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Traza una línea que define su horizonte. Es un primer paso. El siguiente, logar un estilo propio que lo identifique sin necesidad de estampar su firma. Como la pincelada gruesa y los colores puros de Van Gogh, o el virtuosismo de Velázquez en el tratamiento de la luz. No necesita nada más para llegar a ser su gran obra maestra.
La caja de lápices, con los que ella pintaba cada mañana, había desaparecido y eso que la tenía bien escondida. Pero no estaba, tal vez la encontraron en el último registro. De nada había servido envolverla en una bolsa de plástico y meterla en el interior de la cisterna. Ya la avisaron: “Si no dejas de emborronar las paredes con esos dibujos, te quitaremos los colores”.
Desde que la encerraron allí, aquellas pinturas habían sido su luz, su libertad. Ahora, además de la soledad, su única compañía sería la oscuridad, ya que no podría dibujar más amaneceres al despertar.
Adela tiene una paragüería. Ella sabe algo de paraguas y mucho sobre nubes. Diferencia todos los tipos de nubes habidos y por haber que existen en el cielo: las que traen lluvia, las que asustan, las que adornan, las viajeras, las perdidas, las que acompañan al amanecer, las que despiden al día, las solitarias, las dispersas, las de algodón y las de mentira. Encuentra distintos colores en ellas, no sólo son blancas o grises; también pueden ser azuladas, rosáceas, amarillentas, anaranjadas o rojizas. Se la puede ver a través de la amplia cristalera de su negocio con sus pinceles atrapando las nubes que pasan por delante de su calle. Hace meses que no llueve, así que tiene mucho tiempo para dedicarse a ellas. Las pinturas van ocupando el hueco de los paraguas que aguardan a la lluvia en la trastienda cada vez más llena. La mujer es feliz entre lienzos, no le importa no tener clientela.
Hoy es un gran día en el pueblo, no sólo por ser una tarde lluviosa de finales del otoño. En breve se inaugura la galería de arte donde unos viejos paraguas adornan la fachada; el cielo ha bajado para quedarse en su interior.
Creo en ti desde mis propios sentimientos, desde mi propia práctica. Las palabras de otros siempre inspiran; pero la fortaleza de la fe solo es firme por la experiencia.
Disfruto en mi comunicación contigo… conmigo.
Porque puedo sentir aquello en lo que creo y me ayuda a sonreír, a soñar, a vivir…
Tú eres el artista que me forma desde tu verbo y yo tu obra de arte más pura y volátil.
Puedo cambiar, restablecerme y restaurar.
Tú me has dado el poder de crear.
Soy feo, inmensamente feo para los cánones actuales y pasados, y aunque lo de que la belleza está en el interior tiene su parte de verdad, hay que conseguir que te dejen acercarte lo suficiente. Y en mi caso no es así.
Por tanto, para estar con mujeres recurro a la prostitución. Eso sí, siempre son autónomas, como Julián, mi fontanero de siempre.
Dejo que se desnuden porque me inspira, pero una vez lo han hecho les digo que lo que quiero es leerles unos poemas míos. Eso las relaja muchísimo porque así se sienten liberadas de acostarse con un adefesio.
Conforme voy declamando mi amor sienten que es por ellas, y sus rostros van mutando hacia el embeleso. No les falta razón, porque son lo único que tengo de similar enjundia.
Sé que el momento de parar es cuando sus ojos me piden que me acerque y les haga el amor susurrándoles al oído.
Luego, ya exhaustos, me piden más versos. Y es ahí, cuando con cierto pudor, les hago saber mi tarifa. Siempre un poco más que la suya, para las lentejas.
Como cada noche a punto de comenzar llaman a su puerta. Pegado a la pared, queriéndose fundir con ella, tiembla. Le ocurre siempre antes de cada función. Minutos después llaman de nuevo, ahora ya con insistencia. Durante una milésima de segundo observa su cara en el espejo. Rostro de niño, ¿Soy yo? Cierra los ojos, se separa ágilmente, asiendo la barra que instalaron a instancia suya en el camerino, único capricho de un genio que no sabe que lo es. Respira hondo e improvisa un arabesque. Bien definido, piensa. Se quiere perfecto, pero duda. Vuelve a respirar y sonríe. Repasa su pelo, se ajusta las zapatillas. Un brisé de volé, brisa voladora que recuerda a sus profesores, humilde les pide mentalmente perdón por sus errores.
Ya está listo.
Sale del camerino y es llevado como en volandas por sus compañeras, que corretean en balancé a su lado.
Un atronador sonido se apodera del teatro, la ovación parece no tener fin, hasta que deja paso a suaves acordes de flauta. Un solo foco enciende la soledad de la pequeña figura que reina en el escenario y un solo pensamiento se adueña de todos los presentes.
Inmenso.
Marina no sonrie, casi nunca. Tampoco llora.
LLega al instituto con su mochila a la espalda, junto a los libros lleva sus frustraciones. Le pesan mucho, camina encorvada.
Se sienta , no saluda , nadie lo nota. Saca el libro, empieza la clase, pasan las horas.
Dibuja en su cuaderno,se le da muy bien, pero nunca nadie se lo ha dicho.
Marina no ha escuchado una palabra de lo que ha explicado la profesora. No puede, su mente está paralizada después de lo que le pasó ayer a su madre.
Marina siente, por eso sabe que no es un fantasma al que nadie puede ver… Siente miedo, siente rabia, siente ganas de devolver el daño.
