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El mago Wonderland va desgranando sus trucos de ilusionismo. Los clásicos, los que nunca fallan y el público espera de un veterano como él. Ni estatuas de la libertad que desaparecen ni personas que viajan en el tiempo y en el espacio. Espejismos no. Trucos familiares, acogedores. El número con el pañuelo que crece sin fin y luego, en un plis plas, desaparece. O algún clásico de cartas como el del as de corazones que retira del mazo y, sin saber cómo, vuelve a la baraja. Por supuesto, el inevitable del cajón en el cual el mago corta a su ayudante en varios pedazos para que luego ella salga incólume y tan contenta.
El del conejo en la chistera no. A ese truco se niega en redondo. El maldito conejo blanco. Ese no lo hace desde aquella vez en que se le complicó tanto. Si solo fuera el conejo… , pero es que detrás del conejo salió el gato y detrás del gato la niña y aquello ya no hubo forma humana de pararlo.
«Ser o no ser, esa es la cuestión», se preguntaba Aureliano Buendía ante el pelotón de fusilamiento y con los ojos vendados cuando percibió que violentamente lo asían por el brazo y lo izaban hasta la grupa de Rocinante para huir junto con D. Alonso Quijano.
Habiendo llegado a Barataria, fueron recibidos por Le Petit Prince, quien con regia calma les condujo ante el Capitán Nemo pues, al parecer, eran invitados a su mesa colmada de ricos manjares. Aureliano, escéptico como siempre, preguntó al Principito dónde estaba el tal Nemo y la mesa de viandas, a lo que el joven príncipe, de rostro angelical y manto de armiño, le susurró al oído que «lo esencial es invisible para los ojos».
El examen de literatura había comenzado hacía un buen rato, pero la noche anterior en vela, las anfetaminas y el sueño le confundían sobremanera y en su folio de examen sólo había escrito una línea: El Ingenioso Hamlet, que viajó veinte mil leguas por un pequeño planeta y durante cien años en solitario…
Miró al estrado buscando inspiración y seres reales para alejar sus fantasías. Sin embargo, sólo pudo constatar que el dinosaurio aún no había llegado.
IsidroMoreno
Del día que te ahorcaste, apenas recuerdo nada. Los silencios de la casa, inundados por el crujir de la madera bajo los pies del dueño de la funeraria. Que era enorme. Y tuerto. Eso sí que lo recuerdo. Y que no te descolgaron hasta que llegó el juez de paz, que no vino hasta que no acabó su partida de dominó. Lo esperé a tu lado, con la vista fija en tus zapatos de domingo. Pensando en por qué llevabas el izquierdo desatado. O por qué te habías atado el derecho. También recuerdo que no fui capaz de levantar la vista más allá de tu cintura. Tus piernas colgaban inertes. Me entró el absurdo deseo de empujarlas para provocar un movimiento pendular y cadencioso, como el de esos tentetiesos con los que juegan los bebés.
No recuerdo nada más.
El tuerto te llevó a la habitación. Y nos quedamos allí solos. Fue en ese momento, cuando vi tus ojos abiertos.
Supongo que a los muertos no les queda más que eso. Una imagen congelada en la retina. La última que han visto. O la última que hubieran deseado ver. Y allí, dentro de tu pupila, estaba ella.
Haberlas, haylas.
Apostaron por detener la caravana en un precioso claro que se abrió ante ellos . Valeria y Pablo, con sus 8 y 10 años respectivamente eligieron junto a su padre las bicicletas para disfrutar del entorno. Mientras, la madre y el pequeño Enol de cuatro añitos, optaron por colgarse las mochilas y emprender una pequeña excursión. Volverían todos para la cena.
El niño se maravillaba de todo lo que acontecía durante la marcha, un ordenado ejército de hormigas desfilando con paso marcial, unas ardillas que apenas logró ver por la rapidez de sus movimientos y un escuadrón de pájaros emitiendo sonoros trinos. Lo que no sabían era la cantidad de ojos que les vigilaban durante el camino de vuelta, como queriendo asegurarse de que no tendrían sorpresas. Los niños ya dormían. Sus padres desde afuera, observaban cómo el sol escondía su cabeza en el horizonte tras nubes anaranjadas. Enseguida palideció el cielo y perlas líquidas de rocío vistieron de plata la hierba. El bosque ya era un clamor de silencio, el descanso de sus moradores estaba en buenas manos, el centinela de los sueños jamás dormía…menos aún con invitados.
