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Hoy he viajado en el tren de la memoria. Los abetos que rodean el sendero lucían llenos de luces y cintas de navidad. Las águilas que custodian la inmensa cancela estaban engalanadas con coronas de acebo. Desde la entrada, bajo el contraste de sombras del atardecer, pude ver que las luces de la casa comenzaban a encenderse. Tu habitación, con las cortinas de encaje y la lámpara de perlas tenía la luz prendida. Te imaginé, con tu carita de niña enmarcada por el negro azabache de tu pelo, tus ojos azules como el cielo a mediodía. Por un momento, el tren se detuvo y estuve a punto de bajar. Pero la memoria no es lineal y se desplaza, caprichosa, de uno a otro lugar, conjuga tiempos jugando con nuestro corazón y, mirando de nuevo por las ventanas del tren, pude ver el sendero abandonado, los abetos fundidos con la vegetación, las águilas llenas de madreselva, la cancela cubierta con la herrumbre del olvido, la casa en ruinas y tus ojos, cerrados para siempre en el camino.
Cada mañana, a la misma hora, aparecía en la estación de tren, se dirigía al andén y allí se sentaba en un banco. Se quedaba observando el ir y venir de los viajeros subiendo o bajando del tren. Luego sin quererlo se quedaba traspuesto un buen rato; cuando volvía en sí se sorprendía un poco e inmediatamente miraba el reloj que colgaba de la pared, «todavía hay tiempo» murmuraba y seguía entretenido viendo a la gente pasar. Hacia el mediodía un hombre joven se acercaba a él: «ya es hora de regresar a casa, seguro que tendrás hambre», le ayudaba a levantarse y caminando juntos hacia la salida le preguntaba: «cuéntame, abuelo, ¿a qué lugares has viajado hoy?».
El reflejo de la luna llena se colaba entre las persianas formando un camino adoquinado de luz que acariciaba el lugar donde se encontraba.
─“Todos duermen, no se darán cuenta y volveré a tiempo de despertarles”
Recorrió ascendiendo el haz que conducía a una estancia delimitada por muchos pilares sin fin. Y allí permaneció hasta que una presencia se hizo visible a su lado y le habló así:
─ “Bienvenida de nuevo, soy Óbide, tu guardián de hoy. Aunque no lo recuerdas, ni recordarás, vienes aquí cada luna llena a escuchar nuestras historias, reposan en tu memoria y cuando llega el momento, te llaman y las escribes para otros”
─ “La próxima vez no se me olvidará”
Mientras, repetía internamente:
─ “Recuerda: un lápiz y un papel, un lápiz y un papel, un lápiz y un papel…”
Ni Óbide ni sus otros guardianes observaron que, cuando despertaba, la noche dejaba en ella una especie de barrunto que se iba convirtiendo en huella y pasado el tiempo lo asoció al plenilunio.
Un día, aparecieron dos imágenes de manera persistente en su mente.
─ “Lápiz y papel”
Y sin certeza alguna, se acostó con ellos fuertemente agarrados.
─ “Por eso, ahora sé”
Se sentó sobre una maraña de redes, para mirar cómo se suicidaba la tarde. El mar abrió su inmensa boca y el agua se volvió roja de saliva y sangre. Levantó la barbilla. El horizonte, afanado en su quehacer eterno de mantener las ilusiones a distancia, se reía con graznidos de gaviota. Olía a lágrimas estancadas, salitre y pescado.
«¿A qué distancia estará el horizonte?»
«Volveré», dijo su amante cuando zarpó camino de su Troya particular, y ella se quedó tejiendo redes y dibujando quimeras sobre una estela de plata.
«Esperaré», contestó. Y en ese instante sus senos comenzaron a marchitarse, desinflarse como una vela sin viento.
En ese instante.
Cientos de sueños rondaron su cama, y en sus ojos aparecieron cíclopes, secretarias, sirenas, más secretarias, y ese dios injusto y despiadado que necesitaba veinte años de lágrimas para llenar sus mares y que sin duda había confundido el rumbo de su vendedor de sueños.
Una mañana de invierno, alguien pronunció su nombre. Una gaviota le ofreció sus alas abiertas mirándola con sus ojos cansados. Ella utilizó los suyos. Sus ojos vacuos porque era invierno.
