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Tom necesitaba acudir cada noche al Turkey Dinner.
Era su manera de mezclarse con la gente, de sentirse acompañado, de creer que todavía formaba parte de aquella sociedad, que consideraba le había dado la espalda.
Cada mañana, inexorablemente, ocultaba su rostro bajo una espesa capa de maquillaje, y trabajaba en aquel tétrico teatro de variedades, para ganarse la vida.
Cuando terminaba, acudía al local y se acodaba en la barra durante horas.
Y aunque cada uno iba a lo suyo, siempre con prisas, y a pesar de que muy pocos entablaban conversación, al menos durante ese tiempo conjuraba su soledad y sus remordimientos.
Una vez, incluso, llegó a hacer amistad con una bella joven. Esa fue la única ocasión en la que estuvo a punto de confesar su oscuro pasado.
Sin embargo, todo acabó de repente, cuando un representante le ofreció a la mujer poder trabajar en una película.
Ahora, su historial de asesino en serie le continúa persiguiendo y le obliga a permanecer atado a ese triste maquillaje de por vida.
La madre que las parió, hijas de puta, me han dejado con un billete de ida y vuelta a Chicago y cinco dólares en el bolsillo.
Aquí, en la cafetería de la estación terminal, es hora del primer tren para llegar a tiempo a las oficinas. La gente, adormilada, combate con café el frío de noviembre. Pasan de mí, no sé si existo. ¿Es esto un sueño? Qué les pasa, ¿es que están acostumbrados a todo o quizás a nada? Lo que sucede fuera de sus cabezas les importa un comino. Mañana será acción de gracias, mi madre estará rellenando el pavo. Si me viera…
De madrugada, el revisor del tren me despertó. No sabía dónde estaba. Un tremendo dolor de cabeza me impedía recordar. ¿Qué hacía dormido en un vagón de segunda a 300 millas de mi pueblo en la estación de Chicago?
Tardé tiempo en recomponer mi mente. Aquella turbamulta de la fiesta de novatos, y yo… profesor de filosofía. Quién me manda confraternizar con los estudiantes. Qué me pusieron en los whiskies, o simplemente fueron demasiados. Recuerdo sentir, atontado, cómo aquellas chicas garabateaban mi cara, y me vestían, pero de este tren… no me acuerdo de nada.
Otro desamparado del mundo que trata de ganarse la vida como puede. Vestido de payaso, pasa horas sin mover un músculo, sentado en un taburete en medio de la plaza, esperando a repetir una silenciosa coreografía en cuanto caigan unos céntimos en el platillo de metal. A veces, transcurre demasiado tiempo inmóvil, las extremidades se le duermen y no puede ponerse en movimiento como tendría que hacerlo. Muchos se lo perdonan, otros lo increpan, la voluntad no es a cambio de nada. Él no se inmuta, calla y observa.
Todas las tardes, a la misma hora, pasa a tomarse un café, saca una especie de libreta y anota. Vicente, el camarero, le conoce y sabe que no es de mucho hablar. Le atiende rápido y bien, no es menos que nadie y no merece peor trato. Lo que no sabe es que él hace tiempo que está incluido en su lista.
Hay un ejército de observadores silenciosos destinados a seleccionar personas como Vicente. La indiferencia de los demás les camufla mientras trabajan sin descanso, pues queda poco tiempo para terminar de elaborar el censo de las almas que merece la pena salvar.
Cuando se apaga el último foco, abre el carromato donde despunta su frustrada vocación de chef.
Despacio, con parsimonia, deshilacha la pechuga del pavo. Han comenzado a llegar, y ella le pone la oreja a las cuitas mientras todos retiran su vianda:
Sopa para el tragasables, que está hastiado del regusto a metal.
Isla flotante para el trapecista, porque aún le pesa el atracón navideño.
Niños envueltos para los siameses que intentan, sin éxito, practicar el desapego.