A veces quisiera estar muerta para dejar de sentir… Pero no, no le va a dar a su padre ese gusto.
Fidelio era un artista del alambre. Colocaba uno entre dos postes y sus hermanos, Alejandro y Tarsicio, lo tensaban tirando cada uno por un lado, ayudados por varios voluntarios de entre el público. Fidelio recorría los siete metros con la pértiga, a pasos lentos, mientras sus hermanos subrayaban lo difícil del trance. Lo hacía luego a cuerpo limpio. Después andando hacia atrás con los ojos vendados. Por fin intentaba dar una voltereta en el alambre y se caía, con gran alharaca de gritos entre la concurrencia. Quedaba malherido, pasaba unos meses de reposo y volvía a actuar. Unas veces se rompía las dos piernas, otras varias costillas o una vértebra; si había suerte era solo la muñeca o una mera luxación en el hombro. Siempre se caía. La gente no se hubiera conformado con menos, pues solo le divertía ver sufrir. Llegó un momento en que Fidelio apenas tenía tiempo de sanar, y se presentaba en el alambre con vendas aún o un brazo en cabestrillo. Era entonces cuando recibía los aplausos más fervientes. Sus hermanos le odiaban por ello.
Con la segunda pincelada, su vestido de organza blanca termina moteado de azul. El pincel vuela hasta caer sobre el sendero de los tulipanes. En su trayecto, tiñe de añil arbustos, piedras y hojarasca. Y derrama el bote de pintura en un río que colorea de celeste el agua diáfana del estanque.
Vamos a ver, farfulla ella.
Primero: si conocieras el protocolo, te comportarías mientras te preparo.
Segundo: ven aquí y deja de espantar a las perdices. Debemos guardarlas para el final.
Tercero: evita saltar de nenúfar en nenúfar, que así no hay quien te pinte.
Cuarto: no pongas esa batracia y lujuriosa cara. Ya te he besado cuatro veces y nada.
Quinto: Croac no es una respuesta aceptable.
Sexto: si mi padre se entera de que estás dándome calabazas, no te lo perdonará.
Séptimo: no, no me refería a esas calabazas.
Octavo: el jardinero real empieza a sospechar algo. Si no nos apresuramos, desplegará su ejército de naipes.
Noveno: me está entrando un sueño como para dormirme una siesta de varios siglos. Décimo: la próxima vez que intentes arrebatarme el pincel, me encierro en la torre y suelto a los dragones.
A ver cómo te las apañas, listillo.
Ha desaparecido todo. Ya no están los trípodes, los focos, las Canon ni la Mamiya, la última que compraron a plazos. Qué ilusos pensar que Mario heredaría el gusto por las puestas de sol, las olas embravecidas, los tapices de flores en primavera, y con esa duda se fue; si su hijo seguiría con un negocio que tanto esfuerzo les costó levantar.
Las mira, lo hace siempre que le añora.
«Qué ricitos… aquí tenías tres años… en esta, aprendiendo a nadar… y aquí, en tu primer día de cole, qué guapo con tu uniforme…». Para en seco. Mario irrumpe en la salita. Encogida, cierra el álbum y se oculta tras su caja de costura. Sin tan siquiera mirarla abre el cajón. Después huye, dando un portazo, con la mirada roja, deshabitada, y la pensión de viudedad en su bolsillo.
Últimamente la cola es más larga. Mientras espera habla con su Ernesto. Le dice que se encuentran bien… y que el chico… en el estudio, entre flashes y zums. Ahora, el aroma, le llega más nítido, pega su boca a la foto y la guarda en el bolso, es la señal; el comedor social abre sus puertas.
Solo dos colores en su paleta: rojo y negro; el lienzo, dispuesto y blanco; la luz de la tarde diáfana y perfecta. Y así, descalza, con el pelo agarrado, playera holgada y mezclillas gastados, comenzó.
No precisó de modelos previos porque cada pincelazo provenía de un lugar más allá de la memoria. Poco a poco, con arte y método, comenzaba a surgir una figura escarlata de ese fondo azabache, como si el pincel más que pintar liberara. Las proporciones eran exactas; la simetría inaudita. El amanecer coincidió con la conclusión de la obra, y al fin la artista pudo llorar.
A veces pasaba horas enteras sentada sobre un taburete contemplando el cuadro. En esos momentos una amalgama de sentimientos la sobrecogía: júbilo, angustia, mezcla de remordimiento y añoranza, tristeza por aquello que fue y dejó de ser.
Muchos años después, cuando la casa de la pintora iba a ser rematada, un miembro de la familia encontró la vieja pintura. En ella se podía ver una figura rojiza de hombre, difuminada casi por completo, y, a lo lejos, una silueta femenina que avanzaba hacia él.
Apenas unas pinceladas le apartaban del virtuosismo.
El pintor, abrumado al comprobar el espléndido resultado de su obra, cayó en un trance profundo del que ya nunca despertó.
Pero sus herederos, que siempre le habían considerado como un ser especial que vivía al margen de la realidad, quisieron compensarle por todos sus desvelos.
Pusieron todo su empeño para que por fin se cumplieran sus sueños, y apenas seis meses después de su muerte, lograron realizar una exposición antológica del artista.
Y fue entonces cuando la crítica, que en vida lo había tratado como a un advenedizo, lo alzó a la categoría de primera división, sin saber que él les observaba desde el más allá, con una irónica sonrisa.
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