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Como todas las noches sacudió la almohada con cuidado antes de aplastar el cogujón hasta la sábana bajera, un gesto repetido desde la infancia para mitigar su temor diario y secreto. Ni siquiera su mujer se había dado cuenta y él no tenía prisa por contárselo, para brindarle un argumento más que pudiera añadir a la retahíla de reproches cotidianos.
Quizá debería acudir a un especialista. Era plenamente consciente de su trastorno con un origen tan claro, el día de la caída de su primer diente. El desasosiego porque un roedor rondara tan cerca de su oreja se hacía ya insoportable y a su edad, sabedor de lo imaginario del ratoncito Pérez, la desazón muchas veces le impedía pegar ojo.
En un rincón del techo, oculta por una telaraña que la hacía invisible, una diminuta criatura lo observaba con tristeza a la espera de ser descubierta después de tantas décadas. Ni siquiera el abandono de su escondrijo revoloteando por la habitación, ni el brillo plateado de su cuerpecito de hada habían llamado la atención del ineficaz durmiente, que aferrado a su almohada era incapaz de levantar la vista y escucharla.
Ella era especial, toda ternura. ¿Se la imaginan? con esos ojitos achinados, su carita sonriente, su naricita pequeña, sus orejas de soplillo y esas manos regordetas de dedos cortos, que tanto me gusta acariciar.
Una gran parte de mi vida, ha estado esperando que me dieran un hijo en adopción (no me llegaba). Reclamación tras reclamación. por fin me llamaron, ofreciéndome un niño de esos, de los que casi no se adoptan «nadie los reclama». Mónica, era especial. Llevaba cuatro años viajando de orfanato en orfanato, no la acogía ninguna familia, era mucha la responsabilidad y poca la recompensa. Cuando por primera vez la vi, sentí ver el cielo en su mirada.
Cada mañana la llevo al colegio, adonde van esos niños, que son todo inocencia.Ella ha cambiado mi vida. Nos hemos vestido, para ir al circo, quiero que disfrute con la actuación de los payasos, también hay un mago, el clásico mago que saca un conejo de una chistera. Todos le aplauden, pero para mí, eso no es magia. Mágica es Mónica, mi hija.
En el principio de todo, odiaba la magia, pero os divertía el número del conejo y la chistera. Después me presionasteis para cambiar pescados por monedas y volvernos ricos. Por conciencia, curé enfermos, usé con vehemencia mis dotes para ayudar al prójimo. Ahora me invitan a fiestas a las que no quiero ir y me fustigan con entrevistas en horario de audiencia. Escogería el olvido, convertir mis obras en mera leyenda.
Pero, ¿cómo disimular lo de los panes y los peces?
Que los reyes magos son los padres es algo que todo niño asume tarde o temprano, aunque aquellos hermanos se negaron a reconocerlo en su momento.
Antes de hacerlo idearon un plan.
Sabían, porque tontos no eran, que las cosas entre papá y mamá no funcionaban muy bien; la madre lloraba en la cocina cuando creía que nadie le veía y el padre dormía muchas veces en el sofá después de una bronca, cada vez más a menudo.
Entonces decidieron coger los ahorros que tenían y comprarle a mamá la colonia que tanto gustaba a papá, y un libro de esa autora que siempre hubiera deseado ser. Al padre le compraron un disco de vinilo de su grupo preferido, porque siempre decía que con aquella música conquistó a mamá.
Y llegó la noche de reyes. Como de costumbre, cuando marcharon a dormir, los padres aprovecharon para colocar los paquetes junto al árbol de navidad. Al acabar, los niños se levantaron y pusieron los regalos de sus padres junto a los demás. Después volvieron a la cama satisfechos, ignorando todavía el alcance mágico que conseguiría su iniciativa, y demostrando que los verdaderos reyes magos de una casa siempre son los hijos.
