Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

95. INFANCIAS (M.Carme Marí)

El pequeño Joshua incluso anhelaba que la señora Muttery le regañara tras las sábanas tendidas. Esos segundos los disfrutaba al pensar que nadie lo distinguía, sabía que allí era igual a los demás. No ocurría así en la escuela del pueblo, donde siempre ocupaba la última mesa, apartada en el rincón (y su madre aún podía dar gracias por ello).

Seguro que observaban la escena desde el extremo del patio y estarían viendo su silueta, intentando adivinar a quién reñía la mujer del doctor esa vez. En el autobús escolar, en cambio, no había dudas: él era quien se quedaba de pie junto a la puerta trasera.

Un día la reprimenda de Muttery, junto a los habituales reproches, le quiso mostrar que sus juegos entre la ropa secándose al sol también le costaban dinero:

-…¡Tendré que volver a frotarlo todo! ¡Y además gastaré más lejía para blanquear los tejidos!…

Una idea fue tomando forma en su cabeza. Ya ha ejecutado parte del plan. Hoy lo finalizará. Al volver de las clases, Joshua se sumergirá en el enorme barreño de hacer la colada llenándolo hasta arriba con las botellas de lejía que ha ido apartando las últimas semanas.

94. El último pensamiento del sargento Juan Soler

Noviembre. 1938. Observen a ese sargento que está a punto de ser ajusticiado contra un muro.  Con esa dignidad propia de los vencidos, mantiene la mirada fija en el muchacho que va a dispararle. Deja su mente en blanco. En sus ojos, bajo el recuerdo de todos los hombres que mató en la última batalla cuando aún no sabía que sería la última, encuentra una imagen de su infancia: su madre, cantando en la era mientras tiende la colada.

Giren ahora la vista ciento ochenta grados. El que apunta es un soldado raso de apenas diecisiete años. Fíjense en el temblor anárquico de su mano derecha y en cómo escudriña los ojos del ajusticiado. Ya saben lo que está viendo. Lo que no saben es que el muchacho reconoce en la madre del sargento a la suya propia. La naturaleza siempre, inexorablemente, acaba encontrando nuestro punto más débil. Es por eso que solo cuando esquiva la mirada del hombre, consigue apretar el gatillo.

Luego se acerca al muerto. Con la misma mano derecha, le cierra los ojos. Aunque sabe que ya nunca dejará de ver esa era. Ese vaivén cadencioso de las sábanas. Nunca dejará de ver a esa madre.

93. DEMASIADO TARDE

Te gustaba lavar la ropa a mano. Hoy he atascado el tambor de la lavadora intencionadamente, con la esperanza de que regreses a la tierra que de ti heredé, a la casa con sombras que solo pueden refrescarse con el perfume intenso de la colada. Pero la terquedad del sol seca con rapidez los buenos recuerdos y solo me trae los de tus riñas para que no me comiese el jabón y de cuando, desoyendo tus palabras ,con 18 años, pasé de las pastillas de lavanda a otras, que terminaron por mezclar el aroma limpio de tu amor y paciencia ,con el ácido de tus lágrimas ,hasta que debilitada y triste, dejaste de lavar mi ropa y mis tormentas para siempre.

92. La balanza

Acercarme a la acequia Favara me estaba prohibido, pero era donde estaban los descampados para jugar al fútbol. Vino a caerse la pelota ese día en un pequeño ramal lleno de tarquín; puse un pie a cada lado y al volver metí toda una pata dentro. Luego, lavando el calcetín la corriente se lo llevó. Llegar así a casa, en pantalón corto, era como hacerlo sin una pierna. Madre se percató enseguida y no supe mentir. Ella dice que lo hizo de puro miedo. Me colocó sobre sus rodillas y me puso el culo bueno. Solo paró cuando Paco le sujetó el brazo y le dijo calmadamente que ya estaba bien.

Ya irá para un año que desde mi habitación escuché lo que me imaginaba. Sabía que mi hermano había venido otra vez a pedirle dinero; salí corriendo y esta vez le detuve yo a él uno de sus aguijoneados brazos. Demasiado tarde, demasiada sangre.

Ahora, cuando voy a visitarles en sus distintos e indeseados espacios, lo hago el mismo día para que los recuerdos me equilibren como a una sábana blanca tendida al sol de algún verano más o menos feliz.

