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Érase una vez, un relato que quería ser admitido en los muy exclusivos Jardines de los Cuentos Nocturnos. Al llegar a su entrada, vio clavado en un roble un Edicto que rezaba «No se admite el acceso a historias que no lleven entre sus líneas alusión alguna al color de estas letras en molde». Sin arredrarse, nuestro personaje se adentró en el recinto siendo matriculado con el número 60. Pronto concitó la mirada de otros cuentos que buscaban descubrir, entre sus párrafos, indicios de la tonalidad prescrita y que no lograban encontrar ni siquiera en las cintas marcapáginas –una verde y la otra amarilla–. La curiosidad insatisfecha da paso a susurros de malestar, luego a murmullos de desaprobación y más tarde a voces de indignación que reclaman la intervención del cuerpo de alguaciles para expulsar al causante de tan incívico y oprobioso comportamiento. Sin embargo, nuestro cuento 60 deambula feliz y sereno por los parterres, seguro y confiado de portar entre sus postreros vocablos el susonodicho color que nadie ha visto todavía. ¡Vaya si lo porta! Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
¡Estaba harta de repetirle las cosas!¡le entraban por un oído y le salían por el otro!¡ me amenazaba conque «a su edad» no tenía más que llamar al teléfono contra el maltrato!. Harta de oír su descaro, hice una lista de las cosas que María, NO debía hacer; y otra, con las que SÍ. Pinté, en la primera, una señal de prohibido con un rojo intenso. Recalqué las enes en rojo, para que lo viera bien. La obligué a poner la lista en un lugar visible. Optó por la puerta del armario:
1- NO cambiar las sábanas.
2.- NO fregar los suelos.
3- No giros bruscos con la cabeza.
A continuación, en el marco del espejo de la habitación, colocó la lista de tareas que sí debía hacer, con un circulo verde, recalqué las eses, con verde fosforito.
1.- escribir, hacer sumas y restas en la libreta rubio, aprender frases en inglés.
2.- levantar los pies al andar.
El oculista no diagnosticó daltonismo.
La niña, arrodillada junto a su madre, dibuja un gran círculo rojo con la yema de su dedo índice. Da dos golpecitos encarnados —plof, plof— en el centro del redondel: “Los ojos, mamá”. Traza una línea curva: “¡Una gran sonrisa!”, grita, como si su madre estuviera sorda. Arrastra el índice y el corazón, haciendo rayas alrededor del círculo: “¡Ya está! ¡Este sol es para ti, mami!”. Se sorbe los mocos y continúa con su obra: una casa, un árbol —que chorrea frutas coloradas—, su perrita Perla y su mamá. “Os quiero. Mucho, mucho. Os quiero mucho a las dos”, canturrea, como en una nana. La pequeña pintora se incorpora. Mientras se frota las rodillas, enrojecidas, descubre un riachuelo espeso. Con ambas manos trata de desviar el charco: “¡Vas a estropear mi regalo!”, se enfurece. El frutal y la perrita se ahogan, el resto se emborrona poco a poco. La niña patalea alrededor de la madre. Sus pies descalzos tiñen de rojo el suelo. Las baldosas de la cocina lloran sangre. Como Perla con el vientre abierto. Como la barriga hinchada de la madre. Como el cuchillo que la pequeña apoya en el suelo para rebuscar dentro de las preñadas.
No tenía un color favorito, así que se pasó la noche moviendo los montones de fichas –unas veces discretos, otras, generosos– de un color a otro. Primero el rojo, luego el negro, más tarde, tres rondas seguidas al rojo, a continuación, siete vueltas al negro. Lo hacía únicamente dejándose llevar por su suerte, que le había acompañado durante toda la velada. Hasta que en la última tirada, justo antes de que el crupier cantara aquello de “no va más”, cogió el monto de fichas –ahora de gran valor– y las colocó en un único color. Cuando la bola empezó a girar todavía no sabía lo que significaría para él, para su familia, para su vida, que en aquella última, azarosa y definitiva jugada lo apostara todo al rojo.
