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Te despertarás antes de que suene la alarma. Te levantarás con cuidado de no despertarla. Te darás una ducha rápida y te vestirás con la ropa que dejaste preparada anoche. Una camisa blanca, un traje cómodo y la última corbata que te regaló. Irás a la cocina y te harás un café con leche y un par de tostadas con mermelada de arándanos. Desayunarás allí mismo, de pie, con prisa. Volverás al dormitorio y le darás un beso de despedida en la mejilla que apenas percibirá. Comprobarás que llevas encima tu juego de llaves y las gafas. Cogerás el maletín y abrirás la puerta.
Nada diferenciará, en esencia, la mañana del accidente de otra cualquiera.
El viejo, pitillo en mano, y con su gorra de capitán calada hasta los ojos, apenas presta atención al chiquillo. Con su otra mano, improvisa un nudo endeble en la muñeca del niño, mientras expulsa el humo del cigarro.
Cuando el nudo se deshace, el globo se eleva con ansia y urgencia. El viejo observa su ascenso fulgurante, entorna la mirada y persigue su vuelo hasta que no es más que un punto de sangre en el firmamento. Lo imagina meciéndose sobre otros cielos, mientras divisa puertos desde las alturas. Mil puertos. Esos que se visitan antes de llegar al mil uno. Puertos en los que huele a salitre, gasoil y desesperanza. En los que siempre hay mujeres de cuerpos ajados que se disfrazan de nuevos para un viejo marinero. El globo continuará su camino. Vislumbrará sobre las aguas coronas de espuma, argentinas como el pubis de sirenas ancianas. Finalmente descenderá con el sol, en el crepúsculo, para hundirse en las gélidas aguas de cualquier mar.
El niño rompe a llorar y tira de la manga del abuelo, sacándolo de su ensoñación.
El anciano tira el cigarro y pisa la colilla, mientras piensa que quisiera ser globo. Ser niño. Ser.
Siempre he tenido como misión proteger a mi hija… Comencé siendo la funda de sus gafas: cuando eres niño, la vida entra por los ojos y va directa al corazón, y tenía que impedir que le llegase con arañazos o roturas.
Conforme fue creciendo, supe que no podía apartar todas las piedras de su camino, así que me transformé en funda para sus dientes. De esa forma pude ayudarla a masticar sus primeros sinsabores y, luego, a digerirlos…
Con los años, perfeccioné mi técnica… Cuando la veía cansada o nerviosa, me convertía en funda de colchón o sofá, dependiendo de su estado de ánimo… Y desde que se extendió el uso de las redes sociales -y sus peligros- he sido, en algunas ocasiones, la funda de su móvil.
Ahora, mi hija es una mujer. Yo soy funda de guitarra. Pronto se irá con sus acordes, pero no me quedaré vacía: tengo grabada su música.
No me arrastra la necesidad de conocer mundos exóticos, la emoción aventurera o el ansia obsesiva por desconectar de la rutina; ni siquiera me ilusiona la envidia que les produzca a los vecinos. Rotundamente, odio viajar. Semanas antes, mi sobrepeso se incrementa sin control posible, debido al estrés que los preparativos ocasionan. Solo una cosa satisfactoria hallo al ausentarme: volver.
Hasta ahora, me fui escabullendo siempre que pude: los niños pequeños, el marido enfermo, la estrechez económica… Pero desde que vivo sola y las ofertas del Imserso son tentadoras, no consigo zafarme del acoso social y familiar, tanto que me he visto obligada a engrasar las neuronas para idear un plan.
En el trastero, tengo siempre dispuesta una maleta llena de harapos. Dos o tres veces al año, navego por internet (los cursillos de informática dieron sus frutos) y adquiero todo lo necesario: información turística, fotografías y souvenirs. Luego comunico a los hijos que marcho, pero me encierro en casa a cal y canto. Días después, los aviso para que vayan a recogerme a cualquier estación o aeropuerto, a donde, previamente, he llegado en taxi desde mi domicilio, siempre de noche. Reparto tantos besos como regalos y… hasta la próxima.