Entre ecos de disparos, gritos, llantos, los niños han perdido la infancia y han olvidado la magia. Los seres que acompañaban sus sueños han desaparecido, y los que sobreviven se han refugiado en un tugurio camuflado por la sombra de la muerte donde sienten, por primera vez, el dolor de lo real. Cenicienta ya no quiere ser princesa y ha cambiado sus zapatos de cristal por somníferos que le hagan olvidar el presente. Blancanieves busca otra manzana para volver a sentir la paz eterna. Los hobbits se pelean con los elfos mientras los enanos de Narnia, los únicos felices, se besan sin pudor ahora que por fin han salido del armario. Campanilla alterna con brujos y Gandalf le pide una caricia a cambio de un anillo ennegrecido por el odio. Caperucita canta un blues de Howlin’ Wolf, con la voz rota, poseída por el alma de su difunto lobo. Peter Pan y Garfio balancean sus cabezas al compás de la música, al tiempo que ahogan en ron recuerdos oxidados de viejas batallas. Esperanzados, brindan por el futuro, pues aún creen que comerán perdices. No sospechan que en menos de once palabras, colorín ¡fuego!, colorado ¡sangre!, su cuento se habrá acabado.
El “Pase misí, pase misá” nos arrebató a Cayetana. Ni siquiera dio tiempo a que escogiera entre el sol o la luna. Al meter la cabeza bajo las manos enlazadas de Purita y Jimena no volvió a sacarla por el otro lado. Fue como si se hubiera colado a través de una cortina invisible por la que desapareció, dejando tras de sí solo un olor de manzanas a oscuras. Las dos se quedaron balanceando los brazos ya sin sentido. Mirándose, mirándonos, mirándose otra vez, mirando hacia donde ya no estaba Cayetana. Ninguna entendíamos lo ocurrido ni supimos explicar nada más que esto a la directora, que aparentemente tampoco le dio mayor importancia y dijo que esas cosas pasan. Estuvimos días hablando de ello al acostarnos. Todas reconocíamos que llevaba tiempo muy rara, siempre pendiente de los haces de luz que entraban por los ventanales. Coincidíamos en eso y en que, conociéndola, ella habría elegido la luna. Estábamos seguras.
Amaba el silencio y lo encontró rodeado de libros. Podría decirse que “vivía” en la biblioteca.
Procuraba pasar desapercibido. Leía hasta altas horas de la madrugada.
En los libros de Teatro fue Don Juan, Hamlet, John Proctor, aunque su personaje favorito era El fantasma de la Ópera.
Luchó contra molinos con Don Quijote; fue pirata en los de Aventuras navegando por los siete mares; se sintió en su salsa cuando descubrió “Los piratas fantasmas” de William Hope Hodgson.
En el estante de Cocina vio un catálogo de espiritosos, donde se encontró a sus anchas; hasta que llegó al anaquel donde descansaban los libros Esotéricos.
Su curiosidad pudo más y, siguiendo las instrucciones, quiso hacer una ouija.
A la pregunta: ¿Hay alguien ahí?… apareció la bibliotecaria.
Me encontraba vacío, inmerso en una crisis interior que me asfixiaba. Llegué a sentir que me moría, me faltaba luz y me sobraban sombras. Necesitaba respirar nuevos aires.
«Todos necesitamos encontrar nuestro camino de baldosas amarillas», leí en internet. Me pareció una cursilería, pero respondí. Pregunté por el ser mágico que, cada noche, hace realidad los sueños de los contadores de cuentos. Para mi sorpresa, obtuve respuesta. Me dijeron que impartía clases en un instituto de Madrid.
¿Sería cierto? Los visité todos, uno a uno, pero no estaba allí. «Se fue al norte», susurró el viento. Recorrí caminos, pregunté bajo la lluvia, me refugié en castillos de letras. Unas montañas me indicaron la ruta que debía seguir. Ascendí y bajé, me perdí y, por fin, encontré el sendero que me guiaba hasta él.
El Sendero del Agua.
Y, desde entonces, esta noche te cuento.
