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Recibe una solicitud para socorrer a un escritor con “Síndrome-de-mente-en-blanco”. Activa el Protocolo de Asistencia a Domicilio y parte inmediatamente llevando consigo todo lo necesario. Al llegar, lo encuentra con los ojos en blanco, tirado sobre un montón de folios arrugados. Es normal.
Rápidamente le prepara una pócima con altas dosis de intriga, venganza, pasión, muerte, amor, odio. De todo. Su efecto es inmediato y el escritor sale disparado cual rabo de nube, en busca de historias.
Ella lo sigue de cerca. Sobrevuelan Valencia. Allí las historias por contar son como fuego fatuo que se desprende de las paredes e iluminan toda la ciudad.
Sin embargo, él continúa hacia el puerto. “¿Habré equivocado las dosis?”, duda la Musa. Entonces él se detiene. Ha visto algo. Los ojos rojos, la mirada envenenada y fija, sugieren una catarsis, una urgencia inexplicable. Justo lo que se necesita para escribir, piensa ella, sabiendo puede marcharse. Él ya no la necesita.
Mientras se aleja, reflexiona sobre esa imagen que acaba de ver reflejada en las pupilas del escritor: los pies desnudos de una joven sentada en el embarcadero del puerto.
Nada de particular, de no ser porque en el embarcadero, no había ninguna joven.
Dicen que el 70 % de nuestro cuerpo es agua. El 30 % restante, huesos, vísceras, grasas. Dicen que solo utilizamos un 10 % del cerebro. Las rubias menos, dicen. Hay 7 mujeres por cada hombre, dicen, y él me fue a elegir a mí. A la rubia: 90, 60, 90. Un cuerpo 10, dicen. Y yo, me derrito por él y me entrego al 100 %. 70 % agua. Toda humedad. Y me paseo desnuda por esta mansión de lujo a la que solo podría acceder el 1 % de la población, esa población que acumula el 99 % de la riqueza mundial, mientras mi cuerpo perfecto se derrite al sol, como si fuese un reloj daltoniano, y millones de personas sueñan conmigo, con poseer aunque solo fuese el 3 % de mí. Puta, dicen. Tonta, dicen. Y yo solo deseo zambullirme en la piscina, ser agua, 100 % agua, como en ese anuncio de coches, y dejarme llevar en un descapotable rojo al fin del mundo, como una rubia cualquiera. Porque solo los tontos son felices, dicen, porque si no acabaría por evaporarme al sol, dejando, en el césped, un 30 % de huesos, vísceras, grasas.
Todo el mundo fuma en las estaciones de autobús y en los coches aparcados en las veredas cuando esperas a que lluevan sapos. La acción de los vientos podría elevar un gran número de ellos, reunidos en un lago, cerca de donde tú estés, y transportarlos dentro de una nube con forma de gato, para lanzarlos sobre tipos con fotos de niños en el salpicadero y lápices de Ikea en la guantera. Quizás salga dejando la puerta abierta mientras suena “Hit the Road Jack” interpretada por Ray Charles, y dando pequeños saltos en cuclillas, a través del camino, me aleje poco a poco trazando una línea recta.
Ya no recuerdo ni tu cara, ni tu pelo, ni tu sonrisa; el tiempo hizo una bola de papel arrugada, perdida en algún pantalón, el billete de ida a Madrid. Te miré, solo una vez, cuando el humo salía de tus pulmones, elevándose; perdiéndose para siempre en mi memoria la maravilla de tu mirada.
Pues así están las cosas. Tuve fama, tuve dinero, tuve amor, y pasado el tiempo, la fama me olvidó, el dinero me abandonó, y el amor….¡Ay el amor!. Si hubiera sabido como retenerlo, no estaría mirando por última vez el reflejo de mis pies en este oscuro lago.
C.B.
PD. Dirigido al staff del hotel: Dispongan de mis objetos personales como vean oportuno.
Salt Lake City
8 de Julio del 2018
Empezar por los pies, me recomendabas de pequeña, cuando me negaba a meterme en el Cantábrico. Vas entrando de a poco, aclimatándote. Pero ahora no hay olas, y en cambio, una enorme superficie de agua plana y silenciosa se extiende bajo mis plantas descalzas, que cuelgan sin tocarla.
