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Marcus cierra los ojos. Cae en un sueño ligero al son del traqueteo del tren. Algunos pensamientos, como pequeños vagones, cruzan por su mente. El que va en cabeza zozobra, zarandea su cuerpo con cierta brusquedad, como un hosco desconocido que le avisara de haber dejado atrás la estación de su destino. El siguiente sin embargo apenas bambolea, afirma que el destino es esa mano suya que descansa en el costado de Sophie mientras ella duerme en su regazo. Desde su plácido vaivén contempla los distintos paisajes, una secuencia fugaz de bosques y explanadas, de estaciones que se acercan a lo lejos donde el tren se detiene para luego partir mientras alguien agita su mano en el andén. El último vagón, el que cierra el convoy antes de volver a su desvelo, a los ojos despiertos que miran más allá del parpadeo de los años, parece no querer marcharse. Les observa como un viejo revisor: él sentado junto a la ventana, ella descansando en su regazo, en un liviano sopor, como si habitaran en el negativo de la escena capturada por una antigua cámara fotográfica.
El componente macho de la pareja está a punto de descubrir la cámara colocada en el portaequipajes de la fila contraria, antes de acomodar las maletas sobre su asiento.
Desde control, respiran aliviados cuando los especímenes se sientan uno junto al otro y esperan que el tren se ponga en marcha.
Llevan años siguiendo las rutinas y peripecias de esta pareja, la única de todas cuantas han sido objeto del experimento, que ha mantenido las pautas de la monogamia y permanece unida. Tienen todas sus esperanzas puestas en estos ejemplares, que una vez que el tren se pone en marcha, se abrazan y permanecen inmóviles.
Las cámaras aéreas, desde el exterior del vagón, se apresuran a captar la tierna escena enmarcada en la luz del atardecer. Un plano grandioso. Director y asistentes gruñen satisfechos.
Entonces, macho y hembra comienzan a estremecerse en un llanto imprevisto.
– ¿Por qué lloran ahora? – preguntan desconcertados desde control. Los hábitos humanos no dejan de sorprenderlos.
“La pareja llora para humedecerse mutuamente y afianzar el vínculo”, explicará la voz en off del documental. El que pronto acompañará la siesta de los osos polares desde el segundo canal de la televisión oficial.
La noticia cayó sobre los pasajeros del Rossiya transiberiano como una losa con su epitafio. Luego el tren se detuvo en plena taiga, cerca del ocaso, y muchos huyeron hacia el bosque profundo. Otros tantos continuaron a lo largo de la vía, una procesión cuyas plegarias mendigaban un milagro. Y aparte del resto, que había asaltado el vagón restaurante para montar una fiesta salvaje, solo un matrimonio permaneció en su asiento hasta el final.
Durante su espera, la pareja revivió como nunca los recuerdos y anécdotas de siempre. También compartieron miradas, besos, abrazos; intercambiaron caricias con el mismo ardor que en su lejana juventud, aunque esta vez el sexo fue sereno, generoso y elegante.
Acabaron a oscuras, desnudos entre mantas de viaje. Él yacía rendido mientras ella, desvelada, contemplaba el tenue reflejo de su rostro en una ventanilla. Entonces un resplandor convirtió la noche en mediodía: el cielo, de aurora boreal incandescente y fuegos de artificio, incineraba con aterradora belleza. Por eso, cuando la mujer vio llegar la primera oleada destructiva, agradeció en silencio que su marido durmiera en paz y, con su último aliento, le susurró al oído: «Suerte que envejecimos juntos».
El tren avanzaba en mitad de la noche arropado por un manto de nieve con reflejos de luna llena. Dentro de uno de los vagones, dos jóvenes amantes descubrían sus cuerpos por primera vez.
La pequeña estancia se hallaba invadida por el calor resultante del fuego de su unión, el cual había impregnado de vaho la ventanilla.
Aferrados el uno contra el otro, ponían el alma en cada caricia y beso como si no hubiera un mañana. Prometieron amarse siempre.
El silbato del tren al entrar dentro de un túnel engulló sus gemidos de placer en el momento de llegar juntos al final.
Despertaron abrazados, al otro lado del túnel, aunque mucho tiempo después.
Sus cuerpos no eran los de antes, y una intricada maraña de arrugas se había apoderado de sus rostros.
―No te imaginas lo que he soñado ―le susurró él al oído y la besó en la frente.
