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Mamá lo era todo para mí. Yo, sin embargo, desaparecí para ella la tarde en que Anita no supo nadar en el río. Con una obstinación ciega, mamá se empeñó en negar que mi hermana ya no volvería. Mantenía su cuarto como cuando estaba, con su ropa en el armario y sus muñecas sentadas con los bracitos abiertos esperando ternuras y custodiando la cama que mamá destapaba inútilmente cada noche para volver a cubrir al día siguiente con manos generosas en caricias. Nunca faltaban prendas de Anita en la colada puesta a secar al sol, por eso, una mañana quise ser mi hermana y tomé del cordel uno de sus vestidos. Cuando me presenté ante mamá con él puesto, recibí un inmediato e inapelable “quítate eso” junto con el reproche de su dedo acusador y acto seguido, sin darme tiempo a obedecerla, rompió a llorar por primera vez con una amargura infinita y me abrazó haciéndome sentir que volvía a existir para ella. Fue entonces cuando empezó a asumir la muerte de Anita y quizás también el momento en que yo descubrí mi vocación por el transformismo y este afán por ser reconocido y aceptado a través de él.
El cielo amanece azul. En esta tierra no se prodigan los días despejados y hay que aprovechar.
A primera hora lavas. Luego tiendes en las cuerdas, sobre la hierba, en los arbustos, en las ramas de los árboles. En cualquier lugar hasta que todo es un mar blanco.
Creo que así llevo dos mil generaciones.
¡Ay! Es como si escuchara ahora a mi padre: «Para nosotros una decisión así no es para una vida sino para la eternidad». Pero el amor no tiene pasado, por eso los enamorados almacenan esperanza. Cada instante carece de tiempo.
¡Qué feliz recuerdo es el momento en que el barquero se convirtió en mi esposo!
Ahora contemplo los lienzos blancos agitados por la brisa y no entiendo cómo pasaron de cobijar la intimidad de los amantes a convertirse en mortajas que ahogan las sombras. Es triste.
Ya viene. Agotado de bogar en el Estigio regresa mi compañero, aquel que fue mi vida, mi pasión.
Todos los días me trae los sudarios que le dejan los clientes y una bolsa de monedas que aquí sirven para poco. Entonces el rey cuenta los paños limpios, los almacena y queda satisfecho.
No puedo más.
-¡Caronte, tenemos que hablar!
Cuando el llanto del bebé rasga su sueño, María desabrocha el camisón y sus doloridos pechos amamantan al recién nacido, ahora silencioso. Siente las risas apagadas de los otros, jugando desde el alba por la casa. Las gemelas cuchichean escondidas en el armario del rellano y el vaivén del balancín sobre las tablas, delata a Luisito, refugiado como siempre en la buhardilla. Sonidos que se apagan al sentir sus pasos acercándose y saberse descubiertos.
– ¡Os encontraré! Grita divertida entre sus ires y venires, al compás de la nana que tararea sin descanso mientras limpia habitaciones cuajadas de juguetes esparcidos, prepara leche con galletas y tiende la ropita de sus hijos, primorosamente lavada.
Después, pegada al cristal, descubre a Sebas, el mayor, una eterna sombra bordada con hilo negro en la sábana en la que la vieja partera le envolvió sollozando “Se nos ha ido”.
Y mira hipnotizada aquel tendal, el maldito algodón blanco en el que la vida y la muerte se enredaron tantas veces, en el que quedaron su cordura y sus entrañas rotas, en el que viven sus hijos no engendrados, los engendrados no nacidos, los nacidos muertos.
Acaba el juego… ha localizado a sus cinco hijos.
Poco tiempo llevaba Mirentxu en la casa cuando, ante el continuo descontento de la señora con el resultado de las coladas, tuvo que comentarle lo de Aritz, el niño cojito de los vecinos. La cara que puso Palmira fue la de alguien que observa revolotear una mariposa del tamaño de un elefante. Y conforme la muchacha le siguió contando que el rapazuelo brincaba sobre su única pierna como si esta poseyera un potente resorte, enredándose entre las sábanas hasta conseguir desprenderlas de las pinzas, Palmira, mirándola de hito en hito, permanecía inmóvil; y diríase que en su boca se agolpaban y morían las palabras sin ser pronunciadas, como si ninguna de ellas fuera capaz de transmitir con rigor el asombro del que se hallaba presa. Lívida ante semejante noticia, no pudo impedir que el periódico resbalara de sus temblorosas manos. Mirentxu se agachó a recoger el ejemplar de la prensa local, en el que, abierto en la sección de “Casos sin resolver”, podía leerse: “Hoy, 10 de octubre, se cumplen 15 años de la desaparición de Aritz Olaizola, el niño de Lekuondo que nacido con una sola pierna…”
Un día de agosto, al regresar del río, mi hermano se escondió en su sombra. La mañana se desperezaba con desidia. Los caracoles trepaban por las columnas de hormigón de la acequia alta. El tren de las diez pasó a y diez. La ventana del patio fue abriendo lentamente su caudal de luz. Tras el desayuno, bajamos al río, a la playa escondida, y regresamos todos con la piel húmeda y brillante, menos Gabi, que tenía la piel oscura, como si siguiera al cobijo de los árboles frondosos del río. Tras comer con desgana esperando el momento del helado en el postre, jugaríamos con el balón en el pequeño jardín que hay detrás de la casa; madre nos regañaría por ensuciar la ropa tendida con un mal puntapié; los chicos estarían en la plaza esperándonos para ir a la higuera del tío Jacinto y después, con suerte saciados, saldríamos corriendo. Pero Gabi se escondió en su sombra, y jugamos con ella al escondite. La buscamos durante largo rato y la encontramos al fin, tendida en la hojarasca de los árboles. La pusimos a secar en una cuerda del jardín, para que no la diluyera el agua.