Con el fusil al hombro y vestido de derrota llegó a la aldea una noche de ventisca, niebla y confusión. En la primera casa pidió cobijo, le abrió una mujer desgreñada —con la tez morena curtida por el fuego del hogar— que le preparó una sopa y una cama caliente. Muchas vigilias de soledades desde que su marido partió a la guerra, la atracción de los cuerpos jóvenes, el ventarrón, el miedo y el deseo se apoderaron de ellos y yacieron unidos. En la amanecida, el joven soldado abandonó la morada y prosiguió el viaje por el sendero que asciende a la sierra. Cuando se le echa la oscuridad y la niebla blanquea el contorno llega a un pueblo en medio de la tristeza, golpea con la aldaba de hierro fundido la puerta de una casa y una mujer joven le abre la puerta, se aman con pasión y en el amanecer prosigue su camino, ese que le llevará de las tinieblas a otra noche con la misma mujer, la que había fallecido en el incendio de su hogar tras conocer la muerte de su marido en el frente.
(Versión revisada)
El abuelo de Kim, de joven, se ganaba la vida viajando en una renqueante bicicleta por las aldeas del sur, en las que comerciaba con licor de arroz y aceite de soja que él mismo producía con sus propios y escasos medios. El traqueteo del viaje hacía rebosar el líquido de los cuencos y mezclarse con el polvo de los caminos, de modo que, cuando entregaba la mercancía a sus destinatarios, los dedos de estos quedaban manchados del pringue. Cuando se despedían, aunque él prefería el saludo tradicional de unir las palmas e inclinar ligeramente el torso, las costumbres occidentales iban imponiendo el apretón de manos en señal de acuerdo y buenos deseos. El abuelo notaba entonces, con cierta aprensión, el traspaso de la mezcolanza a su piel, no pudiendo ocultar un gesto de desagrado más áspero conforme aumentaba su repugnancia. Pues bien, ahí fue cuando empezó el distanciamiento entre las dos Coreas.
Era un crío cuando padre se marchó a la guerra. Recuerdo que me prometió que regresaría enseguida. Pasados diez años, un viajero que visitó nuestra isla nos informó de que la guerra había acabado. Pensé que padre volvería pronto. Sin embargo, se sucedieron los meses y seguía sin retornar.
Ahora que soy casi un adulto he decidido salir a buscarle. Iré a preguntar a los antiguos compañeros de mi padre qué saben de él. Ojalá le encuentre y le convenza de que regrese. En cualquier caso, no puedo seguir en Ítaca: me causa vergüenza que mi madre tenga 108 amantes.
Carga con el viejo baúl que siempre lo acompaña. París, Londres, Nueva York… han dejado sus huellas pegadas sobre la piel ajada. Han perdido la brillante purpurina que antes hacía que destellaran. Ahora sangran olvido por las heridas que el roce del camino les ha ocasionado con los años.
Cuando la memoria le es esquiva, le ayudan a recordar dónde ha estado y cuál es su nuevo destino. Viaja ligero de equipaje. La vida no le permitió nunca echar raíces. En él guarda sus enseres personales y sus eternos compañeros, que jamás lo han abandonado: García Lorca, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Shakespeare, Fernando de Rojas, José de Zorrilla, Dante Alighieri…
Esta noche sobre el escenario, al caer el telón, dejarán de latir sus pies cansados.
Aprovechando que es domingo y la familia suele ir a comer fuera, se incorpora Gregor sobre sus patitas traseras, abre la puerta de su habitación y sale tropezando al pasillo. Se le ha olvidado hasta andar, de tanto que lleva metido entre estas cuatro paredes. ¡Con lo viajero que él era! Está harto del encierro, de la frialdad de su hermana, del rechazo de sus padres, de las hojas de col, de la leche agria… Qué a gusto se comería un bistec, demonios.
Nada más entrar en la cocina la ve. Corría por el suelo, intentando escabullirse debajo del frigorífico, pero él consigue atraparla. La parte en dos y chupa el líquido blancuzco. Echa la cabeza hacia atrás, sorbe hasta la última gota del bichejo, lo rebaña bien rebañado y devora el resto de cucaracha. Que no quede nada, se relame viendo al resto huir despavoridas.