Ella, desde su regazo, giró la cara y, todo el amor de una vida concentrado cabía en la mirada cómplice que se dedicaron.
Incorporándose con dificultad, acercó sus labios a la ventanilla e insufló su aliento empañando el cristal.
Sus dedos índices se tocaron al dibujar juntos un corazón.
Al entrar en el compartimento me encontré con la pareja apaciblemente dormida. No había nadie mas, por lo que puede observarlos sin prisa.
Los brazos de él, la rodeaban y sus manos unidas como hebilla de cinturón bien ajustado. Ella, recostada en su pecho como junco inclinado, aun dormida, parecía saber que se encontraba segura y protegida.
Tenían una edad, por lo que pensé que su vida habría tenido varias etapas, como estaciones tiene el tren.
La niñez, tan importante, la juventud, tan preciosa y la madurez que es la suma de las dos anteriores y por fin, la otoñal, la dorada, que nos avisa y nos dice lo breve que es la vida.
Seguro que tendrían, como todo el mundo, vivencias alegres y tristes, duras y suaves, como balsa en el impredecible mar.
“Volver a los diecisiete, después de pasar un siglo”
Se me vino a la cabeza la letra de aquella canción que tanto me gustaba de Violeta Parra. Si pudiéramos volver, seguro que seguiríamos tropezando, pero quizá no tanto con la misma piedra.
La pareja seguía dormida y pensé. Hay mucho que ver y sentir. Todo es mejor cuando alguien te da calor y guarda tu sueño.
Una foto es un instante congelado. Una lágrima de tiempo o una gota de su rocío: triste o alegre, según, pero siempre detenido e inalcanzable.
“¿Qué llevas ahí?”. No contestó. En realidad ya nunca hablaba. “Ah, es una foto, ¿a ver?”. Se la quitó de las manos. La chica se arrugó; igual que la foto en la mano del muchacho. De pronto sonó el timbre y él perdió todo el interés: la tiró al suelo y salió corriendo a clase. En medio de la marea de gritos y niños poniéndose en fila, ella recogió su foto y escapó al baño: allí, con la seguridad del pestillo echado, la estiró obsesivamente sobre su pecho una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…
La llamada del colegio sorprendió a la abuela poniendo la lavadora. Cuando llegó a recoger a su nieta la encontró hecha un ovillo en secretaría. Cogió su mano, le ayudó a guardar la foto en la mochila y, deshaciendo con amor ese nudo nervioso y triste en que se había convertido, se la llevó a casa.
Una foto es también un tesoro cuando es lo único que nos queda después del incendio.
Siempre ha tenido miedo a las travesías largas; pero él la convence de viajar en tren. Comprensivo, le ofrece el campo junto a la ventana. Su esposa reclina la cabeza sobre el hombro de él. Al ponerse la máquina en movimiento, el viejo rememora esos cincuenta años de matrimonio. El frac impecable. La noche de bodas. Los tres hijos. El bautizo de su primera nieta. Un terrible estruendo hace que el tren de recuerdos se descarrile. Sus brazos se desabrochan del cuerpo de ella. En ese instante, surge una memoria inédita. De un tiempo en que ni siquiera eran novios. Discutían dentro del auto. Él frenó de improviso para callarla con el latigazo del cinturón de seguridad que nunca se puso;.en su lugar, la joven chocó contra el parabrisas. El ruido de cristales rotos y el aroma a sangre lo traen de vuelta al vagón volcado. No localiza a su mujer. El revisor afirma que viajaba solo. El anciano insiste en seguir buscando hasta que encuentra, entre las esquirlas de vidrio, el recuerdo degollado de una esposa que nunca tuvo.
El tiempo ha pasado inexorablemente para mí. Soy viejo, estoy achacoso, me jubilan. No han bastado los remedios con los que, especialistas de una u otra materia, han tratado de recuperarme. He de ser consciente de que a todos nos llega el momento en que debemos de ser apartados para dejar paso a las nuevas generaciones.
No se piensen que esto lo digo con pesar, tampoco es tristeza lo que ahora siento. Puestos a sacar lo mejor de todo mi pasado me quedo con todos los recuerdos que, día a día, siempre cumpliendo con la labor que se me había encomendado, he ido atesorando.
En mi retiro recordaré viajantes cargados de maletas y otros ligeros de equipaje, rememoraré historias de amor, de desamor, besos, llantos, miedos, sonrisas, suspiros; llegarán hasta mí caritas angelicales y rostros arrugados por el paso del tiempo. Todos estos recuerdos quedarán grabados en mi piel y, sobre ellos, aquella última escena, aquel beso entrañable, de los dos enamorados antes de ser detenidos y devueltos a sus residencias.
