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Lo primero que hice al salir de la cárcel fue comprarme un traje de payaso. Odiaba aquel uniforme tan gris, tan triste, que tuve que vestir años y años. La noche la pasé en un cilindro, hueco, de hormigón. Espalda contra espalda, el hombre tubular olía a sobacos, peor que mi compañero de celda. No obstante, conseguí no desvelarme. Soñé con la ciudad; con decirle a la gente: «Estoy aquí por buena conducta, amigos».
En la perfumería me maquillaron de payaso. El espejillo me chivó que mi gesto continuaba dominado por la angustia.
Entré en un bar para degustar felicidad. Tuve que conformarme con un café. La gente, como antes, no hacía más que mirar el horizonte del televisor. Al arlequín, ni puñetero caso. «Aquí me tienen», grité, «Soy una bella persona». Y nada. Bueno, mi vecino de barra, un tipo tosco con gafas oscuras y cargado de hombros, torció la cabeza hacia la izquierda. Apuré el café, haciendo mucho, muchísimo ruido. La boca me sabía asquerosa. El chepudo cayó fulminado y la popular ni se inmutó. Un camarero tecleaba apurado en el móvil mientras yo esperaba tranquilamente a la policía. El mango de la cucharilla estaba lleno de sangre.
El café está frío. Como el pavo. Como las salchichas que vende el negro Sam en el puesto ambulante de la esquina. Así lo pone en su carromato destartalado, «prueba las salchichas del negro Sam, las mejores de todo Brooklyn». Y las vocea mientras se toca el paquete con su enorme mano de antiguo recolector de los campos de algodón. «¡Charly!», «¡Charly!», me llama cuando paso y el puesto está vacío, sin conocer mi nombre ni mi cara, con la familiaridad de quien abre un agujero en sus recuerdos. Sin saber siquiera si me gustan las salchichas. Entonces dibujo en mi cara una sonrisa alegre de payaso y me excuso con un gesto divertido que provoca en el negro una enorme risotada que me acompaña hasta la cafetería; que persiste entre el ruido de la loza y las comandas; que guarnece el insípido emparedado y endulza cada trago de un café cargado en exceso. Que me aísla, por así decirlo, de la indolencia de los demás clientes. Dejo sobre la barra los sesenta y nueve dimes que me separan de Actlantic Avenue. Todavía no llueve. «¡Charly!,¡Charly!», grita el negro. Y me acerco, ahora sí, a premiar de rodillas su entusiasmo.
Eran tiempos difíciles. También para Harry Stevenson, actor, aunque hacía tiempo que no pisaba un escenario. Sin embargo, podía decir que trabajaba en lo suyo. Bien temprano, se levantaba, se maquillaba, se vestía de clown o de guerrero del antifaz y se iba al encuentro de su objetivo del día para acompañarle durante toda la jornada. Sí, estaba contratado por El Cobrador del Frac –que tampoco es que se caracterizara por el rigor y la puntualidad en el pago de salarios– y su labor consistía en llamar la atención por su atuendo para avergonzar y presionar al moroso a quien seguía. En sus tediosas horas repasaba sus propias deudas: tres semanas de pensión, varias copas en el bar de Tom, las notas pendientes en distintas panaderías y supermercados del barrio… Y la manutención de su ex, que parecía haber desistido de seguir reclamándole. Cuando cobraba, apenas le llegaba para renovar los créditos más perentorios.
Hoy, mientras al lado de su señuelo, tomaba un café que dejaría a deber, Harry meditaba sobre si alguna vez podría verse en la misma situación. Se tranquilizaba pensando que iba irreconocible y que, con alguien similar al lado, nadie sabría nunca quién era quién.
Se aproximan las fiestas navideñas. El trabajo aumenta, aunque este año no hay demasiado. Por eso hay que hacer más kilómetros, a pesar de que la gasolina está más cara. Pero hay que vivir y cuidar los unos de los otros.
Llegamos a una ciudad con un gran descampado cerca. Que los niños puedan venir con sus padres a pie. En coche jamás se acercarían. Los ricos no vienen al circo. Si acaso lo compran, y después lo venden o lo dejan morir.