91. Madrastra (Esther Cuesta)

Las enormes sábanas de la cama grande, antaño tan amada, ondean de nuevo al sol cual velas de bajel pirata. Se le antoja navegar en él y alejarse con el viento, pero se siente preso, atado al palo mayor en espera del castigo y observa el balanceo de los trapos como piratas que se mofan a su costa. El niño las recorre con la mirada, desdibujada por los finos ríos que emanan de sus ojos, con la certeza de lo predecible; su último acto de rebeldía antes de que lo pasen por el tablón. Restriega sus manos con fuerza por el suelo embarrado y las pasea por las telas inmaculadas dejando las huellas de su paso.

La mujer avanza con paso firme, retorciéndose las manos en un gesto contenido. “Ahí viene”, se dice el niño, “bruja obsesionada con la blancura”. La mujer lo arrastra detrás de las telas y él sabe que esta vez cumplirá su amenaza: lo mandará al internado y lo alejará de su hechizado padre.

Aguanta la bronca con la cabeza alta; prefiere a los tiburones.

90. Silencioso -Calamanda Nevado-

Lo primero que pedí a Los Reyes con el dinero de la comunión fue una funda nórdica y como por arte de magia  van suspendiéndose  mis meadas en la cama,  nuestro médico de familia me lo aconsejó en secreto.  Mamá no volvió a mentármelas y dejó de hacer de las suyas. Pero hay más. Se me escapa decir que  está revolucionada con  su nuevo novio; lo clasificaría como uno que coge cogorzas y no  distingue dos triángulos semejantes; es extranjero y por mi experiencia  apunta a durarle  menos que papá.

Es muy de agradecer que la lleve a bailar pasodobles, le compre flores,  y se avenga a lo que ella dice;  yo vuelvo a ser su ojito derecho y no tiene la mano dispuesta a alcanzarme si  chuto a las sábanas.

El tema  es que quiero ser futbolista y llega caído del cielo.    Al principio de instalarse en casa juguetee con Mario Bros online, para no dar el peñazo. Las consecuencias fueron  dolores de estómago. Siento un impulso irresistible  de cambiarlo y traigo entre manos   un buen repertorio  de   actividades para  enseñarle a ser deportista, ya veremos.

Nuestro médico nunca le  chivará esto a mamá,  lo jura,   ni otras cosas.

89. ¡Ding dong! (Manuel Menéndez)

Todos se han ido al entierro de la abuela. Todos menos yo, claro. Papá dice que soy todavía muy pequeño e impresionable. Mientras espero que vuelvan contemplo cómo ondean en el jardín las sábanas que colgó hace dos días, sin saber que nunca llegaría a recogerlas. Aún me parece ver su figura encorvada, señalándome mientras me acusaba, con voz chillona, de que el abuelo se había ido al cielo por mi culpa. Me gritó que sabía que había estado jugando con sus píldoras y que se lo iba a contar a todo el mundo, para que me llevaran a una cárcel para niños malos, como yo. Permanecí en silencio, fingiendo arrepentimiento al tiempo que contemplaba su pelo blanco, su dedo huesudo y sus verrugas. Decidí que, si aquellas pastillas habían conseguido llevar al abuelo hasta el cielo, también servirían para que, esa misma noche, la bruja volviera volando al infierno. Seguro que la habrán recibido con esa canción de “El Mago de Oz” que tantas veces me obligó a escuchar: “Ding dong, the witch is dead

88. Efecto mariposa (Mónica Rei)

Mamá y Nené están en la huerta y, como Nené es imposible y no para, mamá no puede con él. Aunque están detrás de una sábana y no los veo clarito, hago sus dibujos en mi cabeza y los reconozco muy bien. Pero mamá se enfada cada vez más y según grita la figura de Nené se va viendo peor. A principio es como una sombra china, de esas que nos hace papá por las noches con la lamparita de noche, si está de buenas. Pero luego, cuando mamá levanta más y más la voz, Nené se emborrona como cuando uso la goma mala en la libreta y ya no lo sé reconocer. Me empieza a doler la barriga, ¿A Nené le falta una pierna?