Vivir junto a una carretera te hace sentir que es el mundo, y no tú, lo que está de paso. En la inocencia de mis pocos años, incluso llegué a concebir la idea de que los vehículos viajaban sin origen ni destino, existiendo como universos en sí mismos, con lo que aquellas familias en sus utilitarios, los estridentes motocarros, los autobuses de línea, la caravana del circo, la vuelta ciclista…, habrían estado condenados a vagar sin pausa por siempre, trazando quizá órbitas caprichosas y arbitrarias sobre nuestra vieja casa.
La muerte era para mí por entonces un animalito reseco atropellado en el asfalto. El tiempo, algo comparable a un camión de heno, cuyo continuo revuelo de briznas dejado atrás nunca lograba mermar su carga. Y la guerra un convoy militar que pasó una mañana, y en el que circulaban camionetas donde a buen seguro iban encerrados, junto a mi pierna izquierda, mi padre y todas las personas que, según mamá, esta se había llevado.
La vida, sin embargo, era un concepto tan manifiesto como impreciso; algo capaz de conciliar sin paradojas que aquel niño expectante pudiera cruzar la mirada consigo mismo —aunque varias décadas después— pasando veloz en una motocicleta.
Aquel verano supo a castigo. Lo recuerdo, aunque ya nunca volvería a paladearlo con esa intensidad terrosa de calor en las mejillas y dientes apretujados. El nuevo sabor que vendría a sustituirlo sería peor: agua encharcada y metal fronterizo de sangre. Mamá ponía firmes a Roberto tras la sábana que le incriminaba, telón de escena y figura chinesca a un tiempo. Yo me mantenía al margen, muy quieto, pero mis ojos, aún con la intención de perseguir diminutas vidas ocultas en el césped, se desviaban de continuo a aquella estampa de brisa, blancura y pinzas. Luego, pasaba medio día rehuyéndole bajo el temperamental enfado de hermano mayor que siente que es injusto que él tampoco pueda salir con la bicicleta. He visto despertar amaneceres con los ojos húmedos, sumido en aquellos días pasados, recriminándome no darme cuenta, culpándome del tiempo desperdiciado que no se advierte hasta que es irrecuperable. Roberto tartamudeaba, entre la vergüenza y el miedo, justificando que los monstruos del día se le aparecían en el descanso nocturno. Yo no supe verlos y mamá no se los creyó. Todo era apacible y, sin embargo. Un día, apareció junto al arroyo; con una pedrada en la sien.
¿A quién quieres más, a papá o a mamá? La verdad es que nunca supe contestar a esa pregunta tan malvada.
No rememorar los primeros años de nuestra vida es un mecanismo necesario para liberar a la persona de la dependencia de los padres. El placer de la lactancia, los arrumacos, las risas, las noches en vela, la protección de sus brazos, los besos, el «ven aquí mi niño», los sábados de fútbol, la pesca de los domingos, los paseos en bicicleta. Si recordáramos esa época infantil, nunca podríamos volar solos ni llevarlos a la residencia.
Maldita memoria de sombras que olvida lo más importante y solo me trae sus burlas y humillaciones, como la vez que a los dieciséis años se rió de mí porque me había enamorado; o aquella otra, ya universitario, en la que me regañaba diciéndome que no me estaban dando estudios para casarme con la hija de un obrero.
Como no puedo pagar la residencia de los dos, hoy, cincuenta años después, he tenido que dar una respuesta.
-No, no te esfuerces. No trates de explicarte, jamás lo conseguirás. Por muchos lavados a la sábana, mi sombra creciente es imborrable.
Soy el fantasma que orbita en tu memoria con el zumbido del aguijón que me clavaste.
Sobre este lienzo, primero fue la pierna desmembrada, después mi cuerpo succionado en la incineradora.
(Este relato, está fuera de concurso.)
¡Es que no puedo más! Me tenéis tu hermano y tú todo el día lavando sábanas. ¡No tenéis consideración ninguna con vuestra madre!
Cuando esta noche vuelva tu hermano a jugar contigo, haz el favor de decirle que no se ensucie tanto, que desde que murió pongo todos los días una lavadora especial para él.
Éramos felices, repetía sin parar mi madre a sus amigas mientras los ojos se le empezaban a llenar de lágrimas; no lo entiendo, no puedo, repetía incrédula.
¿Felices, mamá?, ¿estás segura de que lo éramos? Tú lo eras y mucho, lo sé, estabas tan llena de luz, tan deslumbrada, que el resto del mundo te resultaba invisible, que no podías comprender que no hubiera alguien que no lo quisiera, que lo llegase a odiar o a temer tanto como yo lo hacía.
Sin embargo, desde que nos abandonó, todas las sombras que he ido perdiendo yo son tuyas, junto con las lágrimas y los silencios; y asumo que, tampoco ahora, con lo triste e irascible que estás, llegarás a entender o saber la razón última por la que estoy tan contenta.
Te amenaza la bruja con sus garras y ya no eres más que un gusano. La casa huele a manzanas agrias tras las puertas cerradas. Por las noches oyes las risotadas del banquete y el entrechocar de las copas; después, los pasos vacilantes, los jadeos y los gruñidos. Te levantas temprano para espiarlos, pero solo alcanzas a ver sus rabos de cerdo encaminándose al establo.
Te has prometido no esperar a que asome el vello en tu rostro. Te has ido ejercitando en el arte de los bebedizos. Esta mañana no te arrastras ante ella. Levantas una pata, agitas las plumas y ensayas tu primer vuelo.
Si los dioses elevan vientos favorables, abandonarás la isla para siempre.
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