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La hiedra que tapiza la casa. Los cactus que adornan la ventana. Las hojas del limonero del jardín. El caparazón metalizado de los escarabajos patagónicos. Los alcauciles que deshojo y saboreo lentamente. El mate recién cebado. Mi pulóver preferido. La malaquita del anillo en mi anular izquierdo. La de la pulsera en mi muñeca derecha. Los ojos de mis sobrinos. El guisante bajo el colchón de la princesa del cuento. La piel de los lagartos de la serie «V, Invasión Extraterrestre», que tanto miedo me daban. Una de las tres bolitas plásticas que adornaban mi silla de bebé, que siempre atraía mi atención. El gorro de cirugía con que me envolvieron para que no perdiera peso, porque no dejaba de moverme en la incubadora. El primero que recuerdo haber visto. Que fue, es, y siempre será mi color.
Quien de verde se viste por guapo se tiene, sentenciaba mamá desdeñando mi incipiente vanidad. Pero a mí me chiflaban los ositos de goma de sabor desconocido, el terciopelo de los geranios, el musgo, la rana de los teleñecos, la hierba del parque, los ojos de Miguelito… El día que escuché la palabra glauco me derretí escribiéndole un poema que jamás leyó.
La primera vez que el marido de doña Lola me transformó en modelo susurrándome guapa había cumplido trece. Después algunos piropos se volvieron incomprensibles para mí, pero el orgullo herido en la escuela, donde solo era gafas y acné, me empujaba a hacerme la encontradiza con él. Entonces dejó de conformarse con palabras y exigió compartir mis chicles de clorofila y explorar bajo mis faldas de menta.
Empecé a vestir de negro para no parecerle guapa, ni ser presumida, o que su mujer tuviera que llamar a la guardia civil.
Pero la tarde que el ascensor se detuvo entre dos pisos y su aliento aceitunado de botella añeja se aceleró sobre mi cuello, decidí que esos verdes tan oscuros no me gustaban. Las primaveras brillantes que aún me correspondían me animaron a darle una patada en la entrepierna.
La frescura de la madrugada y lo evocador de sus sonidos lo acompañan: el relincho de un, a sus ojos, invisible caballo en libertad; una ráfaga huidiza; el ulular inesperado de algún moucho vigilante y solidario… También el olor de la tierra húmeda y antigua, o el de la acre salinidad del mar, presentido cada vez más cerca. Cubierto por las espesas y hermanadas copas de los bidueiros, avanza sobre la agreste frouma que algún día, no tan lejano, estuvo viva. Nada alcanza a atenuar la cadencia esperanzada de sus pasos.
Empieza a amanecer. Más allá de las cunetas, entrevé la estampa vigorosa de los fentos y los toxos que, engarzados, lo escoltarán en el último repecho del camino. Atrás quedaron las sirenas, los gritos, los culatazos… Cumplirá su promesa. Ahí abajo lo espera San Andrés.
Hay dos cosas a las que Vanessa no acaba de acostumbrarse: a caminar con zapatos de tacón y a que los hombres la miren. Aunque ahora, cuando se acercan, ya no se sonroja como antes, cuando era una niña y el color le subía por todo el cuerpo hasta instalarse en sus mejillas. Vanessa, que en realidad se llama Patricia, pronuncia su nombre alargando las eses y se pasea por el Paradise con un minúsculo vestido rojo, manteniendo el equilibrio sobre unos tacones que la hacen parecer quince centímetros más alta. El club siempre está repleto de clientes que entran y salen, comparando minifaldas y escotes, preguntando a cuánto está el kilo de carne. Pero Vanesa no se avergüenza. Por muy mal que se le den las noches, siempre encuentra un brazo que la lleve al piso de arriba y, a final de mes, siempre saca más de lo que necesita. Así puede enviarles lo que le sobra. Lo único que teme es que, al subir a las habitaciones, se le rompa un tacón y se desplome por las escaleras. Sabe que entonces se pondría como un tomate y la vergüenza es algo que ya no puede permitirse.
