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¿Qué flor elegir para hablar de tu belleza delicada? Sin duda, el hibisco.
¿Para que sepas lo que suspira mi corazón? El coqueto clavel.
Ardo por ti, como el sol por la peonía; como el gladiolo se abre al colibrí, así me abro yo.
Curvilínea como un tulipán, eres pensamiento en mi cabeza, alhelí encarnado que me enciendes como el sol a la amapola.
Miro el ramillete recién armado: sentimientos que, de otro modo, mi corazón victoriano no podría expresar.
¿Qué flor dirá que te voy a amar, y para toda la vida? Inequívocamente, la rosa roja que aquí te ofrezco.
Mi Abuelo escribía historias. Le ayudaba mi Abuela.
• “He imaginado un aviador alemán de la Gran Guerra. ¿Qué nombre se te ocurre?”.
• “Ponle Von y algo que tenga que ver con la panadería del barrio”.
La panadería se llamaba Rich.
• “Hecho. Von Richtoffen queda muy sonoro”.
Creó toda una lucha caballeresca de aviadores, miradas infinitas, disparos angustiosos, enfrentamientos que evocaban duelos medievales.
• “Di que era noble”.
Pasó a ser Barón Von Richtoffen, siempre respetuoso con sus contrincantes.
• “Su avión tiene que ser diferente”.
• “Que sea rojo. El Barón Rojo”.
Sus victorias y su humanidad se convirtieron en leyenda.
• “Tengo que darle un final”.
• “¿Fue bueno en su vida?”.
• “Sí”.
• “Pues un disparo aislado desde tierra le atravesó el corazón cayendo su avión a suelo enemigo. Los ingleses le dedicaron un funeral reverente y entregaron su cuerpo a los alemanes en ceremonia militar”.
Mi Abuelo, llorando, lo escribió con detalle.
Cuando lo leí, un día que fui a visitarles, me emocioné, pensando que hay historias que deberían ser ciertas. Al despedirme discutían sobre icebergs y un gran barco. Cerrando la puerta oí que mi Abuela lo llamaba Titanic.
Me deslizo suavemente entre las sábanas de raso buscándola, amanece fuera y una tonalidad rojiza inunda la habitación.
Del embozo de la sábana encimera emerge su cara, los labios pintados y poniéndose de pie en la cama se muestra desnuda, perfecta, con un tanga rojo como única ropa.
Repto a su alrededor y me froto en sus piernas, subo mi cabeza lamiendo su pierna, engancho la gomilla con mis dientes y se lo bajo despacio.
Me siento un poco embotado por el alcohol, pero la música lenta que he puesto y sus manos expertas consiguen que empiece el año como a mí me gusta. Se sube a mi cuerpo y galopa a toda velocidad, entro en vértigo y me dejo ir.
Bueno, quizás he durado muy poco y yo ya no estoy como para repetir, se restriega contra mí como una gatita, ronronea unos segundos, busca su tanga, lo encuentra, acerca su cara a la mía y me besa.
Se sienta en el borde y se gira, “Sus labios de rubí de rojo carmesí, parecen murmurar mil cosas sin hablar”, canta Sandro en ese momento y ella me tiende la bacaladera.
Cuando se va, queda menos para fin de año.
Ha aparcado temprano, frente a la puerta principal del centro comercial. Una furgoneta rosa. Es la primera. Cerca del tiovivo llama mucho la atención. La encontró abierta, lo que le confirmó que el mundo de la cosmética está poblado de gente frívola y descuidada.
La segunda es una moto de tres ruedas, de esas tan llamativas, anchas como un coche. Debajo del asiento tiene espacio para una maleta. Cupo una buena carga. Ha sido la mejor opción para el aparcamiento de motocicletas frente a la catedral.
Y el deportivo es la tercera. Está contento de haber conseguido dejarlo frente al Costa Carlton. Y, aunque le pareció ridículo al principio, la llave gigante de la carroza de carnaval pegada en el capó atrae mucho a los niños. Parece un bólido que funcione a cuerda.
Este sitio, el hotel, es su preferido. Desde la ventana de la habitación lo verá todo y aquí habrá más gente que donde el triciclo o la furgoneta. Además, el coche será el último que vuele, tres minutos después que la moto y tres más tras la furgoneta. Falta poco ya: programó el reloj de la primera maleta a las tres y tres.
