Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

79. DESPIDO (Esperanza Temprano)

¿Qué quieres ahora? Estoy despedido, ¿no? Pues eso, me tomo el café y me voy, que para circos el que tengo yo montado en casa, con la Loli otra vez preñada y el casero todo el día merodeando con el desahucio en la boca. No, no sé lo que voy a hacer. No tengo dinero para comer así que como para contratar a un abogado. Yo no lo hice, pregunta a Elsa, la trapecista, si sabe quién se llevó la recaudación de ayer, o mejor aún, por qué no le preguntas a todos estos que están aquí sentados quien se quedó con la pasta de la función, parece que eres tú el único que no se ha enterado. Yo que tú, vigilaría muy de cerca a ese lanzador de cuchillos que acabas de contratar, no sea que te dé una puñalada trapera y tampoco te enteres.

78. Café para llevar

El día que el viento derribó los castillos de naipes, todo voló. El polvo escondido debajo de las alfombras nos hizo estornudar y los mocos se llevaron con ellos los disfraces, los remordimientos y las persianas. El vendaval nos asoló en un segundo, la duración de la vibración de la campanita de la puerta, el tiempo que tardamos en dejar de mirarnos de reojo.

A nuestro alrededor nadie alteró su rutina. Como todas las mañanas, el tipo del sombrero negro se comió dos churros sin azúcar, la señora del moño impecable pidió lecha fría en su café y el hombre melancólico siguió pareciendo el payaso triste al que acaban de pincharle los globos.

Yo no llegué a probar la tarta de manzana. La dejé en el plato, humeante aún, con los cubiertos encima formando una cruz. Camino erróneo, no pasar. Me metí tu sonrisa en el bolsillo y salimos juntos a desayunar al sol.

77. 10,00% (Carles Quílez)

Apenas quedaba ya una exigua décima parte del antiguo Juan. Sesión a sesión, complemento a complemento, la innovadora disfrazoterapia a la que se estaba sometiendo iba eliminando su depresión. La angustia que le impedía levantarse por las mañanas había desaparecido por completo, oculta tras el maquillaje blanco con el que el psicólogo había pintado su cara; de igual modo, las ganas de llorar que solían asaltarle de repente yacían ahora, amortiguadas, bajo los rombos estampados de su holgado traje de payaso, convertidas en unos minúsculos e inofensivos arrebatos de tristeza; y, gracias a sus nuevos zapatones, podía volver a caminar de nuevo con paso firme por la calle.

Muy pronto ­­-no cesaba de repetirle el terapeuta-, el proceso habría finalizado por completo y podría darle el alta definitiva. Juan asentía, y aunque sabía que debería estar contento por sus avances, aquel diez por ciento de su antiguo yo que todavía permanecía dentro de él, le impedía volver a sonreír.

76. La tristeza del payaso

Abren la puerta. Olor mezclado de cafés, hamburguesas y soledad.

Me ciega el inmortal flash de una cámara.

Ruidos de máquinas trabajando, palabras enredadas entre conversaciones y el tiempo hundiéndose en cada baldosa del suelo.

Me bebo el café que empieza a apagarse como mi sonrisa y la de ellos.

Todos miran a la nada, al vacío, al hastío de lo cotidiano.

Nadie se fija en un triste arlequín de calle. ¿Importamos a alguien?

Las cafeterías son oasis, paréntesis de nuestro día a día. Descansos a los que solemos acudir para desconectar de las realidades externas.

Un instante y el mundo cambiará para ellos y para mí.

Lugares de preguntas y reflexiones de vida. Lugares dónde se inician historias y se acaban amores.

Dejo el precio del café en la barra y me levanto. Una señora me observa disgustada. Mi hedor.

La puerta se cierra y miradas externas dudan sobre la conveniencia de entrar, recuentan monedas o siguen su curso.

Nadie desconfía de un payaso, salvo un niño asustado y sensible.

Camareros, camareras, siervos de nuestro afortunado descanso recorren el local con sonrisas comunitarias y globales.

Presiono el detonador oculto en mi traje. Todo desaparece engullido por la explosión.

Sonrío.

