¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Gracias a Samuel que sigue muerto. Me contesté mil veces que no hacía ese viaje por excitarlo. Quería ser yo, leerme tres o cuatro libros en silenciosa concentración y no dormir a su lado.
El suspiro intelectual con el que me lancé se extinguió cuando al cabo de unas horas observe aquel mar turquesa, esos bailoteos sensuales de aldea que estrechan la cintura y mi rostro con flores gualdas y rosas colgadas. Decidí poner mi lectura a descansar en la playa nudista.
Corría por la arena observando la comitiva de cuerpos, cuando choqué con los pechos y perros de una pintora. Nos hicimos reproches mutuamente hasta que se levantó y se fue. Comenzó a presionarme el estómago como en momentos claves. Examiné la realidad, y me negué a mordisquear la suerte, quedaban diez días para regresar al tajo y debía librarme de entrañas tontas.
Mis tripas no se rendían ante aquel encantamiento. Yo sí. El tiroteo, sin silenciador, de miradas lo comenzó ella. El alborozo lo pusimos las dos.
Un horizonte nos reprochó distraídamente: -Cuánto vais a esperar.-
Y desplegué enormes alas en mi vejez. Antes de ese premio nobel contemplaba el poniente y el naciente con peluca, y sola.
Llenaba la maleta con sumo cuidado, con los miedos propios del primer viaje. Sabía que no era por gusto, tampoco por iniciativa propia, solamente por necesidad; el motor primitivo del ser humano.
Cuando depositó la última prenda en la maleta la cerró con delicadeza, como cuando se dice adiós al ser que amas.
Miró la estancia y quiso que cada rincón de aquel lugar se le quedara grabado a fuego en su retina, para poder obtener consuelo cuando las fuerzas le flaquearan.
Cerró la puerta de su casa, se subió al taxi y le indicó al conductor que le llevara al aeropuerto. Allí cogería un vuelo a Siberia, para llevar a la práctica una teoría que desarrolló en la universidad; si quería mantener su plaza y su sueldo, no tenía otra opción.
Según subía al avión pensaba, con lágrimas en los ojos, que la próxima teoría sería en algún lugar del caribe.
Era la primera vez que realizaba un vuelo transoceánico. Me aconsejaron dormir para paliar el jet lag. Antes de subir al avión, tomé varios güisquis, acompañados de somníferos. Aquel cóctel estaba causando efecto. Le solicité a la azafata una almohada, cogí un libro de mi mochila y me puse a leer.
La aeronave era un maremágnum. El pasaje, la torre de Babel. Por los auriculares escuchaba algo relacionado con un asteroide y las pantallas mostraban imágenes de un dinosaurio. En el hilo musical sonaba el “Pizzicato-Polka” de los Strauss. Caí en un gran sopor.
Entre la bruma de los sueños, comencé a escuchar: ¡Mayday! ¡Mayday! El estómago se me iba a salir por la boca. Parecía subido en una montaña rusa. Algo me golpeó en la cabeza. Luego un impacto, como cuando te tiras de un trampolín. Un silencio hueco… La oscuridad…
Y al despertar, el dinosaurio todavía estaba allí.
Desde la distancia, Lana contempló al nuevo inquilino. Pese a estar privado de alimento por olvido del dueño, el pececillo parecía feliz, desplazándose dentro de aquella redonda y pequeña cárcel de agua. Abandonó el sofá y anduvo unos pasos. Podía masticar la angustia. Deseosa de descubrir el secreto de tan envidiable dicha, clavó los ojos en Walter con mayor intensidad e imprudente cercanía, provocando, de forma involuntaria, la agonía del indefenso ser sobre un acuoso lecho cristalino. De pronto, percibió ese familiar ruido que anunciaba la inminente presencia de Peter en casa. Corrió hacia la puerta y se arrojó amorosamente en sus brazos. Él reaccionó con desconcierto y fría indiferencia. Lana, nerviosa, comenzó a dar vueltas por aquel reducido espacio en el que permanecía presa gran parte del día. Exhausta, se desplomó sobre su propia orina, con la correa de paseo apretada entre los dientes y el vacío comedero rozándole el hocico. En sus dilatadas pupilas, nadaban vivaces pececillos, en limitado pero jubiloso viaje circular. Lejanamente, con la mirada perdida, el anciano Peter deambulaba por los ensombrecidos senderos de su memoria, intentando recordar la identidad de los dos extraños que yacían en el suelo.
No estaba demasiado grave, pero aquella noche en la U.V.I., llena de cables, vías y monitores, me dio por pensar que quizá me había llegado la hora de vivir ese extraño pero reconfortante tránsito del que tanta gente hablaba, tras haber estado a punto de morir.