Mientras algunos colocan la carpa, otros vamos a la ciudad a por provisiones.
Hace frío. Me apetece un café caliente para alegrar mi existencia. La mayoría piensa que la vida del circo es todo luces y alborozo. Pero es triste vivir así: sin un hogar estable, toda la vida en la carretera.
A veces me gustaría ser una persona común: levantarme temprano, trabajar en una oficina, leer el periódico mientras tomo el café de media mañana…
Esa imagen me angustia. Ya no quiero ser normal. Vuelvo a verme entre los colores de la pista mientras el trapecio se balancea encima de nuestras cabezas.
Me bebo mi café y dejo el taburete vacío.
¡¡ Pasen y vean… !!
Me siento en la barra atestada del bar. Espero unos instantes a que alguien repare en mi indumentaria. Nadie se gira.
Esta tarde, en el viejo circo, medio desvencijado, que inspira más pena que alegría, he tenido una actuación pésima, espantosa, la peor de mis veinte años de profesión. Nadie se rio. Ni siquiera pude percibir una leve sonrisa. El público parecía hecho de cartón piedra. Me acerqué a ellos e incluso me atreví a tocar el brazo de un niño. Estaba extremadamente frío. Hice lo mismo con el resto de las personas situadas en la primera fila. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Todos estaban helados e inmóviles. Entonces, corrí, desesperado, buscando la salida.
Sigo tomando mi café. ¿Qué puedo hacer? Me duele mi respiración. ¿Y si me acusan a mí? Yo no soy responsable de su muerte… ¿o, tal vez, sí?
Tanto tiempo aguardando y, esta misma tarde, Hope me dijo que, mientras se tomaba un café en el Sweet tear, pudo ver como alguien colgaba un cartel, solicitando candidatos experimentados para una nueva empresa de gestión de cobros. Demasiados años pasaron desde mi último trabajo remunerado y, a mi edad, ya no me veía con fuerzas para intentarlo de nuevo. Fueron muchos los desengaños. Aun así, me obligué a acudir a la cita anunciada. Hope, también, había comentado lo extraño del horario, ya que los interesados deberíamos presentarnos en la cafetería a las tres y media de la madrugada y aguardar unos minutos la llegada de un representante de la empresa. Pensando en que podría ser lo adecuado, me vestí una vez más con el uniforme de The Sad clown, lo único que consiguió darme alguna alegría en estos últimos años, regalando sonrisas a los niños ingresados en el hospital, y me vine caminando.
Sentado ante la barra, cojo el abandonado pocillo que encuentro sobre el mostrador, extrañamente frío y aún manchado de carmín, y me pregunto por qué no habrá nadie en la cafetería. Solo me resta, entonces, aguardar esos minutos.
Sabe que para pasar desapercibido lo mejor es llamar la atención. Cierto que le miran al entrar en el bar, pero pronto se vuelve invisible. A nadie le asombra nada en esa ciudad.
Pide un café y espera. Aparece una mujer con problemas. Ella se siente mejor al transmitir sus inquietudes a un desconocido que sabe escuchar. Tiene ese don: todos confían en él sin importarles su atuendo. Hoy es payaso, otros días doctor, o policía.
Él también podría contar cosas, como la última vez que robó una cartera. Aunque lo hizo con limpieza su dueño se palpó el pecho de forma instintiva, luego empezó a sentirse mal y murió a sus pies. En la cartera había algo mejor que el dinero. Quiso entregársela a sus allegados, pero aquel infortunado no tenía parientes ni amigos.
Se despide con su sonrisa de arlequín triste, algo menos al imaginar el rostro de la mujer cuando descubra en el bolso una generosa cantidad, que costeará la operación que su hijo necesita.
El televisor recuerda que hoy se cumple una semana desde que la lotería entregó el mayor premio en la historia de EE. UU. Sigue sin conocerse al misterioso beneficiario del boleto ganador.
