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Abandonó su maleta cargada de sueños no cumplidos en el andén de los desengaños, y con su dolido corazón envuelto en una coraza de resentimiento salió a vengarse del mundo. Aprendió impasible a adentrarse en la oscuridad de las miradas más tristes. Disfrazado de sabio y maquillado de comprensión, se sorprendió a sí mismo erigiéndose en un falso gurú. Con palabras balsámicas pronunciadas en seductor bisbiseo, “querer es poder, todo es cuestión de control mental…”, exploraba sin vértigo insondables abismos emocionales, iluminando momentáneamente a los huérfanos de confianza y parcheando penas a aquellos que lo escuchaban. Imperturbable, hizo una rentable profesión de sus habilidades. El mercado a conquistar era amplio, pues muchos eran los sufridores; muchos los que ansiaban ver ensanchado su horizonte de esperanza.
Un día, saturado de éxito y de dinero, pero no de felicidad, se cansó de viajar y quiso recuperar su maltrecho corazón de la consigna del olvido. Se deshizo del pesado envoltorio y lloró por todo lo que había hecho, visto y vivido. Su corazón derramó el último latido, al mismo tiempo que en sus ojos latían las últimas lágrimas.
—¡5.000 pelas, tronca… vaya un marrón! Empezamos bien las vacas…
—Tranki, tía, que el picoleto venía rayao, ¡si nada más pararnos empezó la movida!… que si el cinturón, que si los papeles del buga, que si la ele…
—¿Y el rollo macabeo que nos largó después?, ¡que vaya pintas…… que ya no hay valores… que dónde vamos a llegar… que si nuestros viejos supieran!
— No te comas el tarro, Sofi, nos tocó el chungo, el carroza… lo pagamos a medias y punto.
Con la multa en el bolsillo de sus vaqueros, Sofía y su chica retomaron el viaje hasta el hotel de la playa. Apenas llegaron a la habitación y sin ánimo para deshacer maletas decidieron ir a cenar. Salieron al tapizado pasillo y camino del ascensor, dos hombres que llevaban idénticas intenciones. Repentinamente la mano del más alto, presintiendo que quizá había alguien en la retaguardia, liberó el culo —enlatado en unos pantalones negros de cuero brillante— de su acompañante.
Sofía, adelantándose dos pasos y al tiempo que deslizaba una mano dentro del bolsillo de sus vaqueros, palmeó con la otra el hombro del más bajo… Lo reconoció enseguida, aunque ahora no llevase tricornio.
Hoy ha muerto. Mi hermana y yo nos hemos peleado. Los dos lo queríamos mucho, pero ella, bañada en lágrimas, me ha dicho que estoy tan loco como él. Quizás tiene razón.
Jamás he conocido a nadie que haya viajado tanto. Escaló una montaña mágica, conoció al Dalai Lama, nadó entre tiburones en Sudáfrica, se enamoró en Grecia y batalló en Turquía, naufragó en siete mares, descubrió tesoros en islas remotas, asesinó en el Orient Express, remontó el Amazonas, bebió de las fuentes del Nilo, cabalgó con los apaches, fue infiel en París y se suicidó en Oviedo…
Mi hermana dice que todo es mentira. Que jamás salió de su habitación, habitada por libros viejos y su silla de ruedas. No entendió su último deseo: ser enterrado con una moneda en la boca.
Buen viaje.
Todo iba perfecto entre nosotros cuando subimos al avión rumbo a California en nuestro viaje de novios. Andrés me cedió sin rechistar el asiento de la ventanilla y se sentó en medio, a la derecha de una chica que nos contó que se llamaba Karen y regresaba a Los Ángeles desde Madrid, tras desfilar en la pasarela Cibeles.
Yo me dormí poco después de despegar y entre sueños los oía hablar y reírse, callándose cuando me despertaba. Una de las veces los pillé besándose y más tarde, mientras volábamos sobre el océano, ella se levantó para ir al baño y Andrés me dijo que iba a estirar las piernas. Me quedé esperando mucho tiempo, cuando regresaron me hice la dormida y los escuché cuchichear haciendo planes de futuro. Durante el aterrizaje, Andrés me confesó que estaba enamorado de Karen y que ella acababa de confirmarle que esperaban un hijo.
Mientras desembarcábamos le pedí el divorcio y en la misma terminal de recogida del equipaje nos repartimos la ropa. Él metió la suya en la maleta de ella y se marcharon cogidos del brazo, como las parejas de toda la vida, caminando despacio debido al avanzado embarazo.
