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Lo primero que pedí a Los Reyes con el dinero de la comunión fue una funda nórdica y como por arte de magia van suspendiéndose mis meadas en la cama, nuestro médico de familia me lo aconsejó en secreto. Mamá no volvió a mentármelas y dejó de hacer de las suyas. Pero hay más. Se me escapa decir que está revolucionada con su nuevo novio; lo clasificaría como uno que coge cogorzas y no distingue dos triángulos semejantes; es extranjero y por mi experiencia apunta a durarle menos que papá.
Es muy de agradecer que la lleve a bailar pasodobles, le compre flores, y se avenga a lo que ella dice; yo vuelvo a ser su ojito derecho y no tiene la mano dispuesta a alcanzarme si chuto a las sábanas.
El tema es que quiero ser futbolista y llega caído del cielo. Al principio de instalarse en casa juguetee con Mario Bros online, para no dar el peñazo. Las consecuencias fueron dolores de estómago. Siento un impulso irresistible de cambiarlo y traigo entre manos un buen repertorio de actividades para enseñarle a ser deportista, ya veremos.
Nuestro médico nunca le chivará esto a mamá, lo jura, ni otras cosas.
Todos se han ido al entierro de la abuela. Todos menos yo, claro. Papá dice que soy todavía muy pequeño e impresionable. Mientras espero que vuelvan contemplo cómo ondean en el jardín las sábanas que colgó hace dos días, sin saber que nunca llegaría a recogerlas. Aún me parece ver su figura encorvada, señalándome mientras me acusaba, con voz chillona, de que el abuelo se había ido al cielo por mi culpa. Me gritó que sabía que había estado jugando con sus píldoras y que se lo iba a contar a todo el mundo, para que me llevaran a una cárcel para niños malos, como yo. Permanecí en silencio, fingiendo arrepentimiento al tiempo que contemplaba su pelo blanco, su dedo huesudo y sus verrugas. Decidí que, si aquellas pastillas habían conseguido llevar al abuelo hasta el cielo, también servirían para que, esa misma noche, la bruja volviera volando al infierno. Seguro que la habrán recibido con esa canción de “El Mago de Oz” que tantas veces me obligó a escuchar: “Ding dong, the witch is dead”
Mamá y Nené están en la huerta y, como Nené es imposible y no para, mamá no puede con él. Aunque están detrás de una sábana y no los veo clarito, hago sus dibujos en mi cabeza y los reconozco muy bien. Pero mamá se enfada cada vez más y según grita la figura de Nené se va viendo peor. A principio es como una sombra china, de esas que nos hace papá por las noches con la lamparita de noche, si está de buenas. Pero luego, cuando mamá levanta más y más la voz, Nené se emborrona como cuando uso la goma mala en la libreta y ya no lo sé reconocer. Me empieza a doler la barriga, ¿A Nené le falta una pierna?
Aquel agosto murió huérfano de golondrinas y de amores pasajeros. Encerrado en el desván quemé mis naves. La vieja Underwood escupía sobre el papel blanco una caravana de letras que avanzaban como hormigas en busca de alimento. Solo salía por las noches para coger aire; y para ir al cine de verano que montaban unos mercachifles ambulantes acampados en la alameda. Había que llevar la silla y al terminar la película, dos niñas con coletas y churretes en la cara, pasaban sus sombreros de fieltro para recoger unas monedas. Me gustaba llegar pronto, mientras montaban el proyector y tensaban la tela entre dos árboles robustos. Veía sus sombras al trasluz. Iban de un lado a otro, a veces discutían. Agitaban las manos con la misma vehemencia de mi madre no hace tanto, cuando venteaba mis sábanas al frescor de la mañana. Cuando sacudía su índice acusica contra mí en medio del tendal, para recordarme que los trapos sucios se lavaban en casa. Pero no podía evitarlo, ni siquiera después de que desapareciera mi padre. También pesaba demasiado aquella omertá de miradas huidizas, de silencios forzados. Solo la verdad, escrita entonces en aquellas cuartillas clandestinas, contuvo mis esfínteres.
A mamá no le gusta que los vecinos la miren; por eso, cuando me tiene que reñir, me lleva detrás de las sábanas que hay colgadas en el jardín. Yo creo que es una tontería porque, aunque no la vean, sí escuchan sus gritos. Lo sé porque los días que me toca regañina, María, la lechera, me da un dulce cuando nos trae la leche.
