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Me contaron que fui concebido —Un dos, chachachá. Un dos, chachachá— contra el chasis del autocar de la Orquesta Marimba allá por la virgen de agosto, en un año de cuyas cifras nadie quiere acordarse. Mamá volvió a hacer sus bolos por los pueblos apenas me echó al mundo y me dejó de herencia estos labios carnosos que veis y unas maracas. Nunca le tuve mala fe, porque siempre sentí el pulso de su arte en mis venas, su voz arrullándome con habaneras. Y yo deseaba cantar sobre todas las cosas. Padre hizo lo que buenamente pudo para sacarme adelante, pero un garrotillo mal curado me dejó sordo del oído izquierdo. Aun así, me empeñé en que me admitieran en el coro de la colegiata. Don Arcadio dijo que las estatuas de los mártires parecían multiplicar su suplicio nada más verme abrir la boca, me dio una peseta del cepillo y me mandó para casa. Tampoco es que desafinara tanto, pero desde entonces sólo canto para las vacas mientras ordeño. Todo lo de Tina Turner y algunas de Freddy Mercury. Dan la leche más blanca y cremosa de la comarca. O al menos a mí me lo parece.
Me invitó a una cerveza. Yo lo invité a otra. Era muy alto. Me gustó su cuerpo. La longitud de sus brazos. La anchura de sus hombros. En cuanto lo vi, deseé pintarlo. Sacarle la ropa. Medir la distancia exacta de su cintura, sus caderas, su pecho. No era cuestión de musculatura, ni de belleza. Era la proporción. La de los dedos en relación con su mano. Su fémur comparado con su pierna.
Nos fuimos a otro pub. Un tequila. Otro. Limón. Otro tequila. Saliva. Su lengua y su aliento en mi cuello. “Preciosos ojos” dijo. Metió su mano bajo mi falda. Bajo mis bragas. Lo sentí dentro. Me colgué de su cuello. Nos movimos rítmicamente. Gemí. Gimió. Gemimos. Intenté medir su pasión desmedida. Acaricié su pelo rubio. Tan rubio. Enterré mi rostro en su cuello. Memoricé el contorno de su cara con las yemas de mis dedos para poder pintarlo después.
No le di mi número. Ni lo volví a ver hasta hoy en la galería, ante su cuadro. Él me susurró al oído. “Hola, ojos de meiga”.
Yo medí mentalmente la distancia entre su nariz y sus labios.
Y sin emitir un solo sonido, gemí. Gimió. Gemimos.
Las cuerdas del violín relucían en la noche cerrada. A pesar de tener el cuerpo entumecido por el frío, toqué para Suzanne por última vez. Mis dedos ardían, bordaban los trémolos, hilvanaban los arpegios.
Antes de que el inmenso navío se hundiera, ensarté suficientes estrellas con el arco como para hacerla un collar, dos pulseras y tres pares de pendientes. Después dejé de tocar.
Alcancé el fondo del mar por la inercia de mi peso. Estuve allí un tiempo dando vueltas, deambulando entre corales y crustáceos, esperándola. Mientras ella llegaba, recogí perlas enormes y algunos doblones de oro escondidos en viejos navíos de madera. Mientras ella llegaba, fui acumulando un tesoro que no pude guardar e invertí en un flamante barco.
Mientras ella llega, he vuelto a reunir a la vieja orquesta y cada noche cerrada desde la cubierta de mi barco interpretamos el mismo programa de nuestra despedida, esperando que la melodía la traiga de vuelta. Pero ninguno de los rostros desencajados de los pasajeros que viajaban en los transatlánticos que nos hemos cruzado hasta ahora ha resultado ser el suyo.
Eulalia despierta con la vibración de la alarma del móvil. Son las cuatro de la madrugada y la cama está fría. De Juan sólo queda un hueco con la forma de su cabeza en la almohada, ocupado por la mascarilla de la máquina respiradora que sigue emitiendo aquel horrible pitido rítmico.
Se levanta con la dificultad de los largos años vividos y busca a tientas su bastón para no encender la luz.
El sonido de los pinceles sobre el lienzo la va guiando por el pasillo hasta el estudio, donde se adivina un resplandor plateado.
