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A mi madre siempre la consideré una gran artista. Hacía juegos malabares para que el sueldo que mi padre ganaba en el astillero, diera para comer, ropa, y libros. Era cantante mientras preparaba la comida haciendo música de cucharas y pucheros. Se echaba algún baile entre colada y colada. Escalaba a la buhardilla cada vez que tenía que buscar ropa antigua para hacernos disfraces. Una gran actriz cada vez que reía las estupideces de la tía Enriqueta que nos visitaba todos los viernes con puntualidad británica. Incluso era un gran payaso, cuando se inventaba historias para hacernos reír y así olvidáramos el frío invierno.
Que la niña iba para artista lo supieron sus padres desde que escucharon su primer llanto, en el que siempre recordarían como el día más feliz de sus vidas. Con poco menos de tres quilos y medio metro escaso, un zumbido de moscas escapó de sus pulmones provocando en sus progenitores, el obstetra y la comadrona, una mezcla de admiración, terror y asombro. Cuando las primeras palabras afloraron a su boca, profesores de canto, logopedas y fonólogos se ocuparon de modular aquella salmodia que excedía a sus adentros. No tendría más de diez años cuando tanto esfuerzo había dado ya sus frutos, convirtiéndose en la atracción de cada evento familiar, en la comidilla del barrio. Según pasaban los años llegó a ejecutar con igual virtuosismo un aria de Rigoletto que una copla de la Piquer, unas bulerías de Camarón que los growling de Ian Gillan. Vecinos y familiares guardaban cola para escuchar sus canciones preferidas interpretadas de forma tan portentosa, para dedicar las baladas más románticas a la persona amada. Hasta que volvieron las moscas. Un runrún de moscas que desde la mirada de un chico que solo le hablaba con las manos, le robaron la voz y el corazón.
Siempre salgo de casa con el tiempo suficiente para llegar la primera y coger el mejor sitio en el banco del parque.
Al poco rato lo veo aparecer con las manos en los bolsillos de la cazadora y su mochila al hombro, llena de tizas de colores.
Aunque él no lo sepa, ser testigo de su arte milagroso es lo único que me hace ilusión en todo el día.
Hace un mes paseé por las cumbres nevadas de una cordillera y disfruté desde allí de la puesta de sol más hermosa de mi vida. Casi se me olvidó el dolor.
La semana pasada desplegó ante mis ojos unas majestuosas cataratas que me dejaron el alma calada hasta los huesos. Tardé tres días en secarme.
Esta tarde he sentido el vértigo en mi estómago al contemplar desde la terraza de un rascacielos las vistas al asfalto, que se abre infinito bajo mis pies. Estoy dudando entre dejarme caer y acabar con todo o esperar un día más para ver la magia de mañana.
De todas formas, ya me queda poco que perder.
Vacío, como una poesía sin palabras, y solo, cual metáfora en una ecuación matemática, así se encuentra mi interior al vencer el plazo. El silencio ensordecedor de mi pantalla se quiebra cuando una brisa surca la estancia y hace bailar las páginas de un olvidado libro al ritmo del recuerdo de unas sonoras carcajadas. La danza se asemeja a una fragua de la que chispean tramas de humor, de sus hojas entornadas salta un héroe victorioso tras resolver una conspiración y bajo la tinta descansa la víctima de un delito. Verso y reverso continúan su baile hasta acabar devorados por un ingenioso complot terrorífico.
Sobre mi mesa polvorienta los poemas juegan con la métrica, los principios y finales corretean burlando al hilo argumental, mientras los relatos eróticos retozan en aquel oscuro rincón. Y arriba, ahí están, a veces sugerentes, otras atractivos y desternillantes, como coronas de reyes, los siempre sorprendentes títulos.
¡No sufras, pobre enteciano! El mes concluye, el tiempo es breve, pero… ¡en breve continuará! Esta noche te contaré nuevos secretos, mi musa (Jams) me lo ha prometido. En mi plataforma volverán a tejerse ideas inspiradoras y mi página se llenará de entradas que urdirán nuevas historias… como ésta.