Fue un impulso irresistible y después me pudo la vergüenza. Nunca me atreví a confesar que fui yo quien hizo desaparecer el descapotable de juguete que le regalaron a Ernesto por la primera comunión. Por más que lloró y rebuscó no fue capaz de encontrarlo. Estuvo escondido en el fondo de un altillo −mamá no era mucho de ordenar− hasta que desmantelamos la casa y me lo traje a escondidas. Hoy, cuando me enteré de que lo de Ernesto no tiene cura, decidí llevárselo como una ofrenda de paz, un símbolo de todo lo que hemos compartido a lo largo del tiempo. Mi hermano lo recibió con una sonrisa sardónica. «Abre el cajón», me dijo. Allí, entre el revoltijo de gasas, jeringas y cajas de calmantes, yacía mi tesoro más preciado: una navajita suiza que no volví a ver desde que regresamos de aquel campamento en Covaleda, hace más de cincuenta años.
De lo de los cuernos que le puse con Marisol preferí no decirle nada. Ha pasado mucho tiempo, ellos forman un matrimonio feliz y yo quiero seguir pensando que mi Isabel es una santa.
Encontré una ventana desvencijada en cuyo interior latía aun el eco de pueblos arcaicos. La curioseé entre mis manos. Como soy un nostálgico maestro de obras, levanté una pared a su alrededor para echar un vistazo; luego construí un puñado de carreteras sin rotonda; planté girasoles en el arcén, y también diseñé un coche igualito que el que mi padre me regaló con cinco años. Sin pensármelo mucho, me subí en él y viajé por todo el orbe hasta el borde final. Allí paré a repostar y, ya de paso, dispuse un muelle para clonar el mar donde aprendí a zambullirme siendo niño. Excavé la arena con una pala de plástico buscando diamantes y levanté un faro de mar con la arena que me quedó en los bolsillos; y entonces me casé. Pero no lograba dormir. Así que cerré muchos libros para entretener el tiempo y una mañana de Reyes Magos, harto de tanta corriente de aire, cerré la ventana con un golpe seco y me senté en el suelo, junto a mi hijo, a seguir montando piezas de Lego. —Que importa qué —le digo—; sigue construyendo, que, si las piezas deben encajar, ya distinguiremos cómo.
Mi coche era negro y adelantaba. Tic tac. A su lado los demás parecían estatuas.
Luego, por un tiempo, tic tac, lo perdí de vista. Cuando me pusieron en la calle lo habían destrozado. Los chicos del barrio se habían ensañado, tic tac, con bates y sprays. Y alguno había bebido sus primeras cervezas en casa. Pero, nada dura. Tic tac.
Poco después, tic tac, me coloqué en la conservera. Clasificaba anchoas. Se me daba bien. Y era rápido, tic tac, con las manos.
Gané algo de dinero. Poco, pero no gasto demasiado. En cuanto ahorré suficiente, quise arreglar en coche. Lo pinté de color azul metalizado. El color era precioso, imposible de describir ni en un poema de mil años, tic tac. Pensé que sería un imán, un buen cebo para los amantes del vértigo.
Justo entonces comencé a circular muy lento, arrimándome a las aceras , al caminar pausado de las almas perdidas, hasta que el coche quedó parado. Tic, tac. Yo salía y hablaba con los viejos aburridos.
También con niños. Sus mochilas cargadas de inocente curiosidad, todo a punto, tic tac, para la vida, pero pasaban de largo. Hasta que puse aquella descomunal llave. Tan atractiva.
Con la magia que solo unos ojos infantiles pueden desplegar, Helena coloca el coche azul en el alféizar de la ventana. Achina los ojos y crea el efecto óptico deseado. El pequeño descapotable se integra en el paisaje que se dibuja más allá de los cristales. Ahora está aparcado en la calle. Tras él, puede ver pasar los vehículos a toda velocidad por la carretera, e imagina que algún día será ella la que viaje a sitios increíbles.
El destino la observa jugar y va tejiendo los hilos de su futuro. Un maletero con el equipaje que acompañará sus aventuras, las canciones que pondrán melodía a sus pensamientos, las lunas empañadas al calor de risas y sexo inesperado.
La niña le da cuerda a la llave del deportivo, que sale disparado y se estrella contra el quicio. El impacto lo hace volar hacia el vacío y rodar por el suelo del salón.
