Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

94. Una tragedia increíble (Juana Mª Igarreta)

Nereo, el anciano dios de los océanos, ha sorprendido a Tetis ovillada en el fondo marino. La joven nereida teme desvelar a su padre el motivo de su desolación. Ella, avezada socorrista de los más intrépidos argonautas, la pasada noche desoyó las voces desgarradas que imploraban su auxilio. Y el mar, tan calmo y solícito a veces, obró con la mayor fiereza, haciendo de sus aguas un dantesco escenario. ¿Quién creerá a la ninfa si cuenta que presenció a la imponente Hidra recoger despavorida sus múltiples cabezas de serpiente, al ser rodeada de un sinfín de restos humanos? Y si dice que vio el ojo de un cíclope colmarse de colosales lágrimas, cuando sumergiendo sus titánicas manos las llenó de fragmentos de una infortunada patera, ¿quién dará crédito a sus palabras?
Tal vez, si muestra sus argénteos pies todavía cubiertos de esa pátina viscosa y rojiza, tal vez consiga que la crean.

93. ROJO

Omar caminaba pensando en sus cosas, tenía problemas y buscaba la forma de solucionarlos.

El día era gris como su ánimo. De pronto sus ojos se llenaron de ese color rojo enorme producido por el fuego.

Escuchó los gritos de un niño, y sin pensarlo dos veces, comenzó a escalar el edificio agarrándose a terrazas y ventanas como buenamente pudo.

La gente empezó a arremolinarse, todas las miradas estaban puestas en él, que ascendía como podía, acercándose al niño.

Por fin sus manos consiguieron agarrarlo y cogiéndolo le situó en un recodo seguro.

Abajo empezaban a sonar las sirenas, los coches de bomberos se acercaban, todo parecía que empezaba a controlarse.

Omar sonrió y pensó en ese color rojo del cielo que iluminaba su rostro cuando fue rescatado de la patera con apenas un hilo de vida.

92. SALVADO DE LAS AGUAS (Isidro Moreno)

Me reanimaron a bofetadas, vomitaba agua salada junto a mi caballo muerto. Estaba rodeado por muchos de mis soldados, empapados y maltrechos.

Huíamos a todo galope sobre el lecho marino entre dos murallas de olas. Percibíamos la persecución, cada vez más cercana, del ejército enemigo. Antes de alcanzar la orilla con mis compañeros de la retaguardia, vi que nuestro jefe, Moisés, ordenaba que las aguas se juntasen.

Allí, bajo el Mar Rojo quedaron miles de enemigos egipcios con sus carros y caballos, pero afirmo que, el imbécil de Moisés vio perfectamente que su retaguardia israelita aún no habíamos cruzado.

Desde entonces, ambos nos profesamos una notoria ojeriza.

IsidroMoreno   

91. Obsesión

Él gesticulaba y agitaba los brazos de un lado a otro del salón. Ella, aguantando el pánico, apenas oía fragmentos de su discurso, si bien iban colándose en su cerebro palabras como traición y pérdida. Al fin, él se detuvo a escasos centímetros de su cara, “¿cómo has podido?”, le espetó con un aliento que a ella le supo a veneno. “No lo entiendo”, repetía golpeándose contra la roja pared que les separaba del vestíbulo. Ella no se atrevía a moverse, nunca lo había visto así. Siempre había sabido que era especial y eso le había atraído, pero ahora no comprendía qué había hecho para enfurecerlo. De repente, una idea, tan encarnada como los muebles, las toallas y las tazas, se coló en su cerebro y lo descifró; cogió su bolso y salió por la puerta para no regresar.

Cuando llegó a la calle, no pudo sino ondear su larga caballera, ayer pelirroja y hoy morena azabache.

90. Interacciones

Cuando Trrrffk murió decidimos embalsamarlo en un intento de soportar mejor su ausencia. Al menos ya no tenemos que esconderlo: colocado en un rincón del salón, pasa por el muñeco de alguna película fantástica. Si alguien pregunta por su procedencia, explicamos que era el último ejemplar de una remesa descatalogada.

