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Adrián arrastra su sombra de ordenanza por las calles de la ciudad. Las manos que manipularon chisteras portan carpetas con documentos municipales. Es un trabajador eficaz. Responsable. Valorado. Triste. Aun así, el fogonazo de la ilusión ilumina su mirada cada vez que palpa la baraja de naipes que lleva en el bolsillo interior de la chaqueta, o cuando extrae una moneda de la oreja de algún desprevenido compañero. En esos momentos se olvida de quién es y vuelve a ser quién fue. La joven promesa internacional de la magia ante un público expectante. Es feliz. Hasta que regresan las palpitaciones, los temblores, los sudores. El fracaso. La humillación. La fobia a los escenarios. Sin embargo, mientras se pierde entre los peatones, le delata una ligera sonrisa. Nadie puede discutirle el éxito de su gran número final.
El navío es apenas una mancha que altera la línea del horizonte. Poco a poco se van dibujando las velas desplegadas y después las siluetas de los marinos afanados en sus tareas. Se aproxima a la zona que comparten hombres y sirenas.
Por todo el Mediterráneo se sabe de esos cantos que nublan la razón y anulan la voluntad. Son parte de las leyendas, transmitidas por generaciones, que alertan contra su magia.
Con un chapoteo plateado, las sirenas se sumergen hacia el fondo. Todas menos ella. Quiere escuchar, aunque sea solo por una vez, las canciones que hablan de hogares lejanos, de tiempos perdidos o de mujeres amadas contagiando al aire su nostalgia.
Entre todas, sobresale una voz profunda como el mar que habita la caracola. Es Ulises, que canta.
Al oírle, se siente atrapada por una red que es deseo y comprende que no puede resistirse a su poder. Que le va a seguir en todas sus aventuras hasta que avisten los fuegos que señalan las costas de su tierra, hasta que destruya a sus enemigos, hasta que descanse en brazos de su esposa, hasta que ella quede varada sin remedio en la playa de Ítaca.
Es esa hora en que todo se cubre de un manto tan negro que tu luz se convierte en un punto, y parece una estrella vista a lo lejos. Hay un silencio vasto retumbando en tu oído. Un instante feroz: la nada reivindicándose. Cuando por fin el sueño te envuelve, una sombra maliciosa franquea la ventana que dejaste abierta, recorre como un torbellino la habitación y antes de irse, te toca. Una risa ya lejana te despierta. Abres los ojos, que son los del gato, y gritas, maldiciendo tu suerte. Desde el alféizar contemplas el que fuera tu cuerpo acurrucado en la cama. La imagen desgarradora de un humano desnudo arañando las sábanas y emitiendo agudos maullidos.
La niña paseaba por el bosque, buscando setas, lagartijas o moras. Se paraba aquí y allá, mirando boquiabierta las maravillas que encontraba: abejas, pájaros que sembraban el campo de armoniosa música o algún cervatillo.
¡Era uno de los mejores planes para disfrutar de las calurosas tardes de agosto!
La pequeña comenzó a caminar sin rumbo, y sin darse cuenta, se le echó la noche encima.
En un recodo del camino se encontró con un caballo muy dócil, y se atrevió a montarlo. El corcel comenzó a trotar a todo galope, y la pequeña, asustada, se sujetó a sus crines para no caer.
Tras un tiempo, que a la niña le pareció eterno, su montura la devolvió al lugar de partida. La niña desmontó y se alejó corriendo mientras miraba, asombrada, la risa burlona del animal.
Al llegar a casa comentó lo sucedido con su madre, pero ella, sin sorprenderse la tranquilizó:
“- María, no te preocupes. Te has encontrado con el Diaño, el espíritu o duende burlón que gasta bromas, al anochecer, a los aldeanos de Galicia y Asturias, adoptando la forma de un caballo, vaca o carnero y, a veces, incluso de un bebé, para asustar a los despistados caminantes…”
Rosa hace honor a su nombre: no hay moza más lozana y admirada en la aldea, aunque dañe cuando pincha con sus palabras desnudas.
Desde hace unas semanas, está irreconocible, pálida. La progresiva merma de peso y el deterioro físico son evidentes. Los vecinos especulan; los médicos no encuentran justificación razonable a tal decaimiento. Sus padres, preocupados, la atosigan con preguntas que ella no sabe responder. Solo el abuelo intuye lo que verdaderamente sucede. En una sobremesa, se arma de valor y lo cuenta. La familia le reprocha que venga con leyendas de viejo en momentos tan delicados. Disgustado, jura que él pondrá remedio.
Algo antes de medianoche, sale sigiloso de la casa, disfrazado para que la nieta no lo reconozca. En un cruce de caminos, la espera. No tarda en percibir tañidos de campanilla, rezos fúnebres y olor a cera quemada: la Santa Compaña se acerca. Al frente de esta comitiva de ánimas, Rosa hace de Estadea portando una gran cruz y un cubo de agua bendita, que él le arrebata con decisión.
La joven mejora. Por fortuna, no recuerda absolutamente nada de sus peregrinaciones nocturnas. El abuelo se va apagando poco a poco.
Extendió su sotana sobre ella para cubrir la cópula. Aunque su exterior era rasposo, por dentro le pareció suave y resbaladizo como si ella estuviera acolchada con musgo. Arrepentido de su pecado, fue a suplicar por templanza frente a la imagen de un Jesús de Nazaret. Pero no se detuvo hasta que, después de muchas penetraciones, la vio arrojar agua y algas gelatinosas en una nausea matutina. Había confiado en su silencio de piedra, pero el vientre en constante aumento lo delataba ante las miradas recelosas. De un empujón, hizo caer a la gárgola desde el tejado de la iglesia. Asombrados, los feligreses contemplaron, rotas por el atrio, las pequeñas figuras talladas con el rostro del padre Genaro.
