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Ella no esperaba demasiado de aquel viaje para singles y dado su carácter, tampoco encontró mucha afinidad con sus compañeros de grupo. Impar entre los impares, se preguntaba qué demonios hacía allí, en mitad del desierto, visitando unas ruinas bajo el implacable sol de agosto. Explorando a su aire aquel inhóspito lugar, un objeto que brillaba entre las piedras de un muro derrumbado llamó tanto su atención, que lo escondió en la mochila. Se trataba, como dedujo ya en el hotel, de una vieja lámpara de aceite y al frotarla para darle lustre, un genio maravilloso escapó de su interior dispuesto a satisfacerla en tres deseos. Sorprendida primero y fascinada después por aquellos ojos portadores del misterio oriental de las mil y una noches, reconoció en aquel ser mágico al hombre de sus sueños y sólo le pidió una cosa: “Quiero pasar el resto de mi vida contigo”. Ahora viven juntos en su pequeño apartamento. Ella trabaja y él se ocupa de las tareas domésticas. Los sábados hacen juntos la compra y los domingos suelen comer paella. Aunque les cuesta llegar a fin de mes, son tan felices que no se ha atrevido a desear nada más.
Cuando Alaia no puede dormir, abre la puerta de su casa con mucho sigilo y sale al jardín. Allí sabe que le esperan sus amigos de la noche. Como ellos pertenecen al mundo de los sueños, durante el día tienen que hacerse las estatuas. Pero una vez que el sol lanza su último bostezo y la luz se desvanece, ellos se desperezan moviéndose alegremente bajo el influjo mágico de las estrellas. La ninfa de la fuente salta de su pedestal y va al encuentro del joven arquero que mora a los pies del sauce. La niña se les une y compiten entre ellos disparando flechas de humo a los agitados búhos que flanquean la puerta de entrada.
Hay momentos en que Alaia deja a sus compañeros de juegos boquiabiertos. La ven caminar con los brazos extendidos y un pie tras otro, cual avezada funambulista, sobre la estrecha e interminable barandilla de la terraza, suspendida a varios metros del suelo. Aunque su pequeño cuerpo oscile continuamente asomándose al vacío, nunca se cae.
Bajo la hiedra, una tinaja de barro guarda las cenizas de su abuela Andrea a la que no llegó a conocer.
La rebelión había comenzado en las faldas del Olimpo. Hefesto, el maltrecho y despreciado hijo de Hera, había reunido a Afrodita, Poseidón, Apolo, Hermes, Pan, Ares y Heracles, para derrocar al tirano Zeus y devolver la paz y la libertad al maltratado pueblo griego. Organizó cuidadosamente el golpe: Afrodita, con sus artes amatorias, seduciría a Zeus, Pan entretendría a la corte con una comida pantagruélica y Apolo prometería al pueblo un futuro mejor. A Ares le encargó atraer al ejército, a Hermes buscar ayuda económica, a Poseidón desatar una gran tormenta y un fuerte terremoto y a Heracles romper las puertas de la fortaleza.
Todo salió según lo previsto, Hefesto nombró un nuevo gobierno y presentó al pueblo a sus colaboradores. A Poseidón lo encargó de la defensa de la naturaleza, a Apolo lo nombró ministro para las artes, a Ares de la guerra, y a Hermes de economía. Pan tuvo que asegurase de que el pueblo no volviera a pasar hambre y Heracles fue nombrado jefe de las milicias.
Solo faltaba Afrodita, que no asistió a la última reunión, en la que se decidió expulsarla del Olimpo, por puta.
-Mamá, quiero verte, hace mucho que no me visitas.
Me tienen abandonada. Una señora uniformada, no muy agradable, ha entrado en mi habitación diciendo que iba a limpiarla, pero sé que ha sido una excusa. Desde que salió por la puerta no he vuelto a ver la medalla de Santa Gema que me regalaste de moza y siempre llevo conmigo.
-¿Cuándo llegas?, ¿dónde andas?
Hace un rato se ha marchado una chica amable, pero feúcha. Me estuvo dando conversación, no muy interesante, y dijo ser mi hija. Venía con un señor calvo y gordo, bastante serio, que no paraba de mirarme y no sabía qué decir. Empujaban un carrito.
-¿Te has olvidado de mí?, ¿ya no me quieres?
He preguntado a esa chica si te conocía, y la embustera me dijo que habías muerto hace años. Me ha hecho sentir intranquila y desorientada, pero al acercarme al carrito he notado tu energía. Dentro estabas tú, con tu sonrisa de siempre, con esa mirada con la que curas todos mis males. Con tu magia. Con tu paz. Con mi calma.
