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Cuando la piel de muchos de los habitantes de La Esperanza comenzó a tomar un tono verde fluorescente, la pequeña, deprimida y olvidada población se convirtió en centro de atención de todo el mundo.
Miles de estudios, especulaciones y teorías de la conspiración concluyeron que la razón era la extraña mutación de un gen responsable de la pigmentación de la piel, aunque nadie fue capaz de dar una explicación a por qué solo afectaba a los habitantes autóctonos de aquella localidad.
Aquel suceso significó el resurgir de un pueblo sin futuro, condenado a la desaparición. Los visitantes comenzaron a llegar en tropel atraídos por el misterio y la curiosidad, la economía se reactivó y la curva demográfica invirtió su devastadora tendencia.
Un grupo de prestigiosos biólogos ha consensuado que lo sucedido en La Esperanza debe considerarse como el primer caso de respuesta genética humana, de carácter evolutivo, forzada por la necesidad de adaptación a los cambios socio-económicos del mundo actual.
Mentiría si dijera que lo desprecio.
Sería una traición a la libreta en la que anotabas tus cuentas, a los montoncitos que reservabas para reponer los zapatos que se me quedaron pequeños, a los restos del puchero que transformabas en croquetas al día siguiente, a los pantalones con los bajos descosidos para aprovecharlos un año más, a la desazón de las cuestas de enero, a tus noches de insomnio repasando la factura de mis libros a principio de curso.
Sería una ingratitud hacia la magia del juguete deseado el día de Reyes, del prodigio de la bicicleta nueva, del milagro de unas vacaciones en la playa, de tu triunfo sobre una época en la que supliste la escasez con imaginación.
Sería un desaire al portento de tus manos de hada, que desteñían su color verde de tanto estirarlo para llegar a fin de mes.
Venían encerradas en unas mallas de plástico de un subidito color bermejo que te sugerían en el paladar sensaciones dulces y jugosas.
Otros aparecían envueltos en redes de nylon de un atrayente amarillo ambarino que te sumergían en un viaje gástrico y que comenzaba en las papilas gustativas hasta llegar al estómago.
Otras se alojaban en unas bolsas tipo rafia de un tono ocre siena. Las intuías de color pardo suave con toques dorados prontas para ser saboreadas al vapor o en tiras ahogadas en un ardiente aceite.
Una vez en casa, al tiempo que eran despojados de su disfraz y el efecto óptico se desvanecía, descubrías cuán prematuros estaban y la estafa en la que colaboraban, primero los recolectores y después los supermercados y tiendas… ¡Anda que no les faltaba a aquellas naranjas, limones y patatas, tiempo y sol para madurar!
El letrero derramaba su verde luz sobre la solitaria calle. Reparé en la ventanilla enrejada que se abría a un lado. Y con cierta timidez acerqué la cabeza a sus barrotes. ¡Buenas noches! Y a través de éstos pude ver como un señor adusto se acercó con ademán solemne hacia mí.
Tras explicar mi dolencia, aquel extraño farmacéutico me ofreció beber en una elegante copa que rechacé de inmediato. Llámenme suspicaz pero la serpiente que tenía enroscada no me daba ninguna confianza.
Me conformo con un ibuprofeno – espeté. Pero aquel hombre con pinta de dios griego (y no lo digo solo por la recia barba sino por que arrastraba una túnica blanca como sí al incorporarse de la cama se hubiera llevado consigo la sábana) visiblemente contrariado, echó mano de una vara de la que asomaba, sí, otra serpiente.
Huelga decir que tras ésto no dejé ni una sola gota de aquel brebaje. Sé que lo que les cuento es difícil de creer pero que me alcance un rayo del mismísimo Zeus si miento.
A mi madre le gustaba el verde. Quizás fuese por su viaje a las húmedas tierras del norte, desde la paramera de su infancia, siendo una mocita en edad de merecer. De este viaje me hablaba mucho en las largas noches de invierno, trasplantada ya a la ciudad de interior de donde no volvería a salir. En aquellas semanas de gloria conoció las verdes pomaradas que habitaron sus pupilas para siempre. En las tardes de lectura y confidencias, mientras el sol reposaba su oreja en los tejados, sus ojos adquirían un tornasolado verde musgo que titilaba de emoción recordando su amor de aquel verano. Él era uno de aquellos cíclopes que horadaban las entrañas de la tierra. Su silueta contrastaba con el brillo de los prados, cuando emergía llamado por el ulular de las sirenas. Así hasta el día aciago en que Gea cobró su tributo de sangre. No lo supe hasta mucho tiempo después, siendo ya adulto; su nombre permanecía aún en su memoria cuando solo era ya una esponja de sílice llena de galerías.
Aparta la vista del microscopio y se frota los ojos vencido por el cansancio. El número de bebés muertos alcanza cifras preocupantes y hace mucho que ha avisado de que esta epidemia podría suponer el fin de la especie humana. El gobierno, interesado en no alarmar a la sociedad, sostiene que si la civilización ha evolucionado hasta el punto de eliminar prácticamente todas las enfermedades, superar una más solo será cuestión de tiempo. Y sin embargo, los datos demuestran todo lo contrario, en pocas semanas los efectos van a resultar devastadores. Las glándulas humedecen la piel verde del científico, como las gotas de sudor que resbalan por la frente de los humanos cuando están nerviosos. Teme que el virus deje a sus descendientes sin alimentos.