87. Sombras del pasado (relato fuera de concurso)

Aquel agosto murió huérfano de golondrinas y de amores pasajeros. Encerrado en el desván quemé mis naves. La vieja Underwood escupía sobre el papel blanco una caravana de letras que avanzaban como hormigas en busca de alimento. Solo salía por las noches para coger aire; y para ir al cine de verano que montaban unos mercachifles ambulantes acampados en la alameda. Había que llevar la silla y al terminar la película, dos niñas con coletas y churretes en la cara, pasaban sus sombreros de fieltro para recoger unas monedas. Me gustaba llegar pronto, mientras montaban el proyector y tensaban la tela entre dos árboles robustos. Veía sus sombras al trasluz. Iban de un lado a otro, a veces discutían. Agitaban las manos con la misma vehemencia de mi madre no hace tanto, cuando venteaba mis sábanas al frescor de la mañana. Cuando sacudía su índice acusica contra mí en medio del tendal, para recordarme que los trapos sucios se lavaban en casa. Pero no podía evitarlo, ni siquiera después de que desapareciera mi padre. También pesaba demasiado aquella omertá de miradas huidizas, de silencios forzados. Solo la verdad, escrita entonces en aquellas cuartillas clandestinas, contuvo mis esfínteres.

86. Entre sábanas

A mamá no le gusta que los vecinos la miren; por eso, cuando me tiene que reñir, me lleva detrás de las sábanas que hay colgadas en el jardín. Yo creo que es una tontería porque, aunque no la vean, sí escuchan sus gritos. Lo sé porque los días que me toca regañina, María, la lechera, me da un dulce cuando nos trae la leche.

Si las sábanas están secas, me las hace colgar igualmente antes de reñirme; si llueve, no las descuelga, por si se enfada más tarde. Una vez las escondí debajo de mi colchón y, cuando madre me arrastró al jardín, allí estaban preparadas.

Pero hace una semana pasó algo extraño. Aquel día no fui yo, sino papá, al que madre reñía. Gritaba muchísimo. Padre desapareció aquella noche, y no ha vuelto a casa. Cuando mamá me lleva al pueblo, los vecinos cuchichean. Hablan de papá y de “líos de sábanas”. Eso haré yo. La próxima vez que me riña, me haré un lío con la sábana y desapareceré, como hizo él. Ya no quiero más broncas. Estoy cansado. Además, María, que se habrá asustado por los gritos, hace una semana que no viene a traerme dulces.

85. La vida en lino y algodón

Tras las sábanas tendidas al sol, se dibujaba la ira de mi madre, mientras Manuela asistía divertida a la consecuencia de nuestras escapadas. Yo mantenía estoicamente el tipo, sabiéndola escondida, encaramada a nuestro árbol; y dejaba resbalar impertérrito los castigos, pues su compañía salvaje y vital me compensaba de cualquier cosa.
Delante de los mismos lienzos blancos, prendidos sobre los cordeles que ataron nuestros anhelos, se estamparon las sombras chinescas de nuestros primeros besos de juventud. Una promesa de amor eterno grabada en sus ojos y en el tronco donde ya dormían nuestros juegos.
Solo cuando alcancé a rozar sus sueños, sobre el hilo níveo de nuestra cama, supe lo que era sentir su alma para siempre. Y nuestros cuerpos se fundieron mil veces en esa verdad a gritos. Y el tiempo nos rindió a la madurez.
Nadie está preparado. Nunca. La muerte dejó caer la losa frente a mis pies y el velo de la noche más cruel tapó su rostro con aquella sábana helada. Solo ha quedado mi fantasma. Y mi hija. Y la ausencia de reprimendas de una madre, que hoy vuelven a mi memoria.

84. Vuela (Juan Antonio Vázquez)

Los veranos en el pueblo eran aburridos. A aquella montaña donde mis abuelos tenían su masía –apartada de todo– deberían haberla llamado Tedio. Mi madre se esforzaba en complacer nuestros ratos de asueto entre idas y venidas y cada tarde, aprovechando que el sol desfallecía hacia el horizonte por detrás del campanario abandonado arrojando su luz a nuestra espalda, tendía una sábana e improvisaba un teatro. Allí dejábamos de ser nosotros y nos transformábamos en sombras: la de un príncipe, un monstruo, la de un mosquetero despistado… Recuerdo un día que mi hermano irrumpió en nuestro juego representando una horda de vikingos que arrasaron la campiña donde nuestra hermana y yo simulábamos ser expedicionarios en busca del Dorado. De nada sirvió gritar. Huimos despavoridos colina abajo entretanto aquellos bárbaros marchaban destruyendo chozas imaginarias que momentos antes no estaban jactándose de avanzar a tierra quemada. El disgusto y la preocupación de mis padres cuando cayó la noche y no nos encontraban contrastaba con el semblante risueño de mi yaya: que sonreía y esperaba. Al día siguiente, mientras todo el vecindario buscaba, alzó sus temblorosas manos arrugadas hacia el embozo y proyectando una maravillosa águila chinesca nos trajo de vuelta a casa.

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