Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

82. Castigo

El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos y sobre las fuentes de las aguas y se convirtieron en sangre.” Apocalipsis 16:4

Las aguas del río bajaban teñidas de un tono carmesí. Ante tal fenómeno las gentes piadosas se entregaban a la oración. Los científicos, por su parte, hablaban de la proliferación del alga roja (Euglena Sanguinea) como consecuencia de la elevada contaminación. Y mientras ponían su mirada en el Altísimo los unos, los otros lo hacían en las factorías industriales, templos del dinero, para muchos el nuevo dios.

81. El delirio de los narcisos

Me sabías tuya. Siempre adoré tu mágica mirada abismal y curva. Tus ojos se adueñaron de mi voluntad, de modo que, aunque los meses pasasen, eran el paisaje de mi certeza. Es verdad que, quizá, ese fue el origen de las bajas pasiones, de mis vicios por captar la agitación de otras miradas, cuando nuestros lugares comunes del amor parecían desviarnos. Acaso, por ello coleccioné los ojos de todos mis amantes, los arranqué con ternura y los deposité con el decoro de un campo de cerezos. Para que me miren. Tú me conocías bien: te los quitaste solito. Y me los enviaste por correo certificado. Les otorgué un lugar privilegiado en mi vitrina carmesí. Sabías que no dejaría de llamarte para halagarlos.

80. Tragedias cotidianas (Marta Navarro)

<<Que le cooorten la cabeza>> sentenció furiosa la avaricia cual perfecta reina de corazones y, al instante, de su humilde paraíso, un hombre fue expulsado. Condena de indigencia, desamparo y soledad. Ejecución inmediata.
En un banco del parque llora un anciano su miedo y su derrota. De su desgracia, ciega como suele, la justicia aparta la mirada. Un vendaval furioso y destemplado asola cada rincón de la ciudad. <<Hagan juego, señores, hagan juego…>>, desliza zalamero entre sus ráfagas. Borrachos de ilusión y de esperanza, aún ignoran los incautos que, siempre en este juego, al rojo ganador, sin riesgo apuesta la banca.

79. Como cerezas en su punto de azúcar (Sara Nieto)

Mi abuelo plantaba cerezos en el Jerte. Adoraba el color que tenían las picotas cuando las miraba en los capazos todas juntas. Goterones de sangre a punto de explotar, decía que se le antojaban. A mi tío le encantaba el vino de pitarra: fabricarlo y bebérselo. Solía decir que la pitarra tenía que ser recia y espesa, como la sangre.  En el patio teníamos un granado. Mi abuela adoraba sentarse cada tarde, con su calceta en el regazo, a observar cómo, poco a poco, los frutos se iban reventando y dejando al descubierto los rubíes brillantes, como un rocío sangriento y dulce. Un día tranquilo en la primavera del 38 la vida, tan sarcástica a veces, les preparó una sorpresa. Los puso uno junto a otro, al pie de la tapia del huerto y derramó sobre ellos una ráfaga rápida, intensa del rojo más profundo, caliente y vívido que hay.  Antes de cerrar los ojos, mi abuelo tuvo un segundo para mirar el hermoso atardecer rojizo que derramaba sus últimos rayos sobre las cerezas, gordas, lustrosas, coloradas como la grana. Y pensó con tristeza que justo se encontraban en su punto de azúcar.

78. S E L E N E (María Jesús Briones Arreba)

Me casé de rojo pasión: Vestido de seda grana; capa púrpura, labios de «rouge», ramo de claveles y
alianza de rubís.

Buscamos la miel de la luna cuando el astro mostraba su rostro de hogaza a medio cocer. Poco a poco, se volvió rojiza por la erótica que ofrecimos: Dos cuerpos consumiéndose por la lumbre del deseo sobre un campo de amapolas. El sabor dulzón de los pétalos se fijó en nuestras lenguas, descubriendo cada recoveco de la carne. Susurros y gemidos transformados en aullidos.

El faro lunar irradiaba sobre mi melena pelirroja, torbellino fogoso, crepitando en el tronco de mi compañero. Los cabellos se me desprendieron como hebras de una madeja apolillada hasta convertir las raíces en crin y mis extremidades en…

Entreabrí los carnosos labios . Mis colmillos desmesurados se clavaron en el cuello del hombre. Un líquido sanguinolento inundó mi boca, mientras él expiraba.

Envolví sus restos en la capa, Encajé mis rubís en aquel miembro, lo cubrí de amapolas y claveles y con un aúllo retumbante se lo ofrecí a Selene, guía de la manada.

Nota: Este relato, está fuera de concurso.

77. Un faro en el desierto (Antonio Araújo)

Amanece en espasmos rojizos. Tras la pared de hielo se extiende la cobriza soledad de los Valles Marineris. Linda Bergovich duerme. Una tenue luz de nieve artificial se proyecta sobre sus mejillas.

 

Mientras la contempla, en la retina híbrida de James Newman se activa un warning: desajuste en córtex cerebral, riesgo de colapso, flujo de información supera umbral de canales periféricos. Se incorpora. Sale al exterior. Desnudo.

 

Linda despierta. Roza la nieve al otro lado de la cama. Mira afuera, más allá del hielo. Se levanta, prepara café, calienta sus manos en la taza, lo saborea despacio, como el sexo reciente. Sonríe. Consulta el pronóstico del tiempo. Se acerca el fin de la temporada fría.