Por estirarse un poco se da una vuelta por el piso. Mal hecho. El espejo del recibidor le devuelve una imagen que le provoca una arcada. ¿Pero desde cuándo es caníbal? Abatido, regresa a su cuarto y abrazado a su maletín de muestras cierra los ojos prometiéndose no volver a abrirlos nunca más.
Suelo dormirme en los trenes, lo confieso. Me hago buenos propósitos, llevo lectura, repaso un poco los documentos de trabajo, miro la pantalla de plasma más cercana, pero acabo arrellanado en el sillón y pronto estoy flotando en el líquido amniótico de la ausencia.
Esta vez no podía ser diferente. Creo que al pasar por Campo Grande ya estaba en brazos de Morfeo. Pero he despertado y la estación no era la de siempre, con sus largas hileras y las escaleras mecánicas al fondo. Al contrario, me encuentro con un pequeño andén plagado de gente muy extraña; hombres con sombreros hongo o gorras de visera, mujeres de faldas largas y mantón, maleteros voceando sus servicios, niños sucios y perros sin collar. Yo mismo visto un terno como de terciopelo y llevo conmigo un pesado maletín.
Me espera una pareja de guindillas de postal, con su sable y su bicornio. Les sigo sin hablar. “Ya despertaré”, pienso mientras me llevan escoltado hasta el cuartelillo. “Es al amanecer en la plaza de la Paja”, me dice uno, y quedo solo. Es entonces cuando abro el maletín y me encuentro los hierros. Escribo esto mientras voy cogiendo el sueño.
El tipo avisó a los “bobbies”, y tienen acordonado The Mall, sus alrededores y hasta el St. James Palace. Pero es igual. Nosotras tenemos ya nuevo destino. No averiguará nuestro paradero ni Scotland Yard al completo. Y él deberá conformarse con lo hecho hasta ahora. Desde aquellas ojeadas aprobatorias en el Centro Comercial, hemos recorrido a su antojo cientos de kilómetros huyendo de sí mismo: Boston, New York, París, Londres…. Todo para engordar su estima, su estatus social o alguna otra meta cronométrica de esas que tanto adoran estos burguesillos raritos.
Estamos bastante consumidas, es cierto. Pero ilusionadas. Está bien cambiar de pareja de vez en cuando. Él tampoco cejará. Se buscará otras que crea más competitivas. Y seguirá huyendo. Porque como dijo el sabio, huir es el destino natural de todos nosotros. Ahora nos queda una ardua tarea: ayudar a un mantero a que no le pillen en plena faena. Volvemos al origen. Quizá estaba escrito cuando nos alumbraron en una oscura nave industrial del sudeste asiático. Sea como fuere, cambiamos de propietario. A quién se le ocurre. Descalzarse las Nike con la meta a reventar de curiosos. Y ponerse a pasear sobre el césped para ventilarse los pies.
El último viajero abandonaba la sala cuando Mati reparó en aquella maleta azul pasando una y otra vez por la cinta transportadora. Acercó hasta allí el cubo y la fregona y cuando el equipaje volvió a pasar por su lado, tiró suavemente de un papel que sobresalía por sus bordes mal cerrados y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta de trabajo. Resultó ser un sobre que contenía una crónica de Nueva York y fotos de un hombre en la gran manzana. Descubrió que dentro había muchos más, por eso desde que llevaron la maleta al almacén, ella sacaba un sobre cada día y así fue como vivió junto a él los atardeceres de Estambul, la emoción del Taj Mahal y las auroras boreales de Jökulsárlón. Después cerraba la maleta, no sin antes aspirar el aroma de las camisas de ese hombre al que ya amaba hasta el extremo de deslizar dentro de su equipaje una nota que decía “llévame contigo” Anoche se armó de valor y diciendo «ahí te quedas » a su marido, inició su búsqueda. Aún no sabía que la maleta ya no estaba en el almacén.
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