Lo encontramos mi padre y yo en un bosque cercano. Casi lo pisamos, pues su maltrecho cuerpo apenas contrastaba con la hojarasca roja de los arces. Resultó ser un habitante del subsuelo marciano, en misión pacífica, que había abandonado su nave justo antes de que esta se desintegrara contra una roca. No obstante, hasta que supimos todo eso, tuvimos que conformarnos con la fianza bondadosa de sus ojos esmeralda.

“Jamás dejas de ser”, solía decirnos entre otras enigmáticas sentencias, y sus palabras regresan ahora, mientras lo observo ahí plantado, como si quisieran revelarme algo. Las visitas lo contemplan fascinadas. Se hacen fotos con él. Le hablan y acarician su escamosa y peluda piel caoba. “¡Juraría que se ha movido!”, dicen algunos. Pura ilusión. En realidad, solo su miembro viril lo hace a veces, en una especie de erección que levanta su túnica: señal inequívoca de que va a llover.

89. Reflejos (Javier Puchades)

Me miré en el espejo y me dio miedo. No era por verme la cara cubierta de arañazos o por aquella herida abierta en el hombro. Ni por los cortes que presentaba por todo el pecho. Ni, por supuesto, por contemplar el reflejo carmesí de los cuerpos de mi esposa y las niñas sobre la cama.

La verdad, lo que me causó pavor fue mostrar cierta debilidad al observar cómo se deslizaba con lentitud por mi mejilla una lágrima.

88. Positivo – Negativo

Recoge las cosas de forma ordenada. El llanto apagado hace eco en su estómago y, con una leve inspiración, seguida del enésimo suspiro, empuja la maleta de ruedas para, después, cerrar la puerta y seguir caminando. En un bolsillo guarda un pañuelo arrugado, en el otro suena el “beep” de los WhatsApps incesantes del teléfono móvil. Ya contestará más tarde, cuando llegue a casa. Ahora no hay empatía que acune todo el dolor ni consuelo que adormezca su pena.
Mañana será otro día y comenzará de nuevo la carrera para conseguir su objetivo. En el cubo aséptico quedan, aparte de muchos desvelos, jirones de su propia piel, desgarros del alma,  todas sus ilusiones y la vida hecha pedazos.

La extraña sensación al ver escenas como esta hace que la máquina de mis entrañas comience a funcionar de nuevo y se despierten, una vez más, todos mis sentidos. He observado este suceso decenas de veces, he adivinado esa expresión en la cara de muchas mujeres que solo cambia al descubrir, en un nuevo test, otro positivo.

87. Las páginas pasadas.

Cuando papá se fue se llevó la mitad de mamá que no se ve. La otra mitad se quedó varada en la cama, rodeada de cajas de pastillas, unas llenas, muchas vacías. Papá marchó rápido,  apenas tardó seis meses. Y sin papá, casi sin mamá y sin alegría en casa, comencé a cumplir años de tres en tres. De los seis pasé a los nueve, y a los doce mamá se rindió. No dejó ninguna pastilla. La abuela se apiadó de mí, pero ella también parecía cumplir años más rápido de lo que decían los calendarios, y en sus últimos meses apenas se levantó. Yo era su radio, su asistente, su cocinera. Por suerte, entre todo lo que perdió no estaba su sonrisa. Reíamos, aunque sin querer me llamara como a mamá.

La última tarde dio un respingo y señaló un viejo libro con el lomo, las tapas y las hojas rojas. Solté sus manos heladas para recogerlo de la estantería, pero al regresar a la cama ya no respiraba. Lo dejé en su pecho, bajo sus manos, y así fue enterrada.

Hoy,  mi nieta ha subido del sótano con un polvoriento libro rojo. Dice que mis manos están frías.

86. Redención

Rojas eran las flores que las mujeres del pueblo bordaban en sus vestidos de fiesta y roja la sangre que al llegar la guerra empezó a manchar los campos que ya no querían seguir en flor. Fueron entonces aquellas mismas manos primorosas las destinadas a ocuparse de los uniformes con los que los hombres marcharían al frente. Ya no había risas ni coplas en las horas de costura, sólo rezos silenciosos al dios de los que no creen, para que las balas del enemigo no bordaran sus rosas de muerte en las camisas confeccionadas con tan abnegada labor. Y hubo una entre todas ellas, resignadas artesanas de la aguja, que quiso rebelarse contra su destino y tomar el fusil del bando que mejor reflejaba el color de su corazón. No supo que se alistaba con los llamados a ser vencidos y que sería su peor derrota no morir con la dignidad de tantos otros, sino acabar cosiendo la triste indumentaria de los represaliados, redimiendo así la pena merecida por haber enarbolado la bandera de la libertad.