Para Jams
Se ató al palo mayor en un momento de cordura. ¡Dios, cómo le dolía el alma cuando empezaron los susurros y las olas agitaron el cascarón de su cuerpo! Cuando llegaron los perfumes que le atravesaron de parte a parte como un clavo hincado en la madera; cuando percibió el calor de su piel de terciopelo que convirtió sus poros en un bosque de falos enloquecidos; ¡Dios, cómo le dolía el alma! Maldijo aquel momento de cordura en que decidió sujetarse al palo mayor para no sucumbir a sus cantos de sirena, para no morder sus manos, sus brazos, su cuello; succionar sus ojos, sus tetas, su sexo; maldijo el momento en que tuvo que abandonar la consulta con los ojos de aquella ninfa inalcanzable clavados en su espalda. El pasillo era estrecho, demasiado estrecho para un cuerpo de ciento cuarenta kilos tan hambriento, tan sin voluntad. Estaba impaciente por comenzar la rigurosa dieta que le había recetado… o quizás no. Se detuvo. Se palpó los bolsillos como el que recuerda súbitamente algo y se dio media vuelta. Habían olvidado fijar el día de la próxima cita. Dejó la cordura sobre una silla del pasillo y entró en la consulta.
Perdido, sediento y a punto de desfallecer, hallé aquella lámpara semienterrada en la ardiente arena del desierto. La recogí, con intención de sacar de ella a su genio y que me sacara del apuro, pero nada fue bien desde el principio. Al cogerla me abrasé las manos, pues su superficie metálica achicharraba por llevar horas al sol. Luego comprobé que en su base ponía «Made in China», lo cual me dio muy mala espina. Después comencé a frotarla como si me pagaran por ello, pero lo único que conseguí fue comprobar, tras pringarme las manos de pintura dorada, que la lámpara desteñía. Al ver que no salía genio alguno de ella acerqué el ojo a su boca y en ese instante asomó la cola de un escorpión que clavó su aguijón en mi nariz. Solté la lámpara entre alaridos de dolor, momento en que hizo su aparición un tipo con turbante que afirmó ser un agente de la Policía Desértica y me metió un multazo acusándome de arrojar basura a las arenas. Le dije que la lámpara no era mía y entonces me acusó de hurto también.
Ahora estoy en la cárcel, sí, pero a salvo de aquella nefasta lámpara.
Es bajito, delgado y con el ojo derecho libertino. Aunque su carácter es afable, tiene épocas ariscas en las que se encierra en sí mismo, se apaga y se vuelve, como se dice por acá, un cusumbosolo. Heraclio cultiva la especia de la flor morada de pistilos sangre, originaria de un pueblecito legendario del Éufrates. Con mimo y esmero, entorcha los pistilos, estruja los estigmas y luego los transforma en finos condimentos, en perfumados aceites y en tintes mediterráneos.
En las noches de sus días opacos; el corazón le palpita acelerado, tiembla entero todo él, agazapándose al lado de su mujer como pájaro errante. Ella lo cobija entre sus senos ungidos de azafrán, calmando así esos espasmos amargos. Esas noches, es cuando más fecundo resulta su trabajo. El azafranero se convierte en un hercúleo guerrero que riega por los campos las hebras, hijas del sol.
Se levantó en mitad de la noche, aprovechando que la pequeña dormía. Sacó, con cuidado de no hacer ruido, la muñeca y la colocó en el sillón que estaba en frente de la puerta, para que pudiera verla nada más entrar. Volvió a mirar la carta, un poco rota ya en los dobleces, y esbozó una sonrisa al ver la letra redonda y grande que ocupaba casi media cuartilla: “ Queridos Reyes Magos, como este año he sido muy buena…”. En la cocina colocó tres tazas para sus Majestades y un recipiente con agua para los camellos. Ilusionada, volvió a la cama. Le costó dormirse pensando en la cara de su niña cuando viera la muñeca.
Por la mañana temprano fue a la habitación: “María,hija, despierta, ya han pasado los Reyes, mira a ver qué te han traído, vamos arriba” María abrió los ojos, miro los de su madre, se abrazó a ella, le dio un beso enorme y fue al salón. Lo primero que vio al entrar fue la Nancy, su Nancy. La que conservaba desde hacía casi cuarenta años. Volvió a abrazarla como en aquellos Reyes del 78 y lloraron juntas; su madre de felicidad.
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