Los suyos.
«No te conozco», le dijo, y se volvió para seguir abrazando al horizonte.
Coinciden en su preferencia por el ventanal. A los dos les gusta que sitúen sus sillas de ruedas allí. Uno narra las singladuras de su juventud, entre mares y burdeles de medio mundo, expulsado de la Armada o como contramaestre en un paquebote de oscuros cargamentos. El otro, el ciego, porfía como as de la aviación. Los monólogos simultáneos siempre acaban en bronca, trufada de reproches mutuos por no prestar atención a las gestas ajenas.
En realidad el presunto nostramo nunca atisbó el mar más que en la televisión. Era viajante de comercio con una ruta esclava por el interior y toda su geografía marítima la aprendió en las cajas del género, llegadas de países cada vez más asiáticos. El piloto si voló. Tan solo una vez cuando el accidente. Fue el único superviviente y la larguísima recuperación en el hospital de veteranos le proporcionó el repertorio que su memoria vacilante enreda sin cesar.
La enfermera que los vigila descubrió sus mentiras al revisar las fichas médicas de la residencia. Le gusta escucharlos sin que se den cuenta. A veces entorna los párpados por el cansancio y se pone a pensar en qué querrá ser ella cuando sea mayor.
Menuda playa, medio metro de algas en la orilla, rocas en su fondo y bañistas con una media de edad que roza los 80.
Resignada decido bañarme. Cuando el agua me llega a la cintura me cruzo con dos abuelillos que no dejan de mirar hacia abajo. No cabe duda, se les ha caído algo. Uno de ellos, me pide ayuda:
– Joven por favor, a mi amigo se le ha caído un ojo, ¿serias tan amable?
Señala la arena del fondo. Pienso que es un chiste y comienzo a reírme, aunque disimuladamente echo un vistazo. Me quedo petrificada: mirándome fijamente con su azul vidrioso ¡Hay un ojo!
Sin tiempo que perder, cual sirena me zambullo y con la máxima delicadeza lo atrapo entre mis dedos.
Se lo entrego al dueño, naturalmente ciego. Todavía coqueto, se había bañado con sus ojos de cristal. Muy agradecido, me hizo prometer que no le diría nada a su mujer, pues le tenía muy amenazado con lo que le haría si un día perdía algún ojo.
Hago el gesto de cerrar una cremallera sobre mi boca.
Ya desde lejos observo a esos dos traviesos octogenarios, mientras pienso que ha sido un gran acierto hacer este viaje.
Emprendieron un camino de amor por separado para llegar al mismo lugar. Se encontraron y, en milésimas de segundo se fusionaron. Primero fueron dos y después convertidos en una sola célula asistieron a la extraordinaria paradoja de dividirse para poder multiplicarse.
Durante días rodó hasta encontrar el lugar idóneo para madurar, un microclima a medida donde alimentarse, especializarse y desarrollarse.
Como un astronauta ávido de aventuras y suspendida de su cordón de vida exploró el universo contenido en su pequeña bolsa ensayando posturas, hipos y sonrisas. Después de cuarenta y una semanas, estaba preparada para aterrizar. Su viaje, el más difícil, el menos recordado estaba por concluir. Reajustó su ritmo y con la destreza y el empecinamiento de una raíz, atravesó a oscuras el estrecho conducto que separaba el agua de la sed, y la seguridad del abismo.
Llegó sin equipaje de mano y sin mochila a la espalda. Llegó desnuda y con la piel por estrenar, rosada y cálida como un melocotón maduro.
Los brazos amantes de sus padres la arrullaron. No había nada que temer. Nayra, aún libre y genuina, abrió sus grandes ojos rasgados y bostezó estirando su pequeño cuerpo de recién nacida. El viaje había concluido.
Solo quería pasar dos días, solo dos, unas pequeñas vacaciones para olvidar un pasado oscuro, después de esos dos días conmigo misma, sin gente, sin cosas, con mente en posición tábula rasa, encefalograma plano, valoraría lo que dejé en el otro punto del planeta.