75. Cabo de vara (Javier Ximens)

Entiéndelo hijo, si no lo hubiese hecho yo, lo hubiese realizado otro. Fue mi manera de sobrevivir. Cuando se llenaba la capacidad del campo, debíamos purgarlos, había que hacer sitio para los nuevos. Los colocábamos cara a la pared, así, como ves a esos en la barra de la cafetería, de espaldas, serios, preocupados, sin hablarse los unos a los otros, lo mismo que allí. Si hablaban les podía costar la vida. Lo llamaban diezmar, pero yo no siempre contaba de diez en diez, así evitaba que ellos se pelearan por las posiciones, no quería problemas. Unos días era cada ocho, otros cada doce. No se me olvidan las expresiones de aquellos rostros, las que ponían cuando posaba la mano sobre el hombro del elegido, se volvían espantados, con la cara blanca, como la que ponía el payaso listo asombrado de la idiotez del tonto, ¿te acuerdas? Ese era uno de mis trabajos, alguien tenía que hacerlo, y me proporcionaba la seguridad de que ninguna mano se posara en mi hombro. Los fusilamientos casi siempre corrían a cargo de los soldados. Yo tengo la conciencia tranquila, ¿sabes?, salvaba a nueve de cada diez. Además, gracias a eso, tú vives.

74. LO DE SIEMPRE, POR FAVOR.

No sé qué pasa hoy. No reconozco a casi nadie. Todos los días, a la sacrosanta hora del café, nos reunimos en este bar unos cien parroquianos agitados como el oleaje que se estrella contra la barra. Es un bullicio cacofónico: Los de la escuela universitaria, los del banco de la esquina, mi compañero del Price que habitualmente exige su sol y sombra. Siempre ha sido uno de los mejores momentos del día.

En el fondo alguien se fija en mí y sonríe. Es Miguel, el de la farmacia. Está raro. Se acerca.

-¡Hombre Juan, cuánto tiempo! ¡Me alegra verte de nuevo! ¡Y vienes con el uniforme! ¿Vuelves al Price? ¡Qué espíritu! Mira que hace años…

Una sonrisa, dos palmadas en la espalda y un hasta luego. Y mi chaqueta queda sin color. Veo que las coderas están gastadas y el forro cuelga de un lado. Desde el espejo, al otro lado del mostrador, un hombre mayor y pasmado con la cara pintada de blanco como el gran Charlie me observa.

«¡Maldita cabeza! No debería estar aquí –pienso- Hace años que no trabajo, tantos que no recuerdo cuándo fue la última vez. Debo volver, en la residencia estarán preocupados».

73. La burbuja

Al comparar estadísticas desde que se tienen datos fiables, la Organización Mundial de la Diversión concluyó que las tardes de los domingos de invierno eran las más aburridas del año. Como el tedio genera desencanto y este induce a la tristeza y al fracaso decidieron eliminarlas del calendario. Fue el inicio de un ambicioso plan que llevó a suprimir la primera hora de trabajo de los lunes además del tiempo que transcurre tras las despedidas, el que llega después de hacer el amor y el que provoca la rutina. También se animó a la población para que no dejase de gastar bromas ni de contar chistes con cualquier motivo y en cualquier lugar, y todos obedecimos como si fuésemos auténticos payasos.

Y aunque con estas disposiciones se logró disminuir el porcentaje de suicidios a la vez que la alegría y el optimismo alcanzaban niveles inusuales, absurdos, incontestables, hubo muchos que desconfiaron y se los vio reservar otras tardes y otros momentos para sentirse tristes y acumular desilusiones, incluso detrás de una nariz roja. Fueron ellos los que se anticiparon a la catástrofe, los únicos supervivientes cuando la presión ejercida por el tiempo consiguió recuperar la realidad.

72. One meat ball

Percibes que los parroquianos no dejan de mirarte en tu lento caminar hasta el taburete libre, al final de la barra. Te sientas, palpas el bolsillo y extraes de él lo reunido a lo largo de la mañana. Tan solo quince centavos en la palma de la mano.

Distingues las risitas que tu traje de mimo y tu cara pintada suscitan mientras buscas en la carta algo que tomar con esos quince centavos. Le pides al camarero lo único que puedes permitirte.

Te sirve, al poco, una albóndiga en un minúsculo plato de postre. Comprendes que también está de guasa cuando deja, junto al plato, un tenedor y un cuchillo. Le preguntas si podría ponerte una rebanada de pan y te responde, con una sonrisa torcida, que tus quince centavos no dan para más. Clavas los ojos en la albóndiga, notas cómo se te humedecen, y vuelves a oír las bromas de los clientes. Son las mismas personas que, hace nada, pasaron por tu lado en la calle y te ignoraron.

¡Corten!, vocifera el director, satisfecho con la toma. Y tú, todavía con la mirada fija en la albóndiga, te arremangas, con parsimonia, buscas el cuchillo a tientas y obedeces.