Sé que estoy soñando. Jamás he usado la tobillera que adorna mi pie izquierdo. Sin embargo, no me animo a estirar el empeine y hundir los dedos porque temo volver a experimentar ese frío que sentí cuando marchaste.
Ahora, he conseguido confinar el frío en mi pecho y ya no me envuelve entera. La sicóloga dice que debo transitar el duelo. Y tal vez el duelo sea esta extensión inabarcable de agua.
Empezar por los pies, me repito. Y comienzo a caminar. Mis plantas se hielan al contacto con el agua, pero no se hunden. Tenías razón. Se van aclimatando. Ya puedo mirar tu llavero colgado en la entrada sin llorar, y contestar a Juanma cuando pregunta por ti.
Que si algún día lo llevaré a pescar, dice. Como hacía el abuelo. Y yo me hundo hasta las rodillas para irme aclimatando, antes de prometerle que en un tiempo, seguro que sí.
Nunca he sentido más vértigo que el día que me dejé convencer para tirarme al agua. De cabeza, me dijeron. Sin miedo.
Es lo que tiene lanzarse al mar sin saber nadar. El esfuerzo ridículo de las primeras brazadas sin control, el cursillo acelerado a base de ahogadillas, el orgullo de remontar una ola que creía insalvable para descubrir que detrás viene otra aún mayor.
La angustia de hundirme hasta casi tocar fondo. El terror de sentir los pulmones llenarse hasta el límite y escupir lágrimas cargadas de salitre. Reunir el coraje para salir a flote, coger una bocanada de aire que me permita resistir un poco más.
Aún sigo en el agua, haciendo piruetas imposibles en la rompiente. Esperando a que alguien se asome a este embarcadero, aprovechar para subir a tierra firme y secar al sol el reguero de las tormentas sobre mi piel.
Planeando cómo ganarme su confianza, inyectarle el gusanillo del desafío y, en un descuido, darle el empujoncito que necesita para tomar el relevo.
Esos no son mis pies. Están pegados a mis piernas, pero no son míos. Los míos caminan por la playa tras de ti, siguiendo una linterna que nos hace señales. Estos otros cuelgan a dos palmos del agua, pensando si sería mejor resbalar y desaparecer en la negrura de un mar insensible. Mis pies andan rápido. Los tuyos se hunden en la arena. No quieres que nadie nos quite el sitio y cargas con nuestro hijo en brazos. Has pagado. Se han quedado con todo el dinero y me has pedido que les deje usar mi cuerpo para que pueda venir el niño también.
Cierra los ojos, mi vida. Estaré bien.
Esos no son mis pies. Los míos, mojados y fríos, suben a la barca. Que no llore, has dicho poniéndolo en mi regazo. Sus piececitos y los míos temblando juntos. Huérfanos de tierra.
No, no son míos. Mis pies habrían calmado su llanto, habrían luchado cuando alguien lo arrancó de mí. Tú habrías luchado también. Pero tuvimos miedo.
Ya no llora.
Esos no son mis pies, ya no. Los míos saltaron al agua inútilmente. Y los suyos, pequeños, blandos. Silenciosos.
Cierra los ojos, mi vida. Estarás bien.
Piensas que me estoy yendo, así, dando pasitos con estos pies que tanto te gustan.
Pies que me apoyan, firmes, a los que les gusta caminar siempre descalzos, pies todoterreno.
Temes que me vaya; me imaginas siempre a tu lado, porque estos pasos seguros sirven para orientar tu vida también.
Tu andar es torpe, tropiezas y así no avanzas. No te das cuenta de que tus pies, como los míos, pueden saltar y esquivar cualquier obstáculo; eliges enfadarte y dar patadas.
Tus piedras me alcanzan y yo, con tanto dolor, dejo de encontrar el sentido.
Mientras, tú intentas sortear la rabia porque sabes que me estoy yendo y no quieres verme marchar, sabes que me estoy yendo y para evitarlo tienes que cambiar, que necesitas mis pasos para caminar.
Si lo consigues, tal vez me quede.
