Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
1
1
horas
2
0
minutos
5
2
Segundos
3
6
Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

94. The show mustn´t go on

Vivir es fácil si sabes cómo y, aunque el mundo no para de dar vueltas, yo sigo sintiendo vértigo cada día; no solo cuando subo al piso más alto del rascacielos donde ocupo un despacho heredado, sino también cuando bajo a la calle y piso un asfalto que se me antoja abrasador cada mañana.

Soy consciente de que esta zona de confort donde estoy instalado me mata, los gritos de auxilio retumban en mi cabeza y yo, siendo solo capaz de repetir el patrón marcado, envidio a aquellos incautos que siguieron sus impulsos y abandonaron sus deseos primarios basados en la riqueza, concediéndose la oportunidad de explorar aquello que les apasionaba por muy ingenuo y absurdo que fuera.

Y sí, así es como vago, cual payaso de feria; inhalando un oxígeno infectado con gas metano, enfundado en este ridículo uniforme firmado por Hermès y perfumado con Loewe. Musito mientras bebo a sorbos esta infusión de manzanilla, intentando que mis entrañas sean merecedoras de las tuyas, preguntándome si estas semillas que ingiero germinarán pronto en mi interior y me transportarán, por arte de magia, hacia la libertad donde habitas.

93. Intruso

Genaro había nacido payaso, con su traje de payaso, pero era un payaso defectuoso, sin sonrisa, inservible. No tenía espacio en aquella comunidad. Necesitaban un payaso, por supuesto, pero un payaso con pedigrí, que no enturbiara la pureza de la logia. Aquella mañana de frío invierno, poco antes del sínodo, acordaron disimular, disimular mucho y rezar a Dios para que no notara el regusto amargo del café.

92. Lo que me faltaba (Toribios)

Mira que soy pavo. Yo, vestido de estas trazas para divertir a niños que me odian. Sí, me odian, lo veo en sus miradas. Cuento un chiste, hago un juego de manos, y ellos me miran con desprecio. Y no me extraña, esas bestias huelen que siempre he detestado a las criaturas. Por eso me fui de casa, por no aguantar sus manos pegajosas y sus mocos, y los llantos de ella. Siempre lo mismo, que dónde has estado, que cuánto te han pagado hoy. Todos me decían “qué suerte has tenido, que encantadora familia”, pero yo solo quería que huir de allí, volver a recorrer mundo, como antes. Solo que, a veces uno tiene que buscar de comer en algún sitio y vendedores hay hasta debajo de las piedras. Y ahora este de la cámara, no puede uno ni tomar un café tranquilo en su rato de descanso. Y todavía publicará la foto, y hasta puede que se haga famosa y alguien se ponga algún día a escribir una historia sobre ella. Qué cosas pienso, este trabajo me debe estar reblandeciendo ya el cerebro. Pero pavo, eso sí, más que el de Acción de Gracias.

91. Lo demás ya es otra historia (Javier Palanca)

La norma era no hablar mientras se llevaba el traje de faena. Eso podía romper la magia interior que al ponértelo tenía que sentirse.

Así lo hicieron mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre. Y ahora lo hacia yo, la cuarta generación de mimos de la plaza del ayuntamiento, un buen lugar de paso.

Yo seguía un horario estricto y siempre desayunaba en el mismo sitio a la misma hora. Los clientes solíamos ser los mismos y como sabían que yo no hablaba, y estaban acostumbrados a mi vestimenta, no me hacían mísero caso.

Pero aquel día, al girarme desde la barra con la taza en la mano, te vi entrar y maldije la tradición. Era superior a mis fuerzas y no podía romperla.

Me hervía el cuerpo en una lucha interior desesperada y, cuando acabaste tu café con leche, salí detrás de ti mientras iba quitándome piezas una tras otra que caían sobre la acera como un reguero de formas y colores; hasta que te abordé tocándote el hombro izquierdo y al girarte te dije lo que bien recordarás a pesar del impacto.

 

90. Una mirada homicida (Rosy Val)

Entrar en la habitación, tenderte a su lado. Darle mil vueltas y no saber cómo decírselo.

Enciendes la lamparita, respiras y te creces…
«… pero tranquila, que mañana mismo empiezo a buscar… saldremos adelante…».

Apagar la luz. Darte la espalda. Esperar a que se duerma… deslizarte de la cama, lentamente.

