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Cuando se jubiló, decidimos que no sería uno de esos viejos que se quedan solos en casa todo el día sin hacer nada, que salen en pantuflas a la calle y cada día caminan más encorvados, como queriendo escuchar lo que el suelo tiene que decirles, así que le compramos unos billetes de avión y le mandamos a conocer mundo.
No se crean ustedes que se marchó con una sonrisa en la cara. Todavía le recuerdo cargando con las maletas y la mochila de madrugada, en la terminal del aeropuerto, diciendo que tenía sueño y quejándose de la cola para facturar. Nos quedamos viéndole cruzar el control de seguridad y atravesando el duty free con cara de pasmado.
Volvió tres meses después con una maleta de más llena de souvenirs comprados en los aeropuertos y las estaciones. Nos contó mil y una anécdotas de hoteles, taxistas y bufés, siempre resoplando y quejándose.
—En la mitad de los hoteles no cogía ni una cadena en español.
Cuando deshizo las maletas y se sentó en el sofá, sonrió por fin. “Como en casa no se está en ninguna parte”, dijo. Había recorrido medio mundo y no había entendido nada.
Las piernas de Silvia estaban hundidas en la tierra. Sus muslos se tornaron oscuros y acorchados, y en los nudos de los dedos de sus manos florecían pequeños brotes.
Mario no se sorprendió al contemplar la escena, en varias ocasiones la había visto enterrar sus pies hasta los tobillos bajo la fina arena de las playas de Kuta. Pero esta vez parecía serio. Sin tiempo que perder, corrió a la choza, hizo a trompicones las maletas de los dos y regresó a por ella.
Cuando regresó ya asomaba la luna. Silvia estaba serena y parecía dormir. Le habían crecido nuevos brazos en sus dedos y la fronda de su cabellera refulgía como la plata.
Mario notó cómo su cuerpo menguaba poco a poco, cómo se iba transformando.
Al amanecer, empezó a seleccionar ramitas con el pico.
En la casa, en apariencia abandonada, reina un silencio doloroso. Nadie duerme ni de día ni de noche. Nadie sueña. Sólo Jana suele mirar el cielo a través de una rendija, y en su cara de niña hambrienta se dibuja una sonrisa secreta. Ha leído que, en verano, hay lluvia de estrellas y que son tantans que está segura de que alguna de ellas se hará cargo de su deseo. Pero, en agosto, los soldados golpean con fiereza la puerta; arrastran a su padre y humillan a su abuelo. Luego, abren fuego sin piedad y sin ningún decoro. Y, mientras se escuchan carcajadas estridentes e inhumanas, unos trazos luminosos se desploman sobre los muros del gueto de Cracovia.
Ahora Jana viaja en un tren abarrotado de meteoros exhaustos que suspiran resignados. Junto a ella, una mujer, que no es su madre, la agarra sin fuerza de la mano, y una estrella estafadora se le ha prendido en la solapa del vestido que antes fuera de su hermana.
Marta entrechocaba las palabras hasta que salían oliendo a chicle de fresa. De vez en cuando una pompa rosa explotaba junto a un: «¿y si robamos un banco?», «¿y si después nos vamos lejos?». Juancho asentía, condescendiente, mientras pensaba que vaya locuras se le ocurrían.
«Si no hubiese estado tan colado por ella ahora todo sería diferente», rememoró mientras deslizaba la mopa por los pasillos. Al principio fueron pequeños hurtos en el pueblo. Ya en la capital se atrevieron con una joyería. La huida los llevó a Francia y desde ahí fue un no parar: una sucursal bancaria en Nancy, otra en Bruselas… Se sentían invencibles, demasiado confiados. En Suiza subestimaron el tiempo de respuesta de la policía y tuvieron que escapar a toda prisa por la azotea. Marta calculó mal el salto y a él lo encerraron allí.
Un enfermero se acercó e introdujo dos pastillas en su boca entreabierta.
Arrastrando torpemente la mopa, Juancho se afanaba en continuar inventándose recuerdos: Eugenia y él sobre el rompeolas, después de trepar entre resbalones y risas las piedras. Ella señalando hacia el puerto con una repentina idea enardeciendo su voz: «¿Y si birlamos aquel velero y nos echamos a navegar?».
Cuando él le preguntó si era capaz de subir hasta la cima de la Gran Peña, ella, sin vacilar, respondió: «Pues claro».
