Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

94. OLEAJE FURIOSO

 

 

Siempre era el símbolo de los viajes de placer. Los yates ribeteaban sus costas y sus islas blancas. Los viajeros soñaban  con navegar en sus aguas tranquilas y  fotografiar sus atardeceres rojos. Pero su calma eterna, su cálido susurro se transformó en inesperada cólera.

Durante los últimos años sólo contemplaba dolor y alojaba en su seno a los más débiles. Ahora, su rabia incontenible e instantánea sorprendía a miles de personas que disfrutaban de sus playas. En un minuto aciago actuó la efímera y líquida guadaña.

 

Los informativos alertaban de la magnitud de la catástrofe: “Una gigantesca ola arrasó durante cinco minutos todas las costas del Mediterráneo. La pleamar alcanzó treinta  metros de altura. Las víctimas son incalculables”.  

Los náufragos comenzaban a sentir la desolación y la tragedia dominaba en todo el mundo. Se quería transmitir cierta sensación de calma.

Los medios de comunicación intentaban aportar imágenes de playas con absoluta normalidad: «El sorprendente tsunami ha pasado», anunciaban. Expertos de todo el mundo mostraban su extrañeza. No existía constancia sobre ningún seísmo. El Centro Sismológico Europeo del Mediterráneo no advertía de ningún terremoto.

También comenzaban a escucharse voces apocalípticas  que se apuntaban el profético castigo. Trataban de ser silenciados por los poderosos touroperadores. El negocio turístico se resquebrajaba y la mordaza se imponía ante las cancelaciones que se avecinaban. Los viajeros dejarían de realizar esos cruceros que otorgaban un  perfil anfibio a los turistas: inmensas estancias en el mar y efímeras visitas a las ciudades costeras. Se vislumbraba un panorama desgarrador pero se creaban decorados paradisíacos para mostrar que todo volvía a la normalidad.

No fue suficiente, los iconos turísticos por excelencia se rendían ante el feroz oleaje del Mare Nostrum.   

Finalmente, la novia del mar, el anhelo de cualquier viajero, sucumbía.

Las redes sociales mostraban imágenes de un antes y un después: Venecia había sido sepultada por las aguas.

 

 

 

 

93. LOS OTROS

Aunque le contaban que a los tres meses ya había volado en avión, es claro que no lo recordaba. Y hasta esta segunda vez, ya consciente de ello, habían pasado casi siete años.

El despegue, viendo como todo se hacia pequeño poco a poco, y luego el aterrizaje por todo lo contrario, habían sido de lo más impresionantes.

Ahora, mientras pasea por esa ciudad, de la mano de sus padres que le van contando montones de cosas, él solo está pensando en escuchar de nuevo ese mágico ¡Abróchense los cinturones!.

Y es así, con ese eco en su todavía tierna cabeza, cuando se encuentra con alguien que ha viajado mucho más lejos, hasta el mismísimo infierno, zigzagueando con una simple furgoneta y reventándole el pasaje de vuelta.

 

RELATO FUERA DE CONCURSO PERO DENTRO DE UNA RABIA INCONTENIBLE

92. la verdadera historia de Caquita y Quincon

la verdadera historia de Caquita y Quincon.

 

Eran dos amigos. Y cuando estaban muy  mamados se decían mutuamente que se querían como hermanos. Uno decía  que quería ir a encontrarse con su hermano mayor. El otro insistía siempre querer acompañarlo. Aquella vez, el encuentro termino, cuando  uno saco del bolsillo de su pantalón un revolver, y  diciéndole -Sadud  po tu amista-  le apunto y le disparo un tiro en la cabeza. Después, en aquella noche en la que la luna estaba manchada sangre, el otro se suicido. Desde entonces, en la Villa miseria en el pasillo que lleva el número 14, pegados con unas cuantas cucharadas de cemento, hay varios  baldosines flojos que dicen: «En memoria de Caquita quien fue a encontrarse con su hermano muerto y desaparecido por la dictadura militar. Y  a Quincon su amigo, quien quiso acompañarlo en este viaje»

 

91. «Lectoadicción» viajera (Alberto Benito Fernández)

Jacinto es un adicto a la literatura de viajes. Leyendo de aquí y de allá conoce África mejor que Javier Reverte, ha ido tres veces de La Alcarria al Himalaya en bicicleta, y sin abandonar la montaña ni su mochila ha caminado desde tierras astures hasta Zakopane. Conoce cada palmo del planeta, sin apenas salir de su localidad.