-Creo que ya lo he entendido. Prefieres que vaya yo a buscarte, ¿verdad?
Se oye un eco lejano, como un lamento colectivo susurrado por el viento:
Otra vez han encendido las hogueras, están acabando con nosotros.
El mismo eco que transmite este mensaje:
Si nos conocierais sabríais que nacemos para servir a la Luz, somos sus mejores alquimistas.
Nuestra habilidad es delicada, la unión del Cielo y la Tierra que logramos transformando los elementos más esenciales: agua de lluvia, aire, materia en descomposición, tierra y Luz del Sol, para elaborar un elixir exquisito, Vida que Nutre.
Eligiendo cuidadosamente cada hebra sintetizamos su color que os ofrecemos a través de nuestros productos, deliciosos frutos.
Rojo: ardor, pasión
Naranja: sabiduría
Amarillo: luz de vida
Verde: naturaleza y esplendor
Azul: carisma, comunicación y discernimiento
Añil: capacidad de trascender
Violeta: intuición y espiritualidad
Amamos este planeta y nuestra vida en él junto al resto de mortales,
Respiramos para vosotros,
Bendecimos vuestros paseos en nuestro Reino,
Observamos los ciclos naturales con respeto y admiración y
Labraremos y sembraremos, mientras estemos vivos, enriqueciendo a nuestra Madre Tierra
Lo ignoráis
¡Ojala lo supierais!
Alimentaos de Luz si queréis dejar atrás las tinieblas.
El viejo monasterio estaba rodeado por castaños centenarios; al dirigirme a la iglesia abacial me llamó la atención uno de ellos, más viejo, más grande, casi muerto; de sus ramas bajas colgaban objetos variados: pulseras de plástico de colores chillones, collares de cuentas, algunos dibujos que pretendían ser de algún santo, todo un cutrerío que me produjo cierto rechazo. En todo el recinto no se oía ruido alguno, ni el crujir de una hoja, ni el sonido de un pájaro, un silencio ensordecedor lo invadía todo. Estaba caminando por la galería cubierta del claustro cuando un escalofrío me recorrió la espalda. No insistí y me encaminé hacia la salida; en la puerta el encargado del recinto me preguntó por la visita; cuando le dije que había percibido unas extrañas vibraciones, mirándome por encima de sus gafas me contestó:
—No es usted la primera en comentarlo.
Al darse la vuelta para regresar a su caseta, del faldón de su americana creí ver asomar una cola bífida como la de las Arpías que había visto en los capiteles del claustro.
Como todas las noches sacudió la almohada con cuidado antes de aplastar el cogujón hasta la sábana bajera, un gesto repetido desde la infancia para mitigar su temor diario y secreto. Ni siquiera su mujer se había dado cuenta y él no tenía prisa por contárselo, para brindarle un argumento más que pudiera añadir a la retahíla de reproches cotidianos.
Quizá debería acudir a un especialista. Era plenamente consciente de su trastorno con un origen tan claro, el día de la caída de su primer diente. El desasosiego porque un roedor rondara tan cerca de su oreja se hacía ya insoportable y a su edad, sabedor de lo imaginario del ratoncito Pérez, la desazón muchas veces le impedía pegar ojo.
En un rincón del techo, oculta por una telaraña que la hacía invisible, una diminuta criatura lo observaba con tristeza a la espera de ser descubierta después de tantas décadas. Ni siquiera el abandono de su escondrijo revoloteando por la habitación, ni el brillo plateado de su cuerpecito de hada habían llamado la atención del ineficaz durmiente, que aferrado a su almohada era incapaz de levantar la vista y escucharla.
Ella era especial, toda ternura. ¿Se la imaginan? con esos ojitos achinados, su carita sonriente, su naricita pequeña, sus orejas de soplillo y esas manos regordetas de dedos cortos, que tanto me gusta acariciar.
Una gran parte de mi vida, ha estado esperando que me dieran un hijo en adopción (no me llegaba). Reclamación tras reclamación. por fin me llamaron, ofreciéndome un niño de esos, de los que casi no se adoptan «nadie los reclama». Mónica, era especial. Llevaba cuatro años viajando de orfanato en orfanato, no la acogía ninguna familia, era mucha la responsabilidad y poca la recompensa. Cuando por primera vez la vi, sentí ver el cielo en su mirada.
