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(Relato fuera de concurso)
Presentó a su marido como Toni el Grande. Él sacó de la oreja de su ayudante varios pañuelos coloridos.
La gente mantuvo la vista baja cuando ella se paseó por el vagón con un saquito en el que nadie introdujo nada.
-A últimos de mes la gente anda justa. Hay que insistir –justificó la mujer.
– Habrá que sacar la artillería pesada –dijo Toni el Grande.
Se quitó la chistera. Con golpes de varita y una mano extrajo un conejo blanco. El animal acabó de un brinco entre coche y andén, justo antes de que las puertas se cerrasen. Las ruedas implacables, como todo en ese día, dieron cuenta de él.
Regresaron a casa cabizbajos.
El matrimonio conectó el viejo ordenador. Por videoconferencia su hija les dijo cómo habían transcurrido las clases. Aún quedaba un trimestre para que terminase ese curso en el extranjero, que apenas podían costearle.
-La verdad, no sé cómo podéis pagar esto. A veces creo que sois magos –comentó la joven.
Rieron nerviosos. Al menos, hoy no había preguntado por la mascota que les dejó a su cargo.
Se acostaron sin cenar, temprano, para no hacer gasto eléctrico. Mañana tomarían otra vez el metro.
En mi casa el arte respiraba fuego. Fuego que incendiaba las casas de los vecinos desde lejos. Nunca entendí el humo que extendían mis poemas, la rabia abrasadora que destilaban las acuarelas de mi hermana, o el volcán que emergía de las esculturas de bronce de mamá, despertando lenguas de lava que no cesaban de escupir sobre nosotros. «Familia de locos» era el nombre que daban, de forma unánime cada vez que en alguna reunión común salía a relucir alguna de nuestras aficiones. Papá callaba, agachando la cabeza ante la gente como si pidiese perdón, y al llegar a casa, desataba un huracán que le salía del pecho y arrasaba con todo lo que encontraba. Durante días fingíamos vivir como seres civilizados y manteníamos apagada la chimenea pero, en cuánto el aliento del frío se acercaba a cualquiera de nosotras, todas las letras, colores y figuras, que habitaban en silencio en nuestros corazones volvían a provocar incendios.
Supo a temprana edad que su aptitud para persuadir era su mayor habilidad. Apenas había estudiado,sin embargo, tenía una capacidad innata para pronunciar el discurso apropiado en el momento preciso. Su dicción, aunque imperfecta, cautivaba hasta casi hipnotizar, a sus interlocutores, lo que le sirvió para desempeñar un trabajo a su medida vendiendo, especulando, trapicheando.
Capaz de aceptar cualquier compromiso sin sudar ni despeinarse, no pasó mucho tiempo antes de que poderosas empresas le ofrecieran suculentos honorarios.
Sus negocios giraban a ritmo de centrifugadora y el color del dinero tiñó sus pupilas.
Un día cualquiera, un día en el fondo esperado, el incesante virar cesó y su mundo entró en erupción. La lava pegajosa y ardiente discurrió con rapidez incendiando su reputación y su peculio. Fraudes, deudas y atropellos corrieron de boca en boca, ahogando su delirio en una colada de barro.
La cántara de leche se hizo añicos y, como en el cuento, sus sueños grandilocuentes enmudecieron bajo las cenizas.
El artista del lenguaje, el orador fascinante cambió su traje y corbata por un pijama ordinario.
En el silencio de la noche su voz cadenciosa susurra historias que, como cantos de sirena, atraviesan los corredores del hospital.
No sabía pintar, pero llenaba mi vida de colores.
No tenía ni idea de cantar, pero sus palabras sonaban siempre melodiosas.
Nunca manejó bien el lápiz, pero siempre supo dibujar una sonrisa en mis labios.
No sabía tocar ningún instrumento, pero sus manos hacían brotar música de mi cuerpo.
Nada entendía de escultura, pero modelaba nuestras horas haciéndolas dulcemente eternas.
No pudo concluir su obra, pero me enseñó que no sólo se aprende arte en los libros.
Un lluvioso día primaveral, el anciano subió al desván de la antigua casa. Toda ella estaba llena de recuerdos polvorientos, olvidados, distribuidos al azar entre uno y otro lugar, desde el sótano hasta la planta más alta: figuras toscamente talladas, lienzos en los que se distinguía una masa indefinible de vivos colores, una guitarra con las seis cuerdas oxidadas y con arañazos en el mástil…. Todo representaba los intentos fallidos del hombre que, siendo joven, intentó ser el centro del universo artístico.