La primera vez que te vi, sentí la alegría del desierto bajo la lluvia. Había saltado al tren estacionado junto a la tapia, dispuesto a recuperar el adoquín preferido de mamá. «Se me escapó», mentí. Recuerdo tus ojos aterrados inspeccionando la ventanilla rota y el silbato del maquinista, antes de bajar a tierra. Te deseé tanto, que me prometí descerrajar a pedradas el convoy de las 6:30 de cada martes. Desde entonces, sólo sueño con atravesar juntos el gollete del tiempo, grano a grano, como la arena volteada en los relojes. Gracias a que mamá estaba detrás. Ella me aconsejó practicar mucho para afianzar mi puntería y calcular mejor la alineación correcta de los vagones al pasar. Eso, y saber esperar. ¡Y vaya si aprendí!: desde cantos de granito y mármol labrado, hasta crucetas de hierro forjado; de todo lancé, con tal de clausurar vías y cercenar rumbos… ¡Y aquí estás al fin!, tan callada y tan pálida y, no empero, eclipsando este bullicio de raíles desvencijados. Tan guapa que, hasta mamá, vestida con su pareo negro y su risa seca, trepó a los despojos de la locomotora como un Lawrence de Arabia, para aullar orgullosa su nuevo recuento.
Bodas de oro. Mismo recorrido y paisaje de invierno, no el mismo tren.
Sara, apoya la cabeza sobre el hueco del hombro de él, erosionado por el peso del violín. Todavía percibe el sonido quejumbroso de cada cuerda. confundido con los gritos:
-Excedente humano.
Sus miradas acuosas se cruzaron aquel «Mayo del 45», cuando las alpargatas de esparto carcomido se amontonaban en las entradas a las duchas y de fondo se escucharon pisadas militares de botas bostonianas.
(Este relato no participa en el concurso)
Los días que voy a una estación de tren lo hago para encontrarme con algún indeciso de los que anhelan poner un final literario a su vida, con uno de esos borrachos que merodean por allí tambaleándose entre los andenes, con un niño distraído…, con cualquiera al que baste dar un empujón hacia las vías en el momento preciso.
Pero hoy, mientras espero junto a los viajeros la llegada del expreso, una pareja de ancianos que no dejan de sonreírse ha tropezado conmigo. Nunca desatiendo los dictados del azar, y por eso los he seguido hasta el interior del vagón, donde vigilo cómo se acomodan.
El viaje es tan tranquilo que terminan por dormirse abrazados. Para entonces he decidido que con ellos sea un infierno. Que recuerden que puedo destruir una felicidad cuando quiera. Presiono mi mano sobre la cabeza de la mujer hasta que el traqueteo monótono y fluido del tren se detiene de forma brusca en la siguiente estación. Ambos se despiertan sobresaltados y ella pregunta:
–¿Dónde estoy?
El hombre cree que aún sigue adormilada, pero yo sé que sus recuerdos ya han empezado a enredarse, igual que mis dedos huesudos entre su pelo.
En nuestras calles borramos los números de las puertas y pusimos fotografías. En algunas aparecemos ataviados con disfraces estrafalarios, de espaldas, viendo un amanecer a contraluz, o tapándonos la cara. En otras mostramos un perro, la luna, manos entrelazadas, o fachadas anónimas con ventanas de colores. Detrás de cada una se esconden dos tipos de historias: las que queremos enseñar y las que ocultamos, para evitar visitas que alteren nuestra rutina. A veces, un despistado se pasea buscando a algún conocido, pero, después de arrugar el entrecejo ante nuestras imágenes, mueve la cabeza de un lado a otro mientras se marcha derrotado por la incertidumbre y la extrañeza.
Los últimos que adquirieron una casa fueron Paco y Margarita. Nos contaron que sus familias y amigos los abandonaron, y estaban seguros de que nadie vendría a verlos. Tras pedir permiso, les dejamos que colocasen su foto más actual, a pesar de no estar camuflados. La revelaron en la estación donde pararon a comer y a reirse, imaginando las caras y carreras del personal del asilo al descubrir sus camas vacías. Poco después, reanudaron el viaje hasta nuestro barrio, donde llegaron, tras descarrilar el tren, en un abrir y cerrar de ojos.
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