Cerré los ojos y me dispuse a concentrarme en encontrar el famoso túnel con una gran luz al final pero, tras un buen rato de no ver nada, ni por fuera ni por dentro, y ya casi muerta, pero de aburrimiento, decidí dejar tan sobrenatural experiencia para otro momento y abrí los ojos de nuevo. Total, aún era joven para emprender ese viaje del que no se vuelve.
¿Por qué tuve que abrirlos? Y, sobre todo, ¿Por qué me empeñé en cerrarlos antes?
Sin apenas darme cuenta, resulta que había recorrido el túnel, pero al despertar no vi ninguna cálida luz, umbral de la felicidad y el descanso eterno, sino el frío horror de la Nada, de la absoluta y devastadora Nada.
Aún estoy perdida en ella, encerrada en este jodido manicomio.
Recuerdo que aquella noche llovía copiosamente. Las previsiones meteorológicas eran poco alentadoras, pese a lo cual papá no canceló su viaje a Montpellier. Según nos contó, tenía que entregar el cargamento de acero al día siguiente si quería conservar el puesto de trabajo. Y es que, por circunstancias ajenas a su voluntad, el expediente laboral de Antonio “ Risas” ya contaba con ciertas manchas. Desde que entró a trabajar en la empresa, le llovían las críticas por su excesivo celo a la hora de preparar las cargas. Los jefes le achacaban retrasos; preferían cumplir a rajatabla los tiempos, aun a riesgo de perder material por el camino, al no ir bien acoplado en el camión.
Tras la cena, un breve descanso y numerosos besos de despedida, mi padre arrancó el trailer. Advertí algo diferente, tanto en su mirada como en su modo de besarme. Me quedé pensativo mientras la imagen de ese gigante se desvanecía en mi retina. Por supuesto, ni mamá ni yo nos quedamos tranquilos. Nunca olvidaré la cantidad de oraciones que, rosario en mano, rezó a lo largo de la velada.
Llevaba pocos kilómetros recorridos cuando sucedió lo que más temíamos. Un infarto se lo llevó. Maldito dinero…
Enamorarse de un viajante conlleva riesgos. Siempre sospeché que atesoraban amores, que escondían distintas vidas en sus ojos de cartón…
Sucedió, prácticamente, al tiempo. Primero, apareció aquella mujer con las niñas haciendo preguntas. Les vi hablar. Cuchicheaban. Reían. Sentí tanta rabia. Al poco, papá desapareció.
Empapelamos el barrio de carteles y, por complacer a mamá, contacté con un grupo al que ambos, amantes de lo paranormal, admiraban. Requirieron permanecer cerca de sus cosas y les acomodamos en el salón. Son excéntricos: han atiborrado todo de velas, de cámaras infrarrojas. Pronuncian palabras extrañas y emiten sonidos guturales para abrirnos los chacras. «Elegguá, Elegguá», tararean aferrando nuestras manos mientras danzamos en círculos.
En una sesión, la médium ha desempolvado un espejo. Tras poner los ojos en blanco, exhaló un grito. Insistía en que había visto cómo papá, en forma de rayo, se introducía dentro. Mamá se desvaneció. Aunque afligida, jamás la he visto tan entregada.
Afirman que estamos cerca. Que pronto encontrará el camino. Por nada del mundo quisiera enturbiar sus ánimos, porque les he tomado cariño, pero debemos retomar nuestras vidas.
Esta mañana, he decidido retirar algunas piedras del jardín y comenzar a desenterrarlo. Pero poquito a poco y por partes.
Tranquilamente se instala en la butaca de orejeras y con gesto ceremonioso abre su maletín de cuero rozado en las esquinas y un tanto desvencijado, como él mismo. Saca el primero de los cuadernos, el más gastado. Las primeras páginas relatan aquel primer viaje realizado junto a su padre, para enseñarle la profesión. Ya entonces Andrés era preciso y meticuloso en la recogida de datos. Junto a la información puramente comercial había comentarios relativos a las comidas que degustaban, el paisaje que los acompañaba o la impresión que le causaban las personas que su padre le presentaba.
¡Cuántos rostros y cuántos nombres le asaltaban! Miguel el de los ultramarinos, Felisa la dueña de la ferretería, Carmen y sus exquisitas comidas caseras.
Clientes, amigos, facturas pendientes, Marisa, el nacimiento de Jorge, la hipoteca de la casa…su vida profesional y personal se mixturan. Tras balances, ganancias y deudas se vislumbra una tupida red de conexiones humanas.