Pero en el desván, en polvorientas y agrietadas cajas de cartón, escondía sus posesiones más valiosas. No había triunfado como guitarrista, ni como pintor, ni como dibujante, ni como escultor, pero sabía escribir hermosos poemas, relatos estremecedores, novelas inolvidables…. obras maestras.
Entonces, el anciano sacó las hojas, que tanto le habían mostrado sobre sí mismo, de esas cajas de cartón, y leyó, leyó febrilmente sus propias obras después de tantos años, y se emocionó, pues ahora era lector, y no escritor, de sus propios proyectos. Las letras impresas por la tinta de su vieja máquina de escribir le revelaron la verdad, y entonces comprendió. La literatura estaba en el alma, no en la mente de un estudioso universitario.
Aún sonaban los ecos de las cuerdas de su violonchelo en el Auditorio cuando, en el hospital, su corazón dejó de latir. Su estrella, llena de talento, alegría y dedicación, se apagaba en la Tierra para ir a tocar a otras galaxias.
Hasta el Cielo se contagió y cambió su azul de verano por un grisáceo luto casi invernal. Después no paró de llover en varios días, acompañando en la tristeza de la pérdida a compañeros, familiares y melómanos anónimos.
A pesar de ser inmortal -o precisamente por eso- Olga hizo enmudecer su piano, dejándolo huérfano, y también ella apagó su Estrella en la Tierra.
La música resta una nota cuando un músico sube al Cielo. Pero las que quedan se unen, sonando aún con más energía.
Por todos los que se fueron. Por todos los que siguen. Por los que abandonaron a medio camino. Por los que llegarán… Encadenando notas para procurar que el mundo suene bien afinado.
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Homenaje al violonchelista de la OSPA Juan Carlos Cadenas, fallecido en agosto de 2017 a los 50 años de edad. Y a la pianista y profesora Olga Semushina, colaboradora de la OSPA, fallecida unos días después.
A la edad de cuatro años aquel niño nunca había visto un lápiz. Una mañana de septiembre su madre le llevó al parvulario y él, ante tamaño quebranto de su apacible existencia, no paró de llorar hasta llegar a la escuela.
Ni las caricias de su madre, ni la mano izquierda de la profesora, consiguieron apaciguarle.
Pasados unos minutos me cansé de llorar, y mi madre, apenada, tuvo que marcharse a sus quehaceres. Aprovechó entonces la profesora para acompañarme a una mesa con una cartulina blanca, y me dijo que pintara lo que yo quisiera. No tenía ni idea de qué hacer, me fijé en el bote amarillo y metí un pincel que después acerqué al centro de la cartulina. Me quedé mirando el punto amarillo sin saber cómo continuar.
Y aquel niño embelesado, tímido, desconfiado, que hasta entonces no había visto un lápiz, empezó a pintar una pequeña obra sin significado e inacabada, pues la profesora indicó que de inmediato saldrían al recreo.
Nunca volví a ver aquella cartulina blanca con su punto amarillo, pero todavía me acuerdo de la anécdota. Y os aseguro que nada tiene que ver con mi seudónimo.
¿O sí?.
Ayer falleció en plena actuación nuestro trapecista bieloruso Dimitri Popevsku. Con él, se extingue la saga, que en paz descansen. A nadie de nuestro entorno se le escapa que el artífice de su muerte fue nuestro mago, el maestro Dominique Lafontain, un auténtico genio del “escapismo en tiempo real”. Pero no esperen que le denunciemos. Dominique es, tal vez, el único mago del mundo capaz de hacer desaparecer la red en el momento exacto (ni un segundo antes ni un segundo después) en el que el trapecista va a caer sobre ella. Resultaría, pues, contraproducente para el circo entregar semejante talento a las autoridades. Cada vez nos cuesta más encontrar trapecistas para reponer las bajas que causan los entretenimientos de Dominique, pero no podemos permitirnos el lujo de prescindir de su inmenso potencial. Y nos da pavor pensar en cómo sería su venganza, para qué nos vamos a engañar.