¡Hay mechero, mech…! ¡Hay mechero, mech…! El hombre repite la letanía como si estuviera recitando un mantra. A sus pies, un cartel sorprendentemente artístico. Llama la atención la imagen del mechero tan realista que parece de verdad. Hastiado, continúa entonando en perfecto compás las dos palabras mirando sin ver los cientos de cuerpos somnolientos que continúan saliendo precipitadamente por la puerta de la estación.
Esperando en el semáforo, me entretengo en mirar a mi alrededor. En el bordillo de enfrente hay dos violinistas tocando el Minueto Célebre de Boccherini con una delicadeza que conmueve por lo intempestivo de la hora, el lugar y el público tan poco entregado. Un poco más lejos, sentada en un banco hay una chica joven custodiando una manta con un despliegue de bolsos de crochet. A su lado, una bolsa de tela de la que sobresalen varios ovillos y algunas agujas de tejer. Poso mi mirada con avidez infantil en las formas delicadas de un búho y me dan unas ganas enormes de comprar uno.
El semáforo se abre. Vuelvo al modo autómata. Al pasar por delante de los músicos les doy una moneda y me encamino hacia mi trabajo en el museo.
Desde pequeño le dijeron que debía prepararse para tener un futuro y ahí estuvo. Hizo cursos, master y todo lo que en sus manos estuvo.
Admiró a los más grandes. Su ilusión era conseguir los mejores paisajes, los poemas que llegaran al alma y las novelas que pudieran ser los éxitos de la temporada, “best seller” le llegaron a llamar.
Pasado el tiempo repasa su obra o su vida, tanto monta… Consiguió éxitos relevantes, pero reconoce que sus aliados los niños hubieran hecho mejor lo que fueron sus pinturas. Había conseguido manchar los lienzos, exponer en las salas de moda y a cambio, obtener disparatados beneficios. Sus poemas truncaron más de una carrera de algún que otro cantante que se atrevió con ellos y sus novelas, seguían apiladas en los estantes de las librerías esperando que algún incauto las adquiera.
Ahora cuando ya no vale mentir ni mentirse, lo decente es reconocer que ha sido un gran artista de la farsa.
Cuando se preparó tan a fondo, nadie le dijo y tampoco quiso planteárselo, que además la honestidad era prioritaria y ya era demasiado tarde para reparar el sainete.
La comisaria contemplaba satisfecha el desarrollo de la exposición. Enmarcadas en discretas molduras se exponían cincuenta chaquetitas de bebé tejidas a mano. Rosas, blancas, azules y beis, con dos colores o del mismo tono, a punto bobo, de arroz, con diferentes ondas y dibujos; todo el público coincidió en que eran auténticas obras de arte. Las había realizado Marga durante toda su vida para los hijos de los demás ya que ella nunca los tuvo y estaban allí cedidas por sus dueños.
Sin embargo, la chaquetita que más se comentaba fue la que se mostraba en los folletos, pero que no se encontraba expuesta. Cuando una mujer preguntó a Marga por tal ausencia, ésta se disculpó aduciendo un problema familiar; su hermana pequeña había desaparecido de su cochecito llevando esa prenda y solo conservaba la fotografía. A la desconocida le fallaron las piernas y cayó de rodillas. “Soy yo, soy yo”, repetía sin cesar en un mantra íntimo, mientras Marga la ayudaba a levantarse. Por fin, sacó de su bolso la chaquetita que aún olía a armario, pero que conservaba en perfecto estado. Ante un público atónito, que rompió a aplaudir, ambas hermanas se rencontraron en un abrazo definitivo.
El experto en arte antiguo abre el Códice Florentino.
En ese instante la biblioteca resplandece para dar a luz a una libélula.
Una sombra encorvada, sentada en un rígido banco, escribe a dos columnas con pluma, en idioma náhuatl y en castellano, el ordenamiento del Nuevo Mundo. El nombre de cosas hasta entonces desconocidas. El aroma de esencias nunca olidas. El gusto de nuevos alimentos. El simbolismo colorido de pigmentos y amalgamas. La creación de grafías y el proceder de nuevas gentes y culturas.
Miles de dibujos en acuarela empapan la sotana del franciscano que, sin sospechar la magnitud de su obra, se diluye en una diáfana cábala.