Pese a su afición, al comenzar sus tres semanas de vacaciones anuales, es incapaz de elegir ningún destino que no sea su casa del bosque. Va cargado de libros, sí, pero ninguna de las historias y lugares en ellos contenidas le producen la emoción que experimenta al distinguir una garduña mientras camina por la senda del molino o ver nadar una nutria río abajo desde la ventana de su habitación. Cada noche vive el placer de transportarse a otras latitudes a través de la lectura, pero al amanecer el magnetismo de su entorno hace que todo lo soñado se vuelva de nuevo a sus libros.

Siguiendo esta tónica, cada año parece más improbable que conozca presencialmente otros destinos, pero nadie podrá negarle el honor de haberse convertido, desde su «lectoadicción», en el Estrabón del siglo XXI.

90. Volver (Anna López Artiaga / Relatos de Arena)

El viaje de vuelta siempre parece más corto. Dicen que es porque ya conocemos el camino. A mí, en cambio, se me está haciendo eterno. Seguramente sea porque no deseo llegar a casa. Nuestra casa.

Solo.

El viaje de regreso iba a ser idéntico al de ida. Rebobinaríamos la película y el coche retrocedería marcha atrás, los pueblos se sucederían y los carteles anunciando las salidas de la autopista aparecerían en orden inverso. Los niños se quedarían dormidos en el asiento trasero. Tú me cogerías la mano, que reposaría indolente en el cambio de marchas, sonriendo igual que lo hacías en el trayecto de ida ante la perspectiva de unos días en la playa.

Pero nada es como debiera. Ni siquiera conduzco yo: el collarín me lo impide. Un taxista extrañamente callado se sienta al volante. La vista clavada en el asfalto y, de tanto en tanto, una fugaz mirada al retrovisor vigilando mi silencio. En el hospital le habrán explicado lo ocurrido y prefiere no entablar conversación. Mejor así.

Me esfuerzo, pero no consigo recordar el accidente. Solo luces parpadeantes acercándose. Aquella mano inmóvil sobre la mía. Tu sonrisa convertida en dolorosa mueca.

Y los niños que parecen dormidos.

89. SIEMPRE LIBRE

Lo había sido todo en su profesión:jefe de sección, redactor jefe, delegado en una oficina nacional. Y como recompensa a su buen hacer: redactor jefe en delegaciones iberoamericanas y finalmente delegado en Washington. Sin embargo su vida personal había sido un auténtico fracaso. Por circunstancias irrelevantes su matrimonio se rompió y perdió a sus hijas y su vivienda. Desde entonces vive errante: hoy en la casa de unos amigos, otro día en una habitación de alquiler, en otras ocasiones en el yate de unos amigos… Y tras su jubilación se dedica a tachar sus deseos pendientes: realizar la ruta de la plata, andar el Camino de Santiago, completar la ruta de las ciudades románicas, escribir un libro … Y aunque no tiene un lugar que sienta como suyo, un sofá donde dejar dibujado su contorno, un hogar cálido al que regresar cada noche, este nómada, se siente y vive libre.

88. Resurrección

Indefinible edad, patillas descuidadas, cintura en carnes: mi víctima. El peregrino. La vida a lomos de un viejo Cadillac persiguiendo mi fantasma, de fracaso en fracaso, durante miles de millas por los tugurios del desierto, hasta este cruce de la 49 con la 61 para entregar su alma al diablo.

Aún del otro lado, me miro en sus pupilas. Cegadas por el brillo de las lentejuelas y el bourbon barato, miran sin verme; abstraídas en culminar su fláccida erección en la boca de la prostituta que hace las veces de abnegada admiradora, derrama sobre ellas su luz roja el aviso intermitente del camerino.

Tres minutos.

Momento para encarnar mi estrella sin cuerpo en su cuerpo vencido de rey sin reino e insuflar mi espíritu en su sangre desde el más allá. Atusar a tiempo mi tupé ante el espejo y aceitarlo.

Al ritmo de Jailhouse Rock, ya soy en él cuando pisa el escenario. Son mis caderas las que vibran enfundadas en su traje de ajustado satén. Prehistórico pájaro blanco abre sus alas. El público enloquece. Estoy vivo de nuevo.

Tell me dear, are you lonesome tonight?

No temas, nena, baila conmigo bajo el cielo de Memphis.

87. VIAJERO EMPEDERNIDO (Isidro Moreno)

Ayer, ante la torre Eiffel iluminada y recortada sobre la mágica noche parisina, recordé cuántas veces, ante esa imagen, había intentado seducir a preciosas mujeres que, en su momento, creí que serían mi gran amor de por vida. Cada destello dorado de su iluminación se me antojaba un guiño de ojos, quizás de Adèle que marchó de Erasmus y jamás regresó, o tal vez de Brigitte que me abandonó por un pintor de Montmartre, aunque los recuerdos más evocadores fueron de Marie, quien nunca me llegó a amar.