Ya verás que vistas más maravillosas vas a observar, dijo él.
Y allí estaba aquella mañana de mediados de Julio, mochila a la espalda, dispuesta a la hazaña.
Bajo un sol de justicia comenzó el ascenso. Al principio leve, pero a medida que el camino se estrechaba y la pendiente aumentaba empezó a notar el aguijón de unos rayos que una y otra vez les atormentaban.
No sólo tenían que soportar aquel sol abrasador que les caía de plano, sino también aquellos rayos que al reflejarse sobre las calizas rebotaban contra ellos.Y para más «inri» ella iba vestida con bermudas y camiseta de color negro.
Sintió cierto alivio cuando el azul cobalto del cielo comenzó a cubrirse por un velo de blancos cúmulos que lentamente ascendían hacia las cumbres.
Tras más de tres horas de duro ascenso llegaron a la cima.
Lo que observó le hizo recordar un famoso cuadro de un pintor alemán.
Mientras se alejaba volteó, para mirar por última vez el hermoso lugar donde conoció al hombre del que se enamoró. Ambos estaban a cargo de atender el jardín y les iba muy bien; pero como ella era mala siguiendo instrucciones el dueño, enojado, la echó junto con el amante.
El aire olía a manzana recién cortada cuando emprendió un viaje, cargada de incertidumbres, con un compañero de escasas habilidades, quien prometió protegerla. Durante años deambularon sin rumbo y, a pesar de las vicisitudes, su determinación la ayudaba a sortear los inconvenientes que encontraban. Tuvieron hijos que, tan pronto alcanzaron la edad para cuidar de sí mismo, se fueron. Una mañana, al despertar, estaba sola. Creyó que él había salido a buscar comida, pero pasaron los días y nunca regresó.
Sobrevivió como pudo, hasta que no aguantó más el peso de la soledad y la vida también la abandonó. Cuando la encontraron, de su cuerpo solo quedaban los huesos. Lograron identificarla por las costillas, dijeron que se llamaba Lucy.
Dicen que camina silenciosa por senderos de tierra, que sube calles empedradas y baja avenidas de asfalto, y que sobre la piel lleva tatuados los mapas de mil paisajes recorridos. Nadie sabe de dónde partió ni hacia qué lugar se dirige, pero jamás se detiene.
Los niños juegan al borde de un camino que ella dibuja con sus pies y se aventuran tras su rastro, como ratoncillos bajo el encantamiento de una flauta. Solo las mujeres, con su instinto maternal, acuden prestas al rescate y le ruegan que marche pronto.
No conoce la soledad. Siempre encuentra algún joven temerario que decide tomar su mano en las rutas más escarpadas. Pero es ella la que escoge a quien dormirá al abrigo de su cuerpo cuando llega el ocaso.
Hoy, cuando las agujas del reloj marcaban la hora más oscura, vimos su sombra cruzar la plaza del pueblo. Entonces supimos que padre nos dejaría esa noche para emprender, de su mano, un último viaje.
El Rey Dragón agachó las cabezas. Lucas bajó a través del cuello, usando las escamas del bicéfalo para decelerar la caída. Frente a ellos, el Mar de Niebla se perdía en el infinito. Acababan de llegar de la Tierra del Fuego. Gracias al chico, los dragones pudieron repeler el ataque de los gigantes de cristal. Su Majestad, como recompensa, prometió transportarle donde Lucas quisiera. Pero ambos sabían que el tétrico mar era impenetrable. Para alcanzar la Torre Etérea, se debía atravesar el inmenso azul con el único apoyo de unos remos. Si alguien intentaba hacerlo de otra forma, vagaría para siempre sobre el oleaje, sin encontrar jamás puerto.
Veinte minutos más tarde, Lucas estaba exhausto. El agua semejaba acero líquido. De repente, un sonido tintineante se escuchó en la lejanía. Parecía aproximarse a gran velocidad. Segundos después, una mano se apoyó en su hombro. El chico dio un respingo…
—Es hora de cerrar. Ya has escuchado la campana, chico —le dijo la bibliotecaria con una sonrisa.
Lucas cerró los ojos. Revisó las batallas vividas y las tierras conquistadas, y pensó en los imperios por descubrir. Sonrió. Mañana reemprendería el viaje.