Allí, a la luz de la luna, Juan, paleta de colores en una mano y pincel en la otra se esmera sin atisbo de temblor en pintar su último cuadro.
Como cada noche, Eulalia espera pacientemente hasta que se ve reflejada a sí misma en el cuadro.
Una vez que el sonámbulo ha vuelto a la cama, con cuidado, le limpia las manos.
Finalmente, rasga con un cuchillo la obra de arriba abajo y lo tira en el contenedor de la calle.
En la última visita al oncólogo Juan le manifestó su firme propósito de no morir hasta tener el retrato de su amada terminado.
Llega a fin de mes con su sueldo de limpiadora, a pesar de los tres niños, la hipoteca y su marido alcohólico.
Cuando se topó con infidelidades, puso la botella de ginebra de patitas en la calle.
Cuando expulsaron al pequeño del colegio, fregó suelos con ella.
Cuando el banco le denegó la tarjeta, lo demandó por cláusulas abusivas.
No sabe pintar. Ni escribir. Ni esculpir. Pero baila sobre mojado como la mejor de las artistas.
Un día, el azul desapareció. Nos quedamos todos mirando al cielo, con cara de pasmados. Quietos. Alguien aventuró que se acercaba una tormenta, pero aquel gris acerado no tenía nada que ver con los nubarrones de abril. Después se borraron los amarillos y el atardecer perdió su luz. Los enamorados dejaron de citarse a la hora del crepúsculo y un frío penetrante se coló entre los pliegues de tu falda.
Al poco, nos faltó el verde y el roble milenario se convirtió en despojo de nuestra historia. Muy pocos se atrevieron a salir al campo y los que lo hicieron regresaron cubiertos de cenizas, como si un gran incendio hubiera devastado el valle. Pero fue cuando nos robaron el rojo que, incapaces de distinguir la sangre del barro, alzamos nuestras manos crispadas en puños y gritamos con las gargantas llenas de polvo. A esas alturas, el dolor asaetaba nuestros ojos y el cielo vomitaba hierro y fuego.
Y muerte.
Sobre un lienzo blanco, Pablo dibuja formas afiladas, lenguas enhiestas que apuntan al cielo. Pinta cuerpos retorcidos en ángulo obtuso, animales moribundos, madres que lloran. Y en tus ojos, nublados de tristeza, el recuerdo de una guerra en blanco y negro.
Se había pintado en más de cien cuadros. En el último se representó frente al caballete y un espejo en el que él se reflejaba pintando, y así sucesivamente hasta plasmar todas las obras de la serie. La perspectiva que consiguió fue tan real y minuciosa que se podía leer la firma de cada retrato. A pesar de la perfección de la obra, el público no supo valorar la perspectiva y el resultado conseguido, por lo que el artista, decepcionado, cogió un cuchillo y lo destrozó.
Comenzó una nueva serie de más de cien cuadros en los que se le veía rasgando un cuadro frente a un espejo. En el último se representó frente al caballete y un espejo en el que él se reflejaba rompiendo el lienzo, y así sucesivamente. Cuando presentó su obra, el público no supo valorar la perspectiva y el resultado conseguido, por lo que el artista, decepcionado, lo destrozó y se volvió iracundo a los presentes.
Comenzó una nueva serie en la cárcel, en la que se le veía disparando a un grupo de personas que miraban asustados el cuadro frente a un espejo.
Yo era uno de esos pintores buscando encontrarse. En mi pueblo triunfaban los bodegones y jamás vendí un solo cuadro.
Una noche, a punto de desfallecer, me encontré tumbado en un erial, arrancando raíces y lombrices a la tierra para comer algo. Estremecido por la catártica experiencia, prendí fuego a mi casa –debió arder una manzana– y huí.
Caminé varios días sin detenerme. Sucio y maloliente llegué a una explanada junto a un pueblo. En ella acampaba un humilde circo rodeado por una reata de pintorescos vehículos. Caravanas, carromatos, grandes remolques para animales… Olía intensamente a excrementos y el hedor me reconfortó. Un tipo cepillaba el lomo a un escuálido caballo mientras susurraba obscenidades. Enfadado, un payaso deshojaba una margarita. Varios felinos rumiaban tristes en una jaula mientras su domador bailaba el hula-hop.