Nos entendemos. Vamos a nuestro antojo y me comprende. Sabe que me gusta llegar al final del embarcadero, sentarme en los tablones, asomar los pies desnudos y mover el culo. Entonces se frota contra mí, me adormilo y al despertarme aún jadea. Después me trata como una niña; quiere besarme, deslizar su mano debajo de mi falda para hacerme reír, y avisar con voz acelerada si viene alguien. Nos llevamos bien el aire.
Soñaba con una lámpara rosa y unos geranios blancos, y con cara inocente me hizo entrar en el comedor y subirme al balcón. Ahí estaban las macetas, agigantadas por las sombras rosas de la lámpara, y el vértigo.
Cuando se levante de siesta, al anochecer, nos divertiremos en la bahía; es su cumpleaños. Lo celebra por primera vez. No quiere que le regale, pero voy a darle una foto de mis pies con el mar de suelo; se correrá. También le cantaré cumpleaños feliz en caló y echaremos un baile gitano. Dará varazos para escribir dentro de un corazón grande su nombre y el mío en mi espalda; terminaremos tumbándonos en la arena.
Pasaros; y si rebuznáis, miráis, limpiáis, tocáis el tambor, o jadeáis; será flipante.
¡Miroooness!
Hay historias del fin del mundo que describen cómo olas de veintisiete metros tragan grandes buques y devuelven a la orilla tesoros hundidos.
Al lanzar la piedra sobre las aguas, rebotó tres veces y se hundió. Me pregunto si esas ondas que se extienden cruzadas sobre la superficie serán olas descomunales para los zapateros de agua, para las libélulas que pululan siempre entretenidas. Se superponen como una melodía líquida de caricias en la piel, dulces y sinuosas como los labios que deseé besar cuando nos divertíamos en baños compartidos. Son las mismas que un día accidental de verano nos separaron para dejar un gusto desabrido de vacío y alga. Me sorprende que algunas ondas sean tan difíciles de traspasar, tan obstinadas como esas piedras que tiras al lago, que yo devuelvo siempre y tú nunca ves.
Recuerdo tu beso húmedo en la punta de mis labios. Y recuerdo también el frescor de los pies mojados, chapoteando en el agua… No sé porqué pienso en esto justo ahora y justo aquí: a 20 días de casa y a 189 días de la estación espacial. ¿Me habré precipitado? Sé que no: si me asomo a la ventana de la nave veo un mar de oscuridad como el del estanque y me siento como en casa. Y el silencio me envuelve como un océano suave que me acaricia el corazón.
Hace tiempo que no me sentía así de bien. Contigo los silencios cada vez eran más largos, cada vez más fríos; como un orvallo de soledad y tristeza que calaba, lenta y persistentemente, hasta los huesos.
Aquí arriba sólo faltas tú aunque no creo que te eche de menos. Si eso pasa me bastará con pensar que aunque esté en marte sólo estoy a tres minutos luz (siempre luz) de ti.
Mientras me ahogaba, reclamado por la corriente que se encrespaba junto al molino, los acordes de la muñeira y la algarabía del campo de la fiesta seguían llegando hasta mis oídos. Tras la última bocanada pude verla, cómo se deslizaba sobre la superficie, abriéndose paso entre la bruma que había brotado a causa del calor excesivo de aquel veinticinco de julio.
Con todo el cuerpo sumergido, con los pulmones repletos de líquido y a punto de estallar, me encomendé a la yema de mis dedos para que alcanzasen la punta de sus pies, que permanecían suspendidos como único salvavidas a una cuarta escasa del agua.
No supe cómo me arrastró hasta la orilla, cuando, extenuado sobre el lodo, me despertó el croar de las ranas, lamentando no haber valorado las advertencias de mi madre respecto al peligro de bañarme solo en las aguas traicioneras del molino.
Aunque pasó el tiempo, nunca he olvidado, por eso, mientras en la aldea celebran el Santiago, yo regreso hasta el lugar en donde debí haber muerto. Lo hago por si ella aparece, para agradecerle que me salvase, y para devolverle la pulsera de tobillo que se quedó enredada entre mis dedos.
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