Dos pequeñas moscas orbitaban su enorme cabezota mientras sus manos, iluminadas por las hogueras, contaban historias. Se movían a veces lentas, a ratos ligeras, como con vida propia, haciendo fluir el relato.
Arrojaban nubes de polvo de colores para narrar el diluvio, aquella lluvia que solo recordaban los más viejos. O para contar como otros hombres, lejos de allí, se mueven en chozas flotantes sobre una masa infinita de agua. Hablaban de animales desconocidos, de lugares remotos de los que nadie en la aldea había oído hablar. De grandes guerras. O de incendios que arrasaban bosques. Pero también de historias sencillas de hombres sencillos, que arrancaban las carcajadas de los niños.
El espectáculo resultaba embriagador, mágico. Los días posteriores, en otro lugar de mi viaje, me preguntaba si aquello había sido real. Nunca había vivido algo como aquello y jamás lo he vuelto a vivir.
Muchos meses después, ya de vuelta a mi país y a mi vida, supe que un grupo de hombres, soldados que decían pelear en nombre de un dios, de cualquier dios, había arrasado la aldea. Nadie quedó vivo. Solo las moscas.
Demasiadas bocas en casa y la muerte de su padre, sacan a Tristán de la escuela y le conducen a la mina. Vive en una región rica pero en una aldea muy pobre donde ni sus doce años recién cumplidos son excusa, allí se explota por igual al subsuelo que a las personas. Al salir de las tinieblas para enfrentarse a la cegadora luz del día, mira al cielo tapando sus ojos con las dos manos y va moviendo sus dedos a modo de persiana hasta que nota que el sol ya no le daña. Es en el camino de vuelta cuando el tiempo le pertenece y comienza a dar vida, en su cabeza, a historias que traslada en casa a su cuaderno. Es su gran pasión. Ahora apenas tiene tiempo pero sigue haciendo magia con sus letras y las tardes de domingo les regala a los vecinos su lectura que ellos esperan ansiosos. Sacan sus sillas y se sientan en derredor mientras él va desgranando historias. Sueñan, ríen, viajan y se enamoran…pero jamás lloran. Tristán sabe de sobra que allí las lágrimas, son las únicas que nadan en la abundancia.
Mi arte no tiene fronteras en lo profundo de mi mente, en la superficie de mi sensibilidad. Fuera de ellas estoy descubierto ante la intolerancia o la generosidad de la existencia misma, disfrazada con máscaras humanas devorando el tiempo y el espacio.
He terminado mi nueva obra a la que he dedicado una parte de mi vida, ocupando el lugar destinado al ritmo marcada por la indiferencia propia y extraña.
Tengo que saber vencer, de nuevo, este trance. De no hacerlo, es posible que no haya una próxima vez. O quién sabe, el problema puede ser que no sé salir de la mediocridad en la que creo ni siquiera del todo he caído, todavía.
-Uno, los colores que usa son perfectos. No hay paleta ni pintor que los iguale, su intensidad y luz no solo impresiona la retina sino que la traspasa, encandila el alma. La sobrecoge. Dos, canta y susurra por doquier, solo hay que parar y saber escuchar. Melodías inverosímiles de inimitable sonoridad te embriagaran. Tres, respiramos sin oler pues no es inherente lo uno a lo otro pero debes saber que emana olores que se diluyen en la sangre, te llegan al cerebro, te estremecen y te pueden erizar la piel con mil sensaciones distintas. Cuatro, tocar, ¡Ay!, tocarlo todo y acariciar. Maestra es de texturas de infinita sutileza, aunque soez también, una amalgama sin límite para trasmitir frescura, aspereza, suavidad, asco,…, e incluso risas te puede arrancar. Y cinco, paladear los majares que ofrece sin reservas es una explosión de intensos y diferentes sabores en tus papilas con indescriptibles matices. En fin, ¿es o no esto arte? –le dijo aún con la mano asida.
-Naturalmente abuelo –le respondió ávido.
-Pero recuerda, vívela intensamente con todos tus sentidos y cuídala pues tan bella es la obra como frágil y fácil su quebranto.
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