Dentro de la carpa, una anciana rebuscaba colillas y un anciano allanaba meticuloso el albero de la pista mientras canturreaba.
Sentada ante su carromato había una pitonisa.
–¡Casi quemas tu pueblo, animal! –me dijo.
–¿Dónde está la chica? –respondí.
Señaló hacia un elefante y supuse que estaría detrás. Al asomarme, encontré una hermosa bailarina estirando los gemelos siameses.
–Siento el retraso –le dije.
Y ella, sonriendo, eructó.
No sé si fue por aquella luz mediterránea o por el viento Mistral—hay quien le echa la culpa de todo al viento—, el caso es que mi hermano gemelo siempre fue un niño melancólico, insatisfecho, que estaba condenado a ser un adulto infeliz. Con los años, una cólera insana se apoderó de sus actos y le condujo, primero, a autolesionarse con frecuencia y, más tarde, a pegarse dos tiros en la soledad de su tambaleante habitación. Yo, a diferencia de él, nunca fui un artista, sólo un joven vagabundo y vividor acostumbrado a respirar en la sombra. Y cuando lo hallé moribundo sobre aquella cama sangrienta, un deseo de revancha se adueñó de mí.
En su mesa desordenada había muchos dibujos y pinceles a punto de caer al suelo. También había un retrato inacabado, un lienzo borroso y desconcertante que parecía desafiarme. Entonces, me decidí. Noté que había trabajado a un ritmo frenético, y lo calculé. Después adopté su rictus exaltado, manché mi camisa con los colores terrosos de su perturbación y rematé. Además, añadí algunas pinceladas vanguardistas a su obra, y lo vendí todo. Pero su imagen sigue anclada al caballete, vigilante… Por eso conservo la pistola.
Cogió aquel fular rojo y se lo puso en la cabeza, como si fuera una especie de turbante; sacó la vieja flauta que tenía cuando iba al colegio y se puso a tocar, sin atinar con ninguna nota, sin ritmo ninguno. La gente se agrupó alrededor de tan extraño artista, que se veía que no tenía un don para la música, esperando cual sería su verdadera actuación.
De repente, de un cesto, apareció una serpiente de cascabel que no se movía al ritmo de la música; más bien parecía molesta e incluso se diría que hastiada, miró al extraño faquir y le mordió dos veces. La gente gritó asustada durante un instante, luego aplaudió ya que veían que el artista seguía tocando; con lágrimas, pero seguía tocando.
Tras media hora y veinte mordiscos más, el faquir acabó moribundo la actuación; guardó la serpiente en la cesta y pasó, con la piel amoratada, la gorra entre el público asombrado por aquella dantesca actuación. Cuando llegó a la última persona se desplomó en el suelo, y farfullando entre susurros se le escuchó: «maldito curso a distancia».
Yo solo pasaba por aquí cuando le vi. Hacía toscos aspavientos con una bocina atronadora que se llevaba al sobaco y provocaba un gran alborozo entre las criaturas. Cuando la flor de su solapa empapaba al público de la primera fila, los de la segunda estallaban en carcajadas que contagiaban a los de la tercera y la cuarta. Para que os hagáis una idea de lo que hablo, os diré que hacía reír incluso cuando, con una falsa torpeza infantil, daba paso a su número del suicidio. Enredado en unos pantalones cortos a rombos que dejaban al descubierto su flacura, intentaba subir al bordillo para, poco después, arrojarse al vacío con ademanes valerosos y decididos. La explosión de un globo indicaba que el número había finalizado.
Todos aplaudimos enfervorizados, excitados ante una muerte ficticia tan jocosa y bien interpretada. Para nuestra sorpresa, tras una resurrección inesperada, se sentó en un taburete con forma de elefante y empezó a desmaquillarse la sonrisa. Fue cuando se quitó la nariz roja que descubrimos el rostro de un anciano ajado y triste. Entonces, sin echarle una moneda, comenzamos a desperdigarnos, como si ninguno de nosotros hubiese pasado nunca por aquí.
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