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Toda la vida he soñado con un descapotable, pero hube de conformarme conduciendo cualquier utilitario de segunda o enésima mano, hasta que se caía a pedazos y lo podía reemplazar por otro similar. Al fin, voy a conseguirlo. Mis hijos ya no me necesitan; mi querida esposa, la pobre, se ha ido; y yo, para lo que me queda… Lo vi en un establecimiento dando el paseo diario. Regresé a toda prisa, asfixiado de emoción. Rebusqué por la casa mis ahorros escondidos y creo que he reunido lo suficiente para abonarlo al contado. Ahora mismo salgo a buscarlo. Cuando lo tenga en el garaje, antes de nada, lo pintaré de negro porque el azul brillante que luce me parece poco discreto para una persona de mi edad; además, si le arranco la llave de la cuerda, ganará elegancia. ¿Dónde habré metido la bolsa reutilizable del súper? Debo llevarla para traerlo, no vaya a ser que me lo pongan en una de plástico y la tenga que pagar.
Hugo oculta el filoso cuchillo en uno de los bolsillos de la mochila.
Lleva los ojos entrecerrados y brillo de carbones encendidos. Con pasos rápidos ha llegado a la esquina.
Labios cenizos con sabor a cobre
La sospecha ha crecido en su mente, como plantas rastreras en jardín sin dolientes.
Mercedes, su mujer ha cambiado en las últimas semanas.
Se pinta los labios exquisitamente, peinándose con frecuencia. Se ha puesto guapa cuando él regresa a la residencia.
Ella no es así!
La vio saliendo de un auto azul estacionado en la esquina.
Un hombre que no conoce, a su lado camina. Un extraño de pelo gris y largas patillas.
Mercedes sonríe al verlo, pero Hugo tiene ojos duros y un brillo homicida.
Apresurando el paso, lleva su mano al cuchillo oculto en uno de los bolsillos de su mochila.
-Te presento a mi padre. Dijo ella.
Que mamá tenga extraños poderes es vox populi. No supo guardar el secreto, y ahora Pablo Motos quiere llevarla al Hormiguero para que haga una demostración.
A Nancy y a mí nos encontró en el rastro. Después de comprarnos por cien euros a un coleccionista, nos acarició convirtiéndonos en niños de carne y hueso. Y el otro día, en la sección de Nespresso del Corte Inglés, rozó sin querer una foto gigante de George Clooney, que se hizo real y tuvo que venirse con nosotros para casa.
A todas horas recibe llamadas de gente importante, incluso de ese presidente que se peina como Chuqui, el muñeco diabólico. Ahora mismo está hablando con una alcaldesa famosa que ha requisado todos los folletos navideños de Toys ‘R’us. Quiere que mamá pase cuanto antes por su despacho, porque se ha encaprichado con un descapotable azul cielo a cuerda y le urge formar una flota de vehículos no contaminantes para su ciudad.
Entorno la puerta con cuidado, por fin se ha dormido. Cada vez me cuesta más convencerlo de que los juguetes no se mueven solos cuando él cierra los ojos. Esta noche, incluso, he tenido que esconder el payaso de fieltro en el armario, porque Carlitos aseguraba que el muñeco era quien ordenaba a los demás que treparan a su cama y no lo dejaran dormir.
Mi madre dice que tanto ordenador lo pone nervioso y por eso tiene pesadillas. La pediatra, en cambio, no le da importancia. Dice que es normal a su edad y que es un niño sano e imaginativo. Claro que ellas no tienen que saltar de la cama en mitad de la noche para ir a salvarlo de los dinosaurios de plástico hambrientos.
Lo único que me compensa es cuando, como esta noche, consigo guardarme disimuladamente en el bolsillo el descapotable azul. Le doy cuerda a tope, me siento al volante y te invito a ocupar el asiento de al lado. Tú sonríes y, juntos, dejamos que el viento nos despeine mientras él duerme tranquilo.
Al amanecer, regresamos con las pilas cargadas y, mientras lo besas en la frente, susurras: «de tal palo…».