Recostado en mi bañera veo un mar rojo. No es la primera vez.
Recuerdo aquellas tardes en la playa, sentados los dos sobre las rocas mientras las olas rompían contra la orilla. Cada vez que escapábamos de unos brazos equivocados, regresábamos a aquel lugar para encadenar palabras sin descanso. Éramos transparentes sin querer serlo. Evitábamos cruzar nuestras miradas para no delatarnos. Dos Sísifos encadenados a un ciclo infinito y, como Tántalo, incapaces de saciar un hambre más profunda.
El Sol, cansado de nuestro ritual, decidió abrasar las nubes y pintar de rojo el mar. En aquel atardecer rompiste la regla no escrita. Susurraste algo que no entendí, hipnotizado por unos ojos que me sonreían.
Sin embargo, tu tiempo acabó pronto. Aquel sol bermellón y yo te despedimos juntos, viendo como los restos de tu envoltorio se disolvían entre olas carmesí. Nunca te fuiste, ¿verdad?.
Ahora estoy aquí, flotando en mi bañera y esperando a que la vida se me escape por las muñecas. Cuando me encuentren, quitarán el tapón del desagüe. Mi sangre diluida recorrerá las cañerías de esta maldita ciudad para llegar ante el testigo de nuestro primer beso, aquel mar rojo en el que sé que me esperas.
Se palpaba la alta temperatura, nada más entrar. En esa casa todo estaba encendido, menos la chimenea, y aunque la discusión se mantuvo calentita toda la tarde, no fue hasta entrada la noche cuando las palabras crepitaron en la boca de la madre. En los ojos del padre se atizaba una mirada candente. Después llegaron los insultos y el lanzamiento de cosas —como el vaso de tinto que él esquivó y fue a estrellarse contra la pantalla del televisor—. Los dos hermanos, rendidos ante la contienda, se acostaron juntos, con miedo y sin cenar, sin entender cómo les habían concedido la custodia, otra vez. Al día siguiente el odio se iniciaba en la cocina. Por temor a sufrir quemaduras de primer grado, cogieron sus mochilas —que aún permanecían en la entrada— y huyeron en silencio. En la calle, Daniel le enseñaba a su hermana un mechero. Le explicaba que si lo encendían dentro de una gasolinera, fijo les llevaban de nuevo al centro de menores.
Cuando la mujer de mi hijo, con toda la fuerza de su juventud, sucumbió a esa maldita enfermedad, nadie fue capaz de hacerle comprender que hay circunstancias inevitables, que a su edad era preciso seguir adelante.
He visto su ruina, lenta y progresiva. Días y semanas sin salir de casa. Al final perdió el trabajo. Tras muchos ruegos conseguimos que acudiera a la consulta de una especialista. Todos los esfuerzos resultaron vanos.
Lo peor fueron las pastillas. Y las obsesiones. Porque obsesiva fue la idea de que el dueño del bar de la esquina era su enemigo, que lo miraba mal, que le enviaba gente para que le dieran palizas. Nada era cierto.
Dicen que este hombre lo mató. Que un día reaccionó mal a sus asedios y no pudo soportar sus manías. Qué más da si ahora sigue trabajando, libre, aún pendiente de juicio. Porque yo sé que mi hijo ya estaba muerto, que su pérdida y el desmoronamiento de una vida que creía organizada fueron la semilla de un desgraciado final que se anunciaba desde mucho tiempo atrás.
Cada día seguiré dejando flores rojas en la puerta del bar.
Yo no soy esa mujer que se vende a partir de las ocho de la tarde en una carretera de las afueras por un puñado de euros. Tacón alto, falda corta, escote interminable y labios rojo pasión. Soy la que está al otro lado de su piel. La que renace cuando se desprende de los tacones y se limpia de lujurias ajenas debajo de la ducha. Aquella que todavía dibuja corazones con una inicial en cada extremo de la flecha que los atraviesa, las mismas iniciales desde los quince años. Soy la que cree que las manzanas rojo vivo son menos apetitosas que las verde esperanza. La que soy, aún desgrana ilusiones de once de la mañana a ocho de la tarde, antes de que el cielo se tiña de rojo fuego y de que los corazones de papel se retuerzan arrugados dentro de la bolsa que arroja a la basura.