Así fue, solo dos días, y tras el cansancio, empecé a disfrutar de otra visión, otra vida, no es cierto solo lo que se nos pone por delante, y vi montañas, arena seca, desierto, cabras, gente sencilla, demasiado para mi gusto, pero que me enseñaron que la ambición y el poder no es ni bueno ni necesario, y me quedé, mis vacaciones ya eran mi vida, mi presente, mi hoy, y me salvé…..
Me fui mientras dormías.
Caminé hasta las entrañas del planeta, mordí cada costilla del pasado, abracé los puntos cardinales de la noche.
Y vi búfalos en llamas asolando Central Park, rocas milenarias en los mares de la Luna y bosques arrasados en la esquina de Tunguska.
Sí, me fui tan lejos que ni el tiempo pudo encontrarme.
Pero, veinte años después, aún tiemblo cuando pierde tu equipo.
Hay viajes que te llevan a conocer y disfrutar de otras ciudades, otros te transportan a la paz. La primera vez que te maltratan con insultos, crees que no volverá a pasar y sigues día tras día con esa relación. Vuelve a suceder y perdonas, vas perdonando. Pero son tantos… que no te los mereces. ¿Por qué a mí? Él una persona educada, de clase social media.
Te has hecho mayor, cuarenta años de tu vida, intentando hacer ese viaje, coges fuerzas y vas a unos grandes almacenes a comprar «la maleta», la más grande. Son tantas tus pertenencias, demasiadas las cosas que hay que meter dentro. Tu miedo por un futuro incierto, porque tú no eres persona, eres una mierda y sigues viviendo con un maltratador.
Hoy han sido demasiadas las palabras salidas de tono. Basta de complejos (tan poco vales que no podrás salir adelante) Vuelves a los almacenes, la has visto, es pequeña. Tendrás que hacer poco esfuerzo al levantar, es ligero el equipaje, son tan pocos los recuerdos buenos. Un viaje, donde vuelvas a quererte, a ser persona. Viajar a ese lugar donde perderás «el miedo» a los miedos.
Saluda con naturalidad, como si no hubiera transcurrido todo un año desde el último encuentro. Sacúdete las horas de viaje en coche con una sonrisa. Mírala con timidez, o quizás con deseo, esperando a que deje de hablar con sus amigas y te preste la misma atención que el verano pasado.
Estás nervioso y tus dientes apenas pueden permanecer escondidos. Ella no te mira. Su melena ha desaparecido y sientes sus labios más gruesos, más tentadores y azulados. Sin embargo, sus ojos se han degradado.
Salúdala: qué hay.
Aquí, contesta.
Ellas ríen. Cúbrete con el flequillo los granos de la frente. Ella no los va a recordar. Esconde tu regalo, sabes que no es el momento. Guarda los pétalos latiendo en la palma de tu mano izquierda hasta que vuelva a sonreírte con la melena.
Siéntate junto a ella. Reprime las ganas de decirle que en este tiempo no has estado con nadie. Acúnalas en la misma palma de la mano que la ofrenda que trajiste. Ellas hablan del poliamor, del gluten y la lactosa, del coitocentrismo.
Siéntete perdido. Ahoga lentamente los pétalos de la amapola. Quizás para el próximo viaje, piensas, mientras la brisa iza tu flequillo.
Di: ajá.
Una sirena resquebraja la noche portuaria. Mientras, los viajeros se acomodan.
El barco, cual torre de babel tendida sobre las aguas, parte rumbo a oriente; tres mil personas agitan los pañuelos despidiéndose de su vida cotidiana.
Acunados por el vaivén del mar; nobles y villanos, prohombres y gusanos, compartirán temporalmente su destino, mientras agitan las caderas en clase de salsa.
El sol les uniforma con un elegante tono dorado que lucirán, cual medalla, a su vuelta.
Cada día, en cada puerto, el barco vomita su preciosa carga volviendo a engullirlos al caer la tarde.
El periplo concluye en mismo lugar en que comenzó y entre prisas y sonrisas se produce la diáspora.
Cuando la sirena vuelva a aullar anunciando otra la partida de otra remesa humana, nuestros amigos, ataviados con corbatas, buzos, delantales o uniformes, regresaran a su vida, ansiosos por contar a propios y extraños sus experiencias.
Por una semana todos olvidaron que “cada uno es cada cual”
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