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Cuando la mujer de mi hijo, con toda la fuerza de su juventud, sucumbió a esa maldita enfermedad, nadie fue capaz de hacerle comprender que hay circunstancias inevitables, que a su edad era preciso seguir adelante.
He visto su ruina, lenta y progresiva. Días y semanas sin salir de casa. Al final perdió el trabajo. Tras muchos ruegos conseguimos que acudiera a la consulta de una especialista. Todos los esfuerzos resultaron vanos.
Lo peor fueron las pastillas. Y las obsesiones. Porque obsesiva fue la idea de que el dueño del bar de la esquina era su enemigo, que lo miraba mal, que le enviaba gente para que le dieran palizas. Nada era cierto.
Dicen que este hombre lo mató. Que un día reaccionó mal a sus asedios y no pudo soportar sus manías. Qué más da si ahora sigue trabajando, libre, aún pendiente de juicio. Porque yo sé que mi hijo ya estaba muerto, que su pérdida y el desmoronamiento de una vida que creía organizada fueron la semilla de un desgraciado final que se anunciaba desde mucho tiempo atrás.
Cada día seguiré dejando flores rojas en la puerta del bar.
Yo no soy esa mujer que se vende a partir de las ocho de la tarde en una carretera de las afueras por un puñado de euros. Tacón alto, falda corta, escote interminable y labios rojo pasión. Soy la que está al otro lado de su piel. La que renace cuando se desprende de los tacones y se limpia de lujurias ajenas debajo de la ducha. Aquella que todavía dibuja corazones con una inicial en cada extremo de la flecha que los atraviesa, las mismas iniciales desde los quince años. Soy la que cree que las manzanas rojo vivo son menos apetitosas que las verde esperanza. La que soy, aún desgrana ilusiones de once de la mañana a ocho de la tarde, antes de que el cielo se tiña de rojo fuego y de que los corazones de papel se retuerzan arrugados dentro de la bolsa que arroja a la basura.
Rogelio Rojas llegó a su hogar una púrpura tarde de septiembre. Había salido más temprano que de costumbre gracias a la alerta roja que les hizo desalojar la fábrica. Cruzó feliz la puerta magenta con una caja de bombones de frambuesa en una mano, y un ramo de rosas bermellón en otra. Pero solo encontró la lencería escarlata de su esposa en la entrada, y un poco más allá, insinuando un camino hacia la habitación, la rojiza ropa de un bombero. Enrojecido de ira, la sangre le hirvió aún más al escuchar los gemidos de pasión de los amantes. Entró a la cocina, sacó su cuchillo más grande —el “sanguinario” como lo llamaba— y se dirigió hacia el dormitorio.
Más tarde y todo cubierto de sangre, un apesadumbrado Rogelio, al ser esposado por la policía, solo atinaba a balbucear como excusa que había visto todo rojo.
El psicólogo del colegio intentará hilvanar ideas mientras la niña, entre tartamudeos, le hable sobre Caperucita y Papá Noel. Él intentará asociarlo a temas fetichistas, hasta que ella balbucee algo sobre Satanás y el sol ardiente que castiga a las hijas de los comunistas. Cuando le cuente lo del vino derramado en su cuerpo, decidirá archivar el informe. Nadie sabrá qué pasó en la fiesta de disfraces. Tampoco lo de aquella mano encarnada que hurgó en ella, ni cómo de sus partes más íntimas comenzó a brotar la sangre. Solo ella lo maldecirá al ver cómo es nombrado cardenal.
(En 99 palabras)
Si la hubiese visto usted aquella noche… Estaba tan hermosa, con una palidez casi translúcida en contraste con sus mejillas encendidas. Se había pasado la tarde predicando la palabra de Dios de puerta en puerta y el Espíritu Santo aún la poseía.