Entre estas cuatro paredes –rectifico, seis, hay techo y suelo, gracias a Dios–, doy rienda suelta a mi imaginación. Quizás demasiado. La barba me ha crecido y no me he dado ni cuenta. Seguramente huelo mal, solo me lamo un poco por las mañanas. ¿Por qué debemos lavarlo todo con agua? Prefiero humedecerme con el rencor y el desprecio de mi saliva, y crear una versión de mí mismo nunca vista. Expresar alegría se ha vuelto imposible, igual que mezclar estos colores de mierda. Odio la música de fondo que me pongo, pero me alimenta; me hace superior, cruel, lívido de furia. Y remueve en mí el vicio; ese mismo que tuve con las máquinas tragaperras.
¿Sabes, Henry? Caminar con personalidad es difícil. Más aún en el cine, donde adoramos o detestamos a los actores por su aspecto físico, por su timbre de voz, por su naturalidad al interpretar los guiones y hasta por el tipo de protagonista que deben conseguir recrear en cada película. Casi nunca los juzgamos por su manera de caminar por un plano.
Yo me fijo en su forma de moverse y en cómo se deslizan a través de una escena. Y los adoro o los detesto, ante todo, por eso. Cuando vienen a mi memoria, son sus pasos al andar lo primero que evoco y lo que me hace identificarlos de inmediato, mucho antes que sus caras, sus voces o sus personajes de ficción. Sus pies los determinan y definen.
¿Recuerdas al desenvuelto Chaplin, al dubitativo Keaton, a la calculadora y displicente Bette Davis, a la tímida e insegura Joan Fontaine, al desgarbado y rudo John Wayne, a la terrenal y provocadora Ava Gardner o al sólido y cadencioso Paul Newman?
Dime dónde puedo encontrar, hoy, esos pasos únicos que logren, no ya enamorarme pero sí, al menos, sorprenderme. Porque nadie podrá superar tu pausado y elegante caminar, Henry Fonda.
Todo comenzó con una foto hallada en un cajón medio descolgado. ¿Casualidad o capricho del destino…?
Gabriela ejercía como pintora aficionada. Cierto día, muy a su pesar, la despidieron de la correduría de seguros en la que trabajaba, debido a un inoportuno plan reorganizador de plantilla. Decidió entonces, mientras asimilaba esta situación imprevista, cambiar radicalmente de estilo de vida y hacer algo con los ahorros que tanto le había costado reunir. Compró una casita a pie de playa, se llevó su caballete y se dedicó por entero a pintar.
Una mañana, la desvencijada cómoda que presidía el dormitorio principal, quizá debido a humedad acumulada, crujió de tal modo que Gaby acudió a toda velocidad. El cajón superior estaba fuera de sitio. Al abrirlo para colocarlo bien, descubrió el retrato en blanco y negro de una mujer. Por detrás rezaba: “Navidad, año 1899”. Pese al evidente deterioro, la imagen mostraba a una señora ataviada con traje de época, bastante guapa y elegante, cuyo rostro reflejaba profunda tristeza. Gabriela, feliz de haber encontrado motivo para su nuevo cuadro, intentó inmortalizarla en el lienzo, pero conforme deslizaba el pincel los trazos volaban ante su atónita mirada. “¡AYÚDAME!”, apareció, sin más, escrito en rojo.
El anciano barbudo resulto ser demasiado viejo, a Leonardo le hubiera gustado un modelo mucho más joven, pero decidió aceptarlo porque el asunto requería la máxima discreción.
Coronò al hombre con una diadema de espinas y lo tumbó desnudo con las manos tapando sus genitales sobre la mesa de su estudio. Lo cubrió con un ajado lienzo de lino que compró a un anticuario judío, mojado levemente con una pátina. Entonces frotò con una brocha impregnada en pigmentos de polvo color rojo bermellón el relieve que formaba el cuerpo, dejando en la sabana una imagen con ambas piernas estiradas y un rostro asimétrico con una larga melena que tubo que realzar limpiando con un paño húmedo . Con solo rozar la tela con el tinte creaba la figura de un hombre en tonos claros sobre un fondo rojo rubio, con espacios en blanco rodeando las zonas prominentes. Un par de manchas amarillentas sobre manos y pies , mostrarían los signos de la crucifixión e imprimió menos tinte sobre la cara , haciendo que la barba quedará en una tonalidad claroscura.
Miró con satisfacción el resultado, pagó al modelo y empezó a pesar la forma de hacerle llegar la reliquia al Cardenal de Turín.
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