Mi padre es un apasionado de los coches. En la adolescencia, mientras sus hermanos fantaseaban con carteles de mujeres en ropa interior, él se excitaba bajo las mantas ojeando revistas de deportivos último modelo. Cuando cumplió los diecisiete cogió sin permiso el Seiscientos del abuelo para revolcarse con mamá en el asiento de atrás. Un mes más tarde, la aventura desapareció de sus vidas con la primera falta y la obligación impuesta por sus familias de casarse por la Iglesia. Después vinieron años de rutina y automóviles con sillita de bebé, limitador de velocidad y airbags de serie.
Por eso, cuando hace un mes papá aparcó delante de casa el descapotable azul recién estrenado, mamá se quitó el delantal y se pintó los labios, dispuesta a acompañarle hasta el fin del mundo.
Nunca sabremos si en el último momento decidió dar una vuelta para probar su potencia y le cogió gusto al acelerador o si ya tenía una muñeca a juego con su nuevo juguete.
Ahora a ella solo le queda el consuelo de que el descapotable no tiene asientos traseros, y papá siempre ha sido un hombre de costumbres.
No dudó en entrar en el establecimiento, cuando lo vió. Era lo que necesitaba y su color la había decidido.Preguntó, el precio del scooter del escaparate. La dependienta dulcificó su cara de ortiga, entusiasmada, con la comisión de la venta. A Alicia el color del scooter, de cerca, le pareció de ensueño. Se acercó, y acarició su línea estilizada, su tapicería mullida al tacto, su volante de textura gomosa.A la semana, lo tenía en su plaza de garaje. Empezó a conducirlo en modo tortuga. Cuando fue ganando confianza aumentó su velocidad, con ligereza de liebre. Circulaba por la acera a cinco km hora, desmarcándose del tráfico de la carretera. Saludaba a diestro y siniestro, a conocidos y desconocidos. Alicia se enorgullecía de su calidad de vida con su scooter. Sonreía a comentarios cariñosos como:¡hoy llevas una velocidad que te creces!, o, ¡qué bien vas en tu cochecito azul!.Alicia había recobrado su añorada independencia.
Bruno pasea sus deseos dentro de un descapotable de latón azul. Hace girar la cuerda y el juguete avanza sin otro destino que el imaginado por el muchacho. Quizás ha parado frente a una pastelería, a la puerta de un parque de atracciones o al otro lado del país. Quién sabe. En realidad, lo que el niño piensa es que se ha equivocado de juguete, que debió pedir un avión. Él si habría conseguido pasar por encima de la valla y llegar hasta su nuevo amigo, el chico con el traje a rayas.
Ella era como un cochecito acabado de armar. Recién colocado junto a la acera con su chapa de un azul sin estridencias, perfecto para una quinceañera. Preparado para iniciar su andadura, para darle cuerda y que empezara a circular, de momento ella sola pues seguía cubierto el asiento del acompañante.
Por su misma calle algunos vehículos avanzaban ligeros teniendo a los mandos a compañeras de pupitre. Otras de cursos superiores corrían incluso a velocidades de vértigo por la autopista. Pero ella no tenía prisa. Tiempo habría de acelerar y poner a más de tres mil revoluciones el motor. No quería quemarlo y precisar reparaciones, como algún caso que había visto.
Hasta el día en que un macarra de barrio la siguió volviendo del instituto y se encaprichó de esos ojos que eran como faros en la oscuridad, de esas curvas que ya marcaban su cuerpo, de ese brillo que ella guardaba para alguien de su futura elección. Sin compasión, el bracucón le saltó al cuello, arrancó la lona del copiloto y, forzando la llave con forma de un antifaz que no escondía sus intenciones, lo estrenó pisando a fondo el acelerador.
Desde entonces ella sigue en el taller.