Hoy, tras unos días de saturación de viajes, de rememorar vivencias y anhelar lugares no visitados, me he detenido ante la estatua de Julieta en Verona. Un turista le acariciaba las tetas mientras posaba para la foto. Otros esperaban turno para hacer lo propio, confiando en encontrar el verdadero amor o, al menos, poder regresar a Verona según marca la leyenda.

Mi lágrima resbaló sobre el rostro de Julieta y, de mi torpe mano, cayó la postal mojada. Como contagiadas, cayeron el resto de postales.

Junto a las ruedas de mi silla, diseminadas por el suelo, aparecían la Tour Eiffel, la estatua de la Libertad, el Coliseo, el Big Ben…

 

IsidroMoreno

85. Las barricadas misteriosas

                                                                                                                    A François Couperin

Bajo el mismo sol que alumbró a Marco Polo, Admundsen, Stanley o Livingstone, supongo que mi sombra se hace más grande y solitaria desde que nos distanciamos.

Me acostumbré a cruzar los desiertos del Sahara, a buscar un cielo protector ante las lluvias de Iquitos, a surcar las aguas del río Congo, a atravesar el corazón de las tinieblas de Tierra de Fuego, a la pasión del cazador solitario.

Bajo el mismo cielo sobrevolé caricias de Bangkok, frutas cimbreantes del Caribe, curvaturas de los valles del Rift, temblores de las desnudas cítaras de Samarkanda, pieles abiertas de los desiertos de la Antártida, abismos voluptuosos del Tepuy. Ensayé con las manos de Couperin su arte de tocar y me despedí con las de Rimbaud y su indiferencia.

Al volver a casa, improviso destinos, zozobro entre la valentía de dejarme llevar y el refugio cobarde de mis libros. Esbozo el plan de una nueva aventura en cada línea trazada en el mapa que conduce al periplo recurrente, al viaje negado, al retorno imposible de tu nombre.

84. Cualquier día

Mi padre fue viajante de comercio. Succionaba colillas de Ducados, sudoroso, ausente. Mi madre siempre estuvo sola, fundamentalmente tras conocerle. La pobre lloraba sobre llorado.

–Siempre estaré contigo –recitó él en el altar.

La mañana siguiente salió a hacer la ruta de la Sierra Norte.

–¡Cualquier día me largo con el primero que pase! –repetía ella, ignorando que yo observaba.

Solía espiarla porque había escuchado a dos tipos jurándose que tenía aquel cuerpo porque era una zorra. A mí me parecía una madre bastante normal, pero necesitaba descubrir si disimulaba.

Así andábamos cuando apareció aquel viajero. Mi padre estaba fuera. Yo hacía divisiones y mamá limpiaba la barra, sorbiendo mocos. El tipo tenía no sé qué aires de buscavidas, canoso, moreno, barbudo. Pidió café. Dio coba a mamá, preguntándole por qué lloraba. Le dijo que era hermosa como su primera novia, con tacto, nada grosero. Mamá sonrió. Siguió soltando tonterías, que tenía aroma a orquídeas y manos de pianista, y ella soltó la bayeta…

Entonces, subí corriendo al apartamento. Minutos después, bajé y aguardé expectante algún indicio de movimiento. Ellos me observaban sin comprender qué hacía allí plantado con mi vieja maleta, inquieto, como si fuera a perder algún tren.

83. El viaje

Abierta sobre la cama, todavía vacía, la maleta sonríe amenazante. El muchacho la contempla con una asfixiante sensación de vértigo en el estómago. Tanto tiempo como lleva soñando con el viaje, tantas noches en vela, tanta ilusión. Y ahora… ese miedo que a traición se le cuela entre las tripas, ese miedo que implacable martillea sus sienes. Pero no puede echarse atrás, ya no. No habrá otra oportunidad, lo sabe. Es este su momento y debe aprovecharlo. Marchar, descubrir el mundo, volar lejos muy lejos del hogar y un día, tal vez, regresar.

《¿Listo? nos vamos, prepárate》, muy suave y muy bajito le reclama una voz al otro lado de la puerta.  Su corazón entonces se acelera, lo siente latir sin control y una inoportuna sensación de claustrofobia lo asalta por sorpresa. Nunca le gustó la oscuridad, sólo fingía ser valiente pero no es ya tiempo de arrepentimientos ni lamentos.  Resignado, muy asustado, respira hondo del modo en que ha practicado durante los últimos días, la angustia cede poco a poco, se desviste, murmura una plegaria triste y dolorida y, al fin, con una pirueta digna del mejor contorsionista, se acurruca dentro de la vieja maleta y cierra los ojos.

82. Nómadas

Huir del viento. Abandonar las casas de paja, y de madera. Apretarse después entre paredes frías, muros quizás, con vistas a ninguna parte.

Saber que el lobo nunca se marcha.

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