—¡Qué deliciosa era la vida antes de que las campanadas de media noche convirtieran los cuatro corceles blancos en ratas, el carruaje de nácar en una enorme calabaza y mi vestido de fiesta en harapos! —suspiraba la muchacha mientras limpiaba con desgana las ventanas del balcón—. ¡Qué maravilla bailar con mis zapatitos de cristal en aquellos suelos de mármol! —se mortificaba, dejando vagar su mirada más allá de las últimas cumbres que rayaban el horizonte—. ¡Cuánta belleza por descubrir fuera de estas cuatro paredes! —cavilaba, soñadora. Tanto le aburría hacer de sirvienta para su madrastra y sus dos hijas, tan feas y estiradas, que aprovechó un momento en que no había nadie cerca para escapar de su página y asomarse al siguiente cuento. Allí vio a una princesa agonizando en la soledad de su alcoba tras pincharse con el huso de una rueca. Mareada al ver tanta sangre, se dio la vuelta y regresó meditabunda a sus quehaceres.
—Mejor me quedo aquí con estas —pensó mientras se reponía en la cocina con un trozo de tarta—, que tampoco se vive tan mal.
La tostada que amenaza con caerse del lado de la mermelada de arándanos y que, en el último segundo, con vuelta de campana se gira para reposar en seco. La puerta de la calle a punto de cerrarse (ella sin llave) frenada por una pantufla oportuna; el coche desbocado que casi la atropella, pero que milagrosamente se desvía a la derecha; su hijo que escapa a la redada y decide dejar de hacer el camello; el desahucio que al final no tendrá lugar porque los vecinos lo impedirán. Esas plumas que le delatan, en el alféizar.
La luz de la tarde cae, dorando las torres de la ciudad. Es Ella: su Espíritu pasea de nuevo por su querida ciudad.
Dicen que el olor del azahar en primavera es el perfume que Ella solía usar cuando esperaba a su enamorado en el salón principal: dejaba las ventanas abiertas y él se guiaba por su fragancia escaleras arriba. Y que el delicado jazmín brota en recuerdo de las finas labores que Ella tejía para embeber su tiempo. También cuentan que dejó su Alma en las raíces de los árboles de la ciudad. Y que si los abrazas Ella te reconforta.
Cuentan las murmuraciones, que corren por las esquinas de las calles más sinuosas, que Ella era una cortesana venida de otro reino. Y que con sus malas artes hechizó al rey, haciéndole olvidar su misión, que era gobernar con justicia.
Pero la verdad se ha ido olvidando en el recorrido del río, bajo los ojos de sus puentes, en cúpulas y retablos, impregnados con un fuerte olor a incienso.
Cada atardecer una luz especial ilumina dos torrecillas gemelas, bicolores y redondeadas. Es Ella, que siempre formará parte de la leyenda que hace mágico al que fue su hogar.
Cuando naciste, oí cómo papá cuchicheaba que mamá había parido un ser mágico. El disgusto del abuelo fue mayúsculo, quien enseguida insinuó la vergüenza que habría de soportar nuestra estirpe.
Una noche de San Juan te esfumaste durante los nueve saltos, desvanecido tras las lapas de una luminaria, y no volvimos a saber de ti.
Hasta esta mañana, cuando el timbre reveló de nuevo tu identidad y acudimos en tropel, dispuestos a recibirte con los brazos abiertos para que nos obsequiases con el crujido del hielo tallado sobre tus pupilas de esperma.
Nos sorprendió que no tengas pelo, que sobre tu cabeza brote la selva poblada del Mato Grosso, y que todo en ti huela diferente: tus besos a turrón de Soconusco, tu tacto a pipa de hebra, y los zapatos que calzas a pis de gato.
Mientras una tribu de hormigas te retrepa el cuello, reclamando refugio tras la gruta velluda de tu oreja, y desde tus hombros se precipitan bancos de arena procedentes de dunas gubiadas por el Simún, mamá, papá, y yo, nos miramos, sin presagiar los unos en los otros cómo te envidiamos. Nosotros, que somos altos, rubios, y con los ojos tan azules.
En mi casa, por un tiempo, hubo un fantasma. Era una sombra gris que se paseaba ociosa de la cocina a la sala y que ocupó, sin ningún reparo, la estancia más espaciosa y más soleada. A mi hermano y a mí nunca nos decía nada que no fuera:»¡Niño, para!, ¡niña, calla!», y cada vez que se aparecía, por no enfrentar sus ojos de espectro contrariado, corríamos a escondernos detrás de las cortinas o debajo de la cama.
Una mañana de julio, sin que nadie la invocara, se personó en el rellano un hada rubia de mirada clara para anunciar, con una sonrisa, que se llevaba al fantasma. Mis padres, sabedores de que no se puede contradecir a las hadas, se marcaron un foxtrot del pasillo al comedor y, sin disimular la alegría, dieron su aprobación.
Cuando el fantasma salió por la puerta con sus babuchas de piel y su toquilla de lana, el verano rezagado entró, al fin, por las ventanas.
A mi querida y mágica tía Rosita
Para invocar a las hadas y después retratarlas, procede de la siguiente manera:
Firmado,
Elsie Wright y Frances Griffiths,
en Cottingley, Inglaterra, 1917
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