Subió al corcel de madrugada mientras la luz seguía prisionera de una niebla tenaz. Llevaba pañuelo mal anudado, con mal remedo de las trazas de un gaucho y un sombrero muy calado, refugio sobrado para una cabeza de bajo calibre. Galopó hasta una llanura, se apeó frente al abrevadero y el animal bebió. Él también mojó los labios en un beso furtivo dado a la cantimplora. En un alto divisó las siluetas de unos forajidos que no tardaron en bajar. Hubiera luchado, pero le faltaron agallas. Asustado, cabalgó veloz largo rato sin mirar atrás. Cuando se sintió seguro, resopló el caballo y soltó él un relincho de alivio. Asustado reconoció en uno de los rostros su adversario desde la guardería. Se durmió después sobre el jamelgo, que mostraba también signos de cansancio. La claridad matutina anegó el cuarto. El pequeño quijote, agarrado a las crines de madera, enzarzado en sueños en un combate feroz contra los secuaces de la clase de primero y los gigantes ciclópeos de la escuela, quedaba a la espera de las caricias de una dama. Se abrió entonces la puerta de la habitación y apareció su mamá. Venía a despertarlo para llevarlo al colegio.
Todo iba bien hasta que ella se fue a Sevilla. Cuando volvió, me hice el sueco. Bajito y moreno, me pilló enseguida y se armó la de San Quintín. Intenté irme por los Cerros de Úbeda y acabé durmiendo a la luna de Valencia. Pero París bien vale una misa y, después de pasar un tiempo entre Pinto y Valdemoro, lo volvimos a intentar. Fue salir de Málaga y meternos en Malagón. Al final ella puso pies en Polvorosa, provincia de Palencia, y yo, para intentar olvidarla, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, tomé las de Villadiego, dirección Burgos. Ancha es Castilla y, sin embargo, el mundo no deja de ser un pañuelo, porque no hemos tardado demasiado en volvernos a encontrar. Ahora los dos estamos en Babia. Y mañana… ¡que salga el sol por Antequera! Por algo dicen que todos los caminos conducen a Roma, que es amor pero al revés.
Mientras hurga con desesperanza sobre un halo invisible e incapaz de franquear, la mariposa, acaricia con sus antenas la luna del escaparate. Turbada por el viento gélido del norte, llegado de repente, que resta coordinación a su aleteo estéril, logra que en sus ojos se proyecte la imagen del lugar mágico para poder sobrevivir.
En el interior, futuros viajeros hacen gala de la misma atracción irrefrenable, exigiéndoles a las vendedoras rutas a través de paraísos que no existan en la vida real, cruceros que surquen océanos donde habitan sirenas y narvales, u hoteles de todo incluido en los que consumir la frustración cotidiana durante el bufet pantagruélico.
Dos lágrimas de néctar resbalan adheridas al cristal, depositadas in extremis sobre el reflejo de una fotografía que promociona valles oníricos preñados de flores. Allí mismo, un niño arremete con su llanto de pataleta, en protesta porque resulta demasiado caro viajar a Disneylandia, y sofoca los estertores mudos de la mariposa que agoniza al pie del escaparate.
¿Supo lo que le esperaba al iniciar el viaje? Tal vez. O tal vez, su alma triste, hambrienta de cariño, no advirtió el vaho de hiel que hoy amenaza con ahogar sus días.
Y es que su naciente compañía era dulce como ninguna. Olía a vida nueva, como mañana de primavera.
Desde el instante que la tuvo, el mundo entero se postró a sus pies. No hubo cercos que temiese derribar, ni puentes que dudase atravesar. Un formidable aliento desempolvó sus veredas. Y caminó… Cuando la hiel bajo sus pies acechaba y la hacía resbalar, los ojitos que alumbraban sus pasos contenían sus caídas. Y por ellos y con ellos, continuó su andar.
Pronto les brotaron alas.
Alas que desplegaron fuertes, amplias, que vuelan alto; mientras que las suyas, que nacieron prisioneras entre los hilos dorados de aquella hiel eterna, no logran levantar y quizás, así quedarán por siempre.
No importa. Ella sigue andando, iluminada por aquellos ojos que reflejan los suyos, tratando de evitar el humor oscuro y cruel de la amargura. Va abriendo brechas entre las espinas, buscando arcoíris después de las lluvias, creando atajos de luz para iluminar su vida. Y no cejará. Nunca cejará.
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