Un rayo de luna se filtró por el tragaluz del dormitorio y le cayó sobre la raíz del cuello. Entonces su voz se volvió rumor de plumas. Tras un carraspeo seco brotaron de su boca serafines, esferas de luz que se transfiguraron en fuego alado al chocar contra las esquinas de la habitación. De un ataque de tos surgieron querubines delicados con cabellos en llamas. Entre estertores expulsó ángeles que volaron majestuosos a la oscuridad, esbeltos como ibis escarlata.
Los seres celestiales se le agolpaban en los pulmones y, en su urgencia por salir, la asfixiaban sin remedio.
Yo solo quise ayudarla. Por eso le abrí una segunda boca en el cuello. Si no me cree, pregunte a los tres arcángeles de alas ensangrentadas que aún sobrevuelan el campanario de la iglesia, señoría.
Basado en «La noche del cazador».
Domingo. Lucía oye el paso incierto de su hijo de vuelta de una de sus juergas. Su marido, recién llegado de un viaje de negocios, aún duerme. ¿Cuánto tiempo lleva ella sin viajar?… ¡Basta ya de pretextos! Se viste, coge dinero, las llaves del coche del durmiente y se va.
Sentada en el arcén de una carretera comarcal, María intenta recobrar el aliento. De repente, un coche que se acerca. Se pone de pie. Es una conductora y no es el Audi rojo de antes. Levanta una mano y con la otra sujeta el tirante roto de su vestido.
Lucía ayuda la joven a subir al coche.
—No, al hospital, no. Al cuartelillo tampoco —insiste María.
Solo quiere hablar del chico del Audi rojo, de lo bien que lo habían pasado al principio, riéndose hasta de sus familias. Él, con un padre siempre de viaje para sus supuestos negocios, y la imbécil de su madre, en casa, sin querer enterarse de nada. Pero luego, en un camino de tierra, el chico…
Lucía deja de escuchar. Piensa en cosas. Por ejemplo, en que no le gusta conducir el Audi rojo de su hijo. Prefiere el Mercedes de su marido.
«No salgas a la calle así, con esas greñas, que van a confundirte con un rojo o con algo peor», solía decirme mi tía, solterona desde antes de que yo naciera y temerosa de todo desde el día en que atrancó la puerta de su cuarto, bloqueó su memoria y se puso a esperar la muerte viviendo como propias las desgracias ajenas y augurando miserias como la suya. Abandonada por su prometido al que casi nadie conoció y ni ella misma llegó a disfrutar, gozó para su desgracia de una recia salud reforzada a base de privaciones y de largos sorbos de anís con los que se ayudaba para tragarse las lágrimas cada vez que miraba por la ventana el paredón que había frente a su casa.
«No quieras ser como los de antes de la guerra», me repetía queriéndome asustar o tal vez tratando de contarme su propia historia: Reacia a emigrar junto a su prometido para escapar del hambre y menos favorable aún a que se fuera él solo y no volviera, prefirió acusarlo de rojo para tenerlo siempre cerca.
La cola es larga. No me importa. Este domingo estoy triste y aturdido, todo me parece irreal. Desde el jueves no he podido escribir ni una línea y mi mente sigue en blanco. La herida es profunda, pero no consigo sangrar.
Casi sin darme cuenta, ya estoy en la entrada pasando el control de seguridad. Subo las escaleras. En el gran salón, un funcionario me indica la mesa donde hay un sitio libre. Cuando llego, tropiezo con un niño que acompaña a sus padres. Encuentro su mirada. Por fin sangro. Cojo el libro de condolencias y escribo: “Dolor y esperanza”.
El color de su pelo me subyugó desde el principio.
Era un rojo ardiente, vivo, como su espíritu.
María siempre fue diferente a las demás niñas, pues en su interior palpitaba un alma soñadora y rebelde.
Y yo, cuando podía, me retrasaba en la fila para acercarme a ella y me escabullía para que no me reclutaran durante el recreo para el equipo de fútbol.