Rogelio Rojas llegó a su hogar una púrpura tarde de septiembre. Había salido más temprano que de costumbre gracias a la alerta roja que les hizo desalojar la fábrica. Cruzó feliz la puerta magenta con una caja de bombones de frambuesa en una mano, y un ramo de rosas bermellón en otra. Pero solo encontró la lencería escarlata de su esposa en la entrada, y un poco más allá, insinuando un camino hacia la habitación, la rojiza ropa de un bombero. Enrojecido de ira, la sangre le hirvió aún más al escuchar los gemidos de pasión de los amantes. Entró a la cocina, sacó su cuchillo más grande —el “sanguinario” como lo llamaba— y se dirigió hacia el dormitorio.
Más tarde y todo cubierto de sangre, un apesadumbrado Rogelio, al ser esposado por la policía, solo atinaba a balbucear como excusa que había visto todo rojo.
El psicólogo del colegio intentará hilvanar ideas mientras la niña, entre tartamudeos, le hable sobre Caperucita y Papá Noel. Él intentará asociarlo a temas fetichistas, hasta que ella balbucee algo sobre Satanás y el sol ardiente que castiga a las hijas de los comunistas. Cuando le cuente lo del vino derramado en su cuerpo, decidirá archivar el informe. Nadie sabrá qué pasó en la fiesta de disfraces. Tampoco lo de aquella mano encarnada que hurgó en ella, ni cómo de sus partes más íntimas comenzó a brotar la sangre. Solo ella lo maldecirá al ver cómo es nombrado cardenal.
(En 99 palabras)
Si la hubiese visto usted aquella noche… Estaba tan hermosa, con una palidez casi translúcida en contraste con sus mejillas encendidas. Se había pasado la tarde predicando la palabra de Dios de puerta en puerta y el Espíritu Santo aún la poseía.
Un rayo de luna se filtró por el tragaluz del dormitorio y le cayó sobre la raíz del cuello. Entonces su voz se volvió rumor de plumas. Tras un carraspeo seco brotaron de su boca serafines, esferas de luz que se transfiguraron en fuego alado al chocar contra las esquinas de la habitación. De un ataque de tos surgieron querubines delicados con cabellos en llamas. Entre estertores expulsó ángeles que volaron majestuosos a la oscuridad, esbeltos como ibis escarlata.
Los seres celestiales se le agolpaban en los pulmones y, en su urgencia por salir, la asfixiaban sin remedio.
Yo solo quise ayudarla. Por eso le abrí una segunda boca en el cuello. Si no me cree, pregunte a los tres arcángeles de alas ensangrentadas que aún sobrevuelan el campanario de la iglesia, señoría.
Basado en «La noche del cazador».
Domingo. Lucía oye el paso incierto de su hijo de vuelta de una de sus juergas. Su marido, recién llegado de un viaje de negocios, aún duerme. ¿Cuánto tiempo lleva ella sin viajar?… ¡Basta ya de pretextos! Se viste, coge dinero, las llaves del coche del durmiente y se va.
Sentada en el arcén de una carretera comarcal, María intenta recobrar el aliento. De repente, un coche que se acerca. Se pone de pie. Es una conductora y no es el Audi rojo de antes. Levanta una mano y con la otra sujeta el tirante roto de su vestido.
Lucía ayuda la joven a subir al coche.
—No, al hospital, no. Al cuartelillo tampoco —insiste María.
Solo quiere hablar del chico del Audi rojo, de lo bien que lo habían pasado al principio, riéndose hasta de sus familias. Él, con un padre siempre de viaje para sus supuestos negocios, y la imbécil de su madre, en casa, sin querer enterarse de nada. Pero luego, en un camino de tierra, el chico…
Lucía deja de escuchar. Piensa en cosas. Por ejemplo, en que no le gusta conducir el Audi rojo de su hijo. Prefiere el Mercedes de su marido.
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