De este lado hace frío, siempre, aunque del otro la luz sea primaveral o tórrida. Acechamos envidiosos vuestro mundo y, aunque soléis asomaros al nuestro en soledad, sabemos que allá las manos a veces tiemblan al rozarse, los besos son húmedos y los abrazos ahuyentan el miedo. A veces una piedra, un disparo, un terremoto nos permiten escapar, dejando a uno de vosotros prisionero en las esquirlas de la frontera rota. Años de vigilancia nos permiten desenvolvernos con naturalidad −saludar al portero, atender a los clientes, compartir las noticias−, pero algo nos delata: un recuerdo de cristal en la voz, la inversión de la ligera asimetría del rostro. Algo que solo perciben quienes deberían querernos y que les provoca un rechazo instantáneo. Y así, condenados a la soledad en compañía, seguimos siendo lo que siempre hemos sido, el gélido reflejo de un ausente.
Cuando el hada madrina llegó al castillo y entró volando por la ventana en la habitación de la princesa, supo al momento lo que necesitaba aquella joven que dormía plácidamente.
Agitó su varita y ante ella apareció.
El enorme dragón se acercó a la cama donde yacía la princesa y con su cálido aliento acarició su mejilla.
La princesa , soñolienta, abrió los ojos perdiéndose en el verde intenso de esa mirada que la acechaba. Se incorporó, sonrió agradecida al hada madrina y alzó los brazos.
El dragón la asió con mimo entre sus garras, y en la ventana desplegó sus alas desapareciendo en el horizonte.
Fue un sueño cumplido. Cuando la traje a casa solo podía pensar en lo felices que seríamos. Adapté las comidas a sus necesidades y tiré la pared que comunicaba el baño con el dormitorio, para poder verla desde la cama. Volvía a casa corriendo cada día después del trabajo solo para verla, le cambiaba el agua con frecuencia, le leía mis cuentos y ella parecía feliz. Pasaron tranquilas las primeras semanas, pero pronto empezó a palidecer, su pelo se oscureció y ya no volvió a sonreír.
Ahora vengo a verla todos los días al acuario y solo nos besamos a través de un cristal, pero el brillo de sus ojos y el azul de su cola no pueden ser más intensos.
Los contempla con expectación pero con temor. Sabia que existían pero jamás los había visto.
Estaba prohibido, esa noche especialmente. Todo tiene que ser suceder en la oscuridad, en secreto,mientras duermen o lo fingen.
Se emociona con la novedad. Por fin podrá descubrirlos y contarlo. Debería ser un secreto, pero la ilusión le desborda.
Es la hora..Pasos silenciosos, observar sin ser visto, contar con la suerte y actuar.
Lo consigue .El corazón le desborda el pecho. Siente los latidos de la primera vez.
El jovencito deposita sus primeros regalos en la noche mágica. Ha sustituido al pobre rey ya anciano.
Los niños, esos seres que acaba de vislumbrar, sueñan plácidos, quizás con él, el de la corona más reluciente.
Es su primera misión y cuando regresa y sube sobre su camello se siente flotar, como un chiquillo.
A lo lejos la estrella sigue brillando.
Sentada en una rama de roble se entretiene limpiándose las alas con su varita. Desde su atalaya observa al muchacho. Lleva una cesta de setas con níscalos y rebozuelos junto a otras setas venenosas, cortinarios y amanitas ¿Qué extraño? ¿Cómo se habrá equivocado? se pregunta. Sin pensarlo, alza su varita y dispara un certero hechizo para liberar el cesto de la muerte.
Abstraído por la búsqueda, no repara en ella. Está ciego de preocupación. Al pueblo han llegado unos hombres que quieren probar la existencia de la hadas . Pero antes de salir de caza, han pedido cenar el suculento plato de setas típico de la región. Sin dudar se ha ofrecido para ir a buscarlas. Añadirá una pequeña dosis de las venenosas junto con las comestibles para que siga creciendo la leyenda de este lugar maldito. Esta noche cazaremos comentaban en la cena, lo conseguiremos decían mientras se dirigían al bosque sonriendo al muchacho.
Despertó aterrada en un diminuto frasco de cristal. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo podían verla aquellos hombres de ciudad si…? Pero al reparar en el muchacho comprendió. Sólo quién comía amanitas venenosas y sobrevivía, adquiría el don de verla brillar en la oscuridad del bosque.
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