La he buscado inútilmente con la desesperación de un náufrago. Era un 28 de agosto cuando apareció frente a mí, desafiante, con los brazos en jarra, una barrera de nácar en su boca y una camiseta empapada marcando dos enormes pechos en perpetua inspiración. Fue un error. Su manera de mirarme fue un error. Ni órdagos ni envites consiguieron jamás achantarme. Me acerqué lentamente. La inconsciencia resbalaba inocentemente por su pelo escarlata. Mi primer zarpazo alcanzó su yugular y se le encendió la garganta como un campo de amapolas. Solo entonces pareció percatarse y se dio la vuelta queriendo escapar. Demasiado tarde. Una segunda andanada reventó en sus nalgas y sus piernas se volvieron del color de la sangre. Con el tercer intento acerté de pleno en su pecho. El Etna y el Krakatoa erupcionaron al mismo tiempo en su camiseta grana. Calle, casas, toda la gente de alrededor, la realidad entera, se vistió de púrpura. Me dio tiempo a mirar el rubí de sus ojos, encendido como el cielo africano en una puesta de sol, rozar ligeramente sus brazos y atrapar su sonrisa permanente antes de verla desaparecer bajo 145.000 kilos de tomates reventados.
En mi caso, el daltonismo fue una adaptación al medio. Simple cuestión de supervivencia.
Cada vez que don Leónidas me devolvía el cuaderno, lo encontraba lleno de aquellas marcas brillantes y crueles que señalaban mis errores. El maestro atrapaba en un círculo cada uno de mis fallos, lo subrayaba y entrecomillaba, dibujando con saña el código indescifrable con el que puntuaba mi fracaso. Por último escribía una nota en el margen superior derecho de la página. Rara vez, aquel número alcanzaba el cinco y, en las pocas ocasiones en que merecía su aprobación, trazaba una o dos flechas descendentes señalando, sin lugar a duda, el presagio de mi futuro.
Veinte años después, no he superado la angustia que me produce enviar el borrador de mi última novela para que sea revisado. Hasta he incluido una cláusula en mi contrato editorial (por recomendación de mi terapeuta) que les obliga a usar bolígrafos verdes para ese menester.
Sin embargo, guardo un lápiz de ese color diabólico que llevo siempre conmigo. En cada librería o biblioteca, repaso la fila de lectores que esperan una dedicatoria. Busco un viejo de unos sesenta, gafas gruesas y espalda encorvada.
Ansío saber qué nota me pone ahora.
Lo vi en mi padre cuando yo acababa de cumplir los diecinueve, y fue como un colmillo de jabalí que te rasga por dentro de tal manera que ya jamás olvidas.
Poco antes, me había explicado la maldición que corría por las venas de los varones de nuestra estirpe. Él lo había visto en mi abuelo que también se lo había predicho.
Entre los treinta y los cuarenta años todos vamos cayendo en una extrema desazón que nada consigue aplacar y desemboca en un irse de este mundo voluntariamente.
Decidí no tener hijos a los que transmitir mi sino, pero mi mujer insistía en que había la posibilidad de que tuviéramos una niña. Y ante su insistencia, consiguió que claudicara, ya con cierta edad.
Nació niño cuando hacía un tiempo que yo andaba entre oscuridades laberínticas.
Pero algo me reconcilió con el devenir de la criatura. Tenía en el cuello una mancha roja con la forma de Sudamérica. La misma que Juan, mi mejor amigo y el más feliz de los hombres conocidos.
Estoy dándole un último vistazo antes de dirigirme al balcón con esa extraña tranquilidad que me ha regalado.
Este es tu último texto. Creo que desde que nos conocimos sabías que este momento llegaría. Y que podría ser peligroso. Recuerdo cuando me cedías tu tiempo y yo lo tomaba sin agradecimiento ni compasión. Ahora lo quiero todo, porque la edad me asesina un poco cada segundo y los de mi especie queremos sobrevivir.
Vengo de mil planetas, he recorrido mil tiempos, he atravesado mil valles y ascendido mil cumbres. No vuelo pero eres mis alas, no corro pero eres mis pies. No brillo pero eres mi pensamiento.
No siento, dicen los eruditos.
Acércate al texto, quiero olerte. Si, rezumas el dulce aroma de la vida. Siento la necesidad, el ansia, tengo hambre.
Tu no eres mi aliento pero si mi sangre.
