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Le decían Juan el tontito, pero nadie en el puerto tenía por novia a una sirena. Él la encontró gracias al resplandor de los pendientes que lo guiaron hasta los restos del naufragio donde estaba semienterrada bajo la arena. Preocupado por las intenciones de los pescadores, intentó remolcarla al océano; pero los crustáceos en el interior del cuerpo chasquearon las tenazas. Supuso que se quería quedar con él. Con delicadeza, terminó de retirar la arena para descubrir un dorso con una cresta dorada de la que se desprendían hebras rubias con cada uno de sus empellones. Mientras, ella cantaba con su lengua de cangrejo y expelía chorros de líquido de sus pulmones llenos de agua salada. Posesivo después del acto, no la iba a dejar a merced de los apetitos ajenos. Tomó los aretes como dote para los gastos de la boda; pero el cura utilizó el oro, de acuerdo a las costumbres del mar, para las exequias. A pesar del encierro acolchado en el que acabó por su amor, Juan podía contemplar, a través de una ventana enrejada, las flores amarillas que nacieron a los pies de la tumba del marinero ahogado.
La veía pasear cada mañana a través de las rendijas de mi persiana con ese andar tan suyo, tan insinuante ante mis ojos, tan provocador para el vecino del segundo, tan prohibido para el del quinto, tan excitante para la mirada de Avelina.
Frenaba de manera compulsiva la correa de nuestra perrita, deslizaba sus manos en la cincha que ceñía su pelusa y al mismo ritmo contoneaba sus cadenas.
Ella lo sabía, sabía que la miraba, sabía que cada ventana era una invitación para un café con pastas y un licor degustado en su vientre y a pesar de ello, a pesar de mí, cada mañana provocaba en todo el edificio una hiperventilación en esas cortinas corridas para el disfrute de su tanga amarillo y sus pechos desbordando un escote alimonado en el paladar de la imaginación de cada uno de nosotros.
Hoy, creo que es nuestra vecina la que degusta con placer cada rincón ambarino de su piel.
Mañana correré el dosel de mi fracaso y guardaré en la alacena el pienso de su hambre.
Me perdí entre trigales dorados para recordar mis primeros escarceos amorosos en los veranos de Castilla. Sólo conseguí salir vacío tras unos girasoles pintados por Van Gogh. Luego indagué sobre el amarillo de la genista de Serrat; también en el atuendo de Molière y que tan mala fama concedió al amarillo para los artistas de la farándula, pero nada me aportaba la inspiración o una rica idea para escribir sobre tan humilde pigmento.
Pedí información a un buen amigo científico de Oklahoma y me remitió un extenso dosier sobre el hielo. Al parecer, las prisas y mi spanglish provocaron el malentendido con el “yellow”.
En mi insistente y desesperada búsqueda, viajé mentalmente dentro de un submarino amarillo y lo único que logré fue que un tema musical de los Beatles me martilleara todo el día con el mismo soniquete.
Estimado jefe, pido disculpas por no tener el artículo solicitado sobre dicho color a pesar de esos intentos realizados.
*
Para mi sorpresa, al día siguiente vi publicada en mi columna del periódico este relato que, simplemente, era el texto de mi correo, aunque, eso sí, algo recortado en formalismos, juramentos, tacos y excusas que afeaban la redacción.
IsidroMoreno
Siempre tan brillante, poniendo el toque de gracia a los dibujos de Pablito: que si los rayos de sol, que si las monedas del tesoro, ahora una estrella enorme, después la corona del rey… Así durante años, salvo aquellos días. Aquellos escasos días en los que el niño se sentía triste o decepcionado y, llevado por un espíritu de mil diablos, descargaba toda su frustración rasgando fuertemente el papel y llenándolo de oscuridad. Entonces conseguía ser por un rato el protagonista. Aquellas creaciones, por otro lado, terminaban en la papelera.
Y durante años resistió como pudo, así que ahora que a sus trece Pablo sólo lo usa a él en sus bocetos, que ese arrogante Amarillo se aguante, se fastidie, pase por lo que él pasó, condenado a un largo exilio.
Sus pupilas amarillo cadmio lo delataban. Paseaba por las calles, entraba en los bares e incluso participaba en los mentideros, pero no nos engañaba, sabíamos que era diferente.
Desde que se inició el Programa para la Regeneración, Transmutación e Hibridación de Especies (PRTHE) nos acostumbramos a todo. A nadie le extrañaba ver a un joven con alas de gaviota, un ave con patas de zorro, un mamífero con piel de serpiente, o un reptil con el dulce rostro de una anciana. El programa había sido un éxito, se había salvado el ochenta por ciento de los animales en peligro y se habían creado otras familias nuevas, pero no se podían permitir errores, y era evidente que él lo era. No se conocía ninguna especie autóctona con ese color en los ojos. Había que acabar con él.
No fueron suficientes los relojes, joyas y demás enseres; cuando las estrellas amarillas dejaron de brillar, de los cadáveres tirados en el suelo extrajeron de sus bocas abiertas los dientes de oro.
—¿Y si tanto asco os da por qué me estáis mirando? —rezonga tía Mirta.