 

Una sucesión de sobrecargas inducidas desorienta los sensores de James. El roce salvaje de un viento de azufre. El tacto de sus dedos en Linda. El tacto de los dedos de Linda, magnetizando los polímeros de su piel. Recupera celdas de memoria, palabras perdidas. Placer, adicción, desorden. Vulnerable. Como el pecio de un beso mate púrpura en los labios. Como un ser caminando sobre Marte. Como un faro de hielo en el desierto. Como la furia cósmica del vacío, cuando no puede matar.

76.El ejército rojo

La vida de mi hermana Martina cabía en un puñado de células. Las más rojas y brillantes que un cuerpo tan menudo como el suyo era capaz de crear. En cada inspiración arrastraba consigo todos sus sueños infantiles y los hacía rodar por interminables senderos que se dispersaban en su interior. El oxígeno viajaba a toda velocidad por una montaña rusa de color carmesí, y mantenía sus mejillas encendidas el mismo tiempo que duraba su risa. Pero, antes de que nuestro juego terminara, su piel volvía a palidecer y el escuadrón de hematíes se batía en retirada. 

“Se han quedado sin escudos”, decía nuestra madre mientras le inyectaba su dosis de hierro. 

Ella solo hacía pucheros, pero yo me estremecía con cada pinchazo. Por eso, al irnos a la cama, cambiaba el pulgar en su boca por la chimenea de mi locomotora. Confiaba en que aquella misión de contrabando fuera útil para sus soldados. 

Funcionó. Un día aparecieron nuevos batallones ondeando la bandera encarnada. 

75. COLOR FATAL

Rojo, estaba en rojo. El color intenso de la herida al cortar con el cuchillo. Pacto de sangre. Menudos chiquillos éramos entonces. Las heridas siempre son rojas. Como los labios de ella, cuando se fue. Al igual que mi cara, vencida de calor y de ira, en aquella humillante pelea contigo, mi mejor amigo.

Rojo, estaba en rojo. Y no sé por qué estúpida razón no frené. El azar, rojo de venganza, hizo lo que yo nunca hubiera hecho. Me miraste por un instante y tu cuerpo se desplomó en el asfalto, cayendo al apagado gris.

 

74. PEDIR UN DESEO

Apareció en el aeropuerto como una visión, enfundada en un vestido rojo. Me deslumbró y, como un autómata,  caminé hacia ella. Al ver sus ojos verdes, intensos, increíbles, supe que había encontrado la mujer de mis sueños.

No podía perderla, pero mi vuelo que partía ya y mi condenada timidez no colaboraban para nada.

Entonces recordé que tenía derecho a pedir un deseo. Cuando me lo concedieron no me lo creí;  enfrentado a esos ojos la fe me iluminó y pedí fervientemente pasar mi vida junto a ella.

Después del pedido vino la duda: ¿Cuándo se iba a cumplir mi deseo?

Suspiré y, arrastrando los piés, embarqué.

Una vez en mi asiento me puse a fantasear con la chica del aeropuerto.

Alguien se sentó a mi lado. Cuando me volví y me encontré con su sonrisa… aluciné, a pesar de que en el fondo la esperaba.

Horas más tarde, mientras me colocaba mi chaleco después de ayudarla, observé con admiración qué bien le iba el amarillo sobre el rojo del vestido.

A nuestro alrededor, luces y personas  habían enloquecido. Y de pronto fui consciente  de mi torpeza. Debí ser  más previsor y pedir una larga vida junto a ella.

73. Fin de trayecto (Aurora Rapún Mombiela)

Estoy envuelto en un manto de ingravidez, mi mente me envía diapositivas rápidas de un viaje en coche. Las curvas de los acantilados son cerradas; las vistas, impresionantes. El sonido del motor queda amortiguado por la poderosa voz de Aretha Franklin. El sol impregna de brillos extraterrestres las crestas de las olas. Aparto la vista de la carretera un solo segundo para subir el volumen. Al momento siguiente, dejo de sentir el asfalto bajo las ruedas, tengo el mar justo a mis pies. Un edredón aterciopelado de pétalos rojos me recibe y me acuna. La música ha dejado de sonar. Mi tiempo ha concluido.

72. En blanco y negro (Blanca Oteiza)

Ya nadie recuerda a la niña, aquella que vendía globos en la esquina. Llevaba siempre un abrigo rojo, como la niña de la Lista de Schindler. Es como si se hubieran escapado a los cielos y la pequeña tras ellos. Nunca compré uno, pero la veía cada tarde cuando regresaba a casa. La gente pasaba a su lado sin percatarse de ella, en raras ocasiones la vi vendiendo uno. Yo imaginaba rostros pintados de colores queriendo subir al cielo, unos reían, otros lloraban o gritaban mientras el hilo, casi invisible, los sujetaba a la tierra. Alguna vez pensé en comprar el manojo para después soltarlos y contemplarlos hasta que se hicieran tan pequeños que fueran imperceptibles.
Un día desapareció. No se la volvió a ver en su esquina. Durante varias semanas seguí mirando por si la encontraba, pero la calle la había devorado.
Pasaron los años. Una tarde, pasé por la esquina que hacía tiempo no transitaba y la vi. Llevaba un abrigo rojo a juego con sus zapatos y sus labios. Sonreía a los hombres que pasaban a su lado, pero su mirada se perdía más allá del infinito, quizás buscando los globos que había perdido de niña.

71. Quien a fuego ama…

De una extraña aleación de hierro y plomo es tu corazón. No ennegrecido, sino como agua pura y limpia hecha hielo de dureza extrema, cual cristal de roca. Pero te aviso, yo soy fragua, fuego vivo y rojo ardor que finalmente te desleirá.

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