Cuando nadie nos veía nos escondíamos detrás de las gradas, y allí, jugábamos a inventar historias y adivinar nuestro futuro.
Jamás afirmó que quería ser peluquera, maestra o enfermera, como las otras, pues sus aspiraciones distaban, como ella misma, de estar entre la norma.
Me aseguraba, que sería alguien grande, que quizás descubriría una cura para el SIDA, el cáncer o el alzheimer, aunque tuviera que aplicarse con las ciencias y matemáticas, que no le gustaban demasiado. Y que, si eso fallaba, tal vez podría convertirse en una escritora digna de un Nobel, pues escribía como los ángeles.
Yo, a su lado, parecía un niño simple. A pesar de ello, le aseguré que mi sueño era ser astronauta, para viajar juntos a Marte, el planeta rojo, a juego con su hermoso cabello.
Llevaba aún el atardecer de Estambul prendido en mi retina, cuando entré al Bazar de las Especias y quedé hechizado con tu sonrisa carmesí. Me envolviste entre el vuelo de tu falda y ese licor bermellón que bebí de tu mano y, en poco tiempo, mis sentidos empezaron a girar como un derviche por encima de los cestos de azafrán, pimienta y henna. Solo recuerdo el aroma que despedía tu cuello, el aliento picante de tu boca y el fuego que, iluso de mí, intenté sofocar entre tus piernas. Después la sangre salpicó mi memoria y mi camisa, y goteó por el filo de un cuchillo sobre un hombre que yacía en el suelo. Me acusaron de asesinar a tu marido, No entendía nada hasta que te vi con él: mi socio, a quien hace días advertí de los riesgos de enamorarse de una mujer casada, y al que no di la aprobación en una operación de riesgo. Ahora lo entiendo todo.
Ellas bailan sonrientes, acompañan un vals y se divierten al sentirse protagonistas de cuentos, poemas o guiones. Les fascina salir a la luz, formar parte de un pentagrama, rellenar hojas literarias, máster, investigaciones o noticias; sobre todo si son de las que alegran y dan aliento. Por el contrario, se entristecen bastante cuando se las maneja con mala intención utilizando seres nobles o vejando a los más débiles. Se sienten pletóricas cantando a voz en grito al rellenar una carta, cuando en un pos-it pegado a la puerta de la nevera recuerdan la compra o dejan un cariñoso mensaje, pero el culmen de su felicidad hasta casi alcanzar el delirio del orgasmo, es cuando van seguidas de un beso de carmín rojo bermellón acompañadas de mucho amor o cuando se encuentran entre las manos y la vista de los más pequeños. Ahí saben que tienen que ser muy delicadas y respetuosas, porque tienen en sus manos la formación, la pasión o el más dulce de los sentimientos. Las letras, sílabas y frases, pueden sumarse con mucho honor a las numerosas maravillas del mundo, aunque nadie las catalogue en ese gremio o se les hagan monumentos para que brillen aún más.
La vida es como tú la coloreas, proclamó su amiga desplegando las prendas que le había comprado con intención de que se animara a salir de casa para lucirlas. Aquel desfile de rostros conocidos que la miraban con incredulidad y condescendencia, como si sufriera algún trastorno pero no estuviera lo suficientemente enferma para dejar de hacerle caso, no había cesado desde que el pánico la había obligado a encerrarse en su ático. Si le hubieran horrorizado las alturas habrían mostrado más comprensión, su vértigo inverso, en cambio, solo inspiraba recelos. Tal vez fuera por puro cansancio que esa noche, mientras se relajaba mirando la calle con la seguridad que le proporcionaba una posición elevada, decidió que estrenaría los regalos.
De buena mañana ya vestía la ropa nueva. La camiseta tenía un estampado llamativo en la parte delantera, con una forma indefinida que evocaba una flor. Era de un rojo muy vivo y se prolongaba por el cuello hasta formar un charco alrededor de la cabeza que otorgaba a la entrada del edificio un extraño colorido.
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