El mapa que cuelga de la pared muestra la ubicación de cada una de las muertes. Un círculo en rojo delimita la zona donde se conjeturó que actuaría el criminal y que ha permanecido bajo vigilancia, esperando sin éxito a que apareciera el descapotable verde turquesa al que subía a sus víctimas. El detective lo observa por un momento con gesto contrariado e inmediatamente vuelve a concentrar su atención en el perfil psicológico. Presenta baja tolerancia a la frustración, mata con el fin de alimentar su ego y da una imagen de normalidad. Las circunstancias recomiendan cerrar la investigación mientras no aparezcan más cadáveres. Su investigación. No va a permitirlo. Clava una chincheta en el mapa dentro del círculo rojo, se dirige al aparcamiento y con la capota del coche azul bajada conduce hasta el lugar que ha señalado. Algunas semanas después, un detective distinto pone otra marca en un plano. Ha confirmado el patrón, solo queda vigilar el área donde supone que el homicida actuará de nuevo y esperar a que aparezca el descapotable de color azul.
En qué momento has pisado el acelerador, que no me he enterado. Cuándo has metido la quinta marcha. Ayer paseábamos por la ciudad de la mano y me dices ahora que se ha terminado el recreo. Quién va a querer jugar conmigo, tu muñeca usada. Voy a echar de menos que me deshagas las trenzas y me cepilles el cabello cien, doscientas, veces. Cuándo ha dejado de hacerte gracia que te sirviese el café en mis tacitas de juguete, que te preparase comidas de mentirijillas. Mis articulaciones de policloruro de vinilo, nunca ágiles, te agradecen que dejes hecha la cama, sin olvidarte del osito de peluche sobre la almohada. Veo desde la ventana que me toca en el reparto el descapotable azul. Está aparcado en la acera, con la cuerda dada a tope —gracias otra vez—, y apenas logro distinguir tu estela cuando te vas por otro carril más alejado. Estás desdibujado, quizás porque las lágrimas me han atorado el mecanismo de los ojos o simplemente por efecto de esta nueva velocidad tuya. No me has pedido que te siga, no me has prometido que volveremos a vernos. La huida desde el territorio de la infancia es irreversible.
No pienso dar datos. Solo hablaré del color, azul cielo, a lo sumo. Les diré que iba bastante deprisa, que no me dio tiempo a ver nada más. No confío en la justicia, demasiados limbos jurídicos.
Tú no te acuerdas de lo que pasó con el hermano de nuestra vecina, cuando se apañaron entre las compañías y el otro se fue de rositas; eras muy pequeño. Pero ese malnacido, vaya si se enterará de todo a lo que tendrás que renunciar. Apuntarte a futbito, aprender a patinar, escalar montañas, mantener la ilusión de querer ser bombero… Porque su hijo, supongo el que iba en el asiento de atrás, seguirá con su vida y entrará cada día, por su pie, en su selecto colegio. Cosa que tú, aunque vayas a uno público, solo podrás hacerlo guiado en una silla, si es que te despiertas… También es una casualidad que tu madre trabaje en tráfico y que a mí me diera tiempo a memorizar la matrícula (capicúa por cierto) de ese pijo descapotable. Con lo deprisa que iba.
Después de dos años, de veinticuatro meses con remiendos, Nuria le deja. Mientras me cuenta sus penas, Gabi aprieta a fondo el acelerador. Venderán la casa, dice, ella se queda con Toby, los muebles, el televisor de sesenta pulgadas. Le advierto que no vaya tan deprisa. Ella se queda, dice, la puta mantelería de Lagartera y el ojo de la cara que costó. Cruzamos bajo el puente, nos acercamos a la curva, le aconsejo que comience a frenar. También se queda, dice, con el vecino del quinto, el imbécil de Marcos. Brama y cabecea como un toro herido, luego se sonríe y aprieta más fuerte. Estamos encima de la curva, frena loco, le digo, me la suda, me dice, que se quede con todo, el felpudo, la clave del Netflix, las tazas chorras de café…
El coche derrapa, da varias vueltas de campana y se detiene boca arriba. Lo pone de nuevo sobre la guía. Y continúa.
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