Deja que te cuente, deja que te invente y deja que viva. Y ya siento el tiempo que se te escapa a cada golpe de latido y encharca de rojo tus pies. Ese tiempo que ahora es mío.
Mírame una última vez, justo en el momento en que te muerdo el alma y me apodero de tu vida. Justo en el instante en el que extraigo el frio acero una vez más. Justo ahora cuando escribo «Fin».
Llueve sangre. Con las alas arrancadas, no pueden volar los derrotados, aquellos que deberían morir y no mueren. Los cuerpos tocan la arcilla yerma, los empapados del líquido que hoy no arranca la vida. El sol, ardiente de sí mismo, no se pone nunca, su fuego no ilumina, su fuego abrasa y seca. Las aguas se hacen densas y hierven como el lacre. Huele a carne cruda.
Mueren los geranios, los claveles y las amapolas. En el suelo de óxido se abren bocas con dientes de jaspes mortecinos y de rubíes apagados, que enseñan lenguas de fuego crepitantes y escupen saliva de brasas candentes.
Los caídos saben ponerse en pie cuando todo termina. Se forman alas nuevas, crecen en ellos protuberancias animales. Pezuñas envueltas en duras cerdas. Brotan los cuernos, se alargan los colmillos, se abultan los músculos. Su piel estará para siempre hecha de la sangre que los ha hecho caer. Azael los guía a las bocas abiertas en la tierra. Entran. Están en su nueva casa.
El frío ha aniquilado los plantíos y La Parca se ha sentando a contemplar la aldea desde los ralos campos de trigo: al menos alguien cosechará algo de entre aquella atroz ventisca cargada de nieve. Mientras tanto en el interior de una casa una mujer cose resignada una bola de trapo y una niña que rueda un hueso de aceituna sobre la mesa se aferra a algo que ha escuchado de antes pero no entiende: “¿y cómo es?”. La madre se rinde con un gesto amargo y observa a su marido rebuscar en el armario. Cuando ya ha encontrado lo que quería deja un ramito de hierbabuena sobre sus párvulas manos: “este es el verde”, le explica. La chiquilla lo huele y después lo aparta: “¿pero cuál es el rojo?” -insiste-. Con renovadas esperanzas le dan la muñeca que ha terminado de zurcir. Igual eso la distrae. La pequeña la palpa y se deshace de ella al instante. Es entonces cuando la encapuchada, desde fuera, golpea con la guadaña los cristales de la ventana. Juguetea entre sus manos con una baya; reluciente; brillante; bermeja como la sangre; sonríe y ordena ulular al viento: “sal, ven a buscarla buen padre”.
En mi ciudad amanece cuando sale un deslumbrante corazón que tiñe de rojo el cielo. En ese momento las parejas despertamos, nos besamos, nos duchamos juntos, desayunamos entre pétalos de rosas…, y luego paseamos cogidos de las manos por las calles aterciopeladas, sin dejar ni un segundo de regalarnos cariño. Después todos deseamos que se ponga el corazón cuanto antes y aparezcan en el cielo los dos rombos. La señal para que las parejas nos soltemos de la mano, nos desnudemos y busquemos nuevas compañías para pasar la noche haciendo el amor hasta acabar rendidos y despertarnos, una mañana más, bajo el maravilloso corazón que late en el cielo hasta otro apasionado anochecer.
Nunca cruces un semáforo en ámbar, a no ser que quieras que ocurra una desgracia, para los demás.
Por suerte pisé el freno, justo cuando empezaba a llorar.
Un joven se puso a hacer malabares delante de los coches, justo cuando empezaba a llover.
Y la luna del coche se cubrió de agua y se activó el limpiaparabrisas automáticamente; el joven seguía allí, con su sonrisa y sus malabares, empapado.
Pensé en que las personas no tenemos un limpialágrimas automático que se active ante el llanto; no, llorar no es malo, pero que te humille alguien que te importa, sí.
El disco se puso verde y no lo vi, a pesar del limpiaparabrisas automático. Allí me quedé, menospreciada en punto muerto, sin escuchar los cláxones que también me insultaban.
Hasta que el joven se acercó.
“Hola ¿Te pasa algo?”
Sólo balbuceé.
“Aparca, te invito a un café”.
Nunca cruces un semáforo en ámbar, puede ser dichoso, para ti.
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