráqueo y sus giras no tenían fin, nunca más volvió a Villa Disputa de la Tormenta, por lo que dejó de oír las voces de sus paisanos, que no las del resto de las demás gentes, que esa era otra, pero bueno, cargar con semejante número de instrumentos y hacerlos sonar melódicamente ya tenía su mérito.
Sacude alfombras, barre cuartos, friega las baldosas del baño. Y todo lo hace cantando, pero solo por mitigar el dolor que tiene en el pecho, por reprimir el llanto.
Son las mismas coplas con que su abuela, allá en su pueblo del mediterráneo, espantaba la soledad de sus últimos años. Pese al cielo plomizo y acerado que día tras día descarga su furia sobre esta ciudad gris, ella entona su canto. Los grajos que anidan en los tejados enmudecen, el canario que trajo consigo de España tuerce el cuello y la mira, callado.
Desde otro de los barracones surge, algunas mañanas, una voz masculina que junto a la suya se eleva bien alto e inician una danza, a lo agarrado. Suena el estribillo alegre, y ella siente como si bailara en el aire con aquel extraño. Son sus instantes de felicidad, hasta que regresa Paco de la fábrica agotado, amargado, tachando un día más del calendario. Un día menos, aunque aún falte tanto.
Los domingos, se reúnen todos los obreros a comer paella y tortilla de patata y ella, notando el rubor de sus mejillas, le busca en los ojos de cada uno de sus paisanos.
La tarde del 24 de diciembre la artillería se mantuvo en silencio. En la trinchera francesa, el cabo Antoine preparó su violín y, como si estuviera ante el público más selecto de París, tocó «Noche de paz» como nunca lo había hecho. Los hombres recibieron una andanada de nostalgia y pronto un maltratado trapo blanco surgió de las líneas enemigas. Cubiertos de barro, empezaron a salir como conejos temerosos de sus refugios. Llorando, se abrazaban y se daban la mano; armas y bagajes descansaban olvidados en el mismo montón. Compartieron chocolate, snaps, tabaco. Brindaron por la paz y declararon París, Londres, Viena y Berlín ciudades hermanas. Se entendían sin problema, porque sólo eran jóvenes asustados que querían irse a casa, y no hay nada mejor para entenderse que las ganas de hacerlo. Acordaron no matarse en unos días y no atacar la zona de letrinas, porque el silbido de los obuses provocaba severo estreñimiento.
En el consejo de guerra por la tregua de Navidad de 1914, nadie pudo identificar al misterioso violinista que había parado la contienda. Cuando preguntaban a los soldados la respuesta era siempre la misma, «yo soy el cabo Antoine».
Entre al teatro y me senté en un asiento de la tercera fila, cómo hacía siempre.
Espere pacientemente a que se apagaran las luces.
Se abrió el telón, y los focos se encendieron, iluminando el escenario.
Y allí estabas tú… sentada al lado de tu mágica arpa.
Cuándo se acallaron los aplausos, empezaste a deslizar los dedos grácilmente por las cuerdas, arrancándole sonidos que no parecían ser de este mundo. Sólo podían estar compuestos por la materia que da forma a los sueños
Durante una hora estuvimos escuchando, embelesados, acorde tras acorde, hasta que diste por finalizado tu actuación con un último tañido que hubieran firmado los propios ángeles.
Estuvimos aplaudiendo más de diez minutos. Tuviste que salir a saludar tres veces. La emoción nos embargaba a todos.
Finalmente cogí mi abrigo, me puse el sombrero y salí del teatro. Saludé cómo siempre al guarda de seguridad. Hoy había otra persona con él.
Mientras me alejaba le oí preguntar: ¿ quién es ese anciano?.
– No lo sé- respondió el guarda.- viene aquí todos los jueves desde que se cerró el teatro. Dicen que hace tiempo tuvo un affaire con una de las músicas… Lo dejo entrar porque es inofensivo…
Fuiste la única fiera a la que mi voz jamás amansó.
Y ahora, tras recibir tu salvaje zarpazo, enciendo el equipo de música.
Y, sin dejar de llorar, canto nanas en playback a nuestro bebé.
María, zapatos negros de hebilla con calcetines de punto hasta el tobillo; falda plisada por encima de la rodilla, ni demasiado larga ni demasiado corta; camisa blanca metida por dentro, bien abotonada hasta el cuello y dos coletas terminadas en lazo con la raya perfecta dividiendo en dos la cabellera. El ritmo de su vida, con el violonchelo apretado entre sus muslos, lo marcaban el dos por cuatro de las marchas, los tres por cuatro de los vals y algún atrevido nueve por ocho de Wagner o Bach.
Hasta que llegó Jaime, el repetidor, con los vaqueros rotos, la camisa por fuera y el pelo cayendo sobre la frente mientras mueve la cabeza al son de Dream Theater, Pink Floyd y Led Zeppelin.
Ahora, el único ritmo que sigue María es el trece por dieciséis de las mariposas en su estómago.
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