Lo siento, no puede quedarse aquí, vamos a cerrar. Sí, ya veo, nadie ha venido a buscarle, pero usted no está perdido y no es un objeto, así que váyase. Pues, no sé, pruebe en «Personas desaparecidas». Ya, técnicamente tampoco… Pues ¡asúmalo hombre, está usted muerto! Anímese, sin hipoteca ni madrugones, que no es ninguna tontería, muchos le envidiarían. ¡Y yo que sé qué hacen los muertos! vaya al cementerio y arrastre alguna cadena o intégrese en el calavera futbol club. No me llore, venga, aproveche para hacer cosas que nunca pudo, viajar por ejemplo. Además ¿qué le va a pasar si le descubren? ¿qué le echen del avión en pleno vuelo? ¿qué le detengan? bah, se hace usted el muerto pero de verdad, sin hablar y quietecito, le entierran, usted escarba y sale, y vuelta a empezar. Bueno se da una ducha o se mete un ambientador en el bolsillo, porque permítame decirle, ya que hay confianza, que empieza usted a oler, así que, hala, ya que no ha podido irse con el Imserso, esta es su oportunidad. Claro que puede ir donde quiera, hombre, al pasado no. Pero quitando eso, el mundo es suyo. ¿En serio? Acepto encantado.
En el verano del setenta y cinco era difícil aguantar el calor. Todavía más, pasar las tardes en el bar del pueblo con la paga de un quinceañero. Hacer sonreír a la chica de Londres que viajaba de camino hacia la costa, casi un milagro. Gastar la última moneda en la máquina de discos para poner So long, Marianne y llamar su atención, parecía una jugada maestra.
Pero lo imposible fue que no saltara Georgie Dann con Bailemos el bimbó.
Yo habré viajado de tus ojos a tu pubis unas mil veces. Tú habrás recogido cada giro de mis labios entre los pliegues de tu piel, otras tantas. Él habrá transitado unas quinientas por el sendero de la soledad hasta sentir en sus papilas la bilis del desamor. Nosotros habremos soñado en incontables ocasiones con tener tres niños, una casa de campo y dos perros. Vosotros habréis llorado a nuestras espaldas los últimos diez domingos, después de despedirnos. Ellos habrán logrado en, aproximadamente trescientos minutos, que este viaje que emprendes sin equipaje camino del quirófano alcance con éxito su destino.
Se pasó todo el verano trasladándose de un lugar a otro, vacaciones bien repartidas, decía, así da tiempo a todo. Tanto viaje le hizo pagar su peaje y el día que, después de tanto tiempo esperando, iba a tener el honor de compartir mesa y mantel con algunos de sus héroes y heroínas, un mal resfriado, causado por haber tomado demasiado el aire (acondicionado), la dejó postrada en cama, sin tener ni siquiera ¡pobre! con quien compartir cama y ajuar.
En mi primer vuelo elegido al azar, hacia algún país lejano donde nadie tuviera la oportunidad de encontrarme, como novata que era, tuve algún contratiempo.
Al llegar al control de la guardia civil en el aeropuerto, me obligaron a abrir la bolsa de viaje y tuve que dejar:
• 1 frasco de 150 ml que contenía todas mis lágrimas
• 1 tubo dentífrico que en cada empuje reproducía una sonrisa
• 1 par de tijeras, aquellas azules con las que tantas veces me he dejado cortar las alas
• Las pinzas metálicas con las que no pude arrancarme todas las espinas que permití que me clavaran
• 1 caja de fósforos, esos que nunca conseguí encender para prenderme toda
Las autoridades me despojaron de todas estas pertenencias aludiendo que eran peligrosas para subirlas a bordo. Con gran pena accedí al aeroplano portando un bolso casi vacío. Al acomodarme en el asiento que me correspondía, me sentí muy liviana, había dejado un gran lastre que me subyugaba el alma.
Fue al despegar, que miré por la ventana hacia el cielo que nos esperaba y nació en mí una nueva ilusión de enfrentarme a una vida distinta en un sitio desconocido.
La oferta del viaje a una isla desierta era real: 499 euros, todo incluido. La isla también es real, y la palmera, y la barba y el pelo que te van creciendo anárquicamente. También es casi real ese instinto absurdo de supervivencia que te hace llegar a creer que algún día saldrás de aquí por tu propio pie.
Volaba por encima de tres continentes y dos océanos para encontrar a su nieto. Después de diez años de hostil silencio, su hijo le había mandado una invitación al bautismo de Luisito. Le pagaría el costo del viaje cuando llegara a Melbourne, le había escrito en el PD.
Durante las 23 horas a bordo del avión, luchó contra las tormentas del pasado para reconstruir el puente derrumbado por una sola palabra años atrás y creía que estaba a punto de lograrlo. Imaginaba al pequeñín corriendo hacia él por el nuevo puente, acompañado por su mamá y su papá. Al aterrizaje, ya soñaba con el gran abrazo familiar. Se sentía optimista, a pesar del cansancio de la jornada. Indudablemente, éste será el viaje de su vida.
El gigantesco aeropuerto zumbaba como una colmena. Recogió su equipaje y se dirigió a una oficina para informarse sobre la estación de taxis. El teléfono móvil comenzó a vibrar fuertemente en su bolsillo. Había un mensaje de su hijo: «Luisito murió súbitamente esta mañana. Todo está cancelado.»
– Can I help you, sir? – la empleada de voz profesional echó una mirada ausente al hombre canoso parado sin palabras ante la ventanilla.
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