Y entonces llega él, pura sonrisa y estrella en el ojo, a buscar la suya…
Más tarde, cuando haya cerrado el carromato, cepillará su pelo, trenzará su larguísima barba y le dará a probar en la boca, ya despintada por los besos, esa receta en la que tanto se ha esmerado: Torta Paradiso.
Me gusta desayunar en el centro. Perder mi identidad entre la gente, porque a nadie le importa el payaso de turno y no tengo la obligación de estar triste ni alegre. Me gusta entrar con mi cara de arlequín, sin que nadie se vuelva a mi paso. Sentarme en la larga barra del bar y pedir un café negro y un zumo de naranja de máquina. Fijar mi vista en la cafetera, en los platillos de café alineados sobre el mostrador, y olvidarme de que estoy desayunando. Olvidarme de que estoy sentado allí. Olvidarme de que sigo siendo un payaso.
Afuera el invierno abraza a quienes desafían a la nieve. Los abrigos alineados dan la espalda a quien sólo busca un rato de calor. La espera se hace larga en las tardes oscuras. Al espectáculo hace tiempo que no asiste la gente. El declive se hace patente en la mirada perdida del actor. Es triste, tanto que las lágrimas borran el maquillaje que esconde su sonrisa. Para el resto de rostros es invisible, pasan a su lado sin percatarse de su soledad.
Le doy unas monedas extra al camarero y le indico que se cobre el café que apura el payaso. Éste me mira sin saber si reír o llorar. En el maletín llevo los documentos que autorizan el derribo del circo. El solar que deje será rellenado por lujosas oficinas.
La carpa espera en la fría esquina.
Era la quinta mañana que sucedía. El mundo se había vuelto loco. O eso, o Richard había empezado a poner algo raro en las magdalenas. Algo que hacía que la gente se disfrazara de personas normales, grises y vulgares, para salir a la calle. Increíble.
¿Dónde estaban los duendes traviesos, las bailarinas de claqué, los piratas cojos, las reinas moras, los enanos saltarines o los niños gato? Por un momento estuve a punto de caer en la tentación de pedir algo para mojar en el café. Tenía hambre. Pero decidí que no me arriesgaría a hacer nada que pudiera impedirme ser yo mismo.
Es un buen precio. Me parece bien que hagan ofertas de este tipo, sobre todo sabiendo que no todo el mundo puede permitirse una cena de «Acción de gracias» como Dios manda. La señora mayor que hay a mi derecha, por ejemplo. Está contando las monedas para pagar el café. Lo llevará justo. ¿La esperará alguien en casa? Lo dudo.
Me gusta observar a la gente que viene a esta cafetería. La mayoría tiene prisa, no sabe disfrutar de su tiempo. Llevan una vida gris, deambulando de aquí para allá, poniendo mala cara sin un motivo aparente. Qué pena. Deberían saborear cada instante de placer que emana de esa taza que sujetan entre las manos. Y sonreír. No cuesta tanto.
Yo gano si tú sonríes. Yo sonrío aunque tú no lo hagas. Regalo sonrisas y acepto monedas. ¿No me das? No pasa nada. Sonreiré igual.
La soledad me devora las entrañas como una alimaña insaciable, a la que solo puedo frenar con la esperanza de que esto cambie. Siempre hay alguien que está peor, ¿no? Esta noche tampoco me espera nadie. Pero, al menos, sí llevo sesenta y nueve centavos.
Regento una cafetería, o algo parecido.
En algunas ocasiones se transforma en un confesionario y escucho al empresario arruinado que apostó todo al rojo y no al negro, o a la anciana, madre de cuatro hijos, que pasará las Navidades en compañía de su único gato.
En otras, se mimetiza con una oficina de objetos perdidos y aparece la mujer que perdió su trabajo la tarde que el jefe se encaprichó de su cuerpo, o el payaso que extravió su alegría bajo toneladas de tarta y maquillaje barato.