 

Tras duras horas deambulando se topa con una cafetería. Frente a una taza de café —bien cargado, como su semblante—, mastica su desaliento, su fragilidad. De vez en cuando mira hacia la puerta, como el que espera a alguien. Pero eternos minutos le convencen que su tabla de salvación, la que le ayudará a encarar su fatalidad, a no sentirse más un bufón, un don nadie en esta aventura, está en su bolsillo…
Retorna con su infortunio a la calle.

 

En un callejón cualquiera, sin esquinas, sin visillos que te observen ni luces que te humillen, desoyes seis ojitos suplicándote; «no lo hagas». El brebaje vuela al cielo de tu boca. Tiembla el aire. El sudor empapela las paredes. Poco a poco tus venas se van llenando de niebla, una niebla menos dañosa que los ojos de tus pequeños mirándote, quizá mañana, como ella lo hizo anoche antes de dormirse.

89. LA BARRA DEL BAR ESTABA LLENA (Alberto Muñoz)

Los clientes, ajenos a lo que pasaba alrededor, tomaban algo y pensaban en sus cosas. Todos menos uno, un hombre, disfrazado de payaso, que miraba hacia atrás con expresión triste. Intenté abrirme un hueco para que el camarero pudiera verme. Le miraría a los ojos, sus preciosos ojos y sonreiría. Toqué suevamente el hombro del payaso para pedirle que corriese su banqueta un poquitín y me hiciese un hueco. Él se levantó y me ofreció su asiento. No acepté, pero apoyé una mano en el respaldo, igual que hacía él. No había nadie detrás de la barra. Su cara, a pesar del maquillaje me resultaba conocida. Sonrió y me di cuenta.

—Pero, no eras tú ayer el camarero.

Aunque él no lo sabía, era el motivo de mi presencia allí.

—Sí, pero han reducido personal. Me he disfrazado así, porque me enteré de que en el mercado, con motivo de la fiesta, buscan un animador que se encargue del puesto de pavos precocinados.

Un camarero se acercó a la chica.

—¿Qué desea?

—No, nada, estoy bien.

Acercó su mano a la del payaso y pensó:

“Tendrás tú que adivinar lo que deseo”.

88. Primogénito (Alberto Moreno)

Café sin azúcar. Hoy ha muerto padre. Si, son cosas que pasan, pero no sé qué será de nosotros ahora. Se han quedado todos como lelos, mirando cómo el león se vengaba del hambre y de los millones de latigazos. Y he tenido que ser yo, como siempre, el que buscara la red para devolver al animal a su jaula. Cerrar los ojos del viejo, recoger sus gafas, su reloj, limpiarlo todo, reembolsar el dinero de las entradas y dar la cara ante la gente. Siempre yo. Todo yo. Taquillero, domador, malabarista, limpiador, veterinario, psicólogo. Payaso.

Café frío, solo. En realidad, el día ha pasado igual que siempre: por la mañana limpiar mierda, ajustar gastos, reducir salarios, lidiar con los absurdos egos de escoria sin talento. Soportar a mis cuatro hermanos, tres cuñadas y siete sobrinos, a cual más inútil. Pagar toneladas de pienso para los bichos, kilos de maquillaje para los payasos, litros de ginebra para papá. Y por la tarde preparar la función: recordar el orden de las actuaciones, repartir todo el material, limpiar todas las butacas, encender todas las luces, revisar todas las jaulas…

Menos una.

87. Sonrisa de colores (Asunción Buendía)

En su mundo en blanco y negro, ella tenía una sonrisa de colores.

Desde hacía días anhelaba la llegada de la pausa en el absurdo trabajo de reparto de propaganda del circo. Con cierta ansiedad que no quería reconocer, se sentaba en la barra del café, mejor en el extremo izquierdo. Desde allí mientras calentaba sus manos alrededor de una humeante taza, volvía su cara hacía donde siempre se sentaba ella. Parecía tan joven. Casi siempre llegaba con sus compañeras de trabajo, las cajeras de los grandes almacenes de la esquina. Hoy estaba sola. Acarició por debajo del mostrador la entrada que había conseguido después de muchos ruegos y alguna que otra humillación del dueño. Ella estaba a punto de acabar su café, él aún no lo había probado.

Se levantó y como si interpretara su papel de triste payaso mudo posó el boleto en su mesa sin decir nada y sin nada decir, solo con el arcoíris pintando su rostro, la muchacha lo recogió.