85. Escrito en el cielo

De Cuatro Vientos a Mar de Cristal. Seis días a la semana, catorce estaciones y cuarenta somnolientos minutos.

Hace un mes se agotó la pila del despertador. Sin cafeína y mal peinado me sumé a la riada nerviosa y apresurada de la multitud.

Entré al vagón de un salto y me senté frente a ti. Gafas redondas, pelo ondulado, sonrisa ensimismada… Tras verlo advertí que solo tú llevabas uno, también un lápiz. Subrayabas, tomabas notas y de cuando en cuando  alzabas la mirada para comprobar por dónde íbamos.

Al llegar le pregunté a doña Luisa si podía cambiar el horario, empezaría media hora más tarde y, por supuesto, prolongaría la salida. “¡Perfecto, vendrás más espabilao!”, exclamó.

Hoy repites de nuevo, Wislawa. Yo, Ángel. Intento adivinar: “Si alguna duda subsiste, la disipa el viento”. En el mío: “Estoy aquí, donde yo siempre estuve”.

Espero a que salgas, avanzo deprisa y te adelanto. Al emerger a la superficie la visión es impactante, un rojo de mil tonalidades se refleja en las nubes, muy altas, y como sombras chinescas perfila tejados y chimeneas. Te paras a mi lado, nuestras manos se rozan y juntos observamos la cúpula escarlata.

84. La biblioteca

Odiaba ese color y todo lo que se lo recordase. Al entrar en la sala de lectura del castillo que acababa de heredar, miró los lomos burdeos que la llenaban e imaginó que, quizás, su padre tramaba un acto de venganza, desde la tumba, tras descubrir que un vaso de vino, aderezado con arsénico, había sido el culpable de su muerte. Ordenó sustituir aquellas encuadernaciones por otras verde aceituna. A la semana, entró en la habitación y sonrió al verla con un aspecto impecable; hasta hacía juego con los olivos que asomaban entre los visillos de las ventanas. Entonces cogió un tomo al azar, La hoguera de las vanidades. Enseguida lo soltó y agarró el siguiente, A sangre y fuego. Empezó a sentirse irritado, mas cuando comprobó que estos títulos se repetían en series de nueve junto a Me llamo Rojo, Sangre y arena, La Pimpinela Escarlata, Rojo y negro, Drácula, Las uvas de la ira Señora de rojo sobre fondo gris, notó una punzada en el corazón. Al llegar al último libro, respiró tranquilo. Se sentó en su sillón y fue dejando poco a poco este mundo, a medida que leía el apellido del autor de La Celestina.

83. LUCES ROJAS (José Ángel Gozalo)

Domingo 20 de enero del 3109 desde la transmutación tecnológica.

Diario de viaje de la nave de exploración interestelar Crome X1.

Encontramos la estación espacial hace dos días, orbitando inerte alrededor del planeta Ovi, uno de posibles candidatos a albergar vida semejante a la tierra primitiva.

Parecía abandonada, así que procedimos a abordarla.

Su nombre, Regresión, pintado sobre el fuselaje ya debería habernos advertido. La información de nuestros archivos hacia referencia a un proyecto ideado por los científicos para asegurar la perpetuidad de la raza humana, pero nada más.

Al entrar nos dimos cuenta de que algo andaba mal. El pequeño espacio intermedio resultante entre dos compuertas, estaba invadido por una intensa luz roja. También perdimos inmediatamente la conexión con las redes sociales. Nos sentimos totalmente desamparados.

De pronto, comenzó a brotar del suelo un líquido espeso similar al agua que invadió la estancia.

No experimentamos miedo, pues nuestros cuerpos sintéticos no eran capaces de sentir nada. Aunque para nuestro asombro, nuestras piezas mecánicas comenzaron a disolverse y descubrimos el dolor a medida que estas iban siendo reemplazadas por tendones y huesos. 

Aterrizamos en Ovi, sintiendo por primera vez el calor de su sol en nuestras caras.

¡Estábamos realmente vivos!

 

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