71. Indiferencia

ACTO PRIMERO

Escena única. Alguien con bastón pone dinero en la gorra del clown cuando este finaliza su solidario número callejero.

ACTO SEGUNDO

Escena primera. Un cliente con bastón entra en la cafetería y el clown, ya dentro, le hace notar la indiferencia de la gente:

Cliente: Qué frío hacía ahí fuera, brrr…

Clown: ¿Puede cerrar la puerta?

Cliente: Perdón, plic…

Clown: Dele más fuerte.

Cliente: ¡Cataploc! Camarero…

Clown: ¿Pero qué le pasa? Llame más fuerte, hombre. Oiga… ¿necesita ayuda?

Cliente: No, gracias. ¡Camarero!

Clown: Vale, pero sepa que a la gente le interesa más el café que si usted se parte la cabeza contra la columna de enfrente.

 

Escena segunda. El camarero sale de la cocina y atiende al cliente como a uno más.

Camarero: ¿Turkey dinner, sir?

Cliente: Only coffe, please. Disculpe, ¿podría buscarme un sitio libre?

Camarero: Mire uno, ¿ve?, junto al que va de colorines hasta la gorra.

Cliente: ¿El clown, verdad? Mirar, ver… están fuera de mi alcance.

Camarero: Perdone, no sabía… espere que…

Cliente: No me coja. Deme el codo, que el ciego soy yo.

Camarero: Oiga… ¿cómo sabe que el clon está ahí?

Cliente: Tengo poderes, como Daredevil.

Camarero: Ah.

Cliente: Eso.

70. RIDI PAGLIACCIO (M.Carme Marí)

Nadie mira a un payaso triste.

Aquí estoy, con un café, cuando el cuerpo me pide un whisky. Aunque no sé si en el bar de un hospital infantil tendrían.

Hoy le tocaba a Jaime. Ayer quería adelantarse y, después de su compañero de habitación, tocar el órgano para acompañar mi «Canción del buen humor». Yo les enseño dónde colocar los dedos para los cuatro acordes, añado la melodía con mi armónica y vamos intercalando la letra y los gestos. Tanto si sale bien a la primera como si hemos de repetirla mil veces, nos reímos mucho. Cada día tengo un acompañante distinto para formar el dúo de la actuación, aún así Jaime insistía en formar un segundo dúo hasta que la hora de la cena nos obligó a dejarlo para hoy. Pero la operación que tenía prevista la semana que viene se ha reprogramado a esta mañana.

Cuando empiezas el voluntariado te previenen de estas situaciones, pero nunca estás lo suficientemente preparado para afrontarlas.

69. Performances

Para qué negarlo: disfrazado de payaso mi atractivo se resiente bastante. Lo pienso a cada instante mientras contemplo a Hanna realizar su fantástica Gilda, en perfecto blanco y negro si no fuera por esa rosada e incauta lengua que a veces asoma entre sus labios. El caso es que el personaje me funciona mejor que ninguno hasta ahora. Suelen ser los niños quienes frenan a sus padres para observarme, aunque también hay adultos que lo hacen por propia voluntad, riendo como los más pequeños con los malabarismos, traspiés, despropósitos y bromas de mi restringido repertorio. Cariblanco, patoso, inocente, vulnerable…, está claro que así lo tengo mal para provocar en Hanna nada de lo que yo quisiera. En las horas de poca gente me acerco a darle un cigarrillo y hablamos un rato. Suele escuchar con gusto mis cosas, por simples que sean, y se ríe mucho con las ocurrencias y los chistes que de natural me salen, pero sobre todo, y ese es el asunto, de mi insistencia en quedar para vernos después. El jueves pasado se fue a dormir con Poseidón, y anoche la vieron besándose con el Discóbolo. Hoy no le quita ojo a Conan, el Bárbaro.

68. ODIO A STEVE JOBS (TON PEDRAZ)

El circo corre por mis venas. Mi abuela era la mujer barbuda, papá fue trapecista hasta que se jubiló, mamá quiere morir junto a sus leones, y mis hermanos levitan de allá para acá sobre el alambre. A mí, me tocó ser el payaso. Desde pequeño me dediqué a hacer reír a todo aquel que se cruzara en mi camino, dentro y fuera de la carpa, con mi semblante tristón, mis zapatones de charol, y mi traje de arlequín.

Pero ahora el circo agoniza y a nadie parece importarle. Algo me dice que, a pesar de mi esfuerzo por hacerles felices, nada volverá a ser como antes, nadie es capaz de prestarme su atención un instante, ninguno sabe vivir sin despegar la vista del teléfono móvil.

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