Todos mis ancestros trasmeranos, por generaciones, agacharon el espinazo, día tras día, segando en los prados de la costa el verde para el ganado. Los mis predecesores merachos y pasiegos hicieron lo mismo pero la abrupta orografía les obligaba a arrastrar sobre sus hombros el peso de los coloños de hierba verde atrapados a belorta allí donde la recogida no era posible ni a rueda ni a corzón. Y arrastraron peñas arriba sus ganados y a caballo sus cahizos hasta los pastos verdes de sus cabañas de altura de los portillos del Pas o del Pisueña.
Siempre miraban al suelo verde de las riberas del Merilla, del Miera o del Aguanaz preocupados por el aspecto del trébol, del llantén o la acedera para rumio de sus vacas o el de las hojas verdes de los salces, los zarzales y espinos que crecen entre las garmas de los montes para el ramoneo de sus ovejas. Solo miraban al cielo de Cabarga o Porra-Colina para predecir la lluvia, la surada o la cellisca.
Creo yo que, gracias a ellos, los de mi generación, libres de las penas del pan, somos los primeros que pueden, por encima de ese verde, admirar el paisaje.
Podría ser verde esperanza, pero la tarde pintaba amarillo como mi rostro, después de caer en un vacío inesperado, que no desconocido. Si pudiera mezclarlo con el azul del cielo, un verde aguamarina se abriría ante tus ojos, porque los míos, añejos y cansados, no distinguen los matices desde el día en que caí en el fango del pantano, camuflado bajo grandes hojas cuajadas de moho.
Inmóvil y en silencio, recelo del futuro.
Si las bolas de cristal fueran verdes,estaríamos tumbados sobre la hierba del prado, sin embargo, aquí seguimos, suspendidos de la nada, y me aflige tanto esta visión, que acierto a abrir la puerta, quiero huir de estos espectros, parásitos de mi mente.
Mis pies hacen crujir los guijarros escondidos bajo el follaje que la clorofila abandonó hace meses, o tal vez es mi alma la que chirría.
Me zarandeas con firmeza y con dulzura me calmas. Otra pesadilla, me dices besando mi pelo enmarañado.
Mis ojos llenos de lágrimas apenas pueden distinguir el verde oliva de los tuyos.
Tú también has envejecido, te digo entre hipidos y risa.
El olor a menta procedente de tu pecho nos envuelve en un sopor que hace retornar el sueño.
Explicar los colores a tu hijo es todo un ejercicio de creatividad. Intento que sea divertido, porque está comprobado que así todo se aprende antes.
Siento a mi niño en su silla y la acerco a la mesa. La mesa es azul, siempre comenzamos con este color. Como el azul del cielo, le digo, y pregunta si mamá es también azul. Cambio rápidamente de color y acerco a sus manos la pelota roja. Roja, como los tomates de la ensalada, y ríe, porque no le gustan. Pasamos al amarillo, como el peluche que le ayuda a coger el sueño. Y como el sol, afirmo. Toca el verde, y recuerdo cabizbajo el vestido que llevaba ella, que acabó rasgado y ensangrentado, y recuerdo el coche volcado, y al bebé inconsciente…
Me busca con sus manos y palpa mi cara hasta encontrar esas lágrimas que intuye, pero que no puede ver.
Te amé desde la noche de los tiempos.
Te amé desde el instante en que te vi.
Y siempre fui un estallido de husos y huesos enamorados, pero tú, tan iceberg, jamás me regalaste una mirada.
Sin embargo, esta mañana, un rayo de fortuna llenó de luz mi vida, y mi corazón bailó entre electrones cuando te acercaste.
Y después me rozaste, y me acariciaste, y…
Y mi muerte ha sido un mínimo precio a pagar, ante el privilegio de haberte conocido.
Ante el privilegio de haberte sentido.
Y ahora mi alma vuela feliz hacia prados infinitos, mientras tú, mi adorada mantis hembra, continúas devorando mi cabeza.
El diagnóstico fue claro: sus dificultades para interactuar en sociedad constituían un serio trastorno psicológico. Maldije al destino. Mi mujer miraba hacia el suelo con inquietud cuando detectó un trébol de cuatro hojas en el jardín de la clínica. Dijo convencida que aquella planta era una variación prodigiosa, que al existir solo una entre diez mil sería portadora de buena suerte, como nuestro hijo.
Contratamos a los mejores especialistas. Intentar corregir las carencias del niño supuso un desembolso prohibitivo, pero no menos que su microscopio electrónico y la costosa formación para que desarrollase las habilidades con las que, en contraste, despuntaba de forma increíble.
Durante un tiempo me pregunté cómo podíamos afrontar tantos gastos. No era suficiente que yo estuviese todo el día en las calles, a la búsqueda de clientes que apagaran la luz verde del taxi.
Esta noche, años después, durante la entrega del Nobel por sus descubrimientos contra el cáncer, no sé de quién me siento más orgulloso, si de él y su superación, o de la fe y sacrificios de la madre. Nunca hablamos de aquellos discretos servicios suyos a domicilio, íntimos y tan bien pagados. Ella agradece mi silencio.
Se lo había prometido. Cuando se curase de su enfermedad y sus ojos pudiesen ver más allá de las batas verdes de los médicos y de su ridículo camisón, abierto por la espalda, la llevaría a sumergirse en los mágicos verdes que él ya conocía.
La subiría con cuidado en su globo de rayas y, bajo las nubes, viajarían los dos, acunados por el viento sur, hasta las suaves colinas de verdes profundos, sobre los campos roturados y recién sembrados de plantones enanos.
Planearían después junto a las cascadas que bañaban las laderas musgosas, sobre los brotes nuevos de los prados y, más allá, tras los manzanos tiernos y los viejos olivos de hojas verde plata, aterrizarían en la laguna de las mil algas, donde él se refugiaba de niño.
No llegó a cumplir su promesa. Ella salió del hospital para viajar a su tumba.
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