Nevaba en aquella siesta sin chicharra cuando vestimos el Árbol de Navidad. Los niños reían a mí alrededor, nerviosos y bullangueros como payasos, hasta que asomó el sueño y la madrugada se hizo dueña de aquel tesoro infantil; luego se acurrucaron en sus camas y el silencio vivo y mágico de sus caras inocentes me hizo envidiar su descanso, y el secreto de cómo instalarme en su reino. Entraba en él cuando el vivo reflejo de las luces navideñas del abeto me solicitó huir de la cama y navegar hasta el pasillo. La copa en el suelo, en el aire las raíces, y las hojas revoloteando indicaba que el pino se había dado la vuelta. Las ramas, increíblemente desnudas, vertían sus detalles navideños; los Papa Noel y enanitos de baquelita dorada y roja que las adornaban me miraban, y yo a ellos, mientras trasportaban continúas cargas de vistosos juguetes. Las estrellas se sembraron en el techo entre carcajadas, las esferas nevadas, y de cristal, agigantadas por las sombras, rodaban con estrépito. Una me hizo girar la cabeza y estremecerme cuando murmuró: -Ven, soy Fantasía; lo decoraremos otra vez-. Busqué la caja, y arrebolado guardé el árbol y sus atropellados adornos.
Te falta su aroma. A lavanda, a puchero consumiendo brasa en el fogón. De esto hace ya tres meses, los mismos que llevas sin encender la chimenea. No sientes tus manos, tus pies fríos; algo se ha congelado dentro de ti.
Evocas los días sin pan y tu partida, junto a una añosa maleta, para desafiar facturas de agua y luz y acallar penurias. Dentro, envueltos en tu pañuelo de yerbas, el llanto medroso del mayor, los pucheros de las gemelas, el abrazo roto de tu esposa.
Precisamente ahora que no hay recibos devueltos y sí para algún capricho y Navidades en familia…
Dudas, si te compensa seguir.
Tras varios intentos sales a tirar el cubo a la basura. Por fin te deshaces de sus zapatillas de desgastadas suelas y del delantal de su último guiso… ¡Cuántos achaques para desprenderte de sus cosas!
Más solo que nunca entras de nuevo en casa. Escuchas, sobrecogido, algo parecido a un gemido. Te acercas. Un rabito intermitente ondea las faldas de la camilla, en el otro extremo un hocico olisquea tus babuchas. Lo acaricias. Huele a lavanda. Sientes frío; decides encender la chimenea.
Atado con cadenas en un tanque lleno de agua, el gran Marotti parecía aguantar la respiración más allá de cualquier límite humano. Era sabido que el suspense formaba parte indispensable del número, que tardaría lo suyo, pues, en abrir aquellos candados y escapar de sus ligaduras, pero que de un modo u otro acabaría haciéndolo. Y aun así resultaba inevitable caer contagiado de su presunta desesperación.
Ese día, sin embargo, alguien le había cambiado las llaves, y Marotti buscó y buscó inútilmente entre ellas, probándolas una por una, mudando pronto la serenidad del principio en un nerviosismo creciente, apreciable en la expresión de sus ojos —tendente al pánico—, en el aspecto de su rostro —cada vez más congestionado— y, sobre todo, en los movimientos de su cuerpo, que acabaron desembocando en un pataleo y forcejeo tan angustiados como estériles, hasta quedar inerte y pálido —y con el aire de sus pulmones subiendo a la superficie— ante el espanto general.
«Un buen mago jamás desvela a nadie sus mejores trucos», escribiría en sus memorias años después.
A mi madre me la robó una triste enfermedad y a mi padre me lo quitaron los ganadores de una guerra. Estos dos acontecimientos tan crueles, segaron mi infancia con el mismo golpe seco con que se cortaba el trigo en las llanuras áridas de mi pueblo. Madre acompañándome con su ausencia vacía y padre con su infierno, se llevaron mi niñez desdibujando mi vida entera.
Sin embargo nunca estuve sola. Mi hermano, un ser mágico y puro me regaló toda la fantasía que una niña puede necesitar y más tarde fue la mano segura que nunca soltó la mía.
Aunque algo se había roto para siempre en mí, dejándome inválida para las emociones y yerma para los sentimientos, los pude vivir a través de él.
Supe lo que era el amor porque él encontró el más verdadero y fui madre a través de sus hijos. En ellos me apoyé, cuando sin quererlo también cruzó al otro lado.
Hoy, cansada de una vida que se hace demasiado larga ya, pienso que la balanza está casi equilibrada y lo estará del todo cuando la mano conocida, que intuyo cada vez más cerca, me apriete con fuerza esta vez para siempre
Un pequeño gusano se disponía a comer su jugosa hoja cuando cae violentamente al río, navega corriente abajo sobre el improvisado barco, sin rumbo, hasta chocar contra una roca y termina sumergido en las frías aguas, tembloroso y asustado. De pronto nota calor, un calor reconfortante y una luz brillante que sale de unos ojos azules como el cielo. Alguien le sonríe, lo posa sobre una rama y desaparece.