Si las sábanas están secas, me las hace colgar igualmente antes de reñirme; si llueve, no las descuelga, por si se enfada más tarde. Una vez las escondí debajo de mi colchón y, cuando madre me arrastró al jardín, allí estaban preparadas.
Pero hace una semana pasó algo extraño. Aquel día no fui yo, sino papá, al que madre reñía. Gritaba muchísimo. Padre desapareció aquella noche, y no ha vuelto a casa. Cuando mamá me lleva al pueblo, los vecinos cuchichean. Hablan de papá y de “líos de sábanas”. Eso haré yo. La próxima vez que me riña, me haré un lío con la sábana y desapareceré, como hizo él. Ya no quiero más broncas. Estoy cansado. Además, María, que se habrá asustado por los gritos, hace una semana que no viene a traerme dulces.
Tras las sábanas tendidas al sol, se dibujaba la ira de mi madre, mientras Manuela asistía divertida a la consecuencia de nuestras escapadas. Yo mantenía estoicamente el tipo, sabiéndola escondida, encaramada a nuestro árbol; y dejaba resbalar impertérrito los castigos, pues su compañía salvaje y vital me compensaba de cualquier cosa.
Delante de los mismos lienzos blancos, prendidos sobre los cordeles que ataron nuestros anhelos, se estamparon las sombras chinescas de nuestros primeros besos de juventud. Una promesa de amor eterno grabada en sus ojos y en el tronco donde ya dormían nuestros juegos.
Solo cuando alcancé a rozar sus sueños, sobre el hilo níveo de nuestra cama, supe lo que era sentir su alma para siempre. Y nuestros cuerpos se fundieron mil veces en esa verdad a gritos. Y el tiempo nos rindió a la madurez.
Nadie está preparado. Nunca. La muerte dejó caer la losa frente a mis pies y el velo de la noche más cruel tapó su rostro con aquella sábana helada. Solo ha quedado mi fantasma. Y mi hija. Y la ausencia de reprimendas de una madre, que hoy vuelven a mi memoria.
Los veranos en el pueblo eran aburridos. A aquella montaña donde mis abuelos tenían su masía –apartada de todo– deberían haberla llamado Tedio. Mi madre se esforzaba en complacer nuestros ratos de asueto entre idas y venidas y cada tarde, aprovechando que el sol desfallecía hacia el horizonte por detrás del campanario abandonado arrojando su luz a nuestra espalda, tendía una sábana e improvisaba un teatro. Allí dejábamos de ser nosotros y nos transformábamos en sombras: la de un príncipe, un monstruo, la de un mosquetero despistado… Recuerdo un día que mi hermano irrumpió en nuestro juego representando una horda de vikingos que arrasaron la campiña donde nuestra hermana y yo simulábamos ser expedicionarios en busca del Dorado. De nada sirvió gritar. Huimos despavoridos colina abajo entretanto aquellos bárbaros marchaban destruyendo chozas imaginarias que momentos antes no estaban jactándose de avanzar a tierra quemada. El disgusto y la preocupación de mis padres cuando cayó la noche y no nos encontraban contrastaba con el semblante risueño de mi yaya: que sonreía y esperaba. Al día siguiente, mientras todo el vecindario buscaba, alzó sus temblorosas manos arrugadas hacia el embozo y proyectando una maravillosa águila chinesca nos trajo de vuelta a casa.
No conocíamos el mar.
Pero cuando el viento inflaba las velas del bajel, levábamos anclas y navegábamos rumbo al horizonte. Si tú gritabas “al abordaje”, yo blandía una espada con alma de cartón, dispuesto a seguirte. Y al final de la tarde, cuando la colada estaba seca, arriábamos la mayor y fondeábamos en la bahía de nuestros sueños.
Los días de lluvia, corríamos por las playas de una isla desierta, enterrando besos como tesoros. Trazábamos el mapa de nuestras pieles con caricias inventadas y jurábamos con sangre no revelar el secreto.
No conocíamos el mar.
Ni sabíamos que existían amores prohibidos.
Hasta que una mañana, el viento sopló del este. Los ingleses subieron a bordo, ebrios de razones. Reían y bebían mientras nos empujaban a caminar por la tabla. Tú te volviste a mirarme. Yo cerré los ojos mientras saltabas. Cuando llegó mi turno, sentí los corales afilados mordiendo mi pierna.
Solo y herido, regresé a tierra arrastrándome. No pude explicar lo ocurrido. Juegos de niños, dijeron. Y tendieron un silencio blanco de sábanas.
