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Fue enviado por los cielos para proteger a los débiles e indefensos. Sus padres, un par de ancianos, lo acogieron cuando habían perdido la esperanza de tener un hijo. Desde entonces, siendo un pequeño bebé, dio indicios de super fuerza. Cuando adulto, venció ejércitos y conquistó ciudades. Siempre con la “S” en su pecho cosida a la piel de león que le servía de traje. Pero todo héroe tiene su debilidad y la suya fue contar su secreto en un hiperorgasmo que lo hizo volar hasta las nubes antes de estrellarlo contra el suelo. Ciego y atado a los pilares del templo de Dagón, rezaba por la devolución de sus fuerzas. Mientras Dalila, sonriente y con unas tijeras en la mano, narraba cómo le cortó el pelo.
La imagen especular me devolvió la mirada. Había un puente infinito e invisible entre aquellas pupilas que salvaban un espacio inconmensurable y un tiempo cruel.
-Todo está bien mamá.
El teléfono teje un silencio encima del lavabo apagando un llanto telúrico. Tras la puerta los coreutas danzan y recitan con grandilocuencia un texto magnifico que habla de impotencia.
-¿De verdad hija?
Hace dos días los dioses de batas blancas habían dictado sentencia. Inalterables y herméticos sancionaron mi destino. De su olimpo salí con la hebra del hilo de las Moiras entre mis dedos y el recuerdo de Antígona iluminó el neblinoso y sombrío camino del Hades. «Yo quiero elegir en qué momento entrar en el inframundo. Pero no me dejarán decidir».
Suspiro.
-Profe, muchas gracias por todo. Se la echa de menos.
Un grupo de alumnos apareció ayer inesperadamente en casa y el recuerdo de veinte años de profesión dejó de pertenecerme.
Ya nada es mío y este cuerpo, ahora fértil para los andamios, es la cárcel que el espejo plagia ¿Hay héroes que luchen batallas sin esperanza?
La conversación con mi madre se extingue y el teléfono muere. El coro eleva la voz y declama versos suplicantes de dignidad.
¡Uff, qué nervios!, quién me mandaría a mí meterme en esto. A mis años. Si es que tenía que pasar. Tanto recurrir a esa estrategia familiar de ser más de izquierdas que el rojo, y comparar a mi padre con su tocayo Gerónimo (aquel indio que burlaba a las tropas de EE.UU y México juntas), pues, claro, yo también tenía que ser un héroe legendario. Es verdad que mi padre burló al ejército franquista huyendo de Madrid a plena luz del día. Que pasó tres años en el maquis. Que se casó con una prima segunda de Carrillo. Que un catorce de Abril hizo una fogata con la rojigualda. Que le oímos tararear el himno de Riego mientras velábamos su cuerpo en el tanatorio. Todo eso es tan cierto como que ahora, afortunadamente, diluvia. Y que vale, está bien manifestarse por algo. Incluso algún escrache, según a quién, también puede valer. Pero ahora, qué coño hago yo aquí, con esta lata de gasolina y esperando para empezar a quemar contenedores, si con el Imserso podía estar tomando el sol en Lanzarote. No sé cuándo voy a dejar de ser mi padre y empezar a ser Gerónimo Antúnez júnior.
Su turno acaba de finalizar, está agotada, pero le queda trabajo extra. Se encamina a la habitación 515 de oncología infantil. Allí, una niña lleva días reclamando la presencia de su madre. Antes de entrar toma aire y se pone en el pelo unas gotas de perfume, la pequeña lo reconocerá al instante. Sabe que el recinto estará casi en penumbra, se acerca y acaricia suavemente su frente sudorosa. Ella gira su cabeza y sus ojos azules, encastrados entre unas profundas ojeras, parecen cobrar vida. “Sabía que vendrías mami, lo sabía “. Pone en su boca la sonrisa más bonita del mundo y posa sus manitas en las suyas; nota una leve presión y observa cómo el peso de los párpados le cierra los ojos. Emite un sonoro suspiro. Acaba de morir, pero en su rostro hay paz por el deseo cumplido.
La trabajadora social lleva en su historial una nueva cicatriz, pero no duda que, en algún lugar muy bonito, madre e hija andarán juntas sobre nubes de algodón.
Nadie sabe en qué momento dejaron de necesitarnos. Se volvieron locos y nosotros les dejamos: siguieron acabando unos con otros, simplemente. Desde entonces el mundo se ha transformado en un sitio extraño. Los que quedamos nos reunimos cada sábado en un bar clavado en medio de una carretera perdida entre todos los sitios y ningún lado. Bebemos, en silencio; y escuchamos a la gramola barajar una y otra vez en el ambiente enrarecido por el aburrimiento y el asco las mismas canciones de siempre. Algunos se quedan hasta horas intempestivas jugando a dardos, otros leen con una cerveza en la mano. Yo me teletransporto y quemo los ratos muertos estirado en la tumbona que siempre tengo en la cabeza de la esfinge. Me tranquiliza contemplar cómo el horizonte de arena infinita se traga el sol durante el ocaso. A veces se recortan contra el valle algunas siluetas que caminan en mi dirección. Son los últimos supervivientes intentando dejar atrás la sociedad que ellos mismos arrasaron. Me ven, ven mi capa serpentear al viento y creen que por fin nos han encontrado, que los salvaremos; que será como antes. Es cuando cojo el rifle, me vuelco sobre la mirilla, y disparo.