 

86. Dinosaurios en extinción

No le sobraba mucho tiempo, pero el estómago rugía desesperado. Así no podía ir, necesitaba tiempo para calmarlo, aunque fuese solo con un café. “Probablemente, tampoco lo pasaré esta vez”, se dijo el hombre, elevando sus hombros y ocupando uno de los taburetes alineados que flanqueaban la extensa barra del bar. El líquido se deslizó por su garganta aliviando en parte la angustia ante un nuevo casting. “No era para un circo, ¡qué más quisiera!, ahora había que hacer anuncios o cualquier cosa que le permitiera comer algo y dormir bajo techado, pero la competencia era atroz; cualquier niñato se atrevía a hacer el payaso en televisión”. Ensimismado andaba en sus pensamientos y en alargar un poco más el momento, cuando oyó el grito de un niño a su espalda: ¡Mamá, mamá, un payaso! ¡Cuando sea mayor, yo también quiero ser un payaso!

No quiso hacerlo, más no pudo evitarlo. Giró su cabeza para mirar al niño con una mueca de dolor y pena. El niño, al verle la cara, se desternilló con fuerza igual que cuando lo hacía en el circo.

85. TRISTEZA CIEGA (Sara Lew)

El que está sentado a mi derecha lleva tiempo mirándome. Lo sé porque me arde la mejilla y me palpita la oreja. Los cuchicheos de la gente indican que llama mucho la atención. Antes, cuando me acerqué a la barra para pedir este imbebible café pastoso, me choqué con él. Me extrañó el tejido áspero y acartonado de sus ropas, que desprendían ese olor a alcanfor tan característico de lo largamente guardado. Quizás lleva puesto un traje antiguo, o uno de esos atuendos estrafalarios que usan en la ópera. O tal vez un disfraz, como el que guardaba el tío Bill en el arcón de la buhardilla desde su época de clown, y que el bellaco de Jimmy se ponía las noches que me quedaba a dormir en su casa. Sabía de mi terror por los payasos. Recuerdo la última vez que lo vi: la tela larga de rombos, los volantes almidonados del cuello y ese sombrerito ridículo que le caía sobre la cara blanqueada, que ya no era la de mi primo, sino una máscara con las cuencas vacías, que venía hacia mí exigiendo llenarlas.

Mientras remuevo el café, me siento observado por mis propios ojos.

84. IT (Manuel Menéndez)

La vida parece haberse detenido en Derry. Sentado en la barra del Black Spot apuro mi enésimo café del día, recordando con añoranza los tiempos en que forjé mi leyenda.
Sí, por increíble que parezca hoy al verme, hubo una época en que la sola mención del nombre de Pennywise helaba los corazones de las gentes del condado de Maine. Desde mi lóbrego reino subterráneo, mis dientes afilados y mis ojos inyectados en sangre colmaron de pesadillas la infancia de varias generaciones. Pese a las advertencias de sus aterrorizados padres siempre había un incauto cuyo barquito de papel acababa en mi alcantarilla, algún ingenuo que se dejaba atrapar por la magia de mis globos.
Los niños desaparecidos hicieron que Derry acaparara las portadas de los diarios en los años ochenta. Como una sangrienta paradoja, con las muertes yo proporcionaba vida a este pueblo. Hoy todo se ha perdido. La ciudad y yo hemos desteñido juntos. Ya ni aparezco por mi alcantarilla. Los chicos llevan años sin levantar la vista del móvil, nadie sabe construir barquitos de papel y solo los globos con forma de Bob Esponja seducen a los pequeños. Y yo puedo ser un asesino pero tengo mi dignidad.

83. Magia visceral

Las tripas de los gatos se van de vacaciones si se pegan a las ruedas de tu coche mientras conduces hasta la playa. Es triste, ¿no? Ahora estás aquí, y de pronto ¡plaf! Las patillas de tus gafas se desprenden de su montura y ensangrentadas se clavan en la alfombrilla del baño. En la radio suena “Do you believe in Magic?”, de The Loovin Spoonful. A ti te encanta esa canción. Pero ya no es lo mismo. Tu perspectiva cambia radicalmente.
Desde pequeño fui como la sonrisa que esbozas sin ganas cuando un bebé te toca una pierna en el autobús, una mueca que desde el inicio está condenada a apagarse. Ya se ha ido cuando los músculos de tu cara están todavía tensos, tratando de mantenerse el tiempo que exige la cortesía.
Probé con todo para huir de la sombra. Fui misionero, organista, vendedor de seguros, trapecista y ahora payaso, sin resultado. La abominable certeza de que el mundo se desangra sobre mi cabeza explota ante mis ojos en los más pequeños detalles, mientras cruzo la autopista sin mirar a los lados.

Nuestras publicaciones