Y así, día tras día, tras día, tras día…
Por eso hoy he decidido hacer barra libre, y sé que cuando la clientela deguste el «Desayuno del Chef», mi local sufrirá una nueva metamorfosis.
Y se convertirá en una morgue.
O algo parecido.
Lo primero que hice al salir de la cárcel fue comprarme un traje de payaso. Odiaba aquel uniforme tan gris, tan triste, que tuve que vestir años y años. La noche la pasé en un cilindro, hueco, de hormigón. Espalda contra espalda, el hombre tubular olía a sobacos, peor que mi compañero de celda. No obstante, conseguí no desvelarme. Soñé con la ciudad; con decirle a la gente: «Estoy aquí por buena conducta, amigos».
En la perfumería me maquillaron de payaso. El espejillo me chivó que mi gesto continuaba dominado por la angustia.
Entré en un bar para degustar felicidad. Tuve que conformarme con un café. La gente, como antes, no hacía más que mirar el horizonte del televisor. Al arlequín, ni puñetero caso. «Aquí me tienen», grité, «Soy una bella persona». Y nada. Bueno, mi vecino de barra, un tipo tosco con gafas oscuras y cargado de hombros, torció la cabeza hacia la izquierda. Apuré el café, haciendo mucho, muchísimo ruido. La boca me sabía asquerosa. El chepudo cayó fulminado y la popular ni se inmutó. Un camarero tecleaba apurado en el móvil mientras yo esperaba tranquilamente a la policía. El mango de la cucharilla estaba lleno de sangre.
El café está frío. Como el pavo. Como las salchichas que vende el negro Sam en el puesto ambulante de la esquina. Así lo pone en su carromato destartalado, «prueba las salchichas del negro Sam, las mejores de todo Brooklyn». Y las vocea mientras se toca el paquete con su enorme mano de antiguo recolector de los campos de algodón. «¡Charly!», «¡Charly!», me llama cuando paso y el puesto está vacío, sin conocer mi nombre ni mi cara, con la familiaridad de quien abre un agujero en sus recuerdos. Sin saber siquiera si me gustan las salchichas. Entonces dibujo en mi cara una sonrisa alegre de payaso y me excuso con un gesto divertido que provoca en el negro una enorme risotada que me acompaña hasta la cafetería; que persiste entre el ruido de la loza y las comandas; que guarnece el insípido emparedado y endulza cada trago de un café cargado en exceso. Que me aísla, por así decirlo, de la indolencia de los demás clientes. Dejo sobre la barra los sesenta y nueve dimes que me separan de Actlantic Avenue. Todavía no llueve. «¡Charly!,¡Charly!», grita el negro. Y me acerco, ahora sí, a premiar de rodillas su entusiasmo.
Eran tiempos difíciles. También para Harry Stevenson, actor, aunque hacía tiempo que no pisaba un escenario. Sin embargo, podía decir que trabajaba en lo suyo. Bien temprano, se levantaba, se maquillaba, se vestía de clown o de guerrero del antifaz y se iba al encuentro de su objetivo del día para acompañarle durante toda la jornada. Sí, estaba contratado por El Cobrador del Frac –que tampoco es que se caracterizara por el rigor y la puntualidad en el pago de salarios– y su labor consistía en llamar la atención por su atuendo para avergonzar y presionar al moroso a quien seguía. En sus tediosas horas repasaba sus propias deudas: tres semanas de pensión, varias copas en el bar de Tom, las notas pendientes en distintas panaderías y supermercados del barrio… Y la manutención de su ex, que parecía haber desistido de seguir reclamándole. Cuando cobraba, apenas le llegaba para renovar los créditos más perentorios.
Hoy, mientras al lado de su señuelo, tomaba un café que dejaría a deber, Harry meditaba sobre si alguna vez podría verse en la misma situación. Se tranquilizaba pensando que iba irreconocible y que, con alguien similar al lado, nadie sabría nunca quién era quién.
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