Andrés, visiblemente emocionado, cierra el último de los cuadernos. Este periplo vital lo deja emocionalmente extenuado.
Con la lucidez que da la experiencia, suspira satisfecho de no tener que haber lidiado con aplicaciones informáticas, buzones de voz ni mensajes de wasap.
Viajar me fascina, me ayuda a crecer, a llenar mis vacíos, me obliga a salir de mi zona de confort, a mantener atención plena y a estar alerta y receptivo a todo cuanto tengo alrededor. He visitado infinidad de lugares, pero ninguno se puede comparar, allí se concentra la esencia de todos los destinos y se eleva a un exponente imposible de calcular.
Flotar por el espacio es alucinante, aunque enseguida se experimenta el miedo a no poder regresar. Sabía que se produciría y me había preparado para afrontarlo. No es lo mismo imaginar que sentir. Es necesario relajarse, dejarse llevar, olvidarse de todo y sumergirse en la nada, sin embargo, obviar el peligro no es fácil. Yo procuré concentrarme en no pensar que la nave de la que había salido era mi propio cuerpo y que solo estaba sujeto a ella por un frágil e invisible cordón de plata que, de romperse, me desconectaría del mundo material y me dejaría atrapado en el mundo espiritual. No puedo contar lo que sucedió después, porque no lo recuerdo. Solo sé que cuando desperté mi forma de ver la vida había cambiado y que ya no me asustan los viajes sin retorno.
Se abrocha el cinturón y se dispone a cruzar Europa, de una punta a otra. En tren, después en barco, y vuelta a la carretera en autobús. El avión siempre le ha dado un poco de respeto.
Se detiene ante la grandiosa fachada de Notre Dame de París. Nunca fue muy religioso, pero sucesos recientes le hacen reflexionar.
Se desplaza hasta Italia, evitando Venecia: demasiado atiborrada, casi artificial. Prefiere la costa amalfitana; ideal para pasar un año sabático recorriendo sus hermosos pueblos, de Positano a Ravello. Quizá sus huesos reposen allí algún día…
O más cerca, en Portugal. Esa bella desconocida que tenemos tan cerca. Llegar a Lisboa por donde el Tajo cambia su nombre, subir a la Alfama en el centenario tranvía, y degustar los ricos pastéis de Belém.
Escucha una voz que le dice que ya es hora de salir del canal y de irse a dormir. Su insomnio se rebela, pero el mando ya no lo tiene él. La silla gira, una grúa hidráulica lo recoge y lo coloca suavemente en su cama especial.
Su chica le sonríe. Mañana será otro día.
Esta noche volará al país de los sueños, donde la ELA protagoniza todas sus pesadillas.
Por enésima vez, mira las fotos del diario y relee las palabras del hombre, que nunca reveló su identidad:
“No es un tronco de formas caprichosas. No es una ola. El Nahuelito mostró la cara.”
Y tanto la mostró, que desde el primer avistamiento registrado se lo está buscando — en 1922 con rifles para cazar elefantes y hoy en día con cámaras y sonares de última generación.
Toma los binoculares y escruta el lago. Nada, ni siquiera una burbuja perturba el Nahuel Huapi. Saca el cuaderno y dibuja un rato: cabeza pequeña, cuello de cisne, aletas de propulsión… el calor del rescoldo y la imponente Patagonia lo van compenetrando en la leyenda. Reclinado contra un tronco, garabatea una última cosa antes de cerrar los ojos:
Cuando despierte, ¿el plesiosaurio estará allí?
Año 2253
El mundo tal y como lo conocíamos había sido destruido por una Quinta Guerra Mundial. Posiblemente solo unos cuantos habrían logrado sobrevivir ante tanta destrucción, entre ellos el protagonista de esta historia.
Escondido durante meses bajo los escombros de lo que fue el Empire State, se mantuvo con vida con agua subterránea y con los pocos víveres que había logrado acaparar antes del desastre.
Cuando todo fue silencio a su alrededor, decidió salir de su escondite. La luz del sol le cegó durante minutos. Una vez que había logrado acomodarse a su nueva situación, pensó que él no podía ser el único superviviente y decidió emprender un viaje para intentar encontrar a más sobrevivientes.
Anduvo hasta los restos del puente de Brooklyn, donde encontró una barca y así poder cruzar el río hasta llegar a la otra parte de la ciudad, donde todo era fuego y destrucción.
Tenía una complicada misión, empezar de nuevo y evitar que se volvieran a cometer los mismos errores que hasta entonces se habían cometido y para ello tenía que emprender ese largo viaje, un viaje que quizás le costará su propia vida antes de encontrar a alguien más con vida.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