En ese mismo instante varios conejos huyen despavoridos. Uno dice a su madre que corra más deprisa, tienen que huir. Pero la madre yace en el suelo, el gazapo al tocarla se tiñe de rojo. Ella, apagándose poco a poco, rendida, apoya su hocico en la tierra. De repente, la herida va cerrando y unos ojos claros le dan sosiego y calor, un calor placentero, agradable.
Pocos metros más atrás, un cazador se queja, maldice la rama que cayó clavándose en su hombro y disparando la escopeta que espantó a los conejos. Sangra abundantemente. Aturdido ve la figura de una mujer con grandes ojos azules que le transmite frío. El frío sale de ese ser, no la distingue bien, parece una criatura alada. “¡Mejor me largo!”, refunfuña, mientras recoge sus trastos.
Hace no mucho tiempo los campos parecían jardines. Cualquier pedazo de tierra, por pequeño que fuese, era fértil. Los ciclos estacionales eran rutinarios Los ríos corrían bulliciosos y las fuentes brotaban con vigor. Las gentes no sólo cuidaban sus propiedades sino el medio en el que vivían. Las náyades se sentían mimadas y ellas a su vez protegían el preciado líquido en el que habitaban. La armonía se sentía, se respiraba.
No se sabe bien cuándo el perfecto equilibrio comenzó a desmoronarse. El primer signo fue la presencia invasiva de zarzas y malas hierbas. Le siguió una inactividad colectiva, que giraba la cabeza para no ver esas manchas disonantes. La exuberante maleza comenzó a expandirse libremente. Las plantas crecían sin control y pugnaban entre ellas por conseguir luz y alimento. Las aguas se tornaron turbias, espumosas, aceitosas e incluso pestilentes.
Las náyades, otrora vivarachas y locuaces, comenzaron a languidecer. En la misma medida en que ellas dejaban de hacer elegantes volteretas y traviesas cabriolas el agua perdía su capacidad de oxigenación. Las náyades se fueron debilitando y sólo algunas, las más fuertes, sobrevivieron. Localizarlas hoy es tan arduo como encontrar una fuente de aguas cristalinas.
Su tiempo se agotó, con dulzura en el aire la magia se desvanece y ya muy próximo se advierte el momento de marchar. Aunque… tal vez… ¿Y si al fin no resultara ello preciso? ¿Y si hallara el modo de esquivar tan tristísima partida?
Entre la ilusión, la fantasía, el deber y la razón, la niña se debate indecisa mientras, a lo lejos, la luz de una ventana para ella siempre abierta aguarda con paciencia su regreso. Al oído un rumor de campanillas, un susurro muy dulce y muy bajito que dolorido le murmura: <<Nunca jamás olvides>>. Un dedal sobre su pecho, cerca, muy cerca, del corazón. Para siempre en su recuerdo, quizá muy pronto diluido entre sus sueños, un muchacho de sonrisa pícara y valiente que a duras penas oculta el dolor que sus ojos gritan. Y una despedida: <<Segunda estrella a la derecha, ya sabes, todo recto hacia la mañana. Siempre allí te esperaré>>.
Las plantas no necesitaban riego porque había diluviado, pero yo sí que precisaba acercarme a verlas. Era algo vital para seguir en la tarea cotidiana. Sabía que la recovera no me engañó cuando me vendió las semillas y me dijo que no eran como las otras de temporadas anteriores. Después de la intensas lluvias recibidas, tenía la certeza de que algo se habría transformado así que me asomé tapada con mi viejo chubasquero y comprobé como habían crecido una ramitas de las que salían unas protuberancias donde suponía saldrían hojas y más tarde, los capullos de mis maravillosas plantas. Al día siguiente ya los capullitos apuntaban con cierto colorido en los extremos, de donde al tercer día, empezaron a emanar personajillos delicados y variopintos. Algunos tenían alitas y volaban alrededor de las plantas, otros llevaban en sus manos notas musicales que eran con lo que se identificaban. Desde entonces, no estuve nunca sola, no me faltó música, ni alegría por doquier. Tuve que adiestrar al gato y al perro, porque al principio quisieron lamerlos y alguien podría salir mal parado pero más adelante, formamos una gran familia junto a los que supieron aceptarnos y conseguir descubrir un mundo de ensueño.
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