En algún lugar, en otro espacio temporal, un parabrisas se hace añicos en un acantilado. Pero eso aún no ha sucedido. Hoy es momento de soñar, y de buscar el juguete favorito de Helena debajo de los sillones.
Los habitantes del truculento barrio vieron pasar un bólido azul que los dejó envueltos en una nube bullosa de polvo de estrellas.
Asombrados de ver por ese territorio de canallas semejante artefacto trazaron una cruz en el tapiz verde y siguieron en lo suyo.
El oficiante dio el golpe preciso. La bola se deslizó, trazando con pericia el rodar de otras bolas, que exorcizadas, se rindieron al tacazo. Admiración del adversario y mirones.
La artista capturó el momento de la geometría jugada.
Lo que a todos extrañó fue que en el primer plano de la pintura apareció el endemoniado bólido azul. Lo conducía un hombre diminuto sin corazón en el pecho.
Mi hermano Luis se moría en su habitación y yo, seguramente por la poca edad, pregunté a mi madre si podría quedarme su bicicleta. No sé qué me dolió más, si el guantazo que ella me dio a continuación o el enterarme luego de que él también había escuchado mis palabras. He dispuesto de muchos años para reparar en parte mi desatino, ya que Luisito acabó superando aquel trance y, de haberle pedido disculpas, supongo que las habría aceptado sin condiciones. Pero el caso es que nunca lo he hecho. Diré en mi favor que estas cosas no son fáciles. Parece que uno espera que el momento surja por sí solo, como si todas las situaciones tuviesen el suyo, y lo va dejando siempre para después. Así al menos me ha pasado a mí, por más que aquel recuerdo haya estado presente de manera constante entre ambos como un negro nubarrón. Últimamente, además, su ilusión y vitalidad me decían que el asunto no corría ninguna prisa: practicaba deporte a diario, planeaba montar una empresa, andaba detrás de una chica e incluso, poco antes de morir, se había comprado un coche. Un deportivo precioso…
Voy a contaros lo que ocurrió verdaderamente en la carretera del pantano y cómo se gestó la leyenda que todo el mundo conoce. Las culpas, por ser culpas, son amargas, pero necesitaba digerirlas definitivamente, pasar aquella página de mi vida. Y tenía que hacerlo desde allí, reconstruyendo la historia con el más mínimo detalle. Sin embargo, la oscuridad de la noche, el reflejo de los faros en la túnica y su inquietante sonrisa en mitad de la curva me precipitaron bruscamente en el pasado. El descapotable giró 540 grados sobre sí mismo y se detuvo. La negritud de la noche resaltaba su cara blanca, su sonrisa blanca, su túnica blanca. Hubo quietud, polvo, silencio… Poco después, solo quietud y silencio. Esperé. Alguien giró la cuerda en mi memoria y me hizo retroceder hasta los años felices de amor desembragado en un incómodo Simca, años de música y borracheras, de melenas al viento que desdeñaban la inevitable y senil alopecia de los descapotables, años inconscientes de velocidad y autoestop, de mochilas deshojadas, ensangrentadas, abandonadas… Mas… no podré seguir… no podré contaros… mi cabeza… todo gira confuso… sin fuerza… la cuerda… no recuer…da… los… re…cuer…dos…
Se parecía a la Mariquita Pérez y ella lo sabía. Llegó con su vestido vaporoso de nailon traído de Marruecos y confeccionado por la modista del barrio, todo vaporoso con ayuda del cancán almidonado y planchado durante horas por la chica de servicio. Bajó de un descapotable añil procedente de la capital y creyendo que era una princesa de cuento de hadas. Así continuó su vida entre los pueblerinos que ella infravaloraba, porque entendió que ser la esposa de un asalariado de reputación era suficiente para estar en la cima. Todos la vieron tan moderna y tan bonita que la cuidaron y la respetaron, pero ella no lo supo valorar y poco a poco se fue quedando solo con las tres o cuatro señoras rancias que como ella, estaban siempre en un peldaño por encima y con el respeto siempre por debajo. Más sola cada vez en su burbuja. Enviudó y llegó la lentitud y la poca agilidad, el cuerpo se marchitó, se quejó pero su actitud no mejoró. Hoy camina con bastón intentando erguirse, siempre sola. Quién la conoció cree que si hubiera disfrutado con naturalidad de sus vecinos, quizá lloraría menos y la soledad no se notaría tanto.
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