Aún no conozco el mar. Pero continuaré izando esa bandera, surcaré sueños en tu nombre y el chasquido de mi pierna gritará: “¡Barco a la vista!”.
Lo mejor del pueblo era el tío Mariano. Aunque nadie me creyera, era mi tío favorito. Al verano siguiente yo ya sería mayor y dejamos de jugar, pero juntos vivimos días mágicos.
Desde muy niño jugaba con él en el desván entre cacharros viejos, maletas desgastadas y arañas. Nunca me dio miedo, pero mi madre nos pilló y me prohibió volver a subir. Yo le dije que solo jugábamos y contábamos historias, pero no me creyó.
Entonces descubrí el jardín, la huerta, el camino hasta el río… y el tío Mariano me enseñó a cazar lagartijas, buscar caracoles… Y aprendí que no debía contárselo a los mayores.
En casa nadie le nombraba sin santiguarse. Una pena lo de aquellas fiebres siendo tan pequeño e inocente, decía siempre mamá y volvía a santiguarse.
Yo no lo entendía. Yo también he tenido fiebre y nadie lo recordaba todo el tiempo. Pero lo que peor me sentaba es que solo me castigasen a mi. Si rompíamos algo, cuando nos caímos al río… Siempre, menos cuando manchamos las sábanas tendidas al sol. Entonces fue la abuela la que riñó al tío Mariano. Pero, una vez más, nadie me creyó.
A los pocos días de nacer lo envolvieron en una sábana perfumada de lavanda, antes de mostrarlo como un trofeo. Primero llegó Rosa. Auguró que a un chiquillo tan bien puesto, las muchachas de su añada en un tiempo se lo rifarían. Las demás vecinas lo mantearon entre risotadas húmedas y agasajos. Llegó del campo el padre del crío, las liebres a rastras, preñadas de perdigones. Las mujeres se asustaron, les dio apuro. Estrella, la última en hacerle carantoñas, se dejó caer la criatura de las manos. Rodó blando, peonza borracha. Hasta llegar a un canto del camino. El golpe seco de la cabeza en la piedra hizo cesar el canturreo del arroyo. El silencio se oyó bien lejos. De pronto el niño, como si nada, esbozó una mueca bobalicona, que les trajo a todos alivio. El nene creció orondo, rosado. Pero de mayor, sentado para siempre en el poyo de la casa, carecía de quehaceres y solo, con gesto babieca, seguía en su mirada de niño grande a las chicas que pasaban por su lado. No le devolvieron nunca las ojeadas de deseo ni se pelearon jamás entre ellas por arrancarle la ropa del cuerpo.
Manu me dice que tengo que eliminar el origen de mis miedos. Mudó su consulta, ¿sabes? Gana mucho dinero, pero a mí no me cobra.
Era tu favorito, digas lo que digas. Con la excusa de sus malas notas siempre estabas con él y a mí me ignorabas. Lo obligaste a dejar el fútbol, para que estudiara. Yo seguí, pero ni caso, nunca viste un partido ni me preguntaste cómo me había ido. Siempre Manu, siempre con el dedo arriba, echándole el discurso.
¿Recuerdas la exposición? Yo representaba al colegio, estaba orgulloso, pero no fuiste. Ni miraste cuando te llevé los dibujos para elegir cuáles exponer. Dejaste de tender la ropa para decirle a Manu no sé qué. Manu siempre. A mí no me pegabas, como a él, y eso me hacía daño.
Cómo son las cosas: tres años llevo ya en esta parroquia y no has dejado de venir a verme. Sin embargo, a él ni una visita. Estoy hablando mucho, son los nervios. Hoy, por fin, voy a hacer lo que siempre me dice Manu. Antes te voy a dar la absolución.
—¡Ya te he dicho mil veces que no te queremos aquí!
—¿Por qué, señora? Sabe que puedo ser su hijo. Su nuevo hijo.
—Mi hijo murió. ¡Vete!
—Como quiera, señora, me iré. ¿Dónde le dejo los zapatos? Su esposo los acaba de ver y viene hacia aquí… corriendo. Creo que él se los regaló para su cumpleaños. El último que celebró con ustedes.
—Calla, engendro… ¡Y vete de aquí! ¡Déjanos en paz!
—Los llevaba puestos el día que desapareció. Pero no aparecieron cuando se encontró el cadáver, ¿cierto? ¿O quizás me equivoco, señora? ¡Ah, ya está aquí! Buenas tardes, papá.
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