Me fijo entonces en los que estamos a su lado, y es cierto que nuestras muestras de asco son todas de grado superior. Mi madre, pálida, se tapa la boca con una mano, creyendo poder retener así un inminente vómito. Mi padre, tranquilo por naturaleza, tiene los puños cerrados en los bolsillos, la cabeza ligeramente ladeada y la nariz fruncida; con su dentadura amarilla, perfilada de ocre por años de tabaco, parece un caballo a punto de relinchar. Tapándose los oídos y con la mandíbula desencajada, mi hermano —mata de pelo rubio alérgico a peines y cepillos y lengua fuera— es como otra versión del Grito de Munch.
La única que permanece impasible es la abuela. Sonríe. Tía Mirta, su hija, ha vuelto. Está distinta. Normal, fueron muchos años viviendo otras cosas, pero está aquí y es lo que importa, todo lo demás son detalles, modas que van y vienen.
Entonces retiro el codo con el que me tapaba media cara y pregunto a qué sabe el pis.
—Depende, pero suele ser un poco salado y amargo —me contesta tía Mirta.
Luego, se lo bebe.
Ya estamos acabando el curso de gestión de las emociones y nos han pedido que nos escribamos a nosotros mismos, aunque eso ya lo sabes. Que lo que ahora nos pasa, con la perspectiva del tiempo se ve diferente. Y aquí me tienes, escribiéndote sobre un papel amarillo canario. Podría haber escogido cualquier otro color, pero es verano y he pensado en el sol. Ha sido extraño: en el sobre he puesto la dirección de la casa en la que aún no vivo, bueno, vivirás tú, la del futuro. Es un apartamento precioso, pequeño, con solo una habitación, pero te encantó el balcón, ¿lo recuerdas? Le dijiste a la comercial que te parecía un rincón encantador para leer. Si él hubiera estado, te habría recriminado al salir que mostraras tu entusiasmo, que eso no ayudaba para negociar el precio… pero tú querías ese apartamento. Ayer mismo dimos la paga y señal, has estado ahorrando los dos últimos años para dar este paso. Creo que habrás pintado el salón de amarillo, es atrevido. No te preocupes, seguro que los niños estarán encantados y dormir en el sofá cama no será tan malo. Te habrás librado de Marcos y de mí.
Durante mucho tiempo viví con una explosiva dotación de inconformidad, con pequeñas dosis de histeria amarga y repulsiva. Resistí a los grupos de apoyo porque me asfixiaba su emotiva explosividad. También hui de los psiquiatras por su irritable forma y falsos diagnósticos. No sentí la necesidad de beber ni caí en el despreciable uso de las drogas, porque a pesar de todo conservo una conciencia escrupulosamente limpia. Por eso cuando aquel vendedor me convenció de comprarle unas gafas amarillas, no pude adivinar el cambio que se venía. Entonces me sentí parte de los elegidos, me llené de vitalidad y de un revoloteo despreocupado. Mi conversación se volvió afable. El antisocial, podía ser parte de la fidelidad colectiva. Un mundo en amarillo recetado sin prescripciones. Con jubilo accedí al alma de hombres y mujeres, y desde esa posición pude saborear la encarnación de la dulce vida. Los días soleados olían a perpetuo otoño, y por primera vez en mi vida, volé cometas en espacios de luminosos amarillos. Cierto, no se puede andar por siempre con la felicidad en la piel. Una tarde de aventura, un violento viento quebró mis gafas y regresé con la cabeza baja a mi depresión clínicamente diagnosticada.
Nunca habíamos visto un automóvil “Mercedes, amarillo oro metalizado”, por eso, toda nuestra atención se centró en ver quién conducía ese auto tan espectacular.
Lentamente se abrió la puerta del conductor, bajando una pequeña figura erguida, estirándose como intentando alcanzar algún centímetro más de sus escasos 1,67 de estatura. Se arregló el cuello de la camisa y con paso prepotente y sabiéndose mirado, se dirigió a la entidad bancaria que teníamos frente a la terraza del bar.
Empezamos las conjeturas, que si quiere equilibrar su baja estatura con ese amarillo brillante, que intenta decir que vale su peso en oro, que se supone que las carencias de autoestima las compensa con ese gran auto Mercedes, amarillo oro…
El hombre salió del banco, se puso sus gafas de sol, se volvió a meter en su coche y se fue, llevándose todas nuestras miradas. Yo pensé, sea lo que sea, efectivamente ha conseguido no ser invisible.
–Iré de amarillo –le dijo ella, y le sonó atrevido.
No se habían mandado fotos, ni chateado por Skype, aunque ambos conocían los rudimentos del sistema. Añoraban los tiempos de la tinta y al papel, y les gustaba mantener el misterio. Tras varios meses de relación epistolar les acuciaba ya la urgencia del encuentro.
–Creo que tengo una corbata amarilla –contestó él, travieso.
Cuando llegó al café Comercial, creyó que le estaban gastando una broma. Y es que todas las mujeres iban vestidas de amarillo. Unas la chaqueta, otras la blusa y algunas el bolso o un fular. Y él que pensaba que era un color inusual. Pidió un café y paseó su mirada alrededor. Quién sería ella. Aquella tan gruesa, no, pensó, y tampoco la de la nariz ganchuda. La imaginaba bella y distinguida. Justo como una que le miraba de hito en hito mientras se quitaba sus guantes amarillos.
–¿Eres Rosa? –le dijo con un leve temblor en la voz.
–Sí –contestó ella arrebolada.
Pronto comprobaron que estaban hechos el uno para el otro. Durante años disfrutaron juntos del placer de estar vivos. Rosa nunca le dijo que en realidad se llamaba Rafaela.
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