Cada mañana la llevo al colegio, adonde van esos niños, que son todo inocencia.Ella ha cambiado mi vida. Nos hemos vestido, para ir al circo, quiero que disfrute con la actuación de los payasos, también hay un mago, el clásico mago que saca un conejo de una chistera. Todos le aplauden, pero para mí, eso no es magia. Mágica es Mónica, mi hija.
En el principio de todo, odiaba la magia, pero os divertía el número del conejo y la chistera. Después me presionasteis para cambiar pescados por monedas y volvernos ricos. Por conciencia, curé enfermos, usé con vehemencia mis dotes para ayudar al prójimo. Ahora me invitan a fiestas a las que no quiero ir y me fustigan con entrevistas en horario de audiencia. Escogería el olvido, convertir mis obras en mera leyenda.
Pero, ¿cómo disimular lo de los panes y los peces?
Que los reyes magos son los padres es algo que todo niño asume tarde o temprano, aunque aquellos hermanos se negaron a reconocerlo en su momento.
Antes de hacerlo idearon un plan.
Sabían, porque tontos no eran, que las cosas entre papá y mamá no funcionaban muy bien; la madre lloraba en la cocina cuando creía que nadie le veía y el padre dormía muchas veces en el sofá después de una bronca, cada vez más a menudo.
Entonces decidieron coger los ahorros que tenían y comprarle a mamá la colonia que tanto gustaba a papá, y un libro de esa autora que siempre hubiera deseado ser. Al padre le compraron un disco de vinilo de su grupo preferido, porque siempre decía que con aquella música conquistó a mamá.
Y llegó la noche de reyes. Como de costumbre, cuando marcharon a dormir, los padres aprovecharon para colocar los paquetes junto al árbol de navidad. Al acabar, los niños se levantaron y pusieron los regalos de sus padres junto a los demás. Después volvieron a la cama satisfechos, ignorando todavía el alcance mágico que conseguiría su iniciativa, y demostrando que los verdaderos reyes magos de una casa siempre son los hijos.
Nevaba en aquella siesta sin chicharra cuando vestimos el Árbol de Navidad. Los niños reían a mí alrededor, nerviosos y bullangueros como payasos, hasta que asomó el sueño y la madrugada se hizo dueña de aquel tesoro infantil; luego se acurrucaron en sus camas y el silencio vivo y mágico de sus caras inocentes me hizo envidiar su descanso, y el secreto de cómo instalarme en su reino. Entraba en él cuando el vivo reflejo de las luces navideñas del abeto me solicitó huir de la cama y navegar hasta el pasillo. La copa en el suelo, en el aire las raíces, y las hojas revoloteando indicaba que el pino se había dado la vuelta. Las ramas, increíblemente desnudas, vertían sus detalles navideños; los Papa Noel y enanitos de baquelita dorada y roja que las adornaban me miraban, y yo a ellos, mientras trasportaban continúas cargas de vistosos juguetes. Las estrellas se sembraron en el techo entre carcajadas, las esferas nevadas, y de cristal, agigantadas por las sombras, rodaban con estrépito. Una me hizo girar la cabeza y estremecerme cuando murmuró: -Ven, soy Fantasía; lo decoraremos otra vez-. Busqué la caja, y arrebolado guardé el árbol y sus atropellados adornos.
Te falta su aroma. A lavanda, a puchero consumiendo brasa en el fogón. De esto hace ya tres meses, los mismos que llevas sin encender la chimenea. No sientes tus manos, tus pies fríos; algo se ha congelado dentro de ti.
Evocas los días sin pan y tu partida, junto a una añosa maleta, para desafiar facturas de agua y luz y acallar penurias. Dentro, envueltos en tu pañuelo de yerbas, el llanto medroso del mayor, los pucheros de las gemelas, el abrazo roto de tu esposa.
Precisamente ahora que no hay recibos devueltos y sí para algún capricho y Navidades en familia…
Dudas, si te compensa seguir.
Tras varios intentos sales a tirar el cubo a la basura. Por fin te deshaces de sus zapatillas de desgastadas suelas y del delantal de su último guiso… ¡Cuántos achaques para desprenderte de sus cosas!
Más solo que nunca entras de nuevo en casa. Escuchas, sobrecogido, algo parecido a un gemido. Te acercas. Un rabito intermitente ondea las faldas de la camilla, en el otro extremo un hocico olisquea tus babuchas. Lo acaricias. Huele a lavanda. Sientes frío; decides encender la chimenea.
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