En esta ocasión se había asegurado de que todo su equipamiento fuese auténtico, nada de imitaciones, no podía permitirse cometer ni un error más. Seguro que esta vez lo lograría.
Se duchó con cuidado para no saltarse su ritual. Fue vistiendo, una a una, todas las prendas que componían su atuendo. Solo así no olvidaría ninguna, que la última vez, por su mala cabeza, todo había sido un desastre y acabó en el hospital.
Se miró en el espejo confirmando que todo estaba en orden. Era el momento de demostrar de lo que era capaz. Se ajustó el cinturón sobre la camiseta azul y el slip rojo, después desplegó la capa, antes de comenzar su jornada laboral.
La esquela de Francisco Goikoetxea me hubiese pasado desapercibida si no fuera por esa costumbre de mi tierra de añadir los motes, porque a Patxi, «el ángel meteorito», sí que le conocí.
Muchas veces me llevó en su taxi. Lo de «meteorito» lo comprendí en cuanto aceleró su Mercedes Maybach a ciento ochenta km/h. Lo de «ángel» primero lo achaqué a la suerte de evitar radares, policía y accidentes, hasta que un día, de madrugada, su móvil sonó, dijo «por supuesto» y me informó que pasaríamos por Vitoria. Ignoró mis protestas y me juró que no perdería el vuelo. Paramos unos diez segundos en el hospital de Txagorritxu, lo justo para introducir una nevera en el maletero. Ambas llegamos al avión. En Barcelona una ambulancia a pie de escalerilla se la llevó. Horas después Patxi me recogía ya regreso. Esperaba que hubiese vendido mucho y me contó que el corazón tenía un nuevo cuerpo, un niño catalán, que seguramente se llamaría Jordi o Pau, y sería del Barça, pero ¿qué importaba?, nos sirve, dijo con su acento guipuzcoano.
Me ha emocionado la esquela de Osakidetza (Servicio vasco de salud) :
» Gracias, Patxi, mensajero de vida, vuela alto».
En el último estertor, con la última bocanada de aire hirviente, me dispuse a despedirme de la vida.
Del fuego surgió una figura.
Sus ojos me miraron fijamente desde el interior del casco.
La mano me sujetó con firmeza.
Me levantó como una pluma.
Me dijo:
«Vivirás»
Los primeros veinte años de Wilbor transcurrieron normalmente, hasta el día que, mientras hacía la cola en un banco, quedó en medio de un tiroteo. Entonces recibió tres balazos, cayó muerto y un instante después volvió a la vida. Como el tiroteo aún continuaba, Wilbor atacó por sorpresa al maleante y lo redujo. Luego se escabulló antes de que la policía lo interrogara. Y esa misma noche, tras repasar lo acontecido, tomó la decisión de convertirse en un superhéroe.
A lo largo de su vida, Wilbor murió innumerables veces: acuchillado, a golpes, envenenado… a la par que sacó de las calles a innumerables criminales. Y en el punto más alto de su ya legendaria carrera, se enamoró, contrajo nupcias y fue feliz. O casi. Porque su esposa le pedía de continuo que se retirase, a lo que él siempre contestaba que el próximo iba a ser su último caso. Y ese último caso le llegó un día después de que su mujer le dijera que estaba embarazada. En un asalto a un banco, de tres tiros, Wilbor murió definitivamente. Ignoraba que al procrear había perdido su don en beneficio de su hijo.
Hace tiempo que le perdimos el respeto y la admiración. Me parece que alguien debería de decirle a Batman que aún lleva colgando la etiqueta con el precio en la parte trasera del pantalón.
Lo de que Batman no tenía Superpoderes lo comprobó bien pronto la sensualidad felina de Catwoman y la voluptuosidad arrebatadora de la Mujer Maravilla.
Un fiasco, se oía comentar en cada rincón de Gotham City.
Rompe a llorar con el ímpetu de quien asalta la vida para robarle hasta el último segundo. Aún no sabe si es bienvenida ni qué cóctel le ha preparado el azar. Quizá el de princesita atrapada en convencionalismos envenenados o el de criada negra en barrio blanco. Tal vez abra los ojos por primera vez en una patera, acunada por el mar, o en la misma casa en la que mutilarán sus íntimos deseos. O puede que este llanto sea el germen de una fuerza con la que derribará murallas y explorará caminos prohibidos